1 CONCEPTO DE SEMIÓTICA

 

1.1 Concepto

1.2 Signos y Objetos Semióticos. Ciencia o metodología

1.3 Hacia una teoría dinámica de los discursos sociales

1.4 La base textual de la significación. Producción e inferencia

1.5  Para ver, hay que conocer

1.6 La significación construida

1.7 Problemas y divergencias

APÉNDICES

Apéndice 1: Otra vez, ¿qué es la semiótica?

Apéndice 2: Concurrencia y no contradicción

 REFERENCIAS

 

1.1 Concepto

 

Entiendo por “semiótica”:

un conjunto de conceptos y operaciones

destinado a explicar

cómo y por qué un determinado fenómeno

adquiere, en una determinada sociedad

y en un determinado momento histórico de tal sociedad,

una determinada significación

y

cuál sea ésta,

cómo se la comunica

y cuáles sean sus posibilidades de transformación .

 

La intención inicial de este enunciado es proporcionar, a quien se acerque a nuestra disciplina, una perspectiva a la vez amplia y operativa. En este sentido, considero que, a partir del concepto propuesto, la perspectiva amplia puede asentarse en la propuesta de estudiar la significación de un fenómeno social y la perspectiva operativa en la de explicar esa significación.

Así pues, la semiótica puede interesarle a los estudiosos e investigadores de los fenómenos sociales, en la medida en que buscan explicar la significación socialmente atribuida a tales fenómenos y en la medida en que enfocan esta búsqueda de un modo riguroso, que justifique las conclusiones a las que lleguen, y no de un modo intuitivo, que se comprende pero cuya razón de ser se desconoce o sin que se pueda establecer por qué se considera que es ésa significación (o, mas bien, conjunto de significaciones) la que corresponde atribuirle a tal fenómeno y no cualquier otra.

Por tanto, el abogado, el sociólogo, el psicólogo, el historiador, el licenciado en letras, el crítico de arte, el lingüista, el antropólogo, el geógrafo, el arqueólogo, el licenciado en turismo, el economista, el filósofo, el terminólogo y el traductor, el epistemólogo, el bibliotecario, el publicitario, el comunicador, el arquitecto, el museólogo, el politicólogo, el licenciado en ciencias de la salud, el demógrafo, el pedagogo y tantos otros, en el ámbito de las ciencias sociales, necesitan de la semiótica como instrumento estructurador para la consistencia y el rigor de sus estudios e investigaciones.

Esto se basa en que todos ellos tienen como objeto de conocimiento de sus respectivas disciplinas a otros tantos objetos semióticos, o sea, a fenómenos sociales que ya (sin que sea imaginable un momento previo en que todavía no) tienen atribuido (pacíficamente o no) un conjunto dinámico de significados, cambiantes con el tiempo y la cultura.

Todos ellos, por tanto, son usuarios potenciales de la semiótica, en la  medida en que sepan que la semiótica puede proporcionarles las operaciones necesarias para elaborar una explicación básica de la significación (plural, contradictoria, competitiva) que posee, en un momento dado de una sociedad determinada, el concreto fenómeno que están estudiando, y en la medida en que nosotros, los estudiosos de la semiótica, que pretendemos elaborar y proponer las operaciones analíticas pertinentes, no los defraudemos.

También los objetos de conocimiento de las ciencias naturales (dejemos al margen, por el momento, el tema de si esta dicotomía es o no pertinente, si bien anticipo que considero que no) son otros tantos objetos semióticos y, por tanto, también en ese dominio la semiótica tiene utilidad. El problema es epistemológico y relativo a las características del proceso de producción de los correspondientes conocimientos y sugiero tratarlo en otra oportunidad; pero quede ya planteado.

 

 

1.2 Signos y Objetos Semióticos. Ciencia o metodología.

La que propuse como primera característica: entender por semiótica un conjunto de conceptos y operaciones, no supone la identificación de dos universos diferentes, sino su compenetración de modo tal que los conceptos que se definan como pertinentes a la semiótica serán aquellos que permitan comprender el funcionamiento de las operaciones que constituyen su finalidad específica y aplicarlas. Conceptos y operaciones interactúan en el proceso cognitivo que identifica a la semiótica: desarrollar procedimientos analíticos y reconstructivos que permitan llegar a enunciar explicaciones relativas a la producción e interpretación del significado de los fenómenos sociales.  Estos conceptos y operaciones integran un conjunto que, en definitiva, se constituye en un método de investigación.

Al afirmar esto, tiendo a rechazar la concepción de la semiótica como una ciencia. Creo que, para ello, hay un argumento importante: no puede admitirse que sea una ciencia por el especial carácter del que sería su objeto de conocimiento: el signo. Desde la perspectiva peirceana (a la que sigo, sin aceptaciones dogmáticas), todo es signo. Es muy rico el concepto de “semiosis ilimitada” que esto último implica, tanto (1) en lo relativo a la recurrencia semiotizante de cada una de las partes del signo, que las constituye a su vez en signos, y a las partes de estos nuevos signos, a su vez, en signos (o sea, de 3 partes de un primer signo se pasa a 9, de éstas a 27, de éstas a 81, y así sucesiva y, al menos desde una perspectiva teórica, interminablemente[1]), como (2) en la productividad del signo en la mente de cada interpretante[2] (que no lo percibe desde alguna exterioridad como un incidental espectador, sino como parte constitutiva del signo que no está completo sin él), en la cual, a partir del signo propuesto “se crea un nuevo signo” y así, para cada uno de los posibles interpretantes, en la autorreflexión y/o en la comunicación, continúa transformándose indefinida y creativamente aquel signo inicial, que ya no es uno sino tantos como interpretantes lleguen a incorporarlo. Pero, si todo es signo, el signo no puede ser objeto de conocimiento científico, ya que no tiene otro objeto de conocimiento del cual diferenciarse (o al que utilizar dialécticamente como definiens).

Pero, efectivamente, ¿todo es signo? La significación es un constructo de la humanidad y todo cuanto somos capaces de ver lo vemos porque significa y del modo como significa; y de aquí uno pasa a decir que todo es signo. Pero, ¿que algo signifique quiere decir que por eso ya es un signo?

En principio, podríamos decir que todo lo que vemos (o sea, percibimos, conocemos, sentimos, intuimos, soñamos, etc.) lo vemos porque está semiotizado (o sea, porque ha sido el referente de un, al menos, enunciado semiótico: icónico, indicial, simbólico y/o sus combinaciones posibles). Al admitir que efectivamente se requiere un proceso de semiotización como condición necesaria que hace posible la identificación de las entidades de nuestro entorno, se está admitiendo que existen dos clases de objetos: los que semiotizan y los semiotizados. En otros términos: los signos y los objetos semióticos. Pero los objetos semióticos no son signos. Los objetos semióticos reciben ese nombre para indicar que ya están semiotizados. Un foucaultiano diría que ya han sido dichos desde algún discurso; creo preferible, para aprovechar el aporte de Foucault evitando la interferencia de la lingüística, decir que ya han sido construidos desde alguna semiosis sustituyente: que puede ser no sólo verbal (o sea, simbólica), sino también visual (o sea, icónica), comportamental (o sea, indicial), etc. Respecto de aquellos objetos que no están semiotizados, no es que no existan (no planteo la duda óntica de si acaso nuestro entorno no será “el sueño de un loco en un rincón de un manicomio”); lo que ocurre es que no podemos verlos (o sea, percibirlos, conocerlos, sentirlos, intuirlos, soñarlos, etc.), ya que no tienen identidad (en cuanto posibilidad de reconocimiento mediante su significado), es decir, carecen de existencia ontológica, para nosotros.

En principio considero que la distinción entre signo y objeto semiótico es importante para conferir y mantener el rigor y la eficacia de la metodología semiótica. Pero es una diferencia coyuntural y no sustancial, ya que lo que en un momento es signo en otro puede pasar a ser objeto semiótico y viceversa. Del mismo modo que, para el enfoque semiótico, nada es definitivamente icónico o indicial o simbólico (una pintura clásica: el Erasmo de Holbein, por ejemplo, es un icono en la medida en que propone una representación de la apariencia física de ese admirable humanista y no sólo por esto; es un índice para el trabajador que tiene que colgarlo de una pared o para el curador que tiene que decidir junto a qué otros cuadros o puerta o esquina o panel conviene situarlo y no sólo para estos; y es un símbolo para el marchand que lo mira codicioso y también para otras múltiples miradas)[3]. Quienes se acercan al conocimiento riguroso (o científico) con la esperanza (positivista) de pisar un suelo definitivamente firme, acostumbran criticar esta movilidad de los conceptos semióticos y los señalan como una prueba de su inconsistencia. Considero, por el contrario, que esa movilidad acredita el enraizamiento cognitivo de la semiótica, la capacidad que tiene nuestra disciplina para dar cuenta de las operaciones mentales que intervienen en la producción y el cambio del significado de determinado fenómeno, sin necesidad de modificar sus conceptos básicos ni sus operaciones analíticas.

Pero volviendo a la distinción entre signo y objeto semiótico, creo que el criterio para establecerla pasa por una visión generativa (no en sentido causalista). Para que algo llegue a ser un objeto semiótico, es necesario que un signo (debidamente contextualizado) lo enuncie, lo que no ocurre procesualmente sino de modo simultáneo o en paralelo. Entonces, algo será signo cuando interviene como enunciador que semantiza a algo diferente a sí mismo. Y algo será objeto semiótico cuando ha recibido su significado de algo diferente a sí mismo (lo que ocurre con todo lo que estamos en condiciones de percibir; incluido el signo, sólo que en tal caso la operación habrá de designarse como "metasemiótica"). Dicho de modo más simple: lo que enuncia es un signo y lo que resulta enunciado es un objeto semiótico. O también (entendiendo dinámicamente y no de forma especular al término "sustitución"), la semiosis sustituyente está constituida por signos y la semiosis sustituida está constituida por objetos semióticos. Obsérvese: este texto es una semiosis sustituyente (está constituido por signos) y el problema al que se refiere (eso de lo que habla) es una semiosis sustituida (la forma en que queda construido el problema en cuestión, por el modo en que se lo dice, lo constituye en objeto semiótico). Pero cuando alguien responde y comenta lo que aquí se dice, su texto es la semiosis sustituyente (en cuanto está constituido por signos) y este texto, que he llegado a escribir y que recibe un nuevo significado a partir del nuevo texto dicho por el otro, es una semiosis sustituida (en cuanto resulta construido como objeto semiótico).[4]

Entonces, si, por ejemplo, puede establecerse respecto de un determinado constructo físico que, para un sujeto determinado (o para una comunidad determinada de sujetos) consiste en “un ámbito donde transcurre la vida familiar” (siendo ése uno de sus significados, entre otras muchas posibilidades), y de otro determinado constructo físico que consiste en “un lugar donde se administra justicia” (siendo ése su significado predominante), etc., ello será así porque, ese sujeto o esa comunidad, han sino intérpretes de algún texto (quizá  el tema de alguna conversación incidental; o el resultado de una simple entrevista hecha en la calle; o una obra de psicología o de derecho; o muchas entrevistas y libros; y no exclusiva ni necesariamente verbales) que así lo propone; por tanto, una casa o el edificio de tribunales son objetos semióticos y la respuesta del o de los entrevistados, o lo escrito en el o en los libros, es lo que utiliza los signos mediante los que la casa adquiere el significado de representar a la vida familiar y el palacio de tribunales el significado de representar a la justicia. Pero si, de pronto, nos encontramos ante una casa concreta, con sus corredores y piezas y puertas y cocina y dormitorios y baños, y sus colores en las paredes y juguetes en el suelo y olores en el aire, etc., podemos preguntarnos acerca de qué clase de vida familiar está representando (construyendo) esa casa y, entonces, la casa es un signo (en rigor, un discurso o contexto de signos) o una semiosis sustituyente y la vida familiar es el objeto semiótico o la semiosis sustituida. Mutatis mutandis, lo mismo sirve para el edificio de tribunales; por eso, por lo general, se busca que sea un edificio de cierta solemnidad arquitectónica, para construir un significado solemne de la justicia; sin perder de vista que la “solemnidad” arquitectónica también es un objeto semiótico que se construye con recursos de la semiosis (sustituyente) de la arquitectura de determinada sociedad, época histórica y escuela arquitectónica, de un modo en el diseño y de otro modo en la obra, los que así se constituyen en otros tantos signos y sus objetos semióticos correspondientes.

Pero lo anterior no da lugar a la posible identificación de los dos objetos de conocimiento, adecuadamente diferenciados: por un lado los signos y por otro los objetos semióticos. En ambos casos estamos en presencia de signos, pero que, en los diferentes momentos en que son interpretados, cumplen funciones semióticas diferentes; en un sentido próximo al de L. Hjelmslev cuando optaba por hablar de “función semiótica” y no de “signo”. Cuando los denominamos "signos", atendemos a su eficacia para producir lo que denominamos "objetos semióticos"; cuando los denominamos "objetos semióticos" atendemos al resultado de esa eficacia productora; pero, en ambos casos, se trata de signos. Por eso, un objeto semiótico puede cumplir una función de signo, cuando produce la identificación de otros objetos semióticos; y un signo puede ser considerado como objeto semiótico, cuando atendemos al signo que lo ha producido. Con lo cual, tampoco aquí tenemos un criterio suficiente para admitir que exista una ciencia de la semiótica.

Esto hace que esta interdependencia entre signo y objeto semiótico, esta necesariedad del vínculo, lleve a excluir la posibilidad de que tengamos dos objetos suficientemente diferenciados como para poder hablar de ciencia al referirnos a la semiótica o si estamos más bien ante dos funciones del mismo objeto, lo que cerraría el universo conceptual sin la alteridad necesaria para constituirse en ciencia. Para mí, con la provisionalidad de todo pensamiento que se asume críticamente, lo específico es concebirla como metodología rigurosa; reconociendo la validez de quienes prefieran explorarla, utilizarla y construirla como ciencia. El rigor metodológico de la semiótica es lo que permite su utilización para explicar la relación entre determinada enunciación y la capacidad de tal enunciación en construir la calidad ontológica específica de determinado fenómeno social que resultará ser, por efecto de dicha enunciación, un fenómeno jurídico, político, estético, clínico, matemático, astronómico, etc. La semiótica interviene explicando el proceso de producción del significado de toda y de cualquier enunciación; pero la semiótica carece de significado propio, siendo un mero instrumento para explicar los significados de todas las entidades cognoscibles; lo cual también constituye un significado (instrumental) que le confiere su específica existencia ontológica. Éste es el razonamiento que me lleva a concebirla, exclusivamente, como metodología.

Al hablar, en el concepto inicial, de “conjunto de conceptos y operaciones” tampoco pretendo referirme a un conjunto de conocimientos finales, en cuanto verdades, ni sustanciales ni procedimentales, alcanzadas mediante, en este caso, la semiótica, y que así planteados tendrían una pretensión universal de validez, en completa oposición con lo que los propios análisis semióticos pueden evidenciar. Con ello aludo a los conocimientos previos que se requieren para poder llegar a formular los criterios metodológicos en que se fundamentan las operaciones pertinentes al método semiótico, conocimientos también provisionales, como lo son las mismas operaciones que la semiótica utiliza en un determinado momento.

Desde esta perspectiva, una metodología necesita estar apoyada en un conjunto de conceptos bien (pero siempre provisionalmente) fundamentados. Por ejemplo, entre otros muchos, será necesario disponer de conocimientos acerca del concepto de “signo”, de “representación”, de “enunciado”, de “valor” (éste último como designación genérica de la significación dialécticamente contrastada con los demás signos del mismo sistema, ya sea en su aspecto sintáctico [ser un sustantivo masculino es un significado metalingüístico posible de “sillón”], ya sea en lo relativo a la semántica [la calidad de mueble con peculiares características que se proyecta como el referente de “sillón”] y, en cada caso, recuperada por el análisis del uso); así mismo se requiere disponer de un concepto operativo y empírico de “contexto” (evitando, en las semióticas de la imagen visual o de la imagen musical o de la imagen del sabor o de la imagen del comportamiento, etc., la connotación estrictamente lingüística [su linealidad, por ejemplo] y buscando identificar las características pertinentes a la calidad de cada contexto [por ejemplo, las cuatro dimensiones: lineal, superficial, volumétrica y temporal que intervienen en la configuración del contexto del comportamiento como signo]); y, como dije, de muchos otros términos, algunos de los cuales esbozo en el “Glosario”, en la segunda parte de este trabajo. O sea, hay conceptos que adquieren un específico significado en el ámbito de la semiótica y que son fundamentales para establecer la eficacia metodológica de las operaciones que constituyen la especificidad de la semiótica. Considero, por el contrario, que no existen conceptos que permitan identificar a la semiótica como una entidad autoconsistente en el universo de los fenómenos sociales; la semiótica adquiere, en cada caso, la calidad ontológica del fenómeno cuya significación pretende explicar. Ello es coherente con la posición asumida en el punto anterior, acerca de considerar a la semiótica como una metodología de investigación en ciencias sociales.

Y aquí una acotación netamente dialéctica: tan provisionales considero a esos conceptos y a esas operaciones que cimientan y dinamizan, respectivamente, a la semiótica, que les atribuyo el destino de llegar a provocar su propia desaparición; de agotar, al aplicarla, su propia potencia explicativa, ya que sus éxitos van demarcando sus propios límites, o sea, aquello de lo que no puede dar cuenta, pero que no hubiera podido llegar a conocerse (en cuanto límite) más que después de haber intervenido y gracias a la aplicación de la propia semiótica. En definitiva, los semiólogos, si cumplimos adecuadamente con nuestra tarea, seremos quienes acabaremos con la semiótica: aplicándola, usándola, mostrando su eficacia, ya que todo ello conducirá a tomar conciencia de sus límites, a saber dónde no resultará aplicable, dónde se mostrará ineficaz, qué pregunta no podrá responder (lo que hoy no es ni siquiera imaginable porque no sabemos todavía que tal pregunta exista o que sea formulable), pero que sólo como resultado de su propia práctica, de su efectiva aplicación, podrá llegar a conocerse ese desconocimiento que la semiótica habrá producido pero que no podrá resolver[5]. En definitiva: el destino de la semiótica es dar a conocer un desconocimiento que ella misma ya no puede resolver. Y de ello surgirá un nuevo conocimiento, una nueva forma de operar que resuelva esa limitación que, sin que se supiera antes de usarla, contenía la semiótica: el conocimiento de su propia negatividad, con la que se construirá una nueva metodología; para que, en definitiva, ese nuevo conocimiento ingrese, también, en un nuevo proceso de agotamiento respecto de esas nuevas respuestas que mostrarán otras preguntas que, a su vez, quedarán sin resolver, y así indefinidamente, construyéndose de este modo la superación histórica (no necesariamente el progreso) como carácter constitutivo del conocimiento humano[6].

 

 

1.3 Hacia una teoría dinámica de los discursos sociales

Del concepto de semiótica que venimos analizando quisiera comentar, elementalmente, lo que considero que surge de las dos últimas proposiciones: “.../ cómo se la comunica (a la significación) / y cuáles sean sus posibilidades de transformación.”

En principio, la comunicación constituye el comportamiento (en cuanto proceso) en el que la significación adquiere su específica existencia y es, también, el comportamiento (asimismo, en cuanto proceso) en virtud del cual llega a perder su posibilidad de seguir existiendo en cuanto tal, por exigencia de su propia superación. Esto se puede comprender si se considera que el hecho de transformarse es una cualidad inherente a toda significación.

Tengo que aclarar que entiendo por existencia de la significación su circulación y vigencia (lo que nada tiene que ver con su verdad o falsedad), en el interior de un determinado grupo social.

Al incluir a la significación y al proceso de comunicación de tal significación en el concepto de semiótica, estoy afirmando que la semiótica deberá proporcionar las operaciones necesarias para identificar los modos según los cuales una determinada significación se propone, en un determinado enunciado, para la identificación de un determinado fenómeno social, ante los integrantes de determinada comunidad, circula entre ellos, y resulta interpretada por tales integrantes de ese determinado grupo social (que se constituye en tal en la medida en que concuerdan en compartir o debatir la vigencia de determinada significación) que así la aceptan como uno de los modos posibles de percibir la existencia del fenómeno en cuestión.

En esta circulación, la significación cambia. O sea, los sucesivos interpretantes, al construir nuevos signos, a partir de la interpretación de otros determinados signos, los modifican, de modo que el signo interpretado ya no es el mismo signo propuesto a la interpretación. Esto sugiere la necesidad, inherente a la semiótica, de la construcción de una teoría dinámica de los discursos sociales (en cuanto conjunto efectivamente existente de las construcciones semióticas que circulan en una sociedad).

Esta teoría sería dialéctica (como es dialéctica la propia existencia de la semiótica, según afirmé un poco antes), ya que la interpretación del significado va determinando relaciones de negación y síntesis, que constituyen un gradiente de distanciamiento del discurso inicial, hasta construir otro discurso en el que ya no son válidas las reglas según las cuales se construyó el primero. Estaríamos, en ese momento, ante una nueva semiosis o un nuevo lenguaje; se habrá producido una especie de "ruptura epistemológica" en la sucesión de discursos, lo que correlativamente habrá conducido a la construcción de un nuevo universo de objetos semióticos; o sea, si circula otra semiosis, se construye otro mundo. Y en esta transformación consiste el transcurso histórico, que se independiza del transcurso cronológico, de modo tal que el transcurso histórico puede manifestarse, también, en la coexistencia, en un momento determinado, entre las diferentes partes de una misma sociedad o grupo social, en el cual habría subpartes que habitarían tiempos históricos diferentes, pese a su contemporaneidad. (Cabría preguntarse, en el transcurso de nuestra cotidianeidad, qué momento histórico enfrentamos cada vez que abrimos una puerta.)

Para producir investigaciones encuadradas en tal teoría dinámica, capaz de dar cuenta de la dialéctica inherente a la existencia de los discursos sociales, la semiótica necesita disponer de determinadas operaciones fundamentales y rigurosas que muestren cómo se produce y cómo se transforma la significación del fenómeno social en estudio.

Como designaciones y descripciones tentativas de los conceptos correspondientes a tales operaciones, he propuesto los siguientes:

1/ atribución de un valor a una forma (significante o representamen[7]) como efecto del conjunto de las posibilidades de su integración contextual junto a otras formas (significantes o representámenes); construye el valor sintáctico de la forma de cada signo en cuanto pertenecientes a una determinada semiosis;

2/ sustitución entre, al menos, dos semiosis, una de ellas en función de sustituyente y la otra en función de sustituida; construye el valor semántico de las formas de los correspondientes signos pertenecientes a tales semiosis; valor semántico que nunca podría afirmarse de una única semiosis, sino de la interrelación diferencial entre la semiosis que sustituye y la sustituida; esto implica  aceptar que para que haya semántica tiene que haber, al menos, dos semiosis operativamente vinculadas en una relación de sustitución;

3/ superación entre, al menos, dos pares de semiosis, de modo tal que una semiosis  pierde capacidad de sustituir, o sea, de construir los significados de los fenómenos de determinado mundo (primer par), en virtud de la entrada en vigencia de otra semiosis (que sustituye a la precedente) que construye otros significados de los fenómenos de un mundo que ya no es el precedente (segundo par); construye el valor pragmático de las formas de los correspondiente signos pertenecientes a las semiosis involucradas: en el proceso de la comunicación, construyen determinado significado y muestran su limitación para construir otros significados que se hacen posibles a partir del efectivamente construido.[8]

Considero que estas designaciones y estos esbozos de descripción de las correspondientes operaciones se corresponden con los procedimientos reiteradamente descritos por quienes han construido la teoría y la práctica de la semiótica; lo único que pretendo es sintetizar y abstraer el múltiple pensamiento y las múltiples aplicaciones de la semiótica, de modo que puedan ponerse a disposición de quienes se acercan a la semiótica para conocer su estructura teórica y la dinámica de su aplicabilidad.

 

 

1.4 La base textual de la significación. Producción e inferencia

Yo no me comunico en representación de la semiótica, lo que consideraría a la vez pretensioso y absurdo, sino tan sólo a título personal. En realidad, la semiótica, como cualquier ciencia, no existe al margen y con independencia de cada uno de los escritos que la van construyendo. Sólo desde un punto de vista político, en este caso el de la búsqueda del poder académico, puede alguien arrogarse o pretender ser el portavoz autorizado de la semiótica, lo que vendría a querer decir que todo lo que ese escritor dice es semiótica por el hecho de decirlo él. Esto viene a cuento, para aclarar que lo que yo pueda afirmar corre bajo mi exclusiva responsabilidad y que podrá o no ser compartido por otros semiólogos y podrá o no resultar útil para otros investigadores.

Desde esta perspectiva, me interesa comentar el alcance que le atribuyo al concepto de “significación”, por el hecho de considerar a la explicación (1) de su producción, (2) de la interpretación de sus características identificatorias y (3) del proceso de su transformación, los aspectos fundamentales de la tarea analítica que le asigno a la semiótica.

Considero que el término “significación” abarca la totalidad y cada uno de los aspectos posibles que pueden aparecer, como interpretación de determinado fenómeno, en la construcción del conocimiento (poético, científico o mítico) del mundo, tal como lo realiza determinada sociedad en determinado momento de su historia. O sea, uso “significación” como el conjunto de interpretaciones materializadas en determinados discursos, relativas a determinados fenómenos y vigentes en determinado momento de determinada sociedad, con lo que resulta admisible la pretensión de describir y explicar la producción de la significación en esa determinada sociedad y momento.

La semiótica procura explicar la producción de esa(s) interpretación(es), siempre con la prudencia de acotar adecuadamente el campo de estudio o contexto en función del cual se considerará viable tal pretensión explicativa. El carácter fundamental que habrá de conferirle rigor al desarrollo que conduzca a la obtención de ese objetivo consiste en que dicha explicación se base en la textualidad de determinada(s) semiosis, o sea, en la materialidad de discursos no sólo verbales, sino también visuales, auditivos (musicales), gestuales, comportamentales, etc. vigentes (o sea, efectivamente en uso y, en diferente medida, aceptables) en determinada sociedad.

Aquí, “textualidad”, así como, en su oportunidad, “contextualidad”, son términos que se refieren a la materialidad existencialmente efectiva de tales semiosis sustituyentes y no al sistema (social, cultural, lingüístico o de la semiosis que corresponda), que siempre, al menos por definición, se considera virtual, en cuanto pura posibilidad. Con la expresión “posibilidad virtual del sistema” se entiende la posibilidad que tiene todo sistema de llegar a manifestarse (transformado en enunciados en los que se aplican las reglas que lo constituyen) mediante la producción de la correspondiente textualidad, en el proceso de producción de la comunicación (o producción de determinadas semiosis sustituyentes). Por ser esto así, es posible la recuperación de ese sistema virtual, mediante una inferencia que se obtiene invirtiendo el anterior proceso de producción de textualidad; inversión mediante la cual se accede a dicho sistema virtual e inversión en la que consiste tanto el proceso de interpretación como el de investigación, los cuales, a partir de la textualidad (o sea, a partir de la semiosis sustituyente efectivamente producida que se esté percibiendo), permiten inferir la virtualidad (de otro modo inaccesible) del sistema y, por tanto, permiten comprender y/o explicar la eficacia significativa resultante de la producción de dicha textualidad. Recuperar el sistema a partir de los textos que de él se derivaron permite conocer las posibilidades significativas de determinado sistema cognitivo tal como es compartido y diversificado en el interior de determinada comunidad (la cual se identifica por el hecho de poseerlo) y en ello consiste un importante aspecto de la eficacia que se le atribuye a la semiótica.

A la semiótica o, mejor, a los semiólogos corresponde la tarea de ir proponiendo los discursos en que se enuncien las operaciones necesarias, rigurosas y explícitamente definidas que sean eficaces para, a partir de los resultados que se obtengan al intervenir con ellas en las materialidades discursivas mencionadas, inferir el conjunto de operaciones mentales (en que lo individual, en cuanto eventual autoría, se especifica en lo social, en cuanto posibilidad de aparición de tal individualidad), disponibles en determinado momento de determinada sociedad, que han concurrido a la producción de aquellos discursos interpretativos que por hipótesis se ha supuesto que atribuyen significación al fenómeno en estudio.

El resultado, en caso de tener éxito, será conceptual o afectivo o emotivo o puramente cognitivo (etc.), pero, en cualquier caso, su determinación requerirá partir de concretas (y por supuesto, múltiples) materialidades discursivas, utilizar un conjunto de operaciones1 formalizadas (no necesariamente simbolizadas, pero sí explícitamente definidas) y, por su intermedio, demostrar qué operaciones2 mentales, provenientes de qué vigencia social (o sea, permitidas, exigidas o excluidas por determinado estado de las normas sociales), han dado lugar a los discursos que han construido el significado de los fenómenos en estudio.

Es necesaria esta doble referencia diferencial a “operaciones”, ya que las primeras: operaciones1, son operaciones técnicas destinadas a intervenir analíticamente en los discursos sociales, perteneciendo, por tanto, al ámbito de la disciplina semiótica; mientras que las segundas: operaciones2, son las operaciones cerebrales-mentales de representación/interpretación que produjeron tales discursos, perteneciendo, por tanto, al ámbito filogenéticamente constituido de la facultad semiótica, y que, por hipótesis, pueden ser identificables y recuperables mediante aquellas operaciones técnicas.

 

 

1.5  Para ver hay que conocer

Acerca de esta inicial aproximación a las operaciones semióticas fundamentales (atribución, sustitución y superación), hay algunos aspectos que me gustaría comentar.

Uno de los que me interesan especialmente es el relativo a saber si las operaciones de atribución y de sustitución suponen que los valores y las formas preexisten a su puesta en relación. Me interesa porque tiene que ver con la perspectiva dialéctica desde la que, personalmente, oriento la investigación semiótica y, por tanto, su metodología.

En efecto, por una parte, no se pude partir de la nada (todo acto creativo es una diferencia respecto de algo que ya existía). Eso de lo que se parte consiste en la vigencia de determinados sistemas semióticos, en cuanto efectivamente utilizados para construir los respectivos discursos (simbólicos, indiciales y/o icónicos) con los cuales, determinado grupo social (definido a posteriori, por la constatación de tal vigencia y no por algún criterio apriorístico de “positivismo de secano” [9]), en determinado momento, construye la significación de la totalidad de los fenómenos sociales (entre los cuales estará el fenómeno en estudio y, por tanto, el/los discurso/s correspondiente/s).

Así que, en un momento dado, todas las posibilidades de atribuir significación a un fenómeno están acotadas por las diversas e incluso contradictorias semiosis sociales (sistemas virtuales y discursos efectivos) vigentes en el grupo social en estudio. Hay una correspondencia entre sistema semiótico y significación de un fenómeno, mediada por el discurso (o semiosis sustituyente) que puede producir (o que puede provenir de) tal sistema y la significación que este discurso puede atribuir a tal fenómeno (o semiosis sustituida).

Hay que tener en cuenta que existe una etapa pre-discursiva (en cuanto todavía no significativa) que es fundamental en este conjunto de operaciones y que puede identificarse como la etapa de construcción del texto, en cuanto resultado, puramente sintáctico, de la combinatoria que permite(n) el(los) sistema(s) utilizable(s) por los miembros del grupo en cuestión. Quienes están leyendo este texto, por una parte lo identifican como resultado de una semiosis lingüística permitida por el sistema de la lengua (castellana), en cuanto conjunto de párrafos sintácticamente correctos; por otra, lo reconducen a un sistema de conceptos preexistente y buscan situar los efectos de sentido que tales párrafos van produciendo acerca de, en sustitución de, como expansión de, en contradicción con, otros conceptos preexistentes y poseídos por ellos (en función de lo cual, aceptan, modifican o rechazan los conceptos que estos párrafos proponen; todo ello, no de un modo procesual sino con el sistema neuronal trabajando en paralelo).

Sólo mediante este conjunto de operaciones, el texto se transforma en discurso, al menos en el sentido que aquí les confiero a estos términos; entendiendo por “discurso”: un texto semantizado, y por “texto”: un discurso desemantizado (o un desarrollo sintáctico que todavía no ha sido semantizado). Definiciones recursivas que tienen como eje diferencial, para el texto, la atención puesta en el cumplimiento de las reglas de contextualización de la semiosis de que se trate (en algunos casos de muy difícil determinación, al menos hasta el momento), y para el discurso, la atención puesta en el cumplimiento de las reglas de semantización vigentes para esa semiosis en esa sociedad, o sea, las características de los significados o el “argumento” peirceano, que pueden construirse con tales contextualizaciones (por lo general, de muy difícil determinación, al menos hasta el momento). Si todo se agotara en esta producción de determinados discursos a partir de determinados sistemas la consecuencia sería trágica: no existiría la historia (lo que no deja de ser una pista para comprender, aparte de su falsedad, el autoritarismo e incluso la esclavización de la mente humana implícita en la mera idea de que la historia o algún aspecto de la historia, haya terminado).

Hasta aquí, en este aspecto dialéctico de la relación entre sistemas y discursos mediados por los textos, están dos de las operaciones que vengo comentando: (1) la atribución que construye textos contextualizando, o sea, poniendo a las formas de un determinado sistema en una determinada relación física, material, existencial (e insisto, formas ya bien significantes, si sólo se toma en consideración la contextualización que el propio sistema, en sí mismo, le confiere a las formas de los signos que lo constituyen, ya bien representámenes, si se toma en consideración el valor, provisionalmente sintáctico, que el interpretante conferirá a esas formas contextualizadas) y (2) la sustitución que construye discursos por la interrelación de dos sistemas: el de los signos y el de los objetos semióticos; interrelación que, con sus precisiones, ambigüedades y desplazamientos constituye lo que denominamos semántica, la cual, referida a los signos da lugar a los enunciados (incluso en sentido foucaultiano; M. Foucault, 1969: 116) o semiosis sustituyentes y referida a los objetos semióticos da lugar a los referentes (especialmente en el sentido cognitivo que les atribuye F. Rastier, 1991: 82) o semiosis sustituida.

Una nueva etapa histórica se originará cuando otra semiosis aparezca en los intersticios de esos signos contextualizados (“el sonido y la furia”)[10] y en las ambigüedades de esos objetos semióticos (“percepto entrópico”)[11] y, sobre todo, en la intuición que genera un espacio conceptual posible (“mente borrosa”)[12] acerca de la existencia de otros objetos semióticos posibles que sólo se percibirán después de haberse construido, reiteradamente (envejecimiento de determinada semiosis), los que permiten los sistemas vigentes (no sólo lógicos o simbólicos, sino también emocionales, estéticos, metafísicos, etc.; si tal etc. aún puede caber). En esa insatisfacción es donde la comunidad empieza a sentir la necesidad de otra semiosis para que nuevos discursos vengan a decir otros fenómenos, que ya no serán los mismos que los anteriores, del mismo modo que los textos y discursos ya no serán los mismos que antes, sino que otra semiosis habrá aparecido que, por las carencias detectadas en las anteriores, será aceptada por la comunidad, la misma comunidad que habrá sido su única y efectiva creadora. Cuando esto ocurre y sólo a condición de que ocurra, puede decirse que habrá historia, o sea, que es identificable la intervención de la (3ª) operación, la de superación, que nada tiene que ver con el progreso y sí tiene mucho que ver con la apertura hacia nuevos (en cuanto efectivamente históricos) universos constituidos por otras percepciones que se hicieron posibles mediante otras semiosis eficaces; en definitiva, vemos lo que las semiosis disponibles nos permiten ver y del modo como nos lo hacen ver[13].

 

 

1.6 La significación construida

Sobre el tema de considerar a “la significación como el conjunto de interpretaciones materializadas en determinados discursos, relativas a determinados fenómenos y vigentes en determinado momento de determinada sociedad” no sé si habré logrado trasmitir lo que me propongo.

Yo estoy evitando la significación conceptual o normativa, que sería la que viene predefinida desde determinados sistemas simbólicos y que conduce a la pretensión de estar en condiciones de juzgar si la significación asignada a un fenómeno es correcta o no. Este enfoque conduce a un análisis dogmático-hermenéutico de todo texto y de toda interpretación que se le atribuya, ya que la verdad y la falsedad están establecidas a priori. Así, habría una verdad, en la realidad o en algún sistema de creencias, a la que habría que atenerse; positivismo y dogmatismo metafísico avanzan en total acuerdo.

Otra cosa es que todo texto proceda de algún sistema, ya que esta afirmación pertenece a la descripción del proceso cognitivo de producción de un comportamiento que implica la actualización de una posibilidad, pero que no condiciona la aparición de determinado contenido y no de otro. Lo que estoy buscando es una explicación que dé cuenta del proceso de construcción de la significación que realizan los miembros de una comunidad, al interpretar un texto o un fenómeno. Puede ser que todos produzcan la misma interpretación, o sea, que le asignen el mismo contenido a las interpretaciones que vayan produciendo; pero también puede ser (y, por hipótesis, es lo que afirmo como regla del comportamiento simbólico de cualquier comunidad) que no sea posible reconducir a la unidad el conjunto de las interpretaciones que en esa comunidad se van produciendo acerca de determinado fenómeno en estudio.

Ésta es la que considero tarea fundamental de la semiótica: proporcionar las operaciones mediante las cuales puedan inferirse los sistemas de donde proceden las representaciones - interpretaciones (perceptuales y conceptuales) que van siendo producidas, en determinado momento de determinada sociedad. Y ello incluye sus coincidencias y divergencias, la forma de su pluralidad, esos modelos o configuraciones de significaciones posibles, producidos y provisionales (nunca punto de partida ni punto de llegada definitivo), a los que designo como “mundos semióticos posibles” que pueden definirse como los diversos conjuntos de opciones disponibles, en determinado momento de determinada sociedad, para que sus miembros construyan las significaciones de los fenómenos de su entorno, y la posibilidad de reconocer las opciones creativas que quiebran las disponibles y enriquecen, superándolas, a las semiosis (lenguajes verbales, visuales, kinésicos, etc.) existentes.

Entonces, la semiótica no proporciona las operaciones que permitan juzgar el grado de proximidad o de apartamiento de las interpretaciones efectivamente producidas en determinada sociedad, respecto de algún dogma de eventual vigencia hegemónica, estableciendo la verdad o la falsedad de tales interpretaciones. Se trata, más bien, de un conjunto de operaciones que permita explicar cuáles son, cómo se construyen y qué transformaciones producen en los modos habituales de significar, esas interpretaciones cuyo registro habrá de requerir un relevamiento representativo y adecuado de las semiosis sustituyentes que circulan en determinado momento de determinada sociedad.

 

 

1.7 Problemas y divergencias

Quisiera reunir, a título meramente indicativo, algunos de los temas, problemas y concepciones divergentes que considero especialmente importantes en semiótica, sin pretender agotarlos ni resolverlos.

Por ejemplo, la semiótica no es una reflexión crítica, ni un enfoque informal y de algún modo iconoclasta, acerca de la semántica lingüística.

La semiótica propone respuestas al problema de la producción del significado a partir del supuesto de que la lengua puede explicar (limitadamente) cómo otra semiosis produce determinado significado, pero no puede sustituirla en la tarea de producirlo.

La semiótica propone respuestas al problema de la producción del significado a partir del supuesto de que cada semiosis produce un efecto de significación específico e intransferible.

La semiótica propone respuestas al problema de la producción del significado a partir del supuesto de que ninguna semiosis se basta a sí misma para realizar tal tarea.

La semiótica propone respuestas al problema de la producción del significado a partir del supuesto de que existe un dispositivo mental (o quizá algo semejante a la “estructura conceptual” de R. Jackendoff, 1989: 121 ss) de coordinación y complemento entre las distintas significaciones que adquiere un fenómeno como resultado de la información visual, verbal, acústica, táctil, kinésica, etc., cuyos interpretantes se procesan en el cerebro humano; en este sentido, toda semiótica sería sincrética.

La semiótica propone respuestas al problema de la producción del significado a partir del supuesto de que la semiótica estudia, identifica, aplica y (en determinada medida) prevé la eficacia de las operaciones (mentales, calculatorias) con las que cada una de las distintas semiosis producen las significaciones que le son específicas.

La semiótica propone respuestas al problema de la producción del significado a partir de la condición de que no se maneje con modelos con los que (1) se clausura toda posibilidad de un nuevo significado y (2) sólo se  puede reconocer lo ya sabido. Por ello, en la semiótica se opta por utilizar operaciones en cuanto reglas de procedimiento rigurosas que no implican el contenido del resultado .

La semiótica propone respuestas al problema de la producción del significado a partir del supuesto de que la forma de la expresión construye la forma del contenido y no a la inversa y de que todo ello sólo ocurre en el interior del sistema histórico - social de conocimiento desde el que un intérprete la percibe y en el que la incluye y donde la transforma y desde el que la transfiere.

La semiótica propone respuestas al problema de la producción del significado a partir del supuesto de que toda significación es un constructo y de que antes de que el hombre estuviera sobre la tierra no existía significación alguna.

La semiótica propone respuestas al problema de la producción del significado a partir del supuesto de que toda semiosis tiene historia; esto implica que toda semiosis sustituyente lleva en sí el germen de su propia negación. Esta “propia negación” consiste en que lo que, en un determinado momento histórico de determinada comunidad, la nueva semiosis sustituyente permite construir no era imaginable desde la anterior semiosis sustituyente (salvo que no haya habido tal construcción, sino una mera reconstrucción). A mi criterio, ni el “significado” en cuanto interpretación textualizada de los fenómenos sociales, ni la “poética” en cuanto posibilidades semióticas de producción del significado de los fenómenos sociales, son patrimonio de la lingüística, sino que se comparten entre todas las semiosis socio-históricas disponibles. En este sentido, toda semiosis tiene su propia poética.

La semiótica propone respuestas al problema de la producción del significado a partir del supuesto de que lo que identifica constitutivamente a un grupo social es el uso que hace de sus semiosis sociales para la construcción de los significados de los fenómenos de su entorno, que sólo con ese uso adquieren ese significado.

La semiótica propone respuestas al problema de la producción del significado a partir del supuesto de que cada grupo social es libre en el uso que hace de sus semiosis sociales, sin tener que cuidarse de respetar verdades metafísicas, verdades científicas o eficacias técnicas de ningún tipo. Esto proviene de que la metafísica, la ciencia y la técnica son los resultados del uso de las semiosis sociales (por tanto, locales e históricos) y no principios válidos previos a toda semiosis.

La semiótica propone respuestas al problema de la producción del significado a partir del supuesto de que la libertad en el uso de sus respectivas semiosis sociales tiene como límite la necesidad de comunicación. Así, la creatividad individual tiene como límite externo la interpretabilidad por otro, en algún momento; y tiene como límite interno la posibilidad de alcanzar, en algún momento, la consistencia de la propia interpretabilidad. Fuera de estos límites, hacia el interior o hacia el exterior, comienza la alienación: el individuo tiene que dejar de ser él para sí mismo, para empezar a ser él para otros; hacia el exterior se encuentra con la alienación que le exige la sociedad para integrarlo; hacia el interior se encuentra con la alienación que lo conduciría a ser un alienado de sí mismo (reaparece “el sueño de un demente en el rincón de un manicomio”).

El problema de la identificación de los resultados de los usos a los que las distintas semiosis son sometidas en un determinado grupo social y en un determinado momento histórico, con el objetivo de construir el significado del entorno, es lo que encuadro bajo la denominación de los “mundos semióticos posibles”.

Con lo que vengo diciendo y atendiendo a que, desde otras perspectivas semióticas, pueden adoptarse criterios diferentes, no pretendo entrar en polémica, sino que, respetando profundamente los diversos criterios al respecto, trato de mostrar las posibles ventajas que puede aportar el hecho de adoptar las que aquí enuncio, como eventuales pautas operativas para la investigación semiótica.

Los criterios de los que he formulado un pequeño resumen (que sólo vale en cuanto punto de partida  y que requiere, todavía, de los consiguientes desarrollos operativos), me han dado buenos resultados (en cuanto a la obtención de explicaciones plausibles acerca de la producción, circulación y transformación de las significaciones, socialmente vigentes, de determinados fenómenos) y me han permitido conservar una satisfactoria coherencia teórica, ya que pude mantenerlos sin auto-contradecirme, al menos a lo largo de cada investigación y/o texto académico, pero con libertad para modificarlos de una a otra investigación o de uno a otro texto. Mantengo mi libertad para seguir cambiando, desde mi adhesión (nunca dogmática) al concepto foucaultiano de sujeto, en el que, hasta el momento, también me siento cómodo.

Desde esta perspectiva, enfrentaré el análisis de las semióticas simbólica, icónica e indicial, tratando de establecer cómo significan y qué significado producen, en determinado momento de determinada sociedad.

 

APÉNDICES

 

Apéndice 1: Otra vez, ¿qué es la semiótica?

He partido de un concepto estático de semiótica al que, después, me he impuesto dinamizar. Lo considero válido y eficaz. No obstante, siguiéndolo a Foucault, tampoco pretendo que una definición construya el contenido único de una disciplina, sino que podrá identificar un punto de dispersión, a partir del cual se despliegan perspectivas distintas desde las que se construyen interpretaciones diferentes.

Precisamente, la semiótica se impone, como uno de sus objetivos o finalidades, explicar desde qué perspectiva se ha construido determinada interpretación; sin que la semiótica se reduzca a esto.

La actitud diferencial de la semiótica, al menos en lo que a mí me interesa, es que excluye el supuesto de una situación inicial en la que un sujeto se encuentra ante un objeto. La excluye porque su interés consiste en establecer las características del instrumento social mediante el cual se construye un sujeto al involucrarse en la tarea de construir un objeto; proceso a cuyo término recién podrá decirse que ese sujeto se encuentra en presencia de ese objeto. Y ahora dispersemos: los instrumentos sociales que hacen posible esa relación son múltiples; los sujetos que se construyen al manejar cada uno de tales instrumentos sociales son múltiples; y los significados que resultan construidos, según el manejo que esos sujetos hagan de tales instrumentos, también son múltiples. Por su parte, ésta es la tarea que hará percibibles a los objetos y que permitirá percibir tantos objetos cuantos significados se construyan, con lo cual estoy afirmando que la percepción es posterior al conocimiento que tenemos de su posibilidad, y está condicionada por éste.

Desde este enfoque, ninguna característica de determinado objeto, ni general ni particular, es identificable si no es como resultado del modo en que se utiliza determinado instrumento social, utilización y aplicación concreta de la que resultan las características identificadoras del concreto sujeto que así lo ha utilizado.

Lo que, según mi modo de ver, exige la semiótica, en cuanto explicación del significado, es que, cuando se afirme algo acerca de un objeto, (1) se hagan explícitas las características del instrumento social que se ha utilizado para afirmar lo que se afirma (lo que incluye, por supuesto: para negar lo que se niega de tal objeto); o sea:  identificación y descripción analítica de cuáles son y como operan las semiosis intervinientes; (2) que se hagan explícitas tanto la eficacia diferencial del instrumento social por el que se ha optado (frente a la eficacia de otros instrumentos sociales posibles, vigentes y disponibles en determinado momento de determinada sociedad), como las específicas características del uso que determinado sujeto le ha dado a ese instrumento social, frente a los otros usos posibles, vigentes y disponibles por otros determinados sujetos, o por el mismo sujeto en otro determinado momento, para producir la afirmación en estudio; o sea: mostración del contraste dialéctico entre la eficacia  diferencial de las diversas semiosis disponibles (al menos, entre dos de ellas).

Lo que, desde mi perspectiva al menos, se excluye de la semiótica es el supuesto de que el objeto tenga características propias de alguna especie, pretendiendo prescindir de que haya un sujeto que se constituya en tal al atribuírselas en función de su modo de utilización de determinado instrumento social. Tales aparentes “características propias” son históricas y provienen, por acumulación, de los significados que le fueron siendo atribuidas a través de los tiempos.

Se excluye, también, el supuesto de que el sujeto tenga características propias (salvo su identidad antropológica frente a la de los restantes organismos) de alguna especie con prescindencia de las que provienen de los instrumentos sociales que ha aprendido a utilizar y del modo según el cual los utiliza para atribuirle las características que son identificables al intervenir en la producción del significado de determinado objeto (la calidad de sujeto es social e histórica; su calidad de organismo es antropológica y evolutiva).

Se excluye, asimismo, el supuesto de que el instrumento social tenga características propias de alguna especie con prescindencia de las que le confiere el sujeto que lo utiliza, por el modo de utilizarlo, en determinado momento, para producir determinados significados acerca de determinados objetos.

Se excluye, además, el supuesto de que esta tarea, de que alguien afirme algo acerca de algún objeto, tenga características propias de alguna especie que le permitiese prescindir de algún otro, al menos uno, que interprete esa afirmación de un modo determinado; y por aquí viene resonando Peirce, al incorporar al interpretante a la estructura constitutiva del signo. Lo que alguien dice no estará completo hasta que el significado construido se integre, como un nuevo hábito, en la mente de otro.

De esto resulta que las características, generales o particulares, de determinado objeto son externas al objeto y dependientes del instrumento social utilizado para atribuírselas; que las características del instrumento social son externas a ese instrumento y dependientes del uso que le confiere determinado sujeto en determinado momento de determinada sociedad; que las características del sujeto son externas al sujeto y dependientes del aprendizaje vigente en determinada sociedad para la utilización de los instrumentos sociales disponibles y de la interpretación que se atribuya al modo de utilización y al instrumento utilizado.

Hablo de "objeto" como ente cognoscible; de "instrumento social" como signo (en su unidad) y como semiosis (en su conjunto); y de "sujeto" como ente cognoscente (lo que no excluye a la totalidad de lo biológico al margen del ser humano, en la medida en que pueda constatarse, entre los individuos de esa marginalidad antropocéntrica, algún principio de organización social).

Volviendo al principio: ¿qué es la semiótica?

Provisionalmente, con el sesgo dinámico que aquí he ido completando y sin pretender todavía quitarle eficacia, el concepto relativamente estático propuesto inicialmente podría completarse afirmando que

la semiótica
 consiste en el
estudio acerca
de
cómo se producen las variaciones de los significados de todo lo que le rodea al hombre en el mundo;
de
cómo se producen las variaciones de los instrumentos con los que se construyen aquellos significados;
y de
cómo se producen las variaciones de los sujetos que usan estos instrumentos para producirlos y/o para interpretarlos
,
desde que el hombre accedió al uso de los signos, y sin que consista sólo en eso.

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Apéndice 2: Concurrencia y no contradicción

Como decía, el concepto dinámico de semiótica, sobre el que reflexioné en el apéndice anterior, no pretende todavía quitarle eficacia al concepto relativamente estático  formulado al comienzo de este trabajo. Y el "todavía" no lo puse para implicar que en algún momento va a quitársela, sino asumiendo la propia hipótesis de variabilidad con que está construido el contenido del concepto de semiótica que he ido elaborando y que supone que, efectivamente, en algún momento, ambos (el estático y el dinámico) van a perderla; lo que consagrará la eficacia de la disciplina semiótica que habrá, así, cumplido su cometido, iniciando una nueva forma de pensamiento, de discurso y de mundo, que serían impensables antes de haber agotado el que la misma semiótica proponía. Pero como puede prestarse a algún equívoco, quiero añadir una reflexión más.

Los dos conceptos de semiótica, el formulado al comienzo de este trabajo y el que acabo de formular en primer apéndice, no se contradicen sino que responden cada uno a una mirada diferente.

Con el último creo haberme referido (al menos ésa ha sido mi intención; ¡oh, los implícitos del hábito del interpretante productor!) a las características de la variabilidad de los modos operativos (con cierta semejanza a un proceso fractal[14]) que la semiótica le atribuye al sujeto, al instrumento, al objeto y a la interrelación de estos tres elementos, en cuanto práctica socializante.

Con el primero pretendía describir las características metodológicas que serían específicamente aplicables, en cada situación concreta, de entre la permanente variabilidad de cada uno de aquellos elementos, a la tarea de explicar la significación de determinado fenómeno, ya que el trabajo de investigación requiere explicar (y explicar requiere un método) la concreta eficacia con la que, en un momento determinado, un sujeto determinado aplica una semiosis social determinada, para constituir, mediante la propuesta de un determinado significado, la posibilidad de identificar un determinado fenómeno social.

Pero vimos cómo esta explicación tiene que dar cuenta simultáneamente (aunque eso se despliegue en una sucesividad enunciativa) de la diferencia que ese conjunto de operaciones así descrito establece con respecto a la eficacia con que en el mismo u otro momento determinado, el mismo u otro sujeto determinado aplica el mismo u otro instrumento social determinado, para constituir de la misma u otra determinada manera el mismo u otro significado determinado del que será el mismo o habrá pasado a ser otro determinado fenómeno social. O sea, estoy afirmando que la investigación semiótica tiene que dar cuenta rigurosa y racional (es decir, explícita y, por ahora, conforme a las exigencias de alguna de las corrientes académicas vigentes en el momento de su aplicación) de cuándo, quien, con qué y de qué modo se constituye un determinado fenómeno social y también tiene que dar cuenta rigurosa y racional acerca de cuál es ese otro cuándo, quien, con qué y de qué modo, respecto del cual el que se está estudiando constituye una desde variación hasta contradicción y que, con determinados requisitos, es la condición necesaria y suficiente para que haya historia. Aspecto que he planteado en Los fundamentos lógicos de la semiótica y su práctica, bajo el nombre de operación de superación; sólo que entonces, 1996, la restringía a la variabilidad del instrumento social utilizado para conferir determinado significado a un fenómeno social y ampliando, ahora, el concepto propuesto por el término “superación” al sujeto que lo utiliza, al fenómeno social resultante y a la interrelación de los tres elementos, que siendo los mismos (en cuanto eventual permanencia de su denominación), ya no son los mismos (en cuanto efectiva transformación de su significado).

En definitiva, el concepto actual explora las características semióticas intervinientes para la producción del significado de los fenómenos sociales.

El concepto anterior exploraba las características metasemióticas necesarias para la explicación del proceso de producción del significado de los fenómenos sociales. Ninguno contradice al otro y ambos concurren en la producción del conocimiento acerca de cómo el hombre construye el significado.

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REFERENCIAS

Foucault, Michel (1969). L’archéologie du savoir. Paris: Gallimard.

Hanson, Norwood Russell (1977/1971). Patrones de descubrimiento. Observación y explicación. Madrid: Alianza.

Hjelmslev, Louis (1971/1966). Prolégomènes a une théorie de langage. Paris : Minuit

Jackendoff, Ray (1989). Consciousness and the Computational Mind. Cambridge: MIT

Mac Cormac, Earl & Stamenov, Maxim I. (Editors) (1996). Fractals of brain, fractals of mind. In search of a symmetry bond. Amsterdam: John Benajamins

Magariños de Morentin, Juan (1996). Los fundamentos lógicos de la semiótica y su práctica. Buenos Aires: Edicial.

Rastier, François (1991). Sémantique et recherches cognitives. Paris: PUF.

Varela, Carlos (1996). What is Visual in the Visual Anthropology of Human Movement? Visual Anthropology 8 (2-4): 155-170.

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[1] Ver el trabajo sobre secuencias de transformaciones de un signo de base en 5.4.

[2] Uso la conocida expresión de Peirce “interpretante”, tanto para designar al intérprete (como Peirce prefería: sin connotaciones psicológicas), como para designar a la eficacia que sume el signo en la mente de tal intérprete (también como se lo proponía Peirce: en cuanto “hábito” producido por el nuevo signo.

[3] En esta dirección apunta la opción de Louis Hjelmslev (1971/1966: 49) por referirse a la “función semiótica” y no a los signos.

[4] Para entrar en la semiótica prefiero la zambullida al lavado de manos. De todas formas, aclaro que el segundo texto de este Encuadre General consiste en un Glosario en el quedarán definidos la mayoría de los términos que estoy utilizando sin previo aviso.

[5] Puede verse, como desarrollo esquemático pero más interrelacionado, mi trabajo “Pensamiento-Semiosis-Mundo”, en http://www.centro-de-semiotica.com.ar/gio.htm (Maracaibo, noviembre, 2005) y, también, más recientemente, el trabajo "La semiótica de los bordes", que presentaré en el 9º Congreso de la IASS (Helsinki, junio, 2007).

[6] Este ha sido el tema de la Introducción que, como compilador hice al Nº 17 de la Revista Cuadernos, de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Jujuy: "Semiótica 2001", número dedicado íntegramente a recopilar las plurales visiones de 32 semiólogos contemporáneos de habla castellana.

[7] Quiero formular una breve observación acerca de esta mención, en forma conjunta y equivalente, del par “significante/representamen”, ya que puede despertar ciertas suspicacias entre los cultores de Saussure y los de Peirce. Dicha observación se refiere a que el aspecto perceptual de los signos necesitan del contexto con otros para que adquieran significación (al margen, por supuesto, del significado histórico que su uso, o sea, su contextualización precedente les haya ido atribuyendo). En este sentido, me interesa más cuando Peirce se refiere al “representamen” como ese aspecto “perceptual”, que vincula con la idea de “representación” (y que habrá de llevarle a la posibilidad de plantearlo como semejante a la relación entre el abogado y su cliente), que no es todavía el “juicio perceptual”, y en el que se basa su concepto de “primeridad” y en el que, por tanto, predomina la categoría de “forma/posibilidad”; digo que me interesa más este enfoque, que cuando lo construye como signo y parece una entidad en un conjunto frente a los otros dos aspectos: su objeto y su interpretante. Al representamen en cuanto forma, que requiere del contexto para fijar su capacidad representativa, lo considero próximo al significante saussureano, cuyos valores, en el sistema de la lengua (que él asume como ya dados en un momento determinado, desinteresándose de explicar su proceso de producción, y limitándose a señalar un estado de tal sistema: sincronía, o a constatar la diferencia entre dos o más estados: diacronía), son el resultado de su uso o contextualización, en los sintagmas del habla; ámbito de conocimiento que Saussure elude y que Peirce anticipa en su “dicisigno”, en cuanto proposición o contexto existencial, y en su “terceridad”, en cuanto conclusión provisional, en ese objeto mental que denomina “interpretante”, del proceso semiótico, con lo que ofrece una base analítica a los actuales enfoques cognitivos de la pragmática y de la recepción. En este sentido, configuro la atribución como la operación que le confiere valor a una forma como resultado de su integración en determinado contexto.

[8] Estas tres operaciones semióticas están propuestas y desarrolladas en Magariños de Morentin, 1996.

[9] A semejanza de la designación paródica de “materialismo de secano” utilizada por N. R. Hanson, 1977/1971: 26

[10] Life... is a tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing... (Hamlet de Shakespeare)

[11] DENBIGH, K. G. "The many faces of irreversibility", en The British Journal for the Philosophy of Science, 40; 1989: 501-518

[12] Las tres expresiones provienen del esquema ya mencionado “Pensamiento-Semiosis-Mundo”, accesible en http://www.centro-de-semiotica.com.ar/gio.htm

[13] De modo similar, Carlos Varela (1996: 155) afirma que “ver es creer, en cuanto práctica de la creencia”.

[14] Ver, sobre el concepto de “fractal”, Mac Cormac, Earl & Stamenov, Maxim I., 1996