2. GLOSARIO

 

 

Este breve glosario tiene por finalidad orientar acerca del sentido básico que se les atribuye, en este trabajo, a algunos de los términos que aparecen utilizados más habitualmente.

Dos observaciones son importantes. Por una parte, que se trata de términos de gran complejidad, por lo que la plenitud de su significado se irá adquiriendo conforme se progrese en la reflexión metodológica sobre la aplicación práctica de la disciplina. Lo que aquí enuncio es tan sólo una inicial aproximación, como para comprender, elementalmente, de qué se está hablando cuando se los utiliza; pero también constituye una base conceptual que no podrá modificarse, en el desarrollo de este mismo texto, salvo expresa advertencia y cuidando, caso de concretarse tal modificación, con hacer mutuamente consistentes los sentidos actualizados en cada una de las presencias del término modificado.

La otra observación se refiere a que el significado atribuido a estos términos admite un cierto margen de variación según el autor o estudioso de la semiótica que lo está utilizando. El conocimiento de las fuentes teóricas de la semiótica implica, justamente, llegar a diferenciar estos diversos usos en cada uno de los diversos tratadistas. No pretendo, en estas páginas, desarrollar tal contraste y diferenciación sino asumirlo y proponer una opción entre los conjuntos de rasgos diferenciales posibles. Lo que aquí enuncio convendrá considerarlo, por tanto, como una puesta de acuerdo terminológica, para mejor comprender aquello de lo que estemos hablando, con su validez, provisional, limitada a este trabajo. Tanto los participantes como yo mismo someteremos a constante crítica el contenido que le atribuimos a los términos que utilizamos; considero que el rigor, en las ciencias sociales, consiste en utilizar sus términos de modo consistente, o sea, sin incurrir en contradicciones, al menos mientras se permanezca en los límites de un determinado texto, y en explicar y justificar la razón del cambio cuando se los modifique. Como decía Michel Foucault (1969: 28) “No me preguntéis quién soy ni me pidáis que permanezca el mismo : esa es una moral del estado civil; rige nuestros documentos. Que nos deje libres cuando se trata de escribir.”

 

 

Términos definidos en este glosario

2.1 Código

2.2 Contexto – Cotexto – Paratexto – Peritexto - Epitexto

2.3 Discurso

2.4 Habla - Escritura

2.5 Lengua

2.6 Lenguaje

2.7 Lingüística, semiología y semiótica

2.8 Objeto semiótico

2.9 Semiosis

2.10 Semiosis sustituida

2.11 Semiosis sustituyente

2.12 Semiótica

2.13 Signo

2.14 Sistema

2.15 Texto

REFERENCIAS 

 

2.1 Código

Podemos entender por “código” el registro, ordenado según algún criterio explícito y decidido por su autor o recopilador, de un determinado conjunto de signos, descritos conforme a sus posibilidades de interrelación sintáctica y a sus contenidos semánticos posibles, relativos a un determinado fenómeno social.

 

 

2.2 Contexto – Cotexto – Paratexto – Peritexto – Epitexto

Entendemos por “contexto”, en el presente Manual, siguiendo la línea más clásica de la tradición lingüística, al conjunto de todos los signos, de características semióticas semejantes a las que posee el que se estudia, que se vinculan sintácticamente con un determinado signo. Este término se emparienta conceptualmente con “sintagma”, en la terminología saussureana, ya que designa el ámbito existencial en el que se realizan las posibilidades virtuales que posee el signo en el sistema (“paradigma”).

También suele hablarse de “cotexto”, introduciendo una notable confusión. Suele utilizárselo, en el ámbito del discurso verbal, con el sentido que acabo de atribuirle a “contexto”; con lo cual, para algunos (esos mismos), redefiniéndolo de modo diferente a como lo formulé inicialmente, “contexto” pasa a ser un término afín con “situación”, en el sentido de poder hablarse, por ejemplo, de “contexto o situación de enunciación”. No es éste el sentido con el que utilizaré el término “contexto” en este Manual, sino con el más convencional, meramente expandido a designar relaciones, no sólo entre los signos lingüísticos integrantes de un texto determinado, sino igualmente entre otros signos no lingüísticos, mientras se trate de signos simultáneamente presentes en un mismo entorno semiótico (en cuanto conjunto de entidades vinculadas por relaciones sintácticas interactuantes).

En la utilización que pueda llegar a hacer, en este Manual, de “contexto” se entenderá, también, por tal a determinado conjunto de signos, de características semióticas diferentes al que se estudia, siempre que se encuentren interrelacionados con éste en una misma situación existencial de comunicación. En este segundo sentido, de entidades pragmáticamente vinculadas en una misma situación comunicativa el contexto designará la vinculación de un signo con otros signos de características diferentes a las suyas o con signos, de las mismas o diferentes características, que aparezcan situados en otra diferente situación existencial, pero comunicativamente vinculados entre sí y modificando (por incremento, restricción o desviación) a otro u otros signos de determinada totalidad. Más empíricamente, las ilustraciones que acompañan a un texto literario son contexto de ese texto (interrelación sintáctica entre signos de diferentes características semióticas); las ilustraciones de determinado autor que acompañan a determinado texto son contexto de otras ilustraciones de otro autor que acompañan a otra edición de ese mismo texto (interrelación contrastante entre conjuntos de signos de las mismas características semióticas, situados en ámbitos existenciales diferentes). Las ilustraciones que acompañan a la edición de un determinado texto literario, consideradas entre sí, o sea, en cuanto conjunto de ilustraciones, constituyen todas el contexto de cada una de ellas, interviniendo, a su vez, todas y cada una como contexto del texto escrito.

La importancia de una diferencia terminológica consiste en la capacidad que posee para diferenciar situaciones o entidades que requieren distinguirse. Aquí tenemos (al margen de la designación que se les atribuya) dos posibilidades: o (1) el signo se vincula con otros signos de sus mismas características semióticas, y lo hace (2) en el interior de una misma o semejante situación existencial o lo hace (3) en relación con otra situación existencial; o bien (4) se vincula con signos de características diferentes, pudiendo hacerlo (5) en el interior de una misma situación existencial o (6) en relación con los signos que se encuentran en otra situación existencial. Estas son las variantes posibles en cuanto a la forma de interrelación entre múltiples signos (dos o más); sobre esto propongo que se lo acepte o que se proponga una concreta modificación de tales interrelaciones. Suponiéndolo aceptable, por el uso que me propongo hacer de este par de términos (con lo que busco hacer coherente la terminología que utilizaré, pero admitiendo la posibilidad de que sea otra o con modificación de su referencia), utilizaré “contexto semiótico” para designar, exclusivamente, a la posibilidad (1+2)  y usaré “contexto comunicativo” para designar a las restantes posibilidades (1+3; 4+5; 4+6). El problema es importante ya que para explicar por qué se le atribuye un determinado significado a determinado signo es preciso identificar las relaciones que establece con su entorno, y estas varían según sean signos de las mismas o de diferentes características y ubicados en la misma o diferente situación existencial. No es lo mismo relacionar formas y colores en el interior de una imagen (contexto semiótico), que relacionar determinadas formas con el público que visita la exposición en que se encuentran expuestas o con las paredes de la sala donde se la expone o con la iluminación que cae sobre ella o con otras imágenes diferentes expuestas en la misma exposición o, incluso, con el título de la propia imagen, etc. (contexto comunicativo).

Pero todavía habría más: también cabe hablar del “paratexto”, que Eco retoma de Genette, para referirse a “cuántas cosas (que en principio no serían texto) hay en torno de una obra literaria: solapas, tamaños y caracteres tipográficos, inserción en colecciones, cubiertas, portadas, títulos, subtítulos, comunicados de prensa, dedicatorias, epígrafes, prefacios, notas, entrevistas, correspondencias, reflexiones autorales a posteriori, diarios íntimos y póstumos […] [Además Genette] distingue entre “peritexto”, es decir, todos los discursos que explícitamente forman parte de un libro como objeto físico (como el título y las notas) y “epitexto”, o sea, los discursos que circulan en torno del texto, desde los del editor hasta las entrevistas y confidencias del autor” (Eco, 1989).

 

 

2.3 Discurso

A los efectos metodológicos, entenderemos por “discurso”, al nombrarlo en este Manual, a un texto con  semántica. Cuando a partir de una concreta propuesta perceptual (icónica, indicial o simbólica) se interpretan (intuitiva o analíticamente y cuando se trabaja profesionalmente resulta imprescindible hacerlo analíticamente) las relaciones mediante las cuales se construyen los significados de determinados fenómenos sociales, estamos en presencia de un discurso; o sea, cuando se identifica a tales fenómenos como los referentes construidos por dicho texto, éste, en cuanto productor de tal efecto, ya no es texto sino discurso.

 

 

2.4 Habla - Escritura

Consiste en la actividad concreta de producción e intercambio de expresiones lingüísticas textuales (existenciales, por tanto) que, en forma auditiva o visual, circulan en el seno de una determinada comunidad lingüística. Su estudio (considerado inabarcable por Saussure) ha dado lugar a la pragmática. Aplicando una reflexión peirceana, podemos decir que tanto el habla como la escritura no están constituidas por signos lingüísticos, sino por palabras; siendo las palabras, no signos lingüísticos, sino réplicas de signos lingüísticos. En la terminología de Peirce, no son tipos: “types”,  sino ejemplares o réplicas: “tokens” de dichos tipos (Peirce, 1961/1933: 4.537-4.538); cuantas veces aparece una palabra en un texto se está ante un ejemplar de determinado signo lingüístico, el cual es uno único, en el sistema correspondiente. La relación entre habla y escritura es compleja y se la enfoca desde diversos puntos de vista (puede verse: Tuchsznaider, E., 2006).

 

 

2.5 Lengua

Consiste en un determinado sistema (virtual, por tanto) de signos lingüísticos, a partir del cual se construyen las expresiones lingüísticas con las que una determinada comunidad de hablantes configura su entorno. Como acabo de decir, las expresiones lingüísticas, las palabras por ejemplo, no son signos lingüísticos sino réplicas de los correspondientes signos lingüísticos. Cada signo lingüístico es uno único; la cantidad de sus réplicas es indefinida; son tantas cuantas veces se actualice, en el habla, ese mismo y único signo lingüístico. La lengua es el conjunto de las propiedades sintácticas y semánticas que caracterizan a los signos lingüísticos. Toda semiosis tiene su propio sistema de signos; aunque carezca de una designación tan contundente como lo es “la lengua” en referencia con el sistema de los signos lingüísticos. Conocer las relaciones que  constituyen a los signos correspondientes a cada semiosis, por sus posibilidades mutuas de interrelación, es el objetivo del análisis semiótico. Cuando se conoce el sistema, se conocen las posibilidades expresivas de la facultad semiótica correspondiente; pero conocer el sistema es el resultado de la semiótica como disciplina. Para usar la lengua, como para usar cualquier sistema semiótico, no hace falta conocer las reglas que caracterizan su uso; el analfabeto hace un uso efectivo de la lengua, cuando habla. A este conocimiento se accede por inferencia a partir de las relaciones observables efectivamente usadas en los textos producidos (e interpretados) a partir de los sistemas semióticos correspondientes.

 

 

2.6 Lenguaje

Es el nombre de la facultad cognitiva de que dispone el hombre para la producción de signos lingüísticos.

 

 

2.7 Lingüística, semiología y semiótica

La lingüística es la disciplina que estudia el sistema de los signos de la lengua (pese a la redundancia, aclaro: verbal) y las características de su utilización.

La semiología y la semiótica, en cuanto disciplinas (ya que vengo diferenciándolas, reiteradamente, de su caracterización con facultad), estudian el sistema de los restantes  signos (según una de las tendencia, como veremos un poco más adelante) o el sistema de la totalidad de los signos (según otra, como también veremos) que están vigentes en determinada sociedad y las reglas (o la pragmática) de su utilización.

Entre semiología y semiótica la diferencia radica, en cierto sentido, en su diferente origen contemporáneo. Con independencia de su inicio en el pensamiento de los estoicos griegos, su recuperación moderna se debe, en gran parte, a la obra de dos autores fundamentales: Ferdinand de Saussure, en Francia, y Charles Sanders Peirce, en los Estados Unidos de Norteamérica. Llevado el término al castellano, su origen latino, en el francés de Saussure, la hace reaparecer como “semiología” (“sémiologie”), mientras que, en el uso de Peirce, el origen anglosajón lo actualiza como  “semiótica” (“semiotics”). Por la competencia teórica predominante de estos dos autores, la lingüística en Saussure y la filosofía y la lógica en Peirce, también se suele utilizar la diferencia para enfatizar el ámbito de los estudios vinculados con la literatura en el caso de la semiología, frente a los vinculados a otras formas de comunicación, como las imágenes y/o los objetos y/o los comportamientos, en el caso de la semiótica. Por la misma razón, se adscribe la semiótica a los estudios de mayor rigor y exigencia lógica o científica. De todas formas, el motivo de la diferencia va relegándose al origen histórico y cada vez más se impone el término “semiótica”, quizá por la invasión del inglés acompañando a la innovación tecnológica. Yo también he comenzado usando “semiología” y hoy utilizo exclusivamente “semiótica”; en mi caso, el cambio se originó en una búsqueda de connotación rigurosa para la disciplina en cuyo ámbito he optado por trabajar.

Otro aspecto a tener en cuenta es el relativo a la diferencia entre la lingüística por una parte y la semiología / semiótica por otra. El problema consiste en el ámbito abarcado por la una frente al que correspondería a la otra. Una posición, con origen en Roland Barthes, hace de la lingüística la disciplina omniabarcadora, en la que quedaría incluida la semiótica. Todo acaba siendo explicado con palabras, por lo que, en definitiva, sería el sistema teórico de la lingüística lo que explicaría la producción de sentido que se cumple por acción de los diversos signos, cualquiera sea su carácter: imágenes, símbolos, objetos, comportamientos. La crítica a esta actitud consiste en comprender que mediante la palabra se puede explicar cómo actúan los otros signos, además de los verbales, pero mediante la palabra no se puede producir la misma significación que produce cada uno de ellos; operan, por tanto, en función de reglas específicas y diferenciales que requieren su propio metalenguaje para explicar su eficacia. Esta valoración de lo específico y diferencial condujo a Louis Hjelmslev (1971/1966: 135) a afirmar a la semiótica como el continente de todas las demás semiosis, entre las cuales se encuentra la palabra, así como la imagen, la exhibición de objetos y comportamientos, etc.  Este último criterio es el que adopto en los desarrollos metodológicos de este Manual.

Por tanto, cuando hablemos de una semiótica general estaremos haciendo referencia al conjunto de reglas de integración, sustitución y superación (términos cuyo concepto básico se anticipó en el Tema 1 y que, aparte de su tratamiento en Magariños 1996, continuarán siendo desarrolladas desde distintos enfoques) que son aplicables por igual a los signos de cualquiera de las semiosis vigentes en determinado momento de determinada sociedad.

Cuando hablemos de semióticas particulares estaremos haciendo referencia al conjunto de reglas de integración, sustitución y superación  específicas a los signos de una determinada semiosis icónica, indicial o simbólica (términos con los que nos iremos familiarizando progresivamente) vigente en determinado momento de determinada sociedad.

 

 

2.8 Objeto semiótico

Es lo que se sabe del objeto o fenómeno. Designa, por tanto, a lo que puede verse y conocerse a partir de las semiosis sustituyentes que históricamente han venido construyendo, deconstruyendo y reconstruyendo el entorno de determinada sociedad o determinados elementos de dicho entorno. Frente a esto, la expresión “semiosis sustituida” designa la novedad (o el intento de innovar) que determinada semiosis sustituyente se propone producir (por tanto, con calidad de signo) como nuevo sentido del entorno o de determinados elementos de dicho entorno. O sea, con “objeto semiótico” se designa lo que ya sabemos acerca de determinada entidad porque viene construido desde un signo. Lo que, por ejemplo, nos lleva a manipular una silla sin pensar siquiera en lo que estamos haciendo es una consecuencia de considerarla como objeto semiótico; en cambio después de haber contemplado “la silla” de Van Gogh tenemos una nueva perspectiva para mirar y para relacionarnos con las sillas; la silla vista en referencia a “la silla” de van Gogh, y mientras dura la novedad de tal visión, es una semiosis sustituida o, lo que equivale, un objeto semiótico); “la silla” de van Gogh, que nos permite ver de un modo distinto a las sillas, y no por estar pintada, sino porque utilizamos su forma como imagen de contraste, es una semiosis sustituyente o, lo que equivale, un signo.

 

 

2.9 Semiosis

Consiste en un determinado sistema (virtual, por tanto) de determinada calidad de signos (que puede ser cualquiera de las tres clases habitualmente sistematizadas: iconos, índices o símbolos o las que surjan por su combinatoria), a partir del cual se construyen las expresiones semióticas (existenciales, por tanto) con las que una determinada comunidad configura (visual, comportamental o conceptual y simbólicamente)  su entorno.

 

 

2.10 Semiosis sustituida

Se entiende, en este trabajo, por “semiosis sustituida”, al sentido adquirido por el entorno de quienes utilizan determinadas semiosis sustituyentes y en función de su específica utilización. O sea, cada manifestación de una semiosis sustituyente puede producir alguno de los siguientes efectos cognitivos: duplicación, expansión o ruptura. Si una semiosis sustituyente sólo produce un efecto de duplicación, el sentido del entorno no se modifica, sino que se ratifica en su anterior estado. Si una semiosis sustituyente produce un efecto de expansión, el sentido del entorno adquiere un contenido que no había sido construido previamente, pero que responde a las posibilidades de la semiosis preexistente. Si una semiosis sustituyente produce un efecto de ruptura, el sentido del entorno adquiere contenidos impensables desde las posibilidades de la semiosis preexistente, por lo que se dan dos posibilidades: o se rechaza tal propuesta de sentido o se rechaza la vigencia de la semiosis preexistente y comienza a elaborarse una nueva semiosis, lo que lleva a configurar de modo diferente la identidad de los elementos de ese entorno (ver al respecto, G. Della Volpe, 1960/1963: 99 ss).

 

 

2.11 Semiosis sustituyente

Se entiende, en este texto, por “semiosis sustituyente” al conjunto de las configuraciones perceptuales (frases, imágenes, objetos y comportamientos exhibidos) con las cuales (a partir de, pero en definitiva con independencia de la intención de su productor) se atribuye un sentido al entorno de quienes las utilizan (como productores, intérpretes o en ambas funciones). Su eficacia, para lograr dicha atribución de sentido, radica fundamentalmente en las relaciones físicas (sintaxis lingüística, configuración gráfica o disposición de objetos o comportamientos) que vincula a los signos que las constituyen. La calificación de “sustituyente” no debe tomarse en ningún sentido que la asemeje a una vinculación especular con las entidades del entorno a las que están dotando de sentido, sino como portadora de la idea de productividad inherente a la eficacia interpretante del aspecto perceptual de los signos.

 

 

2.12 Semiótica

Con este término se designa, por una parte, una facultad y, por otra, una disciplina del conocimiento. En cuanto facultad, es el nombre de la facultad cognitiva de que dispone el hombre para la producción de toda clase de signos (entre los cuales, pero no de modo exclusivo ni preferencial, desde la perspectiva por la que opto, están los lingüísticos). En cuanto disciplina del conocimiento es el nombre con el que se designa el estudio de toda clase de signos: básicamente, iconos, índices y símbolos, tendiente a producir la explicación de por qué, cómo y con qué eficacia se producen, circulan y se transforman las significaciones vigentes en un determinado ámbito social.

 

 

2.13 Signo

Es el término central de la problemática semiótica. En torno a él girarán nuestras exposiciones, comentarios y explicaciones, así como su comprensión adecuada y bien fundada constituirá la base del aprendizaje que puede esperarse obtener de este Manual. Sus definiciones explícitas, tanto la vinculada a Saussure como la propuesta por Peirce, Morris y otros, las iremos viendo en su oportunidad.

(I) Sintácticamente, podríamos decir que el signo es un enclave en un contexto, a partir del cual se desarrolla un conjunto determinado y normado (de modo absoluto o con márgenes relativos de variabilidad) de relaciones, previstas a partir de un determinado sistema de posibilidades, con los restantes enclaves de su propio contexto. (Uso el término “enclave” buscando una designación genérica que permita referirse tan sólo a una entidad física determinada situada o formando parte de un ámbito físico determinado; desde el punto de vista sintáctico sólo interesa esa entidad en cuanto punto de origen y de destino de las relaciones que pueden identificarse entre ella y los restantes componentes de ese ámbito concreto.)

(II) Semánticamente, podríamos decir que el signo es la menor parte de una propuesta perceptual que le atribuye sentido a algo distinto de ella misma en el mundo. (Esta “menor parte de una propuesta perceptual” se refiere a la parte que ya tiene la función de producir algo que no estaría en el mundo si no fuera porque lo percibimos de determinada manera en la propuesta que la contiene.)

(III) Referencialmente, podríamos decir que el signo es  el más elemental concepto que puede identificarse en otra determinada propuesta perceptual. (Esta “propuesta perceptual” ya no es la de apartado anterior que, desde otro enfoque, es la misma que correspondería al asiento de las relaciones sintácticas, sino que se refiere a lo que percibimos cuando percibimos eso distinto de las otras dos pero producido conjuntamente por ellas.)

O sea, lo mencionado en (I) y (II) es lo mismo visto de dos modos diferentes; lo mencionado en (III) es otra cosa, que es lo que la hacen ser la acción combinada de (I) y (II).

Estos tres aspectos requieren, además, de un intérprete que será quien admita, transforme o rechace la propuesta referencial, sintáctica y semántica en que consiste determinado signo. Si consideramos a la eficacia del signo, tal como está establecida en determinado momento de determinada sociedad, con prescindencia del intérprete (como designación del universo de sus usuarios) que ha ido configurando tal eficacia, estamos en un planteo típicamente saussureano. Si consideramos a la eficacia del signo, tal como está establecida en determinado momento de determinada sociedad, en función del trabajo semiótico del interpretante que ha ido configurando tal eficacia (interpretante que ya no es su usuario o intérprete, sino uno de los componentes inherentes al propio signo), estamos en un planteo típicamente peirceano.

 

 

2.14 Sistema

Consiste en una articulación de entidades (signos), cuyo valor está constituido por el conjunto posible de sus funciones relacionales respecto de todas las demás entidades del mismo universo y por el conjunto de sus posibilidades sustitutivas o referenciales respecto de las entidades identificables en algún otro universo diferente, todo ello a nivel virtual. El sistema no tiene existencia efectiva, pero contiene todas las posibilidades, realizadas o no realizadas pero realizables, para actualizar los signos en los correspondientes textos y discursos. Conociendo el sistema puede saberse si determinada configuración perceptual efectiva (una frase, una imagen, un comportamiento, etc.) es posible a partir de tal sistema. A la inversa, si conozco un conjunto de realizaciones efectivas (frases, imágenes, comportamientos, etc.) relativas a un determinado fenómeno social en estudio (por ejemplo la campaña propagandística de determinado candidato político) puedo reconstruir el sistema (comunicativo, ideológico, programático, etc.) del que  se partió para su producción. O sea, a partir del texto puedo recuperar el sistema (operación inferencial); a partir del sistema puedo afirmar si un determinado texto es o no posible (decidibilidad). La recuperación del sistema del que surgió la posibilidad de que se concretase un determinado texto o discurso es una de las más importantes finalidades del análisis semiótico. Un sistema puede diseñarse y a partir de él producir determinadas manifestaciones perceptuales de la semiosis que corresponda; pero, por lo general, la producción de manifestaciones perceptuales no es, por parte del productor, tan consciente como para tener identificado el sistema que está manejando. El análisis semiótico permite, por ejemplo, recuperar (conocer, explicar su eficacia e, hipotéticamente al menos, replicar la eficacia productiva de) el sistema lingüístico, sintáctico y semántico, que utilizó, en las distintas instancias de su vida de producción poética Antonio Machado, o el sistema que aplicó, en las distintas etapas de producción de sus configuraciones de textura, forma y color, Pablo Picasso, etc. Un sistema es la condición de la existencia de una propuesta perceptual; pero, como es virtual, no permite un acceso directo que permita describirlo; se requiere reconstruirlo a partir del análisis de las relaciones constitutivas del conjunto de propuestas perceptuales existencialmente configuradas a partir de la virtualidad de tal sistema. Por tanto, la propuesta perceptual contiene las relaciones que se concretaron, de entre todas las posibles, preexistentes en el sistema.

 

 

2.15 Texto

A los efectos analíticos, entenderemos por “texto”, a lo largo de este Manual, a un discurso sin semántica. Pese a la tradición lingüística de esta terminología, la utilización que propongo de este término “texto” no se limita al universo de los signos lingüísticos.  O sea, cuando de una propuesta perceptual, cualquiera sea su calidad semiótica (se trate de iconos, índices o símbolos), se toman exclusivamente sus relaciones sintácticas, diremos que se está identificando el texto de esa propuesta perceptual. Por oposición al sistema, que es virtual, el texto es un fenómeno fundamentalmente existencial, o sea, percibible. Nunca podemos referirnos a él ni a sus componentes como a una abstracción. Pero su importancia es fundamental, en especial en las operaciones analíticas, por lo que puede admitirse la vigencia de la máxima: no hay semántica sin sintaxis (o sea, si se pretende explicar el significado hay que partir de relaciones efectivamente existentes en el texto). Por ello, también, la importancia de las relaciones semióticas que se denominan “contexto”.

 

REFERENCIAS

Della Volpe, Galvano ­(1960/1963). Crítica del gusto. Barcelona: Seix Barral

Eco, Humberto (1989). “En torno del texto está el Paratexto”, en La Nación, Sección 4ª; domingo, 13 de agosto.

Foucault, Michel (1969). L'archéologie du savoir. Paris: Gallimard.

Hjelmslev, Louis (1971/1966). Prolégomènes a une théorie du langage. Paris: Minuit.

Tuchsznaider, Esther (2006). Acerca de la naturaleza y funciones de la escritura. El paradójico status del concepto de escritura en el pensamiento occidental. Tesis de Maestría, CAECE, Buenos Aires).

 

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