LA SEMIÓTICA
DE LOS BORDES
APUNTES DE METODOLOGÍA SEMIÓTICA
* Estamos en el mundo que podemos
percibir (interpretante originado en Piaget)
* Percibimos el mundo que podemos
enunciar (interpretante originado en Varela)
* Enunciamos el mundo como nos lo permiten
las semiosis socialmente disponibles
(interpretante originado en Foucault)
* Las semiosis socialmente disponibles
contienen la totalidad de los mundos posibles
en un momento y en una sociedad
determinada (interpretante originado en Peirce)
Juan Magariños de Morentin
2008
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ACTUALIZACIÓN DE TEXTOS
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Para Giovanna,
compañera de pasión y pensamiento
ÍNDICE ABREVIADO
3 Integración
cognitiva intersemiótica
4 Guía elemental para un
Proyecto de Investigación
6 Charles Sanders
Peirce; semiótica, lógica y cognición
7 De la Semiótica
General a las Semióticas Particulares
8 La
semiótica como metodología
9 Claves epistemológicas y
operaciones metodológicas elementales
10 Los Mundos Semióticos Posibles
11 La(s)
semiótica(s) de la imagen visual
12 Operaciones
semióticas en el análisis de las historietas
13 La abducción
en la interpretación de las imágenes visuales
14 La
recuperación de la memoria visual
15
Semántica visual de las imágenes simbólicas
16 Lo que
explica la semántica visual
17 Los mundos
semióticos posibles de las imágenes visuales
18 Iconopoiesis
o la eficacia de la forma
19 Hacia una semiótica indicial. Acerca de la interpretación
de los objetos y los comportamientos
20 La(s) semiótica(s) indiciales a partir de Ch. S. Peirce
o como hacer signos con cosas
V En qué tiene que cambiar la semiótica
22 La humanidad, la facultad
semiótica y la historia del entorno
23 Hacia una nueva
historia de los sistemas semióticos
24 Semiótica; su rigor y su
interdisciplinariedad
ÍNDICE
Para aprender
a pensar semióticamente
I Semiótica
general…………………………………………………...13-139
1 Concepto de semiótica
1.1 Concepto
1.2 Signos y Objetos Semióticos. Ciencia o metodología
1.3 Hacia una teoría dinámica de los discursos
sociales
1.4 La base textual de la significación. Producción e
inferencia
1.5 Para ver, hay que conocer
1.6 La significación construida
1.7 Problemas y divergencias
1.8. Apéndices
1.8.1 Otra vez, ¿qué es la semiótica?
1.8.2 Concurrencia y no contradicción
1.8.3 Pensamiento, Semiosis, Mundo [1]
1.8.4 ¿Para qué sirve la semiótica?
Notas
2 Glosario
2.1 Términos definidos en este glosario
2.1.1
Código
2.1.2
Contexto – Cotexto – Paratexto – Peritexto – Epitexto
2.1.3
Discurso
2.1.4
Habla-Escritura
2.1.5
Lengua
2.1.6
Lenguaje / Facultad semiótica [2]
2.1.7
Lingüística, semiología y semiótica
2.1.8
Objeto semiótico
2.1.9
Semiosis
2.1.10
Semiosis sustituida
2.1.11
Semiosis sustituyente
2.1.12
Semiótica
2.1.13
Signo
2.1.14
Sistema
2.1.15 Texto
3 Integración cognitiva intersemiótica
3.1 Diferencia y especificidad de las semióticas
3.2 La articulación de las diferentes semióticas
3.3 La marginación de la semiótica en el universo de
las ciencias sociales
3.4 La especificidad de la semiótica
para dilucidar correspondencias y divergencias entre lo visual y lo lingüístico
3.5 Transposiciones e intersemiótica
4 Guía elemental para un Proyecto de
Investigación
4.1 Descripción del tema y planteamiento el problema
4.2 Elaboración del marco teórico pertinente
4.3 Formulación de las hipótesis teóricas
4.4 Metodología
4.4.1 Marco teórico-metodológico
4.4.2 Corpus
4.4.3 Operaciones
4.5 Bibliografía
4.6 Conclusiones
4.7 Apéndices
4.7.1 Sobre el corpus
4.7.1.1 La recopilación del corpus
4.7.2 Preguntar y responder desde la semiótica
4.7.2.1 Encuadramiento
a) Me centro en la cuestión del problema.
b) Me centro en la cuestión de la hipótesis
c) Me centro en la cuestión de la explicación
d) Resumen
Notas
5 Los 4 signos
5.1 Introducción
5.2 El proceso de investigación y un
retorno saussureano
5.3 Primera identificación de los 4
signos
5.4 Ejemplo, con elefantes, de los 4
signos
5.5 Desarrollo operativo de la propuesta
analítica
5.6 Recuperación peirceana
6 Charles Sanders Peirce; semiótica, lógica y
cognición
6.1 El signo. Introducción [3] [4]
6.2 Las 9 clases de signos
6.2.1 Cualisigno
6.2.2 Icono
6.2.3 Rhema
6.2.4 Sinsigno
6.2.5 Índice
6.2.6 Dicisigno o Signo Dicente
6.2.7 Legisigno
6.2.8 Símbolo
6.2.9 Argumento
6.2.10 Esquema ejemplificativo [5]
Notas
6.3 Apéndices
6.3.1 Preguntas a los 9 signos de Ch. S. Peirce [6]
6.3.2 Desarrollo instrumental-operativo del esquema de los 9 signos
peirceanos [7]
6.3.3 Apertura de Peirce en 27 signos
6.3.3.1 Peirce-Museo [8]
6.3.3.2 Peirce-Arquitectura [9]
6.3.3.3 Peirce-Cementerio [10]
6.3.3.4 Peirce-Derecho [11]
6.4 Los 10 signos peirceanos
[12]
6.4.1 Los presupuestos de
los 10 signos, en la propuesta peirceana
6.4.2 Ejemplificación
analítica por aplicación del desarrollo de los 10 signos peirceanos
6.4.2.1 Peirce – 10 signos
sobre: “Número”
6.4.3 Los 10 signos de Ch. S. Peirce, en la
génesis de las semióticas particulares [13] [14][15][16]
7 De la Semiótica General a las
Semióticas Particulares
7.1 Semiótica general [17]
7.2 Las tres semióticas particulares en la expansión
peirceana
7.2.1 Semióticas icónicas
7.2.1.1 Semiótica visual [18]
7.2.2 Semióticas indiciales [19]
7.2.3 Semióticas simbólicas
7.2.3.1 Semiótica verbal (oralidad) [20]
8 La semiótica como metodología
8.1 Introducción
8.2 El rigor en las operaciones de la metodología
semiótica
8.3 Operaciones y no modelos
8.4 La base materialista de la semiótica como metodología
8.5 El enfoque constructivista de la semiótica como metodología
8.6 Los
mundos semióticos posibles
8.7 El enfoque cognitivo de la semiótica como metodología
8.8 La investigación con metodología
semiótica
8.9 La semiótica como metodología y
epistemología
8.10 La metodología
y el análisis histórico del cambio semiótico [21]
II
Semiótica simbólica…………………………………………..140-177
9 Claves epistemológicas y operaciones metodológicas elementales
9.1 Michel Foucault. Reinterpretación a partir de “La
arqueología del saber”
9.2 Manual operativo; para la
construcción de "Definiciones Contextuales" y "Redes
Contrastantes"
9.2.1 Introducción
9.2.2 Supuestos y disciplinas
9.2.3 Operaciones analíticas
9.2.3.1 La normalización
9.2.3.2 La segmentación
9.2.3.3 Las definiciones contextuales
9.2.3.4 Ejes conceptuales, redes
secuenciales y contrastativas
9.2.4. Anexo
9.2.4.1 Normalización
9.2.4.2 Segmentación
9.2.4.3 Definiciones contextuales
9.2.4.4 Redes y ejes
Notas
10 Los Mundos Semióticos Posibles, en la
investigación social
10.1 Introducción
10.2 Hacia un principio de formalización
de los MSPs
10.2.1 Caracterización general de la forma lógica de un sistema de mundos semióticos
posibles
10.2.2 Operaciones
sintácticas elementales y necesarias para la formación de conjuntos de modelos
pertenecientes a un sistema de mundos semióticos posibles
10.2.3 Operaciones
semánticas elementales y necesarias para la interpretación de conjuntos de
modelos pertenecientes a un sistema de mundos semióticos posibles
Notas
10.3 Los Mundos Semióticos Posibles de “la muerte” en
J. R. Jiménez y en J. Gelman
10.3.1 Etapa 1:
Normalización+segmentación
10.3.2 Etapa 2: Construcción de
definiciones contextuales
10.3.3 Etapa 3
10.3.3.1 Diseño de redes contrastantes
10.3.3.2 Aproximación a un análisis
contrastante
Notas
III Semiótica
icónica……………………………………………….178-268
11 La(s) semiótica(s) de la imagen visual
11.1 Introducción [22] [23]
11.2 Identificación
11.2.1 Imagen material visual plástica
11.2.2 Imagen material visual figurativa
11.2.3 Imagen material visual conceptual
11.2.4 Imagen material visual por
combinación de las anteriores
11.3 Reconocimiento
11.3.1 Propuestas perceptuales normadas o conceptuales: atractor simbólico
11.3.2 Propuestas perceptuales existenciales o figurativas: atractor existencial
11.3.3 Propuestas perceptuales cualitativas o plásticas: atractor abstractivo
[24] [25] [26] [27]
11.4
Interpretación
11.4.1 Mostración de carencia, en la semiótica
plástica
11.4.2 Mostración de
semejanza/diferencia, en la semiótica figurativa
11.4.3 Mostración del lugar en
un sistema, en la semiótica conceptual
Notas
12 Operaciones semióticas en el análisis de las historietas
12.1 El análisis metasemiótico de las
imágenes gráficas
12.2 Operaciones fundamentales de una
metasemiótica de la imagen visual
12.3 Las imágenes (caricaturas) de las
historietas [28] [29] [30] [31]
Notas
13 La abducción en la interpretación de las imágenes visuales
13.1 Mundos Semióticos Posibles [32]
[33] [34]
13.2 Del percepto a la interpretación
13.3 El silogismo de la abducción
13.4 Hacia la explicación de la interpretación
pretendida
14 La recuperación de la memoria visual
14.1 La especificidad de lo visual
14.2 Operaciones semióticas utilizables
14.3 Primera operación: la descripción
verbal de las imágenes visuales [35] [36]
14.4 Segunda operación: dibujar las
imágenes de las que se habla
14.5 Tercera operación: identificar el
atractor a partir de marcas [37] [38]
14.6 Cuarta operación: identificar al
atractor a partir de manchas [39]
14.7 Cinco nuevas operaciones:
identificar al atractor a partir de imágenes deterioradas [40] [41] [42] [43]
[44] [45]
14.8 Décima operación: identificar al
atractor a partir de los estudios sobre las Agnosias Visuales [46] [47] [48]
14.9 Undécima operación: identificar al
atractor modificando imágenes supuestamente incorrectas [49] [50]
14.10 Duodécima operación: destruir el
humor visual [51]
14.11 Lo inconcluso
15 Semántica visual de las imágenes simbólicas
15.1 Preguntas de base y las tres
semióticas [52] [53] [54]
15.2 Lo que se muestra y cómo se lo
muestra
15.3 Qué muestran las imágenes
simbólicas y cómo lo muestran
15.4 Recuperar el sistema al que
pertenecen las reglas que construyen el sentido
15.5 Intervalo
15.6 Aquello que podemos denominar
"elementos estrictamente simbólicos"
15.7 Necesidad de una sintaxis, al menos
virtual
15.8 Las reglas del sistema de las imágenes
simbólicas
15.9 Conclusión
Notas
16 Lo que explica la semántica visual
16.1 Prolegómeno
16.2 ¿Qué se entiende por “semántica visual”?
16.3 Tres semánticas visuales, una para cada operación cognitiva diferente
[55] [56] [57] [58]
16.3.1 Semántica de la imagen plástica
16.3.2 Semántica de la imagen figurativa
16.3.3 Semántica de la imagen conceptual
16.4 Un aspecto complementario de la semántica visual: las incrustaciones [59]
[60] [61]
16.5 Anexo: los tres problemas básicos de la semántica
visual (Resumen)
17 Los Mundos Semióticos Posibles de las imágenes visuales
17.1 Introducción
17.1.1 Advertencias preliminares
17.1.2 Una problemática abierta [62]
[63] [64] [65]
17.1.3 Los MSPs como campo y estructura
de la semiótica visual [66] [67] [68] [69] [70a] [70b] [71] [72]
17.2 Tres hipótesis básicas
17.2.1 Primera
hipótesis: Instrumental
17.2.2 Segunda hipótesis: Diferencial
17.2.3 Tercera hipótesis:
Interpretacional
17.3 Identificación de las operaciones
elementales de una semántica visual
17.4 La metodología semiótica en la explicación de la interpretación de las
imágenes visuales
18 Iconopoiesis o la eficacia de la forma
18.1 Introducción a la Iconopoiesis [73]
18.2 El análisis de la eficacia semiótica de la forma
18.2.1 Eficacia semiótica por interpretación
de las imágenes predominantemente cualitativas [74]
18.2.2 Eficacia semiótica por
interpretación de las imágenes predominantemente identificatorias [75]
18.2.3 Eficacia semiótica por
interpretación de las imágenes predominante y convencionalmente simbólicas [76]
IV Semiótica indicial……………………………………………….269-326
19 Hacia una semiótica indicial. Acerca de la interpretación de los objetos y los comportamientos
19.1 Hacia una semiótica indicial
19.1.1 La interpretación de la semiosis
sustituyente en la semiótica indicial. Su diferencia respecto a la semiótica
verbal
19.1.2
Exploración del objeto en el museo, como introducción a una semiótica indicial
19.1.3 Más
sobre el objeto en el museo; más sobre semiótica indicial
19.1.4 Una
primera aproximación al interpretante del objeto en el museo: el visitante
19.1.5 La
contraposición de los mundos semióticos posibles del curador y del visitante
19.1.6 La "puesta en
escena" de objetos y comportamientos
19.1.7 La semiótica como proceso de
transformación y la asistematicidad peirceana en la caracterización del índice.
19.1.8 Cómo se define y acota un
contexto
19.1.9 Primer esquema peirceano del
signo indicial
19.1.10 El primer componente del
signo indicial: la relación que establece con su objeto
19.1.11 El segundo componente del
signo indicial: su eficacia en la construcción de su objeto o fundamento
19.1.12 Hacia el tercer componente
del signo indicial: sobre texto, discurso, productor e interpretante
19.1.13 Más
sobre el tercer componente del signo indicial: la concurrencia de los
interpretantes productor e intérprete en el interpretante comunicativo
19.1.14 Las
operaciones cognitivas en la producción y la interpretación del significado
19.1.15 Signo
indicial y ejemplos
19.1.16
Estereotipos e identikits
19.1.17 Los índices por relación de
contigüidad y los índices por relación de sustitución
19.1.18 Volviendo sobre el análisis
contextual/1
19.1.19 Volviendo sobre el análisis
contextual/2
19.1.20
Búsqueda del contexto más semejante, frente al cual la diferencia establece lo
discreto
19.1.21
Semiótica indicial: ratificación y ejemplificación
19.1.22
Semiótica indicial: contexto, configuración y disposición
19.1.23
Semiótica indicial: sobre los modos de disposición
19.1.24
Semiótica indicial: de la escultura al juguete [77a] [77b] [78]
19.1.25
Semiótica indicial: el registro de los objetos del museo y la Semiótica
Indicial
19.1.26
Semiótica indicial: concepto y variantes del Signo Indicial [79] [80]
19.2.
Algunos textos complementarios
19.2.27 Semiosis sustituyente,
semiosis sustituida y significación. Aproximación al tema de la semiótica
indicial
19.2.28 La falacia del lenguaje
verbal como modelo necesario de toda semiosis sustituyente
19.2.29 Desarrollos peirceanos:
Semiosis sustituyente-semiosis sustituida-objeto semiótico
19.2.30 Desarrollos peirceanos: el
interpretante comunicativo
19.2.31 El
conocimiento semiótico
19.2.32
Sobre los mundos semióticos posibles/1
19.2.33
Sobre los mundos semióticos posibles/2
19.2.34 Sobre los mundos
semióticos posibles/3
20 La(s) semiótica(s) indicial(es) a partir de Ch. S. Peirce o cómo hacer signos con cosas
20.1 Los 10 signos de Charles S. Peirce, en la génesis
de la(s) semiótica(s) indicial(es)
20.1.1 Para una semiótica indicial
20.2 Variables semiótica intervinientes en los signos
indiciales [81]
V. En
qué tiene que cambiar la semiótica…………………………..327-347
21 La semiótica de los bordes
22 La humanidad, la facultad semiótica y la historia del entorno [82]
23 Hacia una nueva historia de los sistemas semióticos [83] [84] [85]
24 Semiótica: su rigor y su interdisciplinariedad
24.1 Preguntar y responder desde la semiótica
24.2 La facultad semiótica y
la construcción del entorno
VI.
Referencias bibliográficas………………………………………348-356
ÍNDICE DE LÁMINAS
1.8.3 [1] Pensamiento-Semiosis-Mundo
2.1.6 [2] Historia de los sistemas semióticos I
6.1 [3] Estructura triádica peirceana
6.1 [4] Cuadro de los 9 signos de Peirce
6.2.10 [5] Esquema ejemplificativo
6.3.1 [6] Preguntas exploratorias a los 9 signos, para
organizar una investigación
6.3.2 [7] Desarrollo instrumental-operativo del esquema de
los 9 signos peirceanos
6.3.3.1 [8] Apertura en 27 signos; Peirce-Museo
6.3.3.2 [9] Apertura en 27 signos; Peirce-Arquitectura
6.3.3.3 [10] Apertura en 27 signos; Peirce-Cementerio
6.3.3.4 [11] Apertura en 27 signos; Peirce-Derecho
6.4 [12] Relaciones generadoras de los 10 signos peirceanos
6.4.3 [13] Los 10 signos peirceanos en la génesis de las
semióticas particulares
6.4.3 [14] Para una semiótica icónica
6.4.3 [15] Para una semiótica indicial
6.4.3 [16] Para una semiótica simbólica
7.1 [17] El signo triádico peirceano para una semiótica
general
7.2.1.1 [18] Semiótica icónica (visual) desde el signo
triádico
7.2.2 [19] Semiótica indicial desde el signo triádico
7.2.3.1 [20] Semiótica simbólica (verbal) desde el signo
triádico
8.10 [21] Historia de los sistemas semióticos II
11.1 [22] Semiótica visual: 9 canales trabajando en paralelo
11.2 [23] Rotación de imágenes mentales, según Shepard y Metzler
11.3.3
[24] Semiótica
simbólica; Mijksenaar Paul & Piet Westendorf, 1999
11.3.3 [25] Semiótica figurativa; Richard Estes, Avenue
of the Americas at Spring Street, 1998
11.3.3 [26] Semiótica plástica (y simbólica);
Antoni Tàpies, Taula negra, 1966
11.3.3 [27] Semiótica plástica; Lásló Péri, Térkonstrukció
16, 1922
12.3 [28] Quino I
12.3 [29] Marcas y entidades
12.3 [30] Caloi I
12.3 [31] Caloi I; descomposición en marcas y atractores
13.1 [32] Imagen figurativa; en Azorín (1966); fot. 12 de
Miguel Buñuel
13.1 [33] Imagen simbólica; en Mijksenaar, Paul &
Westendorp, Piet (1999); p. 110
13.1 [34] Imagen cualitativa; Maarten Beks (1929).
Nest-building
14.3 [35] La crucifixión; en Saramago, José (1998; p. 10)
14.3 [36] Texto; Saramago, José (1998; p. 11)
14.5 [37] Marca I
14.5 [38] Atractores 1, 2, 3, 4, 5 y 6
14.6 [39] Las 10 imágenes del test de Rorschach
14.7 [40] Ririfleur.centerblog.net
14.7 [41] Beever, Julian. 1998
14.7 [42] Ejes; Marr,
David, 1980: 299
14.7 [43] Hoffman, D. D., 1998: 116
14.7 [44] Contornos de oclusión: Marr, David. 1982: 217
14.7 [45] Identikit
14.8 [46] Agnosia visual: Farah, M. J. (1995) 1 y 2
14.8 [47] Rompecabezas. Huevo 1 y 2
14.8 [48] Iconopoiesis 1 - “¿Como se
usa esto?”; en Mijksenaar, Paul & Westendorp, Piet (1999)
14.8 [48bis] Iconopoiesis 2 - “Así”;
en Mijksenaar, Paul & Westendorp, Piet (1999)
14.9 [49] Ernst, Bruno (1992)
14.9 [50] Marcel Duchamp. 1916; en Mink, Janis (2002)
14.10 [51] Quino II
15.1 [52] Imagen cualitativa: Ron Van
Der Werf: Sin título (1958)
15.1 [53] Imagen figurativa: Frida
Kahlo hacia 1938/39. Fotografía de Nicholas Murray
15.1 [54] Imagen simbólica: Fragmento de contratapa Open
here. The Art of Instructional Design.Paul Mijksenaar & Piet
Westendorp. 1999
16.3 [55] Imagen material visual
plástica: Jackson Pollock: Male and
Female (1942)
16.3 [56] Imagen material visual
figurativa: Vincent Van Gogh: Paysanne
(1888)
16.3 [57] Imagen
material visual conceptual: Otto
Neurath; Isotipos – desde 1924
16.3 [58] Imagen material visual conceptual:
Marfiles de San Millán de la Cogolla, 1068
16.4 [59]
Incrustaciones: imágenes plásticas en imágenes figurativas; El Greco: San Pablo, 1610-1614.
16.4 [60] Incrustaciones: imágenes figurativas en imágenes simbólicas; –
American Airlines, 1990
16.4 [61] Incrustaciones:
imágenes simbólicas en imágenes figurativas; Raoul Dufy: Paris 14 Juillet (1912)
17.1.2 [62] Página/12. Woody Allen
17.1.2 [63] Archimboldo. El otoño, 1573
17.1.2 [64] Sandro del Prete. La ventana de enfrente, 1987
17.1.2 [65] Estereograma – Gatic S.A.
–Clarín, Viva; 22-01-1995
17.1.3 [66] Dallenbach; Marca 1
17.1.3 [67] Biederman, Irving; Marca
2
17.1.3 [68] Dallenbach; Atractor 1
17.1.3 [69] Biederman, Irving;
Atractor 2
17.1.3 [70a] Andy Warhol
17.1.3 [70b] Quino III
17.1.3 [71] Simetría entre MSPs
Textuales y MSPs Interpretacionales
17.1.3 [72] Alternatividad entre MSP
textuales y MSPs Interpretacionales
18.1 [73] Esquema: Iconopoiesis
18.2.1 [74] Iconopoiesis de imagen
predominantemente cualitativa: Elizabeth Murray, Her Story, 1984
18.2.2 [75] Iconopoiesis de imagen predominantemente
figurativa: Duane Hanson, Woman with Dog,
1977
18.2.3 [76] Iconopoiesis de imagen
predominantemente simbólica (6 variantes)
19.1.24 [77a] Don Íñigo, primer conde
de Tendilla - 1479
19.1.24 [77b] Moore, Henry (1954)
19.1.24 [78] Tatlin, Vladimir (1920)
19.1.26 [79] Esquema (I) a partir del
signo indicial peirceano
19.1.26 [80] Esquema (II) a partir
del signo indicial peirceanos
20.2 [81] Variables semióticas
intervinientes en los signos indiciales
22 [82] Semiosis, Percepción, Interpretación (su recurrencia)
23 [83]
Historia de los sistemas semióticos III
23 [84] Vincent van Gogh. Noche estrellada. 1889
23 [85] Funcionamiento histórico de cada
Semiosis con su Borde (1) y su Borde (2)
Ξ Ξ Ξ Ξ Ξ Ξ Ξ Ξ Ξ Ξ
Ξ Ξ Ξ
I
1 CONCEPTO DE SEMIÓTICA
1.1 Concepto
Entiendo por “semiótica”, como disciplina
un conjunto de conceptos y operaciones
destinado a explicar
cómo y por qué un determinado fenómeno
adquiere, en una determinada sociedad
y en un determinado momento histórico de tal sociedad,
una determinada significación
y
cuál sea ésta,
cómo se la comunica
y cuáles sean sus posibilidades de transformación.
La intención inicial de este
enunciado es proporcionar, a quien se acerque a nuestra disciplina, una
perspectiva a la vez amplia y operativa. En este sentido, considero que, a
partir del concepto propuesto, la perspectiva amplia puede asentarse en la propuesta
de estudiar la significación de un
fenómeno social y la perspectiva operativa en la de explicar esa significación.
Así pues, la semiótica puede
interesarle a los estudiosos e investigadores de los fenómenos sociales, en la
medida en que buscan explicar la significación socialmente atribuida a tales
fenómenos y en la medida en que enfocan esta búsqueda de un modo riguroso, que
justifique las conclusiones a las que lleguen, y no de un modo intuitivo, que
se comprende pero cuya razón de ser se desconoce o sin que se pueda establecer
por qué se considera que es ésa significación (o, mas bien, conjunto de
significaciones) la que corresponde atribuirle a tal fenómeno y no cualquier
otra.
Por tanto, el abogado, el
sociólogo, el psicólogo, el historiador, el licenciado en letras, el crítico de
arte, el lingüista, el antropólogo, el geógrafo, el arqueólogo, el licenciado
en turismo, el economista, el filósofo, el terminólogo y el traductor, el
epistemólogo, el bibliotecario, el publicitario, el comunicador, el arquitecto,
el museólogo, el politicólogo, el licenciado en ciencias de la salud, el
demógrafo, el pedagogo y tantos otros, en el ámbito de las ciencias sociales,
necesitan de la semiótica como instrumento estructurador para la consistencia y
el rigor de sus estudios e investigaciones.
Esto se basa en que todos
ellos tienen como objeto de conocimiento de sus respectivas disciplinas a otros
tantos objetos semióticos, o sea, a
fenómenos sociales que ya (sin que
sea imaginable un momento previo en que todavía no) tienen atribuido
(pacíficamente o no) un conjunto dinámico de significados, cambiantes con el
tiempo y la cultura.
Todos ellos, por tanto, son
usuarios potenciales de la semiótica, en la medida en que sepan que la
semiótica puede proporcionarles las operaciones necesarias para elaborar una
explicación básica de la significación (plural, contradictoria, competitiva)
que posee, en un momento dado de una sociedad determinada, el concreto fenómeno
que están estudiando, y en la medida en que nosotros, los estudiosos de la
semiótica, que pretendemos elaborar y proponer las operaciones analíticas
pertinentes, no los defraudemos.
También los objetos de conocimiento de las ciencias naturales (dejemos al
margen, por el momento, el tema de si esta dicotomía es o no pertinente, si
bien anticipo que considero que no) son otros tantos objetos semióticos y, por tanto, también en ese dominio la
semiótica tiene utilidad. El problema es epistemológico y relativo a las
características del proceso de producción de los correspondientes conocimientos
y sugiero tratarlo en otra oportunidad; pero quede ya planteado.
Al enunciar, inicialmente,
el concepto de “semiótica”, aclaré que me refería a la semiótica “en cuanto
disciplina”. Esto quiere decir que lo diferencio del concepto de “semiótica en
cuanto facultad” y así voy a trabajarlos en este texto. Para dejar aclaradas
ambas direcciones esbozo este último concepto:
Entiendo por “semiótica”, en cuanto facultad,
la capacidad
cognitiva de que dispone la humanidad
para la producción de todas las clases de signos: icónicos, indiciales y
simbólicos,
con los que da
existencia ontológica a su humanidad
(ver, más adelante, en el Glosario, “Lenguaje/Facultad
semiótica”).
1.2 Signos y Objetos Semióticos.
Ciencia o metodología
La que propuse como primera característica: entender
por semiótica un conjunto de conceptos y
operaciones, no supone la identificación de dos universos diferentes, sino
su compenetración de modo tal que los conceptos que se definan como pertinentes
a la semiótica serán aquellos que permitan comprender el funcionamiento de las
operaciones que constituyen su finalidad específica y aplicarlas. Conceptos y
operaciones interactúan en el proceso cognitivo que identifica a la semiótica:
desarrollar procedimientos analíticos y reconstructivos que permitan llegar a
enunciar explicaciones relativas a la producción e interpretación del
significado de los fenómenos sociales. Estos conceptos y operaciones integran
un conjunto que, en definitiva, se constituye en un método de investigación.
Al afirmar esto, tiendo a rechazar la concepción de la semiótica como una ciencia. Creo que,
para ello, hay un argumento importante: no
puede admitirse que sea una ciencia por el especial carácter del que sería su
objeto de conocimiento: el signo. Desde la perspectiva peirceana (a la que
sigo, sin aceptaciones dogmáticas; por ejemplo, al no compartir que la
semiótica sea una ciencia o, como dice en otro momento, una doctrina), todo es
signo. Es muy rico el concepto de “semiosis
ilimitada” que esto último implica, tanto (1) en lo relativo a la
recurrencia semiotizante de cada una de las partes del signo, que las
constituye a su vez en signos, y a las partes de estos nuevos signos, a su vez,
en signos (o sea, de 3 partes de un primer signo se pasa a 9, de éstas a 27, de
éstas a 81, y así sucesiva y, al menos desde una perspectiva teórica,
interminablemente1, como (2) en la productividad del signo en la
mente de cada interpretante2 (que no lo percibe desde alguna
exterioridad como un incidental espectador, sino como parte constitutiva del
signo que no está completo sin él), en la cual, a partir del signo propuesto
“se crea un nuevo signo” y así, para cada uno de los posibles interpretantes,
en la autorreflexión y/o en la comunicación, continúa transformándose
indefinida y creativamente aquel signo inicial, que ya no es uno sino tantos
como interpretantes lleguen a incorporarlo. Pero, si todo es signo, el signo no puede ser objeto de conocimiento
científico, ya que no tiene otro objeto de conocimiento del cual diferenciarse
(o al que utilizar dialécticamente como definiens).
Pero, efectivamente, ¿todo es signo? La significación es un constructo de la humanidad y
todo cuanto somos capaces de ver lo vemos porque significa y del modo como significa;
y de aquí uno pasa a decir que todo es signo (transformación, desde las
investigaciones cognitivas del entorno en mundo, como
establecimiento de la identidad de todo organismo; Francisco Varela, 1992).
Pero, ¿que algo signifique quiere decir que por
eso ya es un signo?
En principio, podríamos decir que todo lo que vemos (o sea, percibimos, conocemos,
sentimos, intuimos, soñamos, etc.) lo vemos
porque está semiotizado (o sea,
porque ha sido el referente de un, al menos, enunciado semiótico: icónico,
indicial, simbólico y/o sus combinaciones posibles). Al admitir que
efectivamente se requiere un proceso de semiotización como condición necesaria
que hace posible la identificación de las entidades de nuestro entorno, se está
admitiendo que existen dos clases de objetos: los que semiotizan y los
semiotizados. En otros términos: los
signos y los objetos semióticos.
Pero los objetos semióticos no son signos; al menos mientras los manipulamos
como tales, sin que nada impida que, modificando las circunstancias de su forma
de hacerse presentes (pasando de ser referentes a estar exhibidos en
representación de otros; ver, en la semiótica indicial, “Como hacer signos con
cosas”), puedan pasar a comportarse como signos. Los objetos semióticos reciben
ese nombre para indicar que ya están semiotizados. Un foucaultiano diría que ya
han sido dichos desde algún discurso; creo preferible, para aprovechar el
aporte de Foucault evitando la interferencia, que él consiente, de la
lingüística, decir que ya han sido
construidos desde alguna semiosis sustituyente: que puede ser no sólo
verbal (o sea, simbólica), sino también visual (o sea, icónica), comportamental
(o sea, indicial), etc. Respecto de aquellos
objetos que no están semiotizados, no es que no existan (no planteo la duda
óntica de si acaso nuestro entorno no será “el sueño de un loco en un rincón de
un manicomio”); lo que ocurre es que no
podemos verlos (o sea, percibirlos, conocerlos, sentirlos, intuirlos,
soñarlos, etc.), ya que no tienen
identidad (en cuanto posibilidad de reconocimiento mediante su
significado), es decir, carecen de
existencia ontológica, para nosotros.
Así pues, considero que la distinción entre signo y objeto semiótico es importante para conferir y mantener el rigor y
la eficacia de la metodología semiótica. Pero es una diferencia coyuntural y no
sustancial, ya que lo que en un momento
es signo en otro puede pasar a ser objeto semiótico y viceversa. Del mismo
modo que, para el enfoque semiótico, nada es definitivamente icónico o indicial
o simbólico (una pintura clásica: el Erasmo de Holbein, por ejemplo, es un icono en la medida en que propone una
representación de la apariencia física de ese admirable humanista y no sólo por
esto; es un índice para el trabajador
que tiene que colgarlo de una pared o para el curador que tiene que decidir
junto a qué otros cuadros o puerta o esquina o panel conviene situarlo y no
sólo para estos; y es un símbolo para
el marchand que lo mira codicioso y
también para otras múltiples miradas)3. Quienes se acercan al conocimiento
riguroso (o científico) con la esperanza (positivista) de pisar un suelo
definitivamente firme, acostumbran criticar esta movilidad de los conceptos
semióticos y los señalan como una prueba de su inconsistencia. Considero, por
el contrario, que esa movilidad acredita el enraizamiento cognitivo de la
semiótica, la capacidad que tiene nuestra disciplina para dar cuenta de las
operaciones mentales que intervienen en la producción y el cambio del
significado de determinado fenómeno, sin necesidad de modificar sus conceptos
básicos ni sus operaciones analíticas.
Pero volviendo a la distinción entre signo y objeto
semiótico, creo que el criterio para establecerla pasa por una visión
generativa (no en sentido causalista). Para que algo llegue a ser un objeto
semiótico, es necesario que un signo (debidamente contextualizado) lo enuncie,
lo que no ocurre procesualmente sino de modo simultáneo o en paralelo.
Entonces, algo será signo cuando
interviene como enunciador que semantiza a algo diferente a sí mismo. Y algo será objeto semiótico cuando ha
recibido su significado de algo diferente a sí mismo (lo que ocurre con todo lo
que estamos en condiciones de percibir; incluido el signo, sólo que en tal caso
la operación habrá de designarse como "metasemiótica"). Dicho de modo
más simple: lo que enuncia es un signo y
lo que resulta enunciado es un objeto semiótico. O también (entendiendo
dinámicamente y no en su posibilidad especular al término
"sustitución"), la semiosis sustituyente está constituida por signos
y la semiosis sustituida está constituida por objetos semióticos. Obsérvese:
este texto es una semiosis sustituyente (está constituido por signos) y el
problema al que se refiere (eso de lo que habla) es una semiosis sustituida (la
forma en que queda construido el problema del que se habla, por el modo como se
lo dice, lo constituye en objeto semiótico). Pero cuando alguien responde y
comenta lo que aquí se dice, su texto es la semiosis sustituyente (en cuanto
está constituido por signos) y este texto, que he llegado a escribir y que
recibe un nuevo significado a partir del nuevo texto dicho por el otro, es una
semiosis sustituida (en cuanto resulta construido como objeto semiótico).4
Entonces, si, por ejemplo, puede establecerse respecto
de un determinado constructo físico que, para un sujeto determinado (o para una
comunidad determinada de sujetos) consiste en “un ámbito donde transcurre la
vida familiar” (siendo ése uno de sus significados, entre otras muchas
posibilidades), y de otro determinado constructo físico que consiste en “un
lugar donde se administra justicia” (siendo ése su significado predominante),
etc., ello será así porque, ese sujeto o esa comunidad, han sino intérpretes de
algún texto (icónico, indicial o simbólico; o, mejor, de multitud de textos de
esas características y su posible combinatoria) que así lo propone; por tanto,
una casa o el edificio de tribunales son objetos semióticos y la respuesta del o de los entrevistados, o lo
escrito en el o en los libros, o lo visto en tal o cual imagen o film, es lo
que utiliza los signos mediante los que
la casa adquiere el significado de representar a la vida familiar y el palacio de tribunales el significado de
representar a la justicia. Pero si,
de pronto, nos encontramos ante una casa concreta, con sus corredores y piezas
y puertas y cocina y dormitorios y baños, y sus colores en las paredes y
juguetes en el suelo y olores en el aire, etc., podemos preguntarnos acerca de qué clase de vida familiar está
representando (construyendo) esa casa y, entonces, la casa es un signo (en rigor, un discurso o contexto
de signos) o una semiosis sustituyente
y la vida familiar es el objeto semiótico
o la semiosis sustituida. Mutatis mutandis, lo mismo sirve para el edificio
de tribunales; por eso, por lo general, se busca que sea un edificio de cierta
solemnidad arquitectónica, para construir un significado solemne de la
justicia; sin perder de vista que la “solemnidad” arquitectónica también es un
objeto semiótico que se construye con recursos de la semiosis (sustituyente) de
la arquitectura de determinada sociedad, época histórica y escuela
arquitectónica, de un modo en el diseño y de otro modo en la obra, los que así
se constituyen en otros tantos signos o semiosis sustituyentes y sus objetos
semióticos correspondientes.
Pero lo anterior no da lugar a la posible
identificación de los dos objetos de conocimiento, adecuadamente diferenciados:
por un lado los signos y por otro los
objetos semióticos. En ambos casos
estamos en presencia de signos, pero que, en los diferentes momentos en que son
interpretados, cumplen funciones
semióticas diferentes; en un sentido próximo al de L. Hjelmslev cuando
optaba por hablar de “función semiótica” y no de “signo” (1971/1966: 49).
Cuando los denominamos "signos",
atendemos a su eficacia para producir
lo que denominamos "objetos
semióticos"; cuando los denominamos "objetos semióticos" atendemos al resultado de esa eficacia productora; pero, en ambos casos, se
trata de signos. Por eso, un objeto semiótico
puede cumplir una función de signo, cuando produce la identificación de
otros objetos semióticos; y un signo
puede ser considerado como objeto semiótico, cuando atendemos al signo que
lo ha producido. Con lo cual, tampoco aquí tenemos un criterio suficiente para
admitir que exista una ciencia de la semiótica.
Esto hace que esta interdependencia entre signo y
objeto semiótico, esta necesariedad del vínculo, lleve a excluir la posibilidad
de que tengamos dos objetos suficientemente diferenciados como para poder
hablar de ciencia al referirnos a la semiótica o si estamos más bien ante dos
funciones del mismo objeto, lo que cerraría el universo conceptual sin la
alteridad necesaria para constituirse en ciencia. Para mí, con la
provisionalidad de todo pensamiento que se asume críticamente, lo específico es
concebir a la semiótica como metodología rigurosa; reconociendo la validez de
quienes prefieran explorarla, utilizarla y construirla como ciencia. El rigor
metodológico de la semiótica es lo que permite su utilización para explicar la
relación entre determinada enunciación y la capacidad de tal enunciación en
construir la calidad ontológica específica de determinado fenómeno social que
resultará ser, por efecto de dicha enunciación, un fenómeno jurídico, político,
estético, clínico, matemático, astronómico, etc. La semiótica en cuanto disciplina interviene explicando el proceso
de producción del significado de toda y de cualquier enunciación; pero la
semiótica carece de significado propio, siendo un mero instrumento para
explicar los significados de todas las entidades cognoscibles; lo cual también
constituye un significado (instrumental) que le confiere su específica
existencia ontológica. Éste es el razonamiento que me lleva a concebirla,
exclusivamente, como metodología.
Al hablar, en el concepto inicial, de “conjunto de
conceptos y operaciones” tampoco pretendo referirme a un conjunto de
conocimientos finales, en cuanto verdades, ni sustanciales ni procedimentales, alcanzadas
mediante, en este caso, la semiótica, y que así planteados tendrían una
pretensión universal de validez, en completa oposición con lo que los propios
análisis semióticos pueden evidenciar. Con ello aludo a los conocimientos
previos que se requieren para poder llegar a formular los criterios
metodológicos en que se fundamentan las operaciones pertinentes al método
semiótico, conocimientos también provisionales, como lo son las mismas
operaciones que la disciplina semiótica utiliza en un determinado momento.
Desde esta perspectiva, una metodología necesita estar
apoyada en un conjunto de conceptos bien (pero siempre provisionalmente)
fundamentados. Por ejemplo, entre otros muchos, será necesario disponer de
conocimientos acerca del concepto de “signo”, de “representación”, de
“enunciado”, de “valor” (éste último como designación genérica de la
significación dialécticamente contrastada con los demás signos del mismo
sistema, ya sea en su aspecto sintáctico [ser un sustantivo masculino es un
significado metalingüístico posible de “sillón”], ya sea en lo relativo a la
semántica [la calidad de mueble con peculiares características que se proyecta
como el referente de “sillón”] y, en cada caso, recuperada por el análisis del
uso); así mismo se requiere disponer de un concepto operativo y empírico de
“contexto” (evitando, en las semióticas de la imagen visual o de la imagen
musical o de la imagen del sabor o de la imagen del comportamiento, etc., la
connotación estrictamente lingüística [su linealidad, por ejemplo] y buscando
identificar las características pertinentes a la calidad de cada contexto [por
ejemplo, las cuatro dimensiones: lineal, superficial, volumétrica y temporal
que intervienen en la configuración del contexto del comportamiento como signo]);
y, como dije, de muchos otros términos, algunos de los cuales esbozo en el
“Glosario”, en la segunda parte de este trabajo. O sea, hay conceptos que adquieren un específico
significado en el ámbito de la semiótica y que son fundamentales para
establecer la eficacia metodológica de las operaciones
que constituyen la especificidad de la semiótica. Considero, por el contrario,
que no existen conceptos que permitan
identificar a la semiótica como una entidad autoconsistente en el universo de
los fenómenos sociales; la semiótica adquiere, en cada caso, la calidad
ontológica del fenómeno cuya significación pretende explicar. Ello es coherente
con la posición asumida en el punto anterior, acerca de considerar a la disciplina semiótica como una metodología de investigación
en ciencias sociales.
Y aquí una acotación netamente dialéctica: tan
provisionales considero a esos conceptos y a esas operaciones que cimientan y
dinamizan, respectivamente, a la semiótica, que les atribuyo el destino de
llegar a provocar su propia desaparición; de agotar, al aplicarla, su propia
potencia explicativa, ya que sus éxitos van demarcando sus propios límites, o
sea, aquello de lo que no puede dar cuenta, pero que no hubiera podido llegar a
conocerse (en cuanto límite) más que después de haber intervenido y gracias a
la aplicación de la propia semiótica. En definitiva, los semiólogos, si
cumplimos adecuadamente con nuestra tarea, seremos quienes acabaremos con la
semiótica: aplicándola, usándola, mostrando su eficacia, ya que todo ello conducirá
a tomar conciencia de sus límites, a saber dónde no resultará aplicable, dónde
se mostrará ineficaz, qué pregunta no podrá responder (lo que hoy no es ni
siquiera imaginable porque no sabemos todavía que tal pregunta exista o que sea
formulable), pero que sólo como resultado de su propia práctica, de su efectiva
aplicación, podrá llegar a conocerse ese desconocimiento que la semiótica habrá
producido pero que no podrá resolver (Magariños de Morentin, en prensa). En
definitiva: el destino de la semiótica es
dar a conocer un desconocimiento que ella misma ya no puede resolver. Y de
ello surgirá un nuevo conocimiento, una nueva forma de operar que resuelva esa
limitación que, sin que se supiera antes de usarla, contenía la semiótica: el
conocimiento de su propia negatividad, con la que se construirá una nueva
metodología; para que, en definitiva, ese nuevo conocimiento ingrese, también,
en un nuevo proceso de agotamiento respecto de esas nuevas respuestas que
mostrarán otras preguntas que, a su vez, quedarán sin resolver, y así
indefinidamente, construyéndose de este modo la superación histórica (no necesariamente el progreso) como carácter
constitutivo del conocimiento humano. 5
1.3 Hacia una teoría dinámica
de los discursos sociales
Del concepto de semiótica que venimos analizando
quisiera comentar, elementalmente, lo que considero que surge de las dos
últimas proposiciones: “.../ cómo se la
comunica (a la significación) / y cuáles sean sus posibilidades de
transformación.”
En principio, la comunicación constituye el
comportamiento (en cuanto proceso) en el que la significación adquiere su
específica existencia y es, también, el comportamiento (asimismo, en cuanto
proceso) en virtud del cual llega a perder su posibilidad de seguir existiendo
en cuanto tal, por exigencia de su propia superación. Esto se puede comprender
si se considera que el hecho de transformarse
es una cualidad inherente a toda significación.
Tengo que aclarar que entiendo por existencia de la significación su
circulación y vigencia (lo que nada tiene que ver con su verdad o falsedad), en
el interior de un determinado grupo social.
Al incluir a la significación y al proceso de
comunicación de tal significación en el concepto de semiótica, estoy afirmando
que la semiótica deberá proporcionar las operaciones necesarias para
identificar los modos según los cuales una determinada significación se propone, en un determinado enunciado,
para la identificación de un determinado fenómeno social, ante los integrantes
de determinada comunidad, circula entre ellos, y resulta interpretada por tales integrantes de ese determinado grupo social
(que se constituye en tal en la medida en que concuerdan en compartir o debatir
la vigencia de determinada significación) que así la aceptan como uno de los
modos posibles de percibir la existencia del fenómeno en cuestión.
En esta circulación, la significación cambia. O sea, los sucesivos
interpretantes, al construir nuevos signos, a partir de la interpretación de
otros determinados signos, los modifican, de modo que el signo interpretado ya
no es el mismo signo propuesto a la interpretación. Esto sugiere la necesidad,
inherente a la semiótica, de la construcción de una teoría dinámica de los discursos sociales (en cuanto conjunto
efectivamente existente de las construcciones semióticas que circulan en una
sociedad).
Esta teoría sería dialéctica
(como es dialéctica la propia existencia de la semiótica, según afirmé un poco
antes), ya que la interpretación del significado va determinando relaciones de
negación y síntesis, que constituyen un gradiente de distanciamiento del
discurso inicial, hasta construir otro discurso en el que ya no son válidas las
reglas según las cuales se construyó el primero. Estaríamos, en ese momento,
ante una nueva semiosis o un nuevo lenguaje; se habrá producido una especie de
"ruptura epistemológica" en la sucesión de discursos, lo que
correlativamente habrá conducido a la construcción de un nuevo universo de
objetos semióticos; o sea, si circula
otra semiosis, se construye otro mundo. Y en esta transformación consiste
el transcurso histórico, que se independiza del transcurso cronológico, de modo
tal que el transcurso histórico puede manifestarse, también, en la
coexistencia, en un momento determinado, entre las diferentes partes de una
misma sociedad o grupo social, en el cual habría subpartes que habitarían
tiempos históricos diferentes, pese a su contemporaneidad (cabría preguntarse,
en el transcurso de nuestra cotidianeidad, qué momento histórico enfrentamos
cada vez que abrimos una puerta.)
Para producir investigaciones encuadradas en tal
teoría dinámica, capaz de dar cuenta de la dialéctica inherente a la existencia
de los discursos sociales, la semiótica necesita disponer de determinadas
operaciones fundamentales y rigurosas que muestren cómo se produce y cómo se
transforma la significación del fenómeno social en estudio.
Como designaciones y descripciones tentativas de los
conceptos correspondientes a tales operaciones, he propuesto los siguientes:
1/ atribución de
un valor a una forma (significante o representamen6) como efecto del
conjunto de las posibilidades de su integración contextual junto a otras formas
(significantes o representámenes); construye el valor sintáctico de la forma de cada signo en cuanto pertenecientes
a una determinada semiosis;
2/ sustitución
entre, al menos, dos semiosis, una de ellas en función de sustituyente y la
otra en función de sustituida; construye el valor
semántico de las formas de los correspondientes signos pertenecientes a
tales semiosis; valor semántico que nunca podría afirmarse de una única
semiosis, sino de la interrelación diferencial entre la semiosis que sustituye
y la sustituida; esto implica aceptar que para que haya semántica tiene
que haber, al menos, dos semiosis operativamente vinculadas en una relación de
sustitución: en una se propone el signo
y en la otra se configura el objeto
semiótico;
3/ superación
entre, al menos, dos pares de semiosis, de modo tal que una semiosis pierde
capacidad de sustituir, o sea, de construir los significados de los fenómenos
de determinado mundo (primer par:
signos sin eficacia para generar objeto semióticos), en virtud de la entrada en
vigencia de otra semiosis (que sustituye a la precedente) que construye otros
significados de los fenómenos de un mundo que ya no es el precedente (segundo par: nuevos signos con eficacia
para generar nuevos objetos semióticos); construye el valor pragmático de las formas de los correspondiente signos
pertenecientes a las semiosis involucradas: en el proceso de la comunicación,
construyen determinado significado y muestran su limitación para construir
otros significados que se hacen posibles a partir del efectivamente construido.7
Considero que estas designaciones y estos esbozos de
descripción de las correspondientes operaciones se corresponden con los
procedimientos reiteradamente descritos por quienes han construido la teoría y
la práctica de la semiótica; lo único que pretendo es sintetizar y abstraer el
múltiple pensamiento y las múltiples aplicaciones de la semiótica, de modo que
puedan ponerse a disposición de quienes se acercan a esta disciplina para
conocer su estructura teórica y la dinámica de su aplicabilidad.
1.4 La base textual del
significado. Producción e inferencia
Yo no me comunico en representación de la semiótica,
lo que consideraría a la vez pretensioso y absurdo, sino tan sólo a título
personal. En realidad, la semiótica,
como cualquier ciencia, no existe al
margen y con independencia de cada uno de los escritos que la van construyendo.
Sólo desde un punto de vista político, en este caso el de la búsqueda del poder
académico, puede alguien arrogarse o pretender ser el portavoz autorizado de la
semiótica, lo que vendría a querer decir que todo lo que ese escritor dice es
semiótica por el hecho de decirlo él. Esto viene a cuento, para aclarar que lo
que yo pueda afirmar corre bajo mi exclusiva responsabilidad y que podrá o no
ser compartido por otros semiólogos y podrá o no resultar útil para otros
investigadores.
Desde esta perspectiva, me interesa comentar el
alcance que le atribuyo al concepto de “significado”, por el hecho de
considerar a la explicación (1) de su
producción, (2) de la interpretación de sus características identificatorias y
(3) del proceso de su transformación, los aspectos fundamentales de la tarea
analítica que le asigno a la semiótica.
Considero que el término “significado” abarca la
totalidad y cada uno de los aspectos posibles que pueden aparecer, como
interpretación de determinado fenómeno, en la construcción del conocimiento
(poético, científico o mítico) del mundo, tal como lo realiza determinada
sociedad en determinado momento de su historia. O sea, uso “significado” como el
conjunto de interpretaciones materializadas en determinados discursos,
relativas a determinados fenómenos y vigentes en determinado momento de
determinada sociedad, con lo que resulta admisible la pretensión de
describir y explicar la producción del significado en esa determinada sociedad
y momento.
La semiótica procura explicar la producción de esa(s) interpretación(es), siempre con la
prudencia de acotar adecuadamente el campo de estudio o contexto en función del
cual se considerará viable tal pretensión explicativa. El carácter fundamental
que habrá de conferirle rigor al desarrollo que conduzca a la obtención de ese
objetivo consiste en que dicha explicación se base en la textualidad de determinada(s) semiosis, o sea, en la
materialidad de discursos no sólo verbales, sino también visuales, auditivos
(musicales), gestuales, comportamentales, etc. vigentes (o sea, efectivamente
en uso y, en diferente medida, aceptables) en determinada sociedad.
Aquí, “textualidad”,
así como, en su oportunidad, “contextualidad”,
son términos que se refieren a la materialidad
existencialmente efectiva de tales semiosis sustituyentes y no al sistema (social, cultural, lingüístico o
de la semiosis que corresponda), que siempre, al menos por definición, se
considera virtual, en cuanto pura posibilidad. Con la expresión “posibilidad virtual del sistema” se entiende
la posibilidad que tiene todo sistema de llegar a manifestarse (transformados
sus tipos y relaciones en enunciados en los que se aplican las reglas que lo
constituyen) mediante la producción de la correspondiente textualidad, en el
proceso de producción de la comunicación (o producción de determinadas semiosis
sustituyentes). Por ser esto así, es posible la recuperación de ese sistema virtual, mediante una inferencia que se
obtiene invirtiendo el anterior proceso de producción de textualidad; inversión
mediante la cual se accede a dicho sistema virtual e inversión en la que
consiste tanto el proceso de interpretación como el de investigación, los
cuales, a partir de la textualidad (o sea, a partir de la semiosis sustituyente
efectivamente producida que se esté percibiendo), permiten inferir la
virtualidad (de otro modo inaccesible) del sistema y, por tanto, permiten
comprender y/o explicar la eficacia significativa resultante de la producción
de dicha textualidad. Recuperar el
sistema a partir de los textos que de él se derivaron permite conocer las
posibilidades significativas de determinado sistema cognitivo tal como es
compartido y diversificado en el interior de determinada comunidad (la cual se
identifica por el hecho de poseerlo) y en ello consiste un importante aspecto
de la eficacia que se le atribuye a la semiótica.
A
la semiótica o, mejor, a los semiólogos corresponde la tarea de ir proponiendo
los discursos en que se enuncien las
operaciones necesarias, rigurosas y explícitamente definidas que sean
eficaces para, a partir de los resultados que se obtengan al intervenir con
ellas en las materialidades discursivas mencionadas, inferir el conjunto de operaciones mentales (en que lo individual,
en cuanto eventual autoría, se especifica en lo social, en cuanto posibilidad
de aparición de tal individualidad), disponibles en determinado momento de
determinada sociedad, que han concurrido a la producción de aquellos discursos
interpretativos que por hipótesis se ha supuesto que atribuyen significación al
fenómeno en estudio (y aquí utilizo “significación” porque me refiero a la calidad de la existencia ontológica
atribuida a determinado fenómeno; mientras que con “significado” me refiero a la interpretación de la
textualización del concepto que determinados individuos de
determinada comunidad atribuyen a un determinado fenómeno, como consecuencia de
la interpretación de determinado enunciado que tiene a dicho fenómeno como
referente; la “significación” lo es de un fenómeno, el “significado” lo es de un
concepto).
El
resultado, en caso de tener éxito, será conceptual o afectivo o emotivo o
puramente cognitivo (etc.), pero, en cualquier caso, su determinación requerirá
partir de concretas (y por supuesto, múltiples) materialidades discursivas,
utilizar un conjunto de operaciones1
formalizadas (no necesariamente simbolizadas, pero sí explícitamente definidas)
y, por su intermedio, demostrar qué operaciones2
mentales, provenientes de qué vigencia
social (o sea, permitidas, exigidas o excluidas por determinado estado de
las normas sociales), han dado lugar a los discursos que han construido el
significado de los conceptos con los que se construye la significación de los
fenómenos en estudio.
Es necesaria esta doble referencia diferencial a “operaciones”,
ya que las primeras: operaciones1,
son operaciones técnicas destinadas a intervenir analíticamente en los
discursos sociales, perteneciendo, por tanto, al ámbito de la disciplina semiótica; mientras que las
segundas: operaciones2,
son las operaciones cerebrales-mentales de representación/interpretación que
produjeron tales discursos, perteneciendo, por tanto, al ámbito
filogenéticamente constituido de la facultad
semiótica, y que, por hipótesis, pueden ser identificables y recuperables
mediante aquellas operaciones técnicas.
1.5 Para ver hay que conocer
Acerca de esta inicial aproximación a las operaciones
semióticas fundamentales (atribución, sustitución y superación), hay algunos
aspectos que me gustaría comentar.
Uno de los que me interesan especialmente es el
relativo a saber si las operaciones de atribución y de sustitución suponen que
los valores y las formas preexisten a su puesta en relación. Me interesa porque
tiene que ver con la perspectiva cognitivo-dialéctica desde la que, personalmente,
oriento la investigación semiótica y, por tanto, su metodología.
En efecto, por una parte, no se pude partir de la nada
(todo acto creativo es una diferencia respecto de algo que ya existía). Eso de
lo que se parte consiste en la vigencia
de determinados sistemas semióticos, en cuanto efectivamente utilizados
para construir los respectivos discursos (simbólicos, indiciales y/o icónicos)
con los cuales, determinado grupo social (definido a posteriori, por la
constatación de tal vigencia y no por algún criterio apriorístico de
“positivismo de secano” 8), en determinado momento, construye la
significación de la totalidad de los fenómenos sociales (entre los cuales
estará el fenómeno en estudio y, por tanto, el/los discurso/s
correspondiente/s).
Así que, en un momento dado, todas las posibilidades
de atribuir significación a un fenómeno están acotadas por las diversas e
incluso contradictorias semiosis sociales (sistemas virtuales y discursos
efectivos) vigentes en el grupo social en estudio. Hay una correspondencia
entre sistema semiótico y significación de un fenómeno, mediada por el discurso
(o semiosis sustituyente) que puede producir (o que puede provenir de) tal
sistema y la significación que este discurso puede atribuir a tal fenómeno (o
semiosis sustituida).
Hay que tener en cuenta que existe una etapa
pre-discursiva (en cuanto todavía no significativa) que es fundamental en este
conjunto de operaciones y que puede identificarse como la etapa de construcción
del texto, en cuanto resultado, puramente sintáctico, de la combinatoria que
permite(n) el(los) sistema(s) utilizable(s) por los miembros del grupo en
cuestión. Quienes están leyendo este texto, por una parte lo identifican como
resultado de una semiosis lingüística permitida por el sistema de la lengua
(castellana), en cuanto conjunto de párrafos sintácticamente correctos; por
otra, lo reconducen a un sistema de conceptos preexistente y buscan situar los
efectos de sentido que tales párrafos van produciendo acerca de, en sustitución de, como expansión de, en contradicción con,
otros conceptos preexistentes y poseídos por ellos (en función de lo cual,
aceptan, modifican o rechazan los conceptos que estos párrafos proponen; todo
ello, no de un modo procesual, como requiere el describirlo, sino con el
sistema neuronal trabajando en paralelo).
Sólo mediante este conjunto de operaciones, el texto
se transforma en discurso, al menos en el sentido que aquí les confiero a estos
términos; entendiendo por “discurso”:
un texto semantizado, y por “texto”: un discurso desemantizado (o un desarrollo sintáctico que todavía no
ha sido semantizado). Definiciones recursivas que tienen como eje diferencial,
para el texto, la atención puesta en el cumplimiento de las reglas de
contextualización de la semiosis de que se trate (en algunos casos, icónico e
indicial, de muy difícil determinación, al menos hasta el momento), y para el
discurso, la atención puesta en el cumplimiento de las reglas de semantización
vigentes para esa semiosis en esa sociedad, o sea, las características de los
significados o el “argumento” peirceano, que pueden construirse con tales
contextualizaciones (por lo general, de muy difícil determinación, al menos
hasta el momento). Si todo se agotara en esta producción de determinados
discursos a partir de determinados sistemas la consecuencia sería trágica: no
existiría la historia (lo que no deja de ser una pista para comprender, aparte
de su falsedad, el autoritarismo e incluso la esclavización de la mente humana
implícita en la mera idea de que la historia o algún aspecto de la historia,
haya terminado).
Hasta aquí, en este aspecto cognitivo-dialéctico de la
relación entre sistemas y discursos mediados por los textos, están dos de las
operaciones que vengo comentando: (1) la
atribución que construye textos contextualizando, o sea, poniendo a las
formas de un determinado sistema en una determinada relación física, material,
existencial (e insisto, formas ya bien significantes, si sólo se toma en
consideración la contextualización que el propio sistema, en sí mismo, le
confiere a las formas de los signos que lo constituyen, ya bien
representámenes, si se toma en consideración el valor, provisionalmente
sintáctico, que el interpretante conferirá a esas formas contextualizadas) y
(2) la sustitución que construye
discursos por la interrelación de dos sistemas: el de los signos y el de los
objetos semióticos; interrelación que, con sus precisiones, ambigüedades y
desplazamientos constituye lo que denominamos semántica, la cual, referida a
los signos da lugar a los enunciados (incluso en sentido foucaultiano; M.
Foucault, 1969: 116) o semiosis sustituyentes y referida a los objetos
semióticos da lugar a los referentes (especialmente en el sentido cognitivo que
les atribuye F. Rastier, 1991: 82) o semiosis sustituida.
Una nueva etapa histórica se originará cuando otra
semiosis aparezca en los intersticios de esos signos contextualizados (“el sonido y la furia”)9 y en las ambigüedades de esos objetos
semióticos (“percepto entrópico”; ver
Denbigh, K. G., 1989) y, sobre todo, en la intuición que genera un espacio
conceptual posible (“mente borrosa”)
acerca de la existencia de otros objetos semióticos posibles que sólo se
percibirán después de haberse construido, reiteradamente (con el consiguiente y
progresivo envejecimiento de la semiosis que los incluye), los objetos
semióticos permitidos por los sistemas vigentes (no sólo lógicos o simbólicos,
sino también emocionales, estéticos, metafísicos, etc.; si tal etc. aún puede
caber) y cuya construcción, paulatinamente, van dejando de permitir. En el Apéndice 1.8.3 Pensamiento, Semiosis, Mundo,
puede seguirse el desarrollo de estos conceptos.
En esa
insatisfacción es donde la comunidad empieza a sentir la necesidad de otra
semiosis para que nuevos discursos vengan
a permitir percibir otros fenómenos, que ya no serán los mismos que los
anteriores, del mismo modo que los textos y discursos ya no serán los mismos
que antes, sino que otra semiosis habrá aparecido que, por las carencias
detectadas en las anteriores, será aceptada por la comunidad, esa misma
comunidad que habrá sido su única y efectiva creadora. Cuando esto ocurre y
sólo a condición de que ocurra, puede decirse que habrá historia, o sea, que es
identificable la intervención de la (3ª) operación, la de superación, en cuanto apertura hacia nuevos (en cuanto
efectivamente históricos) universos constituidos por otras percepciones que se
hicieron posibles mediante otras semiosis eficaces; en definitiva, en todos los
casos vemos lo que las semiosis disponibles nos permiten ver y del modo como
nos lo hacen ver (de modo similar, Carlos Varela, 1996: 155, afirma que “ver es
creer, en cuanto práctica de la creencia”).
1.6 La
significación construida
Sobre el tema de considerar a “la significación como el conjunto de interpretaciones materializadas
en determinados discursos, relativas a determinados fenómenos y vigentes en
determinado momento de determinada sociedad” no sé si habré logrado
trasmitir lo que me propongo.
Yo estoy evitando la significación conceptual o normativa, que sería la que viene
predefinida desde determinados sistemas
simbólicos y que conduce a la pretensión de estar en condiciones de juzgar
si la significación asignada a un fenómeno es correcta o no. Este enfoque conduce a un análisis dogmático-hermenéutico
de todo texto y de toda interpretación que se le atribuya, ya que la verdad y
la falsedad están establecidas a priori. Así, habría una verdad, en la realidad
o en algún sistema de creencias, a la que habría que atenerse; positivismo y
dogmatismo metafísico avanzan en total acuerdo.
Otra cosa es que todo texto proceda de algún sistema,
ya que esta afirmación pertenece a la descripción del proceso cognitivo de
producción de un comportamiento que implica la actualización de una
posibilidad, pero que no condiciona la aparición de determinado contenido y no
de otro. Lo que estoy buscando es una explicación que dé cuenta del proceso de construcción de la significación que
realizan los miembros de una comunidad, al interpretar un texto y, así,
conferirle existencia ontológica a un fenómeno. Puede ser que todos produzcan
la misma interpretación, o sea, que le asignen el mismo contenido a las
interpretaciones que vayan produciendo; pero también puede ser (y, por
hipótesis, es lo que afirmo como regla del comportamiento simbólico de
cualquier comunidad) que no sea posible reconducir a la unidad el conjunto de
las interpretaciones que en esa comunidad se van produciendo acerca de
determinado fenómeno en estudio.
Ésta es la que considero tarea fundamental de la semiótica:
proporcionar las operaciones mediante las
cuales puedan inferirse los sistemas de donde proceden las representaciones -
interpretaciones (perceptuales y conceptuales, respectivamente) que van siendo
producidas, en determinado momento de determinada sociedad. Y ello incluye
sus coincidencias y divergencias, la forma de su pluralidad, esos modelos o
configuraciones de significaciones posibles, producidos y provisionales (nunca
punto de partida ni punto de llegada definitivos), a los que designo como “mundos semióticos posibles” que pueden
definirse como los diversos conjuntos de
opciones disponibles, en determinado momento de determinada sociedad, para que
sus miembros construyan las significaciones de los fenómenos de su entorno, y
la posibilidad de reconocer las opciones creativas que quiebran las disponibles
y enriquecen, superándolas, a las semiosis (lenguajes verbales, visuales,
kinésicos, etc.) existentes.
Entonces, la disciplina semiótica no proporciona las operaciones
que permitan juzgar el grado de proximidad o de apartamiento de las
interpretaciones efectivamente producidas en determinada sociedad, respecto de
algún dogma de eventual vigencia hegemónica, estableciendo la verdad o la
falsedad de tales interpretaciones. Se trata, más bien, de un conjunto de
operaciones que permita explicar cuáles son, cómo se construyen y qué
transformaciones producen en los modos habituales de significar, esas
interpretaciones cuyo registro habrá de requerir un relevamiento representativo
y adecuado de las semiosis sustituyentes
que circulan en determinado momento de determinada sociedad.
1.7 Problemas y divergencias
Quisiera reunir, a título meramente indicativo,
algunos de los temas, problemas y concepciones divergentes que considero
especialmente importantes en semiótica, sin pretender agotarlos ni resolverlos.
Por ejemplo, la
semiótica no es una reflexión crítica, ni un enfoque informal y de algún
modo iconoclasta, acerca de la semántica
lingüística. La semiótica plantea el problema de la explicación de la producción del significado desde todas y cada
una de las semiosis disponibles en determinado momento de determinada sociedad.
La semiótica propone respuestas al problema de la explicación
de la producción del significado a partir del supuesto de que la lengua puede explicar (limitadamente) cómo
otra semiosis produce determinado significado, pero no puede sustituirla en la
tarea de producirlo.
La semiótica propone respuestas al problema de la
explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que cada semiosis produce un efecto de
significación específico e intransferible. Entiendo, provisionalmente, por
“efecto de significación” a la confluencia del significado proveniente de los
conceptos construidos en los textos de determinada(s) semiosis, con la
significación que ello permite, consistente en la atribución de existencia
ontológica a determinado(s) fenómeno(s) del entrono. También la expresión “efecto de significación” recalca el
enfoque de considerar a la significación
como un resultado y no un presupuesto.
La semiótica propone respuestas al problema de la
explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que ninguna semiosis se basta a sí misma para
realizar tal tarea.
La semiótica propone respuestas al problema de la
explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que
existe un dispositivo mental (o quizá algo semejante a la “estructura conceptual” de R. Jackendoff, 1989: 121ss) de
coordinación y complemento entre las distintas significaciones que adquiere un
fenómeno como resultado de las múltiples enunciaciones visuales, verbales,
acústicas, táctiles, kinésicas, gustativas, olfativas, etc., que se vienen
formulando acerca de tal fenómeno, cuyos interpretantes se procesan en el
cerebro de cada ser humano capaz de identificar ese fenómeno; en este sentido, toda semiótica sería sincrética.
La semiótica propone respuestas al problema de la
explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que la semiótica estudia, identifica, aplica y
(en determinada medida) prevé la eficacia de las operaciones (mentales,
calculatorias) con las que cada una de las distintas semiosis atribuyen a los
fenómenos del entorno las significaciones que le son específicas.
La semiótica propone respuestas al problema de la
explicación de la producción del significado a partir de la condición de que no se maneje con modelos con los que (1) se
clausura toda posibilidad de un nuevo significado y (2) sólo se puede
reconocer lo ya sabido. Por ello, en
la semiótica se opta por utilizar operaciones en cuanto reglas rigurosas de
procedimiento que no implican el contenido del resultado.
La semiótica propone respuestas al problema de la explicación
de la producción del significado a partir del supuesto de que la forma de la expresión construye la forma
del contenido y no a la inversa (por lo que no existen contenidos sustanciales
ni universales) y de que todo ello sólo ocurre en el interior del sistema
histórico-social de conocimiento desde el que un intérprete la percibe y en
el que la incluye y donde la transforma y desde el que la transfiere.
La semiótica propone respuestas al problema de la
explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que toda significación es un constructo y de que
antes de que el hombre estuviera sobre la tierra no existía significación
alguna.
La semiótica propone respuestas al problema de la
explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que toda semiosis tiene historia; esto implica
que toda semiosis sustituyente lleva en sí el germen de su propia negación (Magariños
de Morentin. 2007). Esta “propia negación” consiste en que lo que, en un
determinado momento histórico de determinada comunidad, la nueva semiosis
sustituyente permite construir no era imaginable desde la anterior semiosis
sustituyente (salvo que no haya habido tal construcción, sino una mera
reconstrucción). A mi criterio, ni el “significado” en cuanto interpretación
textualizada de los conceptos con los que se atribuye significación a los
fenómenos ónticos y entrópicamente indiferenciables del entorno,
constituyéndolos en fenómenos sociales identificables en el mundo del
intérprete, ni la “poética” en cuanto posibilidades semióticas de producción de
la significación de los fenómenos sociales, son patrimonio de la lingüística,
sino que se comparten entre todas las semiosis socio-históricas disponibles. En
este sentido, cada semiosis construye sus
propios significados y tiene su propia
poética.
La semiótica propone respuestas al problema de la
explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que lo que identifica constitutivamente a un
grupo social es el uso que hace de sus semiosis sociales para la atribución de
significaciones a los fenómenos de su entorno, que sólo con ese uso se
constituyen en significativos.
La semiótica propone respuestas al problema de la
explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que cada grupo social es libre en el uso que
hace de sus semiosis sociales, sin tener que cuidarse de respetar verdades
metafísicas, verdades científicas o eficacias técnicas de ningún tipo. Esto
proviene de que la metafísica, la ciencia y la técnica son los resultados del
uso de las semiosis sociales (por tanto, locales e históricos) y no principios
válidos previos a toda semiosis.
La semiótica propone respuestas al problema de la
explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que la libertad en el uso de sus respectivas
semiosis sociales tiene como límite la necesidad de comunicación. Así, la
creatividad individual tiene como límite externo la interpretabilidad por otro,
en algún momento; y tiene como límite interno la posibilidad de alcanzar, en
algún momento, la consistencia de la propia interpretabilidad. Fuera de estos
límites, hacia el interior o hacia el exterior, comienza la alienación: el individuo tiene que dejar de ser él para
sí mismo, para empezar a ser él para otros; hacia el exterior se encuentra
con la alienación que le exige la sociedad para integrarlo; hacia el interior
se encuentra con la alienación que lo conduciría a ser un alienado de sí mismo
(reaparece “el sueño de un demente en el rincón de un manicomio”).
El problema de la
identificación de los resultados de los usos a los que las distintas semiosis
son sometidas, en un determinado grupo social y en un determinado momento
histórico, con el objetivo de construir la significación del entorno, es lo
que encuadro bajo la denominación de los “mundos
semióticos posibles”.
No existe una reflexión metasemiótica que de cuenta
definitiva y consistentemente de la validez y eficacia de todas las semióticas
posibles, ya que necesitaría de una
metasemiótica de nivel superior que diera cuenta de su propia validez y
eficacia (reflexión homóloga a la planteada por Gödel acerca de la lógica.
Ver Hofstadter, 1999). Ésta es otra de las razones por las que considero inviable una consideración de la
semiótica como ciencia: su única posibilidad como tal consistiría en dar cuenta
de su propia cientificidad.
Con lo que vengo diciendo y atendiendo a que, desde
otras perspectivas semióticas, pueden adoptarse criterios diferentes, no
pretendo entrar en polémica, sino que, respetando profundamente los diversos
criterios vigentes, trato de mostrar las posibles ventajas que puede aportar el
hecho de adoptar las que aquí enuncio, como eventuales pautas operativas para
la investigación semiótica.
Los criterios de los que he formulado un pequeño
resumen (que sólo vale en cuanto punto de partida y que requiere, todavía, de
los consiguientes desarrollos operativos), me han dado buenos resultados (en
cuanto a la obtención de explicaciones plausibles acerca de la producción,
circulación y transformación de las significaciones, socialmente vigentes, de
determinados fenómenos) y me han permitido conservar una satisfactoria
coherencia teórica, ya que pude mantenerlos sin auto-contradecirme, al menos a
lo largo de cada investigación y/o texto académico, pero con libertad para
modificarlos al pasar de una a otra investigación o de uno a otro texto.
Mantengo mi libertad para seguir cambiando, desde mi adhesión (nunca dogmática)
al concepto foucaultiano de sujeto (Foucault, 1969: 68), con el que, hasta el
momento, también me siento cómodo.
Desde esta perspectiva, enfrentaré el análisis de las
semióticas simbólica, icónica e indicial, y de todas sus variantes y
combinatorias tratando de establecer cómo
significan, qué significado textualizan y qué significaciones atribuyen al
entorno, en determinado momento de
determinada sociedad.
1.8 Apéndices
1.8.1 Otra
vez, ¿qué es la semiótica?
He partido de un concepto estático de
semiótica al que, después, me he impuesto dinamizar. Lo considero válido y
eficaz. No obstante, siguiéndolo a Foucault (1970: 43 et al.), tampoco pretendo
que una definición construya el contenido único
de una disciplina, sino que podrá identificar un punto de dispersión, a partir del cual se despliegan perspectivas distintas
desde las que se construyen interpretaciones diferentes.
Precisamente, la semiótica se impone, como uno de sus objetivos o finalidades, explicar desde qué perspectiva se ha
construido determinada interpretación; sin que la semiótica se reduzca a
esto.
La actitud diferencial de la semiótica,
al menos en lo que a mí me interesa, es que excluye
el supuesto de una situación inicial en la que un sujeto se encuentra ante un
objeto. La excluye porque su interés consiste en establecer las
características del instrumento social
mediante el cual se construye un sujeto
al involucrarse en la tarea de construir un objeto;
proceso a cuyo término recién podrá decirse que ese sujeto se encuentra en
presencia de ese objeto. Y ahora dispersemos:
los instrumentos sociales que hacen
posible esa relación son múltiples; los sujetos
que se construyen al manejar cada uno de tales instrumentos sociales son
múltiples; los significados que
resultan construidos, según el manejo que esos sujetos hagan de tales
instrumentos, son múltiples; y las significaciones
atribuidas a los fenómenos del entorno (que, como instancia final de esta
etapa, así se transforma en mundo), según el manejo que esos sujetos hagan de
tales instrumentos, también son múltiples. Por su parte, ésta es la tarea que
hará percibibles a los objetos y que permitirá
percibir tantos objetos cuantas significaciones se construyan, a partir de los
significados disponibles, con lo cual estoy afirmando que la percepción es posterior al conocimiento
que tenemos de su posibilidad, y está condicionada por éste.
Desde este enfoque, ninguna
característica de determinado objeto, ni general ni particular, es
identificable si no es como resultado del modo
en que se utiliza determinado instrumento social, utilización y aplicación
concreta de la que resultan las características identificadoras del concreto
sujeto que así lo ha utilizado.
Lo que, según mi modo de ver, exige la disciplina semiótica, en cuanto
explicación del significado, es que, cuando se afirme algo acerca de un
objeto, (1) se hagan explícitas las características del instrumento social que
se ha utilizado para afirmar lo que se afirma (lo que incluye, por supuesto:
para negar lo que se niega de tal objeto); o sea: identificación y descripción analítica de cuáles son y como operan las
semiosis intervinientes; (2) que se hagan explícitas tanto la eficacia
diferencial del instrumento social por el que se ha optado (frente a la
eficacia de otros instrumentos sociales posibles, vigentes y disponibles en
determinado momento de determinada sociedad), como las específicas
características del uso que determinado sujeto le ha dado a ese instrumento
social, frente a los otros usos posibles, vigentes y disponibles por otros
determinados sujetos, o por el mismo sujeto en otro determinado momento, para
producir la afirmación en estudio; o sea: mostración
del contraste dialéctico entre la eficacia diferencial de las diversas semiosis
disponibles (al menos, entre dos de ellas).
Lo que, desde mi perspectiva al menos, se excluye de la semiótica es el
supuesto de que el objeto tenga
características propias de alguna especie, pretendiendo prescindir de que
haya un sujeto que se constituya en tal al atribuírselas en función de su modo
de utilización de determinado instrumento social. Tales aparentes
“características propias” son históricas y provienen, por acumulación, de las
significaciones que le fueron siendo atribuidas a través de los tiempos.
Se
excluye, también, el supuesto de que el sujeto tenga características propias
(salvo su identidad antropológica frente a la de los restantes organismos) de
alguna clase con prescindencia de las que provienen de los instrumentos
sociales que ha aprendido a utilizar y del modo según el cual los utiliza para
atribuirle las características que son identificables al intervenir en la
producción de la significación de determinado objeto (la calidad de sujeto es social e histórica; su calidad
de organismo es antropológica y
evolutiva; sin que estén disociadas una de otra).
Se
excluye, asimismo, el supuesto de que
el instrumento social tenga
características propias de alguna especie con prescindencia de las que le
confiere el sujeto que lo utiliza, por el modo de utilizarlo, en determinado
momento, para producir determinadas significaciones acerca de determinados
objetos.
Se
excluye, además, el supuesto de que esta tarea, de que alguien afirme algo
acerca de algún objeto, tenga
características propias de alguna especie que le permitiese prescindir de
algún otro, al menos uno, que interprete esa afirmación de un modo
determinado; y por aquí viene resonando Peirce, al incorporar al interpretante
a la estructura constitutiva del signo. Lo que alguien dice no estará completo
hasta que el significado construido se integre, como un nuevo hábito, en la
mente de otro.
De esto resulta que las características,
generales o particulares, de determinado objeto son externas al objeto y dependientes del instrumento social utilizado
para atribuírselas; que las características del instrumento social son externas a ese instrumento y
dependientes del uso que le confiere determinado sujeto en determinado momento
de determinada sociedad; que las características del sujeto son externas al sujeto y dependientes del
aprendizaje vigente en determinada sociedad para la utilización de los
instrumentos sociales disponibles y de la interpretación que se atribuya al
modo de utilización y al instrumento utilizado.
Hablo de "objeto" como ente cognoscible; de "instrumento social" como signo (en su unidad) y como
semiosis (en su conjunto); y de "sujeto"
como ente cognoscente (lo que no excluye a la totalidad de lo biológico al
margen del ser humano, en la medida en que pueda constatarse, entre los
individuos de esa marginalidad antropocéntrica, algún principio de organización
social).
Volviendo al principio: ¿qué es la semiótica?
Provisionalmente, con el sesgo dinámico que aquí he ido
completando y sin pretender todavía
quitarle eficacia, el concepto relativamente estático propuesto
inicialmente podría completarse afirmando que
la semiótica
como disciplina
consiste en el estudio acerca
de cómo se producen las variaciones
en las significaciones de todo lo que le rodea al hombre en el mundo;
de cómo se producen las variaciones
en los instrumentos con los que se construyen aquellas significaciones;
y de cómo se producen las variaciones
en los sujetos que usan estos instrumentos para producirlos y/o para
interpretarlos,
desde que el hombre accedió al uso de los signos,
y sin que consista sólo en eso.
1.8.2
Concurrencia y no contradicción
Como decía, el concepto dinámico de
disciplina semiótica, sobre el que reflexioné en el apéndice anterior, no pretende todavía quitarle eficacia al
concepto relativamente estático formulado al comienzo de este trabajo. Y
el "todavía" no lo puse
para implicar que en algún momento va a quitársela, sino asumiendo la propia
hipótesis de variabilidad con que está construido el contenido del concepto de
semiótica que he ido elaborando y que supone que, efectivamente, en algún
momento, ambos (el estático y el dinámico) van a perderla; lo que consagrará la
eficacia de la disciplina semiótica que habrá, así, cumplido su cometido,
iniciando una nueva forma de pensamiento, de discurso y de mundo, que serían
impensables antes de haber agotado el que la misma semiótica proponía. Pero
como puede prestarse a algún equívoco, quiero añadir una reflexión más.
Los dos conceptos de disciplina
semiótica, el formulado al comienzo de este trabajo y el que acabo de formular
en el anterior apéndice, no se contradicen sino que responden cada uno a una
mirada diferente.
Con el
último creo haberme referido (al menos ésa ha sido mi intención; ¡oh, los
implícitos del hábito del interpretante productor!) a las características de la
variabilidad de los modos operativos
(con cierta semejanza a un proceso fractal:
Mac Cormac, Earl & Stamenov, Maxim I., 1996) que la semiótica le
atribuye al sujeto, al instrumento, al
objeto y a la interrelación de estos tres elementos, en cuanto práctica socializante.
Con el
primero pretendía describir las
características metodológicas que serían específicamente aplicables, en
cada situación concreta, de entre la permanente variabilidad de cada uno de
aquellos elementos, a la tarea de explicar la significación de determinado
fenómeno, ya que el trabajo de investigación requiere explicar (y explicar
requiere un método) la concreta eficacia con la que, en un momento determinado, un
sujeto determinado aplica una
semiosis social determinada, para constituir, mediante la propuesta de un determinado significado, la
posibilidad de identificar un
determinado fenómeno social.
Pero vimos cómo esta explicación tiene que dar cuenta
simultáneamente (aunque eso se despliegue en una sucesividad enunciativa) de la diferencia que ese conjunto de
operaciones así descrito establece con respecto a la eficacia con que, en el mismo u otro momento determinado, el mismo u otro sujeto determinado
aplica el mismo u otro instrumento
social determinado, para constituir de la
misma u otra determinada manera el
mismo u otro significado determinado del que será la misma o habrá pasado a ser otra determinada significación de un determinado fenómeno social. O
sea, estoy afirmando que la investigación semiótica tiene que dar cuenta
rigurosa y racional (es decir, explícita y, por ahora, conforme a las
exigencias de alguna de las corrientes académicas vigentes en el momento de su
aplicación) de cuándo, quien, con qué y
de qué modo se constituye un determinado fenómeno social y también tiene
que dar cuenta rigurosa y racional acerca de cuál sea ese otro cuándo, quien, con qué y de qué modo,
respecto del cual el que se está estudiando constituye desde una variación
hasta una posible contradicción y que, con determinados requisitos, es la
condición necesaria y suficiente para que haya
historia. Aspecto que he planteado en Los
fundamentos lógicos de la semiótica y su práctica, bajo el nombre de
“operación de superación”; sólo que entonces, 1996, la restringía a la
variabilidad del instrumento social utilizado para conferir determinado significado
a un fenómeno social y ampliando, ahora, el concepto propuesto por el término “superación” al sujeto que lo utiliza,
al fenómeno social resultante y a la interrelación de los tres elementos, que siendo los mismos (en cuanto eventual
permanencia de su denominación), ya no
son los mismos (en cuanto efectiva transformación de su significado).
En definitiva, el concepto actual explora las características
semióticas necesarias para la explicación
de la producción de la significación
de los fenómenos sociales.
El concepto
anterior exploraba las características
metasemióticas necesarias para la explicación del proceso de producción de la significación de los fenómenos
sociales. Ninguno contradice al otro y ambos concurren en la producción del
conocimiento acerca de cómo el hombre construye el significado de las semiosis
que utiliza y cómo, por su intermedio, atribuye significación mundana a los
fenómenos del entorno.
1.8.3 Pensamiento, Semiosis, Mundo
[Modificado:
19-10-08]
[1] Figuras
Figura 1


Figura
2


Figura
3


Figura
4


Figura
5


Figura
6


Figura
7


Figura
8


Figura
9


Figura
10


Figura
11


1.8.4 ¿Para qué sirve la semiótica?
INTRODUCCIÓN
La semiótica
no es una ciencia, porque la semiótica
no tiene un significado que le sea específico: no existe un significado semiótico, o bien, todo significado es semiótico.
La semiótica
es una metodología, porque la
semiótica puede explicar la génesis
(producción) y la eficacia (interpretación)
de cualquier clase de significación que
cualquier discurso social le atribuya a cualquier fenómeno (sea éste originariamente natural o social).
La génesis y
la eficacia de determinada
significación son siempre problemáticas,
por lo que necesitan ser explicadas.
Toda explicación implica la previa (implícita o
explícita) problematización de la significación de un fenómeno; el contenido de
la explicación y el proceso de la problematización son acciones subjetivas
e ideológicas.
Para conferirle rigor
al contenido de la explicación y razonabilidad
al proceso de problematización se necesita una metodología que procese la información
pertinente mediante operaciones consistentes,
adecuadas y decidibles.
Operaciones
consistentes son aquellas que no incurren
en contradicción al intervenir en un
determinado contexto de una misma información; pero identifica la posible
contradicción emergente del contraste entre los
diversos contextos de una misma información.
Operaciones
adecuadas son aquellas que dan cuenta
de la génesis y eficacia del significado de un específico fenómeno en estudio,
en función de la información disponible.
Operaciones
decidibles son aquellas que pueden
establecer, de modo consistente y adecuado, mediante la recuperación y el
análisis de cualquier nueva información, cómo
ésta interviene y si es que interviene, en la construcción del significado de
un determinado fenómeno, en un determinado momento de una determinada
comunidad.
Las operaciones fundamentales de la
semiótica: la atribución, la sustitución y
la superación, son consistentes, adecuadas y decidibles; por
ello la semiótica constituye la
metodología de base para todas y cualquiera de las ciencias sociales (y no sólo
de ellas).
1
Por la
operación de atribución, una
determinada percepción textual adquiere el valor
que le confieren las otras percepciones en interacción con las cuales se la
percibe (eficacia sintáctica del
contexto).
La operación
de atribución es consistente,
adecuada y decidible.
Consistencia
de la atribución: en un mismo o
semejante contexto, el valor adquirido
por determinada entidad perceptual, en su interrelación con las restantes
entidades de un mismo contexto, será siempre el mismo o semejante.
Adecuación de la atribución: el valor adquirido por determinada entidad perceptual en determinado contexto, será un elemento necesario para identificar el significado posible atribuible a determinado fenómeno.
Decidibilidad de la atribución: ante el valor adquirido por otra determinada entidad perceptual en el mismo o en otro contexto, será posible establecer si contribuye o no a la identificación del significado posible atribuible a un determinado fenómeno.
2
Por la operación de sustitución, determinada comunidad, en determinado momento histórico, mediante determinada percepción textual (que ya tiene un valor atribuido) se construye la significación de un determinado fenómeno (eficacia semántica de la intertextualidad).
La operación
de sustitución es consistente,
adecuada y decidible.
Consistencia
de la sustitución: en la misma o
semejante intertextualidad, la significación
resultante, para un determinado fenómeno, será siempre la misma o
semejante.
Adecuación de
la sustitución: la significación adquirida en determinada
intertextualidad, será un elemento necesario para identificar ontológicamente a
determinado fenómeno (o sea, para que determinada comunidad adquiera
conocimiento de su existencia).
Decidibilidad de la sustitución: ante la significación
adquirida por otra percepción textual en la misma o en otra
intertextualidad, será posible establecer si contribuye o no a la
identificación ontológica atribuida a determinado fenómeno (o sea, si se está
ante la existencia, para el conocimiento, de un mismo o de otro fenómeno).
3
Por la
operación de superación, siempre hay
un determinado momento, en el que la textualidad1
pierde su capacidad de sustituir significativamente a determinado fenómeno, con
lo que se genera una nueva textualidad2,
con valores diferentes y diferente capacidad de sustitución, que construye una
nueva significación para el mismo determinado fenómeno, que ya no es el mismo
(eficacia pragmática de la
transtextualidad).
La operación
de superación es consistente,
adecuada y decidible.
Consistencia
de la superación: dada una determinada
transtextualidad, el significado construido por la textualidad2 es
irreconducible al construido por la textualidad1, pero cada
significado es coherente en su propia y respectiva textualidad; que esto ocurra
es necesario para que se puede afirmar la
historia de la significación.
Adecuación de
la superación: la nueva significación construida por la
textualidad2 atribuye una nueva
identidad ontológica a determinado
fenómeno, en determinado momento de la historia de determinada comunidad.
Decidibilidad de la superación: ante la significación con la que se pretende
identificar a determinado fenómeno será posible establecer si se está aplicando
la textualidad2 y se lo
construye como nuevo o si se está aplicando la textualidad1 y se lo reconstruye como histórico (eficacia
diferencial de las componentes dialógicas intercambiadas entre Sancho Panza y
Don Quijote).
FINAL
Del mal uso de las operaciones metodológicas de atribución,
sustitución y superación no es
responsable la semiótica, sino que lo somos los semiólogos.
El problema es que, conforme a los postulados de la
semiótica, no hay otra disciplina
semiótica que aquella que construimos los semiólogos.
Notas
1 Ver, en
este mismo texto, los puntos: 5.4 Apertura de Peirce en 27
signos; 5.4.1 Peirce-Museo; 5.4.2 Peirce-Arquitectura; 5.4.3 Peirce-Cementerio;
5.4.4
Peirce-Derecho. Y también: 5.5 Los 10 signos peirceanos.
2 Uso la
conocida expresión de Peirce “interpretante”, tanto para designar al intérprete
(como Peirce prefería: sin connotaciones psicológicas; p.e., C. P. 4.593), como
para designar a la eficacia que sume el signo en la mente de tal intérprete
(también como se lo proponía Peirce: en cuanto “hábito” producido por el nuevo
signo; p.e., C. P. 5.491).
3 En esta
dirección apunta Louis Hjelmslev (1971/1943: 49) cuando opta por referirse a la
“función semiótica” y no a los signos.
4 Para
entrar en la semiótica prefiero la zambullida al lavado de manos. De todas
formas, aclaro que el segundo texto de esta Semiótica
General consiste en un Glosario
en el quedarán definidos, siempre provisionalmente, la mayoría de los términos
que estoy utilizando sin previo aviso.
5 Este ha
sido el tema de
6 Quiero
formular una breve observación acerca de esta mención, en forma conjunta y
equivalente, del par “significante/representamen”, ya que puede despertar
ciertas suspicacias entre los cultores de Saussure y los de Peirce. Dicha
observación se refiere a que el aspecto perceptual de los signos necesita del
contexto con otros para que adquieran significación (al margen, por supuesto,
del significado histórico que su uso, o sea, sus contextualizaciones
precedentes les hayan ido atribuyendo). En este sentido, me interesa más cuando
Peirce se refiere al “representamen” como ese aspecto “perceptual” en cuanto
dato (“perceptum”) que vincula con la
idea de “representación” (y que habrá de llevarle a la posibilidad de
plantearlo como semejante a la relación entre el abogado y su cliente), que no
es todavía el “juicio perceptual”, y en el que se basa su concepto de
“primeridad” y en el que, por tanto, predomina la categoría de
“forma/posibilidad”; digo que me interesa más este enfoque, que cuando lo
construye como signo y parece una entidad en un conjunto frente a los otros dos
aspectos: su objeto y su interpretante. Al representamen en cuanto forma, que requiere del
contexto para fijar su capacidad representativa, lo considero próximo al significante saussureano, cuyos valores,
en el sistema de la lengua (que él asume como ya dados en un momento
determinado, desinteresándose de explicar su proceso de producción, y
limitándose a señalar un estado de tal sistema: sincronía, o a constatar la
diferencia entre dos o más estados: diacronía), son el resultado de su uso o
contextualización, en los sintagmas del habla; ámbito de conocimiento que
Saussure elude y que Peirce anticipa en su “dicisigno”, en cuanto proposición o
contexto existencial, y en su “terceridad”, en cuanto conclusión provisional,
en ese objeto mental que denomina “interpretante”, del proceso semiótico, con
lo que ofrece una base analítica a los actuales enfoques cognitivos de la
pragmática y de la recepción. En este sentido, configuro la atribución como la operación que le confiere valor a una forma
como resultado de su integración en determinado contexto.
7 Estas tres operaciones semióticas están propuestas y
desarrolladas en Magariños de Morentin, 1996a.
9 Life... is a
tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing...
(Hamlet de Shakespeare).
Este
breve glosario tiene por finalidad orientar acerca del sentido básico que
se les atribuye, en este trabajo, a algunos de los términos que aparecen
utilizados más habitualmente.
Dos
observaciones son importantes. Por una parte, que se trata de términos de gran
complejidad, por lo que la plenitud de su significado se irá adquiriendo
conforme se progrese en la reflexión metodológica sobre la aplicación práctica
de la disciplina. Lo que aquí enuncio es tan sólo una inicial
aproximación, como para comprender, elementalmente, de qué se está hablando
cuando se los utiliza; pero también constituye una base conceptual que no podrá
modificarse, en el desarrollo de este mismo texto, salvo expresa advertencia y
cuidando, caso de concretarse tal modificación, con hacer mutuamente
consistentes los sentidos actualizados en cada una de las presencias del
término modificado.
La otra observación
se refiere a que el significado atribuido a estos términos admite un cierto
margen de variación según el autor o estudioso de la semiótica que lo está
utilizando. El conocimiento de las fuentes teóricas de la semiótica implica,
justamente, llegar a diferenciar estos diversos usos en cada uno de los
diversos tratadistas. No pretendo, en estas páginas, desarrollar tal contraste
y diferenciación sino asumirlo y proponer una opción entre los conjuntos de rasgos diferenciales posibles. Lo
que aquí enuncio convendrá considerarlo, por tanto, como una puesta de
acuerdo terminológica, para mejor comprender aquello de lo que estemos
hablando. Tanto los participantes como yo mismo someteremos a constante crítica
el contenido que le atribuimos a los términos que utilizamos; considero que el
rigor, en las ciencias sociales, consiste en utilizar sus términos de modo consistente,
o sea, sin incurrir en contradicciones, al menos mientras se permanezca en los
límites de un determinado texto, y en explicar y justificar la razón del
cambio cuando se los modifique. Como decía Michel Foucault (1969: 28) “No
me preguntéis quién soy ni me pidáis que permanezca el mismo: ésa es una moral
del estado civil; rige nuestros documentos. Que nos deje libres cuando se trata
de escribir.”
2.1. Términos definidos en este glosario
2.1.1 Código
Podemos entender
por “código” el registro, ordenado según algún criterio explícito y decidido
por su autor o recopilador, de un determinado conjunto de signos, descritos
conforme a sus posibilidades de interrelación sintáctica y a sus contenidos
semánticos posibles, relativos a un determinado fenómeno social.
2.1.2 Contexto – Cotexto – Paratexto – Peritexto –
Epitexto
Entendemos por “contexto”, en el presente Manual, siguiendo la línea más
clásica de la tradición lingüística, al
conjunto de todos los signos, de características semióticas semejantes a las
que posee el que se estudia, que se vinculan sintácticamente con un determinado
signo. Este término se emparienta conceptualmente con
“sintagma”, en la terminología saussureana, ya que designa el ámbito existencial en el
que se realizan las posibilidades virtuales que posee el signo en el sistema
(“paradigma”).
También suele hablarse de “cotexto”,
introduciendo una notable confusión. Suele utilizárselo, en el ámbito del
discurso verbal, con el sentido que acabo de atribuirle a “contexto”; con lo cual, para
algunos (esos mismos), redefiniéndolo de modo diferente a como lo formulé
inicialmente, “contexto”
pasa a ser un término afín con “situación”,
en el sentido de poder hablarse, por ejemplo, de “contexto o situación de
enunciación”. No es éste el sentido con el que utilizaré el término “contexto” en este Manual, sino
con el más convencional, meramente expandido a designar relaciones, no sólo
entre los signos lingüísticos integrantes de un texto determinado, sino
igualmente entre otros signos no lingüísticos, mientras se trate de signos simultáneamente presentes
en un mismo entorno semiótico (en cuanto conjunto de entidades
vinculadas por relaciones sintácticas interactuantes).
En la utilización que pueda llegar a hacer, en este Manual, de “contexto” se entenderá, también,
por tal a determinado conjunto de
signos, de características semióticas diferentes al que se estudia, siempre que
se encuentren interrelacionados con éste en una misma situación existencial de
comunicación. En este segundo sentido, de entidades pragmáticamente
vinculadas en una misma situación comunicativa el contexto designará la vinculación de un signo con
otros signos de características diferentes a las suyas o con signos, de las
mismas o diferentes características, que aparezcan situados en otra diferente
situación existencial, pero comunicativamente vinculados entre sí y modificando
(por incremento, restricción o desviación) a otro u otros signos de determinada
totalidad. Más empíricamente, las ilustraciones que acompañan a un texto
literario son contexto de
ese texto (interrelación sintáctica entre signos de diferentes características semióticas);
las ilustraciones de determinado autor que acompañan a determinado texto son contexto de otras
ilustraciones de otro autor que acompañan a otra edición de ese mismo texto
(interrelación contrastante entre conjuntos de signos de las mismas características
semióticas, situados en ámbitos existenciales diferentes). Las ilustraciones
que acompañan a la edición de un determinado texto literario, consideradas
entre sí, o sea, en cuanto conjunto de ilustraciones, constituyen todas el contexto de cada una de ellas,
interviniendo, a su vez, todas y cada una como contexto del texto escrito.
La importancia de una diferencia terminológica consiste en la capacidad
que posee para diferenciar situaciones o entidades que requieren distinguirse.
Aquí tenemos (al margen de la designación que se les atribuya) dos
posibilidades: o (1) el
signo se vincula con otros signos de sus mismas características semióticas, y
lo hace (1a) en el
interior de una misma o semejante situación existencial o lo hace (1b) en relación con otra
situación existencial; o bien (2) el signo se
vincula con otros signos de características diferentes, pudiendo hacerlo (2a) en el interior de una
misma situación existencial o (2b)
en relación con los signos que se encuentran en otra situación
existencial. Estas son las variantes posibles en cuanto a la forma de
interrelación entre múltiples signos (dos o más); sobre esto propongo que se lo
acepte o que se proponga una concreta modificación de tales interrelaciones.
Suponiéndolo aceptable, por el uso que me propongo hacer de este par de
términos (con lo que busco hacer coherente la terminología que utilizaré, pero
admitiendo la posibilidad de que sea otra o con modificación de su referencia),
utilizaré “contexto semiótico” para
designar, exclusivamente,
a la posibilidad (1a) y
usaré “contexto comunicativo”
para designar a las restantes posibilidades (1b; 2a; 2b). El problema es importante ya que para explicar
por qué se le atribuye un determinado significado a determinado signo es
preciso identificar las relaciones
que establece con su entorno, y éstas varían según sean signos de
las mismas o de diferentes características y ubicados en la misma o diferente
situación existencial. No es lo mismo relacionar formas y colores en el
interior de una imagen (contexto
semiótico), que relacionar determinadas formas con el público que
visita la exposición en que se encuentran expuestas o con las paredes de la
sala donde se la expone o con la iluminación que cae sobre ella o con otras
imágenes diferentes expuestas en la misma exposición o, incluso, con el título
de la propia imagen, etc. (contexto
comunicativo).
Pero todavía habría más: también cabe hablar del “paratexto”, que Eco retoma de
Genette, para referirse a “cuántas cosas (que en principio no serían texto) hay
en torno de una obra literaria: solapas, tamaños y caracteres tipográficos,
inserción en colecciones, cubiertas, portadas, títulos, subtítulos, comunicados
de prensa, dedicatorias, epígrafes, prefacios, notas, entrevistas,
correspondencias, reflexiones autorales a posteriori, diarios íntimos y
póstumos […] [Además Genette] distingue entre “peritexto”, es decir, todos los discursos que explícitamente
forman parte de un libro como objeto físico (como el título y las notas) y “epitexto”, o sea, los discursos
que circulan en torno del texto, desde los del editor hasta las entrevistas y
confidencias del autor” (Eco, 1989).
2.1.3 Discurso
A los efectos
metodológicos, entenderemos por “discurso”, al nombrarlo en este Manual, a un texto con semántica. Cuando
a partir de una concreta propuesta perceptual (icónica, indicial o simbólica) se interpretan (intuitiva o
analíticamente y cuando se trabaja profesionalmente resulta imprescindible
hacerlo analíticamente) las relaciones mediante las cuales se atribuyen determinadas significaciones a determinados fenómenos sociales, estamos
en presencia de un discurso;
o sea, cuando se identifica a tales fenómenos como los referentes construidos
por dicho texto, éste, en cuanto productor de tal efecto, ya no es texto sino discurso.
2.1.4 Habla-Escritura
Consiste en la actividad concreta de producción e
intercambio de expresiones lingüísticas textuales (existenciales, por tanto)
que, en forma auditiva o visual, circulan en el seno de una determinada comunidad
lingüística. Su estudio (considerado inabarcable por
Saussure) ha dado lugar a la pragmática. Aplicando una reflexión peirceana,
podemos decir que tanto el habla como la escritura no están constituidas por
signos lingüísticos, sino por palabras; siendo las palabras, no signos lingüísticos, sino réplicas de signos
lingüísticos. En la terminología de Peirce, las palabras no son
tipos: “types”,
sino ejemplares o réplicas: “tokens”
de dichos tipos (Peirce, 1965/1931: 4.537-4.538); cuantas veces aparece una
palabra en un texto se está ante un ejemplar de determinado signo lingüístico,
el cual es uno único, en el sistema correspondiente, por lo que es a éste al
que le corresponde la caracterización de “tipo”.
La relación entre habla y escritura es compleja y se la enfoca desde diversos
puntos de vista (puede verse: Tuchsznaider, E., 2006).
2.1.5 Lengua
Consiste en un determinado sistema (virtual, por tanto)
de signos lingüísticos (los tipos de ese sistema), a partir del cual y mediante
sus correspondientes réplicas (las palabras habladas o escritas) se construyen
las expresiones lingüísticas con las que una determinada comunidad de hablantes
configura su entorno. Cada signo lingüístico es uno único; la
cantidad de sus réplicas es indefinida; son tantas cuantas veces se actualice,
en el habla, ese mismo y único signo lingüístico. La lengua es el conjunto de
las propiedades sintácticas y semánticas que caracterizan a los signos
lingüísticos. Toda semiosis tiene su
propio sistema de signos; aunque carezca de una designación tan
contundente como lo es “la lengua” en referencia con el sistema de los signos
lingüísticos. Conocer las relaciones que constituyen a los signos
correspondientes a cada semiosis, por sus posibilidades mutuas de
interrelación, es el objetivo del análisis semiótico. Cuando se conoce el
sistema, se conocen las posibilidades expresivas de la facultad semiótica correspondiente; pero conocer el sistema
es el resultado de la semiótica como
disciplina. Para usar la lengua, como para usar cualquier sistema
semiótico, no hace falta conocer las reglas que caracterizan su uso; el
analfabeto hace un uso efectivo de la lengua, cuando habla. A este conocimiento
se accede por inferencia a partir de las relaciones observables efectivamente
usadas en los textos producidos (e interpretados) a partir de los sistemas
semióticos correspondientes.
2.1.6 Lenguaje
/ Facultad semiótica
El lenguaje es el nombre de la facultad cognitiva de que dispone el hombre para la producción de
signos lingüísticos. Esta facultad
del lenguaje la considero incluida en la facultad semiótica, consistente en la facultad cognitiva de que dispone el
hombre para la producción de todas las clases de signos: icónicos, indiciales y
simbólicos, con los que da existencia ontológica al mundo en que
se identifica su humanidad. El siguiente gráfico (Figura 2) representa la
relación entre pensamiento, semiosis
y mundo, que se concreta en la facultad semiótica.
[2] (Figura 2:
Historia de los sistemas semióticos I)

(Ver el desarrollo progresivo de este esquema en: [21] 8.10 La metodología y el análisis
histórico del cambio semiótico y en [81] 25 Hacia una nueva historia de los sistemas semióticos.)
Este esquema retoma el desarrollo del Apéndice
1.8.3 Pensamiento, Semiosis, Mundo, correspondiente al punto 1 Concepto
de semiótica.
2.1.7 Lingüística, semiología y semiótica
La lingüística es la
disciplina que estudia el sistema de los signos de la lengua (pese a la
redundancia, aclaro: verbal) así como las características y la eficacia de su
utilización.
La semiología y la semiótica, en cuanto disciplinas (ya que vengo
diferenciándolas, reiteradamente, de su caracterización con facultad), estudian el sistema de los restantes signos
(según una de las tendencia, como veremos un poco más adelante) o el sistema de
la totalidad de
los signos (según otra, como también veremos) que están vigentes en determinada
sociedad y las reglas (o la pragmática) de su utilización.
Entre semiología y semiótica
la diferencia radica, en cierto sentido, en su diferente origen contemporáneo.
Con independencia de su inicio en el pensamiento de los estoicos griegos, su
recuperación moderna se debe, en gran parte, a la obra de dos autores
fundamentales: Ferdinand de Saussure, en Francia, y Charles Sanders Peirce, en
los Estados Unidos de Norteamérica. Llevado el término al castellano, su origen
latino, en el francés de Saussure, la hace reaparecer como “semiología” (“sémiologie”),
mientras que, en el uso de Peirce, el origen anglosajón lo actualiza como
“semiótica” (“semiotics”). Por la competencia
teórica predominante de estos dos autores, la lingüística en Saussure y la
filosofía y la lógica en Peirce, también se suele utilizar la diferencia para
enfatizar el ámbito de los estudios vinculados con la literatura y con un
tratamiento en cierto modo blando, en
el caso de la semiología, frente a los vinculados a otras formas de
comunicación (sin excluir a la palabra ni a otros símbolos), como las imágenes
y/o los objetos y/o los comportamientos y/o los recuerdos, y con un tratamiento
en cierto modo duro y de mayor rigor
y exigencia lógica o científica, en
el caso de la semiótica. De todas formas, el motivo de la diferencia va
relegándose al origen histórico y cada vez más se impone el término “semiótica”, quizá como un efecto
más de la invasión del inglés acompañando a la innovación tecnológica. Yo
también he comenzado usando “semiología” y hoy utilizo exclusivamente
“semiótica”; en mi caso, el cambio se originó en una búsqueda de connotación
rigurosa para la disciplina en cuyo ámbito he optado por trabajar.
Otro aspecto a
tener en cuenta es el relativo a la diferencia entre la lingüística por una parte y la semiología/semiótica por otra. El
problema consiste en el ámbito abarcado por la una frente al que correspondería
a la otra. Una posición, con origen en Roland Barthes, hace de la lingüística la disciplina omniabarcadora,
en la que quedaría incluida la semiótica (1964a y 1964b). Para Barthes, todo
acaba siendo explicado con palabras, por lo que, en definitiva, sería el
sistema teórico de la lingüística lo que explicaría la producción de sentido
que se cumple por acción de los diversos signos, cualquiera sea su carácter:
imágenes, símbolos, objetos, comportamientos. La crítica a esta actitud
consiste en comprender que mediante la palabra se puede explicar cómo actúan los
otros signos, además de los verbales, pero mediante la palabra no se puede producir la misma significación
que produce cada uno de ellos; operan, por tanto, en función de reglas
específicas y diferenciales que requieren su propio metalenguaje para explicar
su eficacia. Esta valoración de lo específico y diferencial condujo a Louis
Hjelmslev (1971/1943: 135) a afirmar
a la semiótica como el continente de todas las demás semiosis, entre
las cuales se encuentra la palabra, así como la imagen, la exhibición de
objetos y comportamientos, etc. Este último criterio es el que adopto en
los desarrollos metodológicos de este Manual.
Por tanto, cuando
hable de una semiótica general
estaré haciendo referencia al
conjunto de reglas de integración, sustitución y superación (términos
cuyo concepto básico se anticipó en el Tema 1 y que, aparte de su tratamiento
en Magariños 1996, continuarán siendo desarrolladas desde distintos enfoques) que son aplicables, por igual en todos los
casos, a la totalidad de los signos de cualquiera de las semiosis vigentes en
determinado momento de determinada sociedad.
Cuando hablemos de semióticas particulares estaremos
haciendo referencia al conjunto de
reglas de integración, sustitución y superación específicas a los signos de una
determinada semiosis icónica, indicial o simbólica (términos
con los que nos iremos familiarizando progresivamente) vigente en determinado momento de determinada
sociedad.
2.1.8 Objeto semiótico
Es lo que se sabe del objeto o fenómeno. Designa, por tanto,
a lo que puede verse y conocerse a partir de las semiosis sustituyentes que
históricamente han venido construyendo, deconstruyendo y reconstruyendo el
entorno de determinada sociedad o determinados elementos de dicho entorno.
Frente a esto, la expresión
“semiosis sustituida” designa la novedad (o el intento de
innovar) que determinada semiosis sustituyente se propone producir (por tanto,
con calidad de signo)
como nuevo sentido del entorno o de determinados elementos de dicho entorno. O
sea, con “objeto semiótico” se designa lo que, en determinado momento, ya
sabemos acerca de determinada entidad porque viene construido desde un signo.
Lo que, por ejemplo, nos lleva a manipular una silla sin pensar siquiera en lo
que estamos haciendo es una consecuencia de considerarla como objeto semiótico; en cambio
después de haber contemplado “la silla” de Van Gogh tenemos una nueva
perspectiva para mirar y para relacionarnos con las sillas; la silla vista en
referencia a “la silla” de van Gogh, y mientras dura la eficacia comparativa de
tal visión, es una semiosis
sustituida o, lo que es equivalente, un objeto semiótico; “la silla” de van Gogh, en cuanto enunciado
que nos permite ver de un modo distinto a las sillas, y no sólo por estar
pintada, sino porque utilizamos su forma propuesta en la pintura como imagen de
semejanza y de contraste, es una semiosis
sustituyente o, lo que es equivalente, un signo. Por eso la
eficacia del signo consiste en atribuirle significación a los entes del
entorno, o sea, conferirles existencia
ontológica.
2.1.9 Semiosis
Consiste en un determinado sistema (virtual,
por tanto) de determinada
calidad de signos (que puede ser cualquiera de las tres
clases habitualmente sistematizadas: iconos, índices o símbolos o las que
surjan por su combinatoria), a
partir del cual se construyen las expresiones semióticas (existenciales,
por tanto) con las que los
integrantes de una determinada comunidad configuran (visual,
comportamental o conceptual y simbólicamente) su entorno.
2.1.10 Semiosis sustituida
Se entiende, en
este trabajo, por “semiosis sustituida”, al sentido adquirido por el entorno de
quienes utilizan determinadas semiosis sustituyentes y en función de su
específica utilización. O sea, cada manifestación de una semiosis sustituyente
puede producir alguno de los siguientes efectos cognitivos al darle existencia
ontológica a una semiosis sustituida: duplicación,
expansión o ruptura. Si una semiosis sustituyente sólo produce un efecto de
duplicación, el sentido del entorno
no se modifica, sino que se ratifica en su anterior estado. Si una semiosis
sustituyente produce un efecto de expansión,
el sentido del entorno adquiere un contenido que no había sido construido
previamente, pero que responde a las posibilidades de la semiosis preexistente.
Si una semiosis sustituyente produce un efecto de ruptura, el sentido del entorno adquiere contenidos impensables
desde las posibilidades de la semiosis preexistente, por lo que se dan dos
posibilidades: o el intérprete rechaza tal propuesta de sentido o rechaza la vigencia de la semiosis
preexistente y comienza a elaborar una nueva semiosis, lo que lleva a
configurar de modo diferente la identidad de los elementos de ese entorno (ver
al respecto, G. Della Volpe, 1966/1963: 99ss). De todo esto surge la sinonimia entre “semiosis sustituida” y
“objeto semiótico”; lo más que puede diferenciarse es que al considerar a
un ente como semiosis sustituida se atiende en especial a los signos que le
dieron existencia y al considerarlo como objeto semiótico se atiende en
especial a su significación que permite integrarlo en el mundo de determinada
comunidad.
2.1.11 Semiosis sustituyente
Se entiende, en
este texto, por “semiosis sustituyente”
al conjunto de las configuraciones perceptuales (frases,
imágenes, objetos y comportamientos exhibidos) con las cuales (a partir de, pero en definitiva con
independencia de la intención de su productor) se atribuye un sentido al entorno de quienes las utilizan (como
productores, intérpretes o en ambas funciones). Su eficacia, para lograr dicha
atribución de sentido, radica fundamentalmente en las relaciones físicas (sintaxis lingüística, configuración gráfica o disposición de objetos o comportamientos)
que vincula a los signos que las constituyen. La calificación de “sustituyente” no debe
tomarse en ningún sentido que la asemeje a una vinculación especular con las entidades del
entorno a las que están dotando de sentido, sino como portadora de la idea de productividad inherente a la
eficacia interpretante del aspecto perceptual de los signos.
2.1.12 Semiótica
Con este término se
designa, por una parte, una facultad
cognitiva y, por otra, una disciplina
del conocimiento. En cuanto facultad cognitiva, es el nombre de la
capacidad operativa neurológico-mental de que dispone el hombre para la
producción de toda clase de signos (entre los cuales, pero no de modo exclusivo
ni preferencial, desde la perspectiva por la que opto, están los lingüísticos).
En cuanto disciplina del conocimiento es el nombre con el que se designa el
estudio de toda clase de signos: básicamente, iconos, índices y símbolos,
tendiente a producir la explicación de por qué, cómo y con qué eficacia se producen,
circulan y se transforman las significaciones vigentes en un determinado ámbito
social.
2.1.13 Signo
Es el término
central de la problemática semiótica. En torno a él girarán nuestras
exposiciones, comentarios y explicaciones, así como su comprensión adecuada y
bien fundada constituirá la base del aprendizaje que puede esperarse obtener de
este Manual. Sus definiciones explícitas, tanto la vinculada a Saussure como la
propuesta por Peirce, Morris y otros, las iremos viendo en su oportunidad.
(I) Sintácticamente, podríamos decir
que el signo es un enclave en un contexto, a partir del cual
se desarrolla un conjunto determinado y normado (de modo absoluto o con
márgenes relativos de variabilidad) de relaciones, previstas a partir de un
determinado sistema de posibilidades, con los restantes enclaves de su propio
contexto. (Uso el término “enclave”
buscando una designación genérica que permita referirse tan sólo a una entidad
física determinada situada o formando parte de un ámbito físico determinado;
desde el punto de vista sintáctico sólo interesa esa entidad en cuanto punto de
origen y de destino de las relaciones que pueden identificarse entre ella y los
restantes componentes de ese ámbito concreto.)
(II) Semánticamente, podríamos decir
que el signo es la menor parte de una propuesta perceptual
que le atribuye significación a algo distinto de ella misma en el mundo.
(Esta “menor parte de una propuesta
perceptual” se refiere a la parte que ya tiene la función de producir algo
que no estaría en el mundo si no fuera porque lo percibimos de determinada
manera a partir de la propuesta que la contiene; que es a lo que apunta la
expresión, que utilizo frecuentemente: “conferir existencia ontológica”.)
(III) Referencialmente, podríamos decir que
el signo es el más elemental concepto que puede
identificarse en otra determinada propuesta perceptual. (Esta “propuesta perceptual” ya no es la de
apartado anterior que, desde otro enfoque, es la misma que correspondería al asiento
de las relaciones sintácticas, sino que se refiere a lo que percibimos cuando
percibimos eso distinto de las otras dos pero producido conjuntamente por
ellas.) O sea, es lo que se puede encontrar en el mundo, luego de que los
aspectos sintáctico y semántico del signo le han conferido a algo existencia ontológica.
O sea, lo
mencionado en (I) y (II) es lo mismo visto de dos modos
diferentes; lo mencionado en (III)
es otra cosa, ya que es el resultado eficaz de la acción combinada de (I) y (II).
Estos tres aspectos
requieren, además, de un intérprete
que será quien admita, transforme o rechace la propuesta
referencial, sintáctica y semántica en que consiste determinado signo. Si
consideramos a la eficacia del signo, tal como está establecida en determinado
momento de determinada sociedad, con
prescindencia del intérprete (como designación del universo
de sus usuarios) que ha ido configurando tal eficacia, estamos en un planteo típicamente saussureano.
Si consideramos a la eficacia del signo, tal como está establecida en
determinado momento de determinada sociedad, en función del trabajo semiótico del interpretante que
ha ido configurando tal eficacia (interpretante que ya no es su usuario o
intérprete, sino uno de los componentes inherentes al propio signo), estamos en un planteo típicamente peirceano.
2.1.14 Sistema
Consiste en una
articulación de entidades (signos), cuyo valor está constituido por el conjunto
posible de sus funciones relacionales respecto de todas las demás entidades del
mismo universo y por el conjunto de sus posibilidades sustitutivas o
referenciales respecto de las entidades identificables en algún otro universo
diferente, todo ello a nivel virtual. El sistema no tiene existencia efectiva,
pero contiene todas las posibilidades, realizadas o no realizadas pero
realizables, para actualizar los signos en los correspondientes textos y
discursos. Conociendo el sistema puede saberse si determinada configuración
perceptual efectiva (una frase, una imagen, un comportamiento, etc.) es posible
a partir de tal sistema. A la inversa, si conozco un conjunto de realizaciones
efectivas (frases, imágenes, comportamientos, etc.) relativas a un determinado
fenómeno social en estudio (por ejemplo la campaña propagandística de
determinado candidato político) puedo reconstruir el sistema (comunicativo,
ideológico, programático, etc.) del que se partió para su producción. O sea, a
partir del texto puedo recuperar el sistema (operación inferencial); a partir del sistema puedo afirmar si un
determinado texto es o no posible (decidibilidad).
La recuperación del sistema del que surgió la posibilidad de que se concretase
un determinado texto o discurso es una de las más importantes finalidades del
análisis semiótico. Un sistema puede diseñarse y a partir de él producir
determinadas manifestaciones perceptuales de la semiosis que corresponda; pero,
por lo general, la producción de manifestaciones perceptuales no es, por parte
del productor, tan consciente como para tener identificado el sistema que está
manejando. El análisis semiótico permite, por ejemplo, recuperar (conocer,
explicar su eficacia e, hipotéticamente al menos, replicar la eficacia
productiva de) el sistema lingüístico, sintáctico y semántico, que utilizó, en
las distintas instancias de su vida de producción poética Antonio Machado, o el
sistema que aplicó, en las distintas etapas de producción de sus
configuraciones de textura, forma y color, Pablo Picasso, etc. Un sistema es la condición de la existencia
de una propuesta perceptual; pero, como es virtual, no permite un acceso
directo que permita describirlo; se requiere reconstruirlo a partir del
análisis de las relaciones constitutivas del conjunto de propuestas
perceptuales existencialmente configuradas a partir de la virtualidad de tal
sistema. Por tanto, la propuesta perceptual contiene las relaciones que se
concretaron, de entre todas las posibles preexistentes en el sistema.
2.1.15 Texto
A los
efectos analíticos, entenderemos por “texto”, a lo largo de este Manual, a un discurso sin semántica. Pese a
la tradición lingüística de esta terminología, la utilización que propongo de
este término “texto” no
se limita al universo de los signos lingüísticos. O sea, cuando de una
propuesta perceptual, cualquiera sea su calidad semiótica (se trate de iconos, índices
o símbolos), se toman exclusivamente sus relaciones sintácticas, diremos que se está identificando el texto de esa propuesta
perceptual. Por oposición al sistema, que es virtual, el texto es un fenómeno fundamentalmente
existencial, o sea, percibible. Nunca podemos referirnos a él ni a
sus componentes como a una abstracción. Pero su importancia es fundamental, en
especial en las operaciones analíticas, por lo que puede admitirse la vigencia
de la máxima: no hay semántica sin sintaxis (o sea, si se pretende
explicar el significado hay que partir de relaciones efectivamente existentes
en el texto). Por ello, también, la importancia de las relaciones semióticas
que se denominan “contexto”.
3 INTEGRACIÓN COGNITIVA
INTERSEMIÓTICA*
3.1 Diferencia y especificidad de las semióticas
Hace
más de 10 años, en un libro titulado Del Caos al Lenguaje (Magariños de
Morentin, 1983) me permití reinterpretar el mito de
En la
nueva Babel, de la que somos contemporáneos, se produce la multiplicación de
las semióticas, en particular con el auge de la imagen y de la música. Hace
muchos más años, en 1967, pronuncié una conferencia en
Dos
reflexiones, aparentemente contradictorias, acompañan esta nueva configuración
de la feria de las semióticas: (1)
cada semiótica tiene su especificidad y (2) ninguna puede interpretarse con independencia de las restantes.
En
efecto, por una parte es preciso separar los campos de las semióticas respectivas,
porque el efecto de significación de la palabra no coincide con el efecto de
significación de la imagen, ni estos con el efecto de significación de la
música; ni cualquiera de los anteriores con el efecto de significación de
cualquier otra semiótica interviniente en cualquier otra percepción sensorial o
en la combinatoria de varias de ellas. Es una forma de romper el imperialismo
de la lengua, como lo quebró Hjelmslev (1971/1943: 129ss) al ubicar a la lengua
como una región, junto a otras, de la semiótica y ya no como el espacio
ineludible de toda semiótica posible. Si bien la palabra puede explicar cómo la
imagen o la música producen su significado específico, no puede producir, ni
traducir, tal significado especifico, pudiendo, todo lo más, transcodificarlo o
transponerlo, pero sin posibilidad de reproducir el específico significado
visual o acústicamente producido. Época, pues, de multiplicación y de
desarrollo de las semióticas que carecen de la inmensa historia que viene
acompañando a lo verbal. "Feliz el rey que tiene un buen cronista",
podría decirse de la lingüística, evocándolo a Panini, en el siglo IV a.C., y a
todos los gramáticos y lingüistas que, tras él, contribuyeron al esplendor de
la palabra; lo que, para jerarquizar la imagen, sólo comienza a partir del
Renacimiento y, para dar testimonio del honor y gloria de la música, sólo a
partir del siglo pasado (F-J Fétis, entre 1860-1865, escribe, en 8 volúmenes,
una Biographie universelle des musiciens et bibliographie generale de la musique;
citado en Norbert Dufourcq, 1963). Ni que decir respecto del tacto, del olfato
o del gusto, pese, en este último caso, a las delicias propaladas por Anthelme
Brillat-Savarin en 1825 (ver Roland Barthes, 1984: 285-306) y al aporte
personal y a la compilación de anónimos precursores que realizara, a principios
de este siglo, el gran gastrónomo Jean-Marie Parmentier (1908). Sólo en la
década del 50, aparecen los primeros escritos acerca de lo kinésico con
jerarquía de disciplina teórica, inaugurándose (sin así designarla y teniendo
que levantar la hipoteca racista que la viciara años antes) la posibilidad de
una semiótica de la educación física (ver Alejandro Amavet, 1957).
Múltiples
semiosis, pues, existentes desde el comienzo de la humanidad, pero disponibles
ahora con una riqueza y una contundente inmediatez como nunca antes había sido
imaginable.
Pero (y con esto
comienza la segunda de las aparentemente contradictorias reflexiones), ¿cada
una con su experiencia diferente?, ¿con su eficacia particular?, ¿con su
aislamiento?, ¿con nuevas pretensiones hegemónicas sobre las otras semióticas?
3.2 La articulación de las diferentes semióticas
No
habrá habido una auténtica superación
(ésa con la que se construye la efectiva historia de la facultad semiótica
y, por tanto, la efectiva historia de la humanidad) si tales múltiples
semióticas no se articulan según criterios que no reproduzcan la apetencia imperialista de la palabra. Y no
habrá un posible estudio de las características teóricas y empíricas de estas
semióticas si no se lo enfoca desde su mutua y humana interrelación (humana, no
en cuanto exclusiva de la especie, sino en cuanto el hombre genera determinadas
particularidades de su interacción que lo identifican como especie y que se
configuran como facultad semiótica fundamental;
la misma que fue designada, todavía en la inmediatez de su profesionalismo y
afirmando la hegemonía de lo verbal, como facultad del lenguaje por Saussure).
La
preocupación que estoy comenzando a esbozar se refiere a la abundancia de
estudios semióticos y/o semiológicos que se centran en una determinada y
exclusiva semiótica, como si alguna pudiera dar cuenta de su eficacia
prescindiendo de las restantes. Esto nada tiene que ver con la concurrencia de
diversas semióticas en la producción de una determinada comunicación que, así,
resulta más rica y plena, sino con la pretensión de interpretar una semiótica
con prescindencia, al menos, del rastro que en ella hayan dejado otras
semióticas diferentes.
Inevitablemente
se recuerda la pretensión de Condillac al tratar de dar cuenta de lo que cada
uno de los sentidos, por sí solos, aportan al conocimiento del mundo y a la
formación de la conciencia, en ese artificio de "la estatua" como
metáfora del estado inicial del hombre, cual tabula rasa (Condillac, 1947). En
la introducción a la traducción al castellano de Eudeba, 1963, Rodolfo Mondolfo
comenta que, en la ficción de la estatua, "intervienen dos condiciones
estrechamente vinculadas entre ellas e igualmente contrarias al logro de la
síntesis mental que Condillac se esforzaba por alcanzar: 1) el aislamiento de
un único sentido con respecto a todos los demás, o bien el de los sentidos
subjetivos con respecto al único reconocido objetivo; 2) el supuesto de un alma
que sea pasividad originaria, a partir de la cual debería engendrarse toda la
actividad espiritual por obra de la sensación misma" (Condillac, 1963: 27)
Una
crítica semejante puede suscitar el estudio aislado de cada una de las
semióticas, empíricamente existentes en nuestro universo cultural, con la
confluyente pretensión de explicar lo que cada una de tales semióticas aporta,
por sí sola, a la formación de la conciencia humana.
Esto
resulta aun más grave por dos motivos, al menos para quienes nos consideramos peirceanos y cognitivistas: está en abierta
contradicción con las propuestas fundamentales de la teoría del signo en Peirce
y se margina de los actuales desarrollos de las llamadas ciencias cognitivas
(también restrictivamente consideradas como investigaciones cognitivas, según
la visión de Rastier, 1991).
Prefiero comenzar
con un breve comentario acerca de este último tema de la marginación, ya que
después voy a proseguir desde una posición más próxima al pensamiento
peirceano.
3.3 La marginación de la semiótica en el universo de las ciencias sociales
Al
hablar de marginación me refiero a la dolorosa sensación que, en cuanto
semiólogo, siento cuando leo los estudios de los cognitivistas más destacados
y, por lo general, no encuentro en ellos, ni el término "semiótica",
ni ninguna referencia a los desarrollos de los estudiosos de la semiótica.
No
hay que reducir el problema mediante respuestas facilistas en base a pugnas de
escuelas o a un supuesto positivismo del que padecerían los cognitivistas,
haciéndoles imposible incorporar la visión constructivista que predomina en la
semiótica.
Simplemente,
los estudios semióticos, por lo general (dejo claramente expresada la
existencia de trabajos de otra clase y calidad), no siguen las pautas de rigor
que, en la actualidad, son de práctica en el discurso de las ciencias sociales.
Los
semiólogos solemos utilizar un discurso predominantemente metafísico, con la
supuesta justificación de tratar un tema tan inasible como es el de la creación,
comunicación y transformación de la significación. Se llega a hablar de una
"hermética semiótica" que, en su versión renacentista, parecía
comenzar a desaparecer en la época de Leibniz, pero que todavía provocaba
airados ataques por parte de Kant (Colilli, 1993: 37), existiendo,
afortunadamente, "en la actualidad, la tendencia a considerar al paradigma
de la exégesis hermética como un tanto deteriorado, ya que priva al lenguaje
del poder comunicativo, como reflexionaba Eco, al provocar una continua
postergación del significado" (Colilli, 1993: 77)
Pese
a ubicarme en el extremo opuesto a estas concepciones holísticas y tanto más si
son herméticas, no voy a entrar al debate que subyace en la pretendida vigencia
de la calidad computacional del discurso de las ciencias sociales
(computacional, tanto en cuanto calculatorio como en cuanto informático);
simplemente, adopto como válido este último enunciado: el discurso de las ciencias sociales tiene
calidad computacional, por considerar que el carácter instrumental
de la tecnología informática se impone, cada vez con mayor contundencia, lo que
lleva a valorar las propuestas teóricas en las ciencias sociales, según la
posibilidad de incorporarse a (o de ser susceptibles de transformarse en) un
programa de computación. Cito, a título de ejemplo del tipo de reflexión que
acabo de formular, las obras de Marvin Minsky, 1986; de Pierre Lévy, 1990,
1994; de Paul Thagard, 1988, 1992; y de Douglas Hofstadter, 1995. Esta es la
demanda social a la que los semiólogos parecemos no atender o que, incluso,
rechazamos. De ahí el mencionado silencio o marginación de la labor semiótica
por parte de esa línea de autores.
No
obstante, considero, también, que el aporte que la semiótica está en
condiciones de ofrecer al restante universo de las ciencias sociales es de
importancia tan fundamental que, hasta que se haya cumplido la incorporación a
dichas ciencias sociales del conocimiento elaborado desde la semiótica, éstas
no lograrán alcanzar los objetivos que se proponen. La exigencia para nosotros,
semiólogos, será la de formular los aportes, fundamentalmente metodológicos, de
la semiótica en un lenguaje calculatoriamente
operable, conscientes de que hay un conocimiento semiótico que, por el momento,
es informáticamente inalcanzable, pero tratando de llegar, con los criterios de
ética científica que formuló Peirce (1966: 2.219-226), hasta donde más podamos.
Creo firmemente, y en este sentido vengo trabajando desde hace más de 25 años,
que, después de haberse derrumbado los mitos de la matemática, como único
lenguaje formal de cualquier ciencia, y de la lógica, como forma definitiva del
interior lenguaje mental (al estilo del "mentalese" de Fodor,
1994), la semiótica es la metodología de base específica para las ciencias
sociales.
Estoy
enfocando un desarrollo de la semiótica que no aísle cada uno de los sistemas
semióticos y que no espere explicar la producción de la significación desde uno
u otro, tan sólo, de tales sistemas. Por eso llamo la atención hacia la
necesidad de desarrollar análisis intersemióticos rigurosos, como actitud
crítica insoslayable para producir el aporte metodológico que constituye la
responsabilidad de la semiótica en la historia de las ciencias. Que este lugar,
en el que confluyen diversos sistemas semióticos, cuya dinámica caótica (John
R. Van Eenwyk, 1996: 330) también tiene que ser reconsiderada y recuperada para
la teoría semiótica general, está disponible se advierte apenas se estudian con
cierto detenimiento los trabajos de los principales investigadores actuales en
el campo de la percepción, de la producción de imágenes y de la construcción o
producción del referente.
Rastier
(1991: 91), uno de los pocos investigadores en esta área con verdadera
formación semiótica, registra la demanda de Jackendoff (1983, 1989; reiterada
en 1992) acerca de la descripción de la arquitectura de la información y del
proceso de correspondencia que vincula, en
Y,
para ello, Jackendoff, a su vez, sigue a David Marr (1982), en quien encuentra
la base para establecer qué niveles de lo perceptual cumplen en lo visual un
papel homólogo (y quede bien clara la importancia de la diferencia, pese al
esbozo de coherencia), al que los niveles de lo fonético, lo sintáctico y lo
semántico cumplen en la explicación generativista de lo lingüístico (y quede
bien clara la importancia de la diferencia, pese al esbozo de coherencia).
David
Marr, en efecto, señala los niveles del esbozo primario, el esbozo 2½-D y la
representación del modelo 3-D, como las instancias incorporadas
interactivamente para alcanzar la identificación de los objetos en el mundo,
que no son los datos primarios e intuitivos para la percepción (Marr, 1982:
295ss), sino el resultado de integrar las percepciones de superficie, borde y
profundidad (constitutivas del esbozo primario) en las visiones centradas en el
observador (pertinentes al esbozo 2½-D) de modo que permitan la producción de
las percepciones centradas en el objeto (representación que se alcanza mediante
el modelo 3-D; Marr, 1982: 37). A esta secuencia, en la organización mental de
las imágenes del mundo, la considera Jackendoff (1987: 193) como afín a la
fonética (el esbozo primario), a la sintaxis (el esbozo 2½-D) y a la semántica
(el modelo 3-D), valorando, no obstante, como ya advertí, más las diferencias
que las similitudes (dejo abierta la crítica a esta correspondencia, por la
distinta relación existente entre la lengua por una parte y las imágenes
pictóricas por otra con los procesos de representación/interpretación de los
respectivos referentes).
Pero,
dice Jackendoff (1987: 194), "la traducción entre lenguaje y visión se
especificará mediante un conjunto de reglas de correspondencia entre uno o más
niveles visuales y uno o más niveles lingüísticos. Idealmente, las dos
facultades deberán interactuar mediante aquellas representaciones cuyas
unidades confluyen en la correspondencia más próxima y cuyas funciones están
relacionadas del modo más próximo". Esta interrelación de dos niveles no
es más que el esbozo de la tarea que habrá de realizarse incorporando las
restantes fuentes de información: "estos dos niveles de representación
constituyen un núcleo central al que acceden diversas facultades periféricas,
incluidas la percepción visual, el lenguaje, la percepción háptica, la
percepción corporal y la acción" (1987: 207).
Dejando de lado la
arbitraria restricción a los "dos niveles" (ya que de ese núcleo
central participan igualmente las semiosis cuya materia prima proviene de los
restantes sentidos), lo que postula como Hipótesis de
3.4 La especificidad de la semiótica para dilucidar correspondencias y divergencias entre lo visual y lo lingüístico
Con
esto se plantea el desafío fundamental para nuestra disciplina. ¿Es posible,
desde la semiótica, aportar un conocimiento específico que permita identificar
el proceso en el que se cumple esa compatibilidad, que permita describir esas
reglas de correspondencia entre lo visual y lo lingüístico o que permita
explicar el comportamiento del conjunto de operaciones que establezca ese modo
de representación mediante el que se interpretan las informaciones
proporcionadas por los diversos sentidos? Además, ¿sólo desde la semiótica
puede aportarse ese conocimiento? Creo plausible, pero no inmediatamente
fundamentado, poder responder a ambas preguntas que sí.
Como
marco de trabajo o encuadre general del problema, puede formularse una
hipótesis complementaria de la propuesta por Jackendoff como “Hipótesis de
La
producción de la semántica (a la que se ubica en el espacio mental del
"interpretante", coincidiendo con la "Estructura
Conceptual" de Jackendoff y con nuestra "Estructura conceptual
inter-semiótica") ocurre como consecuencia de la relación del aspecto
"representamen" de los signos que constituyen un texto, con el
aspecto "fundamento" de los signos que constituyen un referente.
En
esta tarea y centrándose en lo visual, el trabajo de David Marr apunta a
establecer los pasos necesarios para una identificación de los objetos, tarea
de cuyo éxito depende que puedan considerarse como objetos semióticos (aunque
Marr no les atribuya esta designación). Para D. Marr (1982: 3) "la visión
es, primero y fundamentalmente, una tarea de procesamiento de la
información", con lo que "rechaza la teoría en la que el principal
trabajo de la visión sea derivar una representación de la forma" (1982:
36), ya que para él, como para James Gibson (1979: 22), en la percepción, no
preexisten los objetos sino las superficies; el objetivo de Marr consiste en
establecer las reglas de un determinado cálculo que, a través de una serie de
procesos, efectuados a distintos y progresivamente más complejos niveles, le
permita "comprender cómo las descripciones del mundo pueden obtenerse
eficaz y confiablemente a partir de sus imágenes" (1982: 99).
Aparentemente,
Marr, según el modelo 3-D, obtiene la representación de los objetos del mundo,
mediante un procesamiento de la información visual, sin ninguna otra referencia
textual, lo que, sin embargo, no es lo que él realiza. La organización modular
que propone proviene de que "la descomposición de una descripción usada
para el reconocimiento [...] nos permite elaborar una descripción que captura
la geometría de una forma para un nivel de detalle arbitrario" (1982:
305-306). La descripción de una forma, necesaria para su reconocimiento,
implica atribuirle una determinada identidad, la cual constituye un predicado
semántico. Marr no podría llegar a su conocido diagrama acerca de la
descomposición de la imagen del humano, si no fuera a partir de un
"representamen" construido por la geometría como semiótica
sustituyente (y, en cuanto tal, otra efectiva referencia textual). Por tanto,
la identidad del humano, como la de los distintos animales con los que
construye su Catálogo de Modelos 3-D (1982: 319), es el resultado semántico (en
una "Estructura Cognitiva" en cuanto "Interpretante") de la
relación entre dos semióticas: aquella a la que utiliza como sustituyente (el
representamen), que para Marr sería la geometría de los conos truncados o conos
generalizados (como lo es, también, en el caso de los geones de Biederman,
1995: 12) y aquella que queda configurada como sustituida (el fundamento), que
para Marr sería la forma, percibida como resultado de un proceso perceptual,
desde el esbozo primario y a través de la dimensión 2½-D, y nunca ya como
resultado de una percepción ingenua. Por interacción entre ambas surgirá la
identidad del objeto en el interior de lo que vengo nombrando como
"Estructura Conceptual Inter-semiótica". Se trata del mismo proceso
que he caracterizado, en otro trabajo (Magariños de Morentin, 1990: 10), como
"el dilema semiótico: es necesario que una semiosis deje de ser lo que es 'en
sí' (el juicio perceptual: un fenómeno de la lengua) para que otra semiosis
sea, no lo que es 'en sí' (la percepción: un fenómeno sensorial), sino aquello
en lo que la primera la constituye (el referente: un fenómeno semiótico y, en
cuanto tal, significativo)".
Esta
Estructura Conceptual Inter-Semiótica posee la configuración que, en principio,
bien puede corresponderse con la configuración propuesta por Peirce en su
análisis del Interpretante: un aspecto cualitativo (el Interpretante Inmediato
o, mutatis mutandis, Emocional y también, en definitiva, una Primeridad
de esa Terceridad que es el Interpretante); una efectiva interpretación (el
Interpretante Dinámico o, mutatis mutandis, Energético y también, en
definitiva, una Segundidad de esa Terceridad que es el Interpretante); y un
resultado diferencial o cambio de hábito, en cuanto nuevo signo producido en la
mente del Interpretante (el Interpretante Ultimo o Final -que nunca lo es más
que para un concreto e instantáneo proceso de interpretación- o, mutatis
mutandis, el Interpretante Lógico y también, en definitiva, una Terceridad
de esta misma Terceridad que es el Interpretante) (Peirce, 1966: 5.470-493 y
8.314-315).
Por
eso, si bien la tarea de Marr resulta imprescindible para el semiólogo en
cuanto reconstruye el proceso "calculatorio" según el que se procesa
la información visual hasta alcanzar la percepción 3-D de los objetos del
mundo, podemos decir, en ese momento, que Marr es insuficiente; es la semiótica
la que exige la intervención de otro universo (conscientemente Marr se refiere,
como tal, a la geometría, pero no le reconoce eficacia constituyente ni, menos,
calidad semiótica) para que se produzca la identidad de tales objetos, como
valor semántico agregado y producido por la intervención de ese (en el caso de
Marr, geométrico y no otro) representamen. Desde un representamen geométrico,
es ésa, y no otra, la representación modular que se obtiene. Antes de conocerse
la geometría, la representación del ser humano según "conos
truncados", vinculados según determinada sintaxis contextual, sería
inimaginable (y, todavía, irreconocible, si algún marciano más adelantado nos
la hubiese propuesto).
Téngase
en cuenta también que la materia prima de una semiótica no está constituida por
íconos, índices y símbolos, sino por la materialidad de la información (al modo
hjelmsleviano de "la sustancia de la expresión") procedente de alguno
de los sentidos mediante los que nos vinculamos con el entorno: se tratará,
pues, de datos visuales, acústicos, táctiles, olfativos, gustativos, de
sensación corporal (kinésicos), etc., dejando abierto el repertorio, con este
etc., a la inclusión de otras posibles informaciones. Lo que permiten los
íconos, índices y símbolos es constituir en signos a esa misma materia prima,
cuando lo que se utiliza para cumplir el proceso semiótico de tomar algo
del fundamento del objeto y proponérselo a un interpretante es el aspecto
icónico o el aspecto indicial o el aspecto simbólico de esa materia prima. Como
resultado de esta tarea, la eficacia icónica, indicial o simbólica de la
relación establecida entre una semiótica (visual, acústica, táctil, etc.) y la
representación de determinadas imágenes percibidas (visuales, acústicas,
táctiles, etc.), constituye el espacio propio de la semántica, ya que tal eficacia
depende de la construcción (eventual cambio-de-hábito) que realice el
interpretante final, lo que irá precedido por el efecto real de interpretación
que realice el interpretante dinámico, en función del sentimiento que en él, en
cuanto interpretante inmediato, despierte la cualidad seleccionada.
Regresemos, ahora,
a la otra dirección propuesta para la expansión, la que explora la sucesión de
los niveles semióticos posibles de interpretación.
3.5 Transposiciones e intersemiótica
Se
trata del fenómeno de transposición por el cual la semiótica con la que se
produjo la construcción significativa de determinado referente se toma como
nuevo fundamento para que otra semiótica lo formule según una nueva
construcción significativa (reformulando, a su vez, si bien de un modo distante
e indirecto, el primer fundamento).
Se ha
estudiado la tipología de las transposiciones, para el supuesto de la
permanencia en el interior de una misma semiótica que concretamente es la
lingüística. Así H. Parret (1993: 116, 117), a partir de ciertas referencias de
Landowsky y Greimas, recupera la tríada "metalenguaje/ descripción/
paráfrasis" a la que interpreta como correspondiendo "a los tres
tipos de producción de formas, la científica, la semiótica y la lingüística,
respectivamente".
La
transposición del sentido puede ocurrir, también, cuando se cambia de
semiótica, si bien la tarea puede resultar no ya en una transposición (que
supone la variación en el margen de cierta permanencia) sino en una producción
de otro sentido, lo que requerirá hablar de traducción (inter-semiótica, no
inter-lingüística) o algún otro tipo de operación que pueda llegar a
identificarse y definirse.
Los
estudios cognitivos, tanto cognitivistas (más o menos próximos a la línea
chomskyana, como los que se vienen citando de Ray Jackendoff) como
conexionistas (más vinculados a F. Varela y R. Maturana, 1984/2003, Ronald
Langacker, 1987, 1991 y a Paul Smolensky, 1988), son importantes por las
hipótesis operativas acerca de las reglas que organizan el comportamiento de la
mente (los cognitivistas)y por las hipótesis descriptivas acerca de los
recorridos y conexiones neuronales (los conexionistas) con las que proponen
explicaciones plausibles acerca del almacenamiento e interrelación de la
información sensorial; asimismo por el original encuadre del dualismo
mente-cerebro, al que se incorpora la teoría del caos y de las metáforas
fractales (Ilya Prigogine, 1996; Earl Mac Cormac & Maxim I. Stamenov,
1996). También son importantes por la utilización y/o programación de instrumentos
informáticos y de Inteligencia Artificial para la representación de esta
arquitectura y procesamiento de dicha información sensorial; a partir de este
enfoque se producen importantes replanteos en la epistemología (ver Thagard,
1988, 1992), en el estudio de las imágenes (por ejemplo: Barlow, Blakemore
& Weston-Smith, 1990), de la semántica (por ejemplo: Danièle Dubois, Ed.,
1991), de los mundos posibles (Sture Allen, Ed., 1989) y en la mayoría de los
campos de las ciencias sociales.
Pero
todos estos estudios tienen, en general, un límite: no dan una explicación
satisfactoria (quizá ni siquiera se lo proponen) acerca de las posibles
interpretaciones y, en consecuencia, acerca de la producción de la
significación social de los fenómenos que estudian.
Pretender
omitir el conocimiento de la teoría de los signos, cuando lo que se estudian
son fenómenos sociales, sólo puede responder a una estricta segmentación del
campo de estudio basada en determinados y ya históricos criterios teóricos o
bien es una actitud originada en una increíble ceguera intelectual (¿puede algo
ser social sin ser ya signo?; ver Juan Magariños de Morentin, 1996a: 250-252).
O, tercera posibilidad que no hay que dejar de lado, alguna responsabilidad
tenemos en ello los estudiosos de la semiótica.
Creo que hay, en
estos momentos, un espacio intelectual disponible e interesante, en el que se
asocian los estudios semióticos y los cognitivos. Algunas aproximaciones se
están efectuando (véanse los trabajos de Rastier, 1991; Gardin, 1987a, 1987b,
1991; Vignaux, 1992; Danesi, 1993; Santaella & Nöth, 1998, etc.). Creo que
existe un desafío importante que está permitiendo perfilar las bases de una
tarea interdisciplinaria o de un enfoque teórico sincrético, con un amplio
campo de trabajo experimental. Se trata de una semiótica cognitiva en que la
riqueza de la investigación semiótica, ampliamente fundamentada a partir de la
lectura operativa de los textos de Peirce, se asocia con el rigor y el enfoque
calculatorio de los métodos cognitivos. De esta Semiótica Cognitiva puede
surgir un conocimiento de los fenómenos sociales que haga de la semiótica el
instrumento metodológico fundamental de las ciencias sociales; y de las
ciencias sociales las protagonistas en la expansión del conocimiento humanístico
durante los comienzos del próximo milenio.
* [Trabajo
presentado en el III Congreso Internacional Latinoamericano de Semiótica,
celebrado en
4 GUÍA ELEMENTAL PARA
DISEÑAR UN PROYECTO DE INVESTIGACIÓN
Considero conveniente reflexionar acerca del diseño de los proyectos de investigación en
los que se utilice, de modo riguroso, la metodología semiótica, ya
que ello puede ayudar a entender algunas expresiones relativamente complejas
que no pueden dejar de utilizarse al exponer dicha metodología. Propondré, por
tanto, los pasos que, a mi criterio, es necesario seguir para elaborar un Proyecto de Investigación con
metodología semiótica. En general, coinciden con las exigencias de la mayoría
de los formularios para la presentación académica de Proyectos para Becas o
Tesis de muy diverso tipo. Lo específicamente
semiótico tiene que ver con el particular enfoque que desde nuestra
disciplina recibe cada uno de esos pasos y mi propuesta consiste en tratar de
ir precisando esas particularidades y, en lo posible, de anticiparme a
responder las preguntas que formularían quienes decidan trabajar con esta
metodología1.
Como diseño básico de un Proyecto de Investigación,
propongo el siguiente.
4.1 Descripción
del tema y planteamiento del problema
No existe investigación sin un problema al que se pretenda encontrar una explicación; o sea,
se trata de identificar la
contradicción o el conflicto o la divergencia entre interpretaciones que perturba la significación que se le atribuye a determinado
fenómeno social o natural. En principio, un problema apto para ser trabajado
con metodología semiótica tendrá que ser un problema acerca de la significación de ese fenómeno2. Pero, en realidad, considero que todo problema, en las ciencias sociales,
tiene que ver con la producción,
comunicación y/o transformación de la significación de algún fenómeno.
Conviene reflexionar acerca de la posibilidad de encontrar la falsación de esta
última afirmación. Es un desafío que les planteo y que me planteo: ¿existe algún aspecto de un fenómeno que no
tenga que ver con su significación? Por supuesto, depende del contenido que se le atribuya al
concepto de “significado” o de “significación”. En mi caso, este contenido es
muy amplio ya que se materializa en la
interpretación textualizada que determinado individuo, perteneciente
a determinada sociedad, en determinado momento histórico, le atribuye a
determinado enunciado o a determinado fenómeno social o natural. Es en esa interpretación
textualizada donde puede surgir la contradicción, el conflicto o la divergencia
de significaciones posibles, o sea, el problema; ya bien en el interior de una
única interpretación o entre dos o más interpretaciones vigentes en determinada
sociedad o en sociedades diferentes y ya bien entre interpretaciones vigentes
en un mismo o en diversos momentos históricos.
4.2 Elaboración del marco teórico pertinente
También en
principio (o sea, pudiendo encontrarse algún otro tipo de matices), el autor de
un Proyecto de Investigación, al redactar su Marco Teórico, establece los paradigmas epistemológicos o
las corrientes actuales que están reconocidas en su disciplina, como adecuadas para el tratamiento de los
temas y problemas afines a los que el
investigador ha descrito e identificado al
cumplir con la exigencia propuesta en el punto anterior. Es la oportunidad para
que enuncie qué aspectos toma de unas y de otras de tales corrientes y
paradigmas3, así como para que, en los
casos en que considere necesario apartarse de las definiciones vigentes en
aquellos paradigmas, redefina, según
su propio criterio, los términos teóricos que considera
fundamentales; por esto, corresponde que incluya un Glosario en el cual el autor discuta, ajuste y defina tales
términos, atribuyéndoles el significado que se compromete a mantener
consistente durante su investigación. El Marco Teórico es asimismo el espacio
de que dispone para mostrar, según la bibliografía que aporta y que deberá ser
lo más exhaustiva posible, la originalidad
de la investigación que se propone realizar. Aquí, el enfoque semiótico servirá como una guía crítica para
evaluar los paradigmas y corrientes vigentes y para justificar las opciones que
vaya realizando el investigador.
4.3 Formulación de las hipótesis teóricas
Mediante enunciados concisos (formulados preferentemente según la
estructura de un condicional, en virtud del cual, si resultan válidos
determinados antecedentes [que es lo que deberá probarse],
entonces resultarán convalidados determinados consecuentes), el investigador
anticipará las que considere que son las
explicaciones adecuadas del o de los problemas descritos en el
primer punto. A estos enunciados los consideraremos como las Hipótesis Teóricas de la
investigación que se proyecta (a diferencia de las que veremos a continuación y
que corresponde considerarlas como Hipótesis
metodológicas o de trabajo). El carácter de estos enunciados
hipotéticos será, según la terminología de Peirce, el de abducciones, o sea, afirmaciones
resultantes del conocimiento teórico y de la experiencia personal (social y
profesional) del investigador, que
deberán ser probadas, prueba en la cual consiste el trabajo de
investigación que se proyecta. Es un momento fundamentalmente ideológico en el proceso de
elaboración de un Proyecto de Investigación, que será transformado en riguroso o científico mediante la comprobación de la
correspondiente propuesta explicativa (y
es uno de los aspectos que sustentan la afirmación de que no hay ciencia sin ideología).
4.4 Metodología
4.4.1 Marco Teórico-Metodológico
Corresponde,
aquí, desarrollar los fundamentos
teóricos que justifican la aplicación de la metodología semiótica a
la investigación que va a desarrollarse. Además deberá, también, justificarse
la corriente de la semiótica y las operaciones correspondientes que van a
utilizarse, por su adecuación a la resolución del problema del cual se trata.
4.4.2 Corpus
Consiste en la
determinación del ámbito social del cual van a seleccionarse los datos (a los que conviene
diferenciar de la información que
resultará identificada en tales datos por las correspondientes operaciones) que
se consideran útiles para justificar
la explicación que se propone en
4.4.3 Operaciones
En este
apartado se dará cuenta de las Operaciones
Semióticas que van a utilizarse para el análisis del corpus establecido en el apartado anterior y
mediante las cuales podrá identificarse, en dicho corpus, la información necesaria para
establecer la explicación pretendida. No es suficiente con mencionar las
grandes líneas de intervención, como ”el
análisis del discurso” o “la retórica de la imagen” o “una ecología
comportamental”, etc., sino que debe
especificarse cuáles de las operaciones correspondientes a estas eventuales
corrientes van a utilizarse efectivamente, aportando la definición explícita de tales operaciones,
ya bien referidas al autor del que se las toma o según la transformación que
proponga el analista y futuro investigador. La enunciación de las operaciones
tendrá, también, el carácter de Hipótesis,
en este caso, como en el anterior, metodológicas
o de trabajo, ya que la aptitud de tales operaciones para intervenir
en cada uno de los discursos sociales que constituyen el corpus y hacer emerger
las relaciones que se consideran como la información necesaria puede resultar
falsa, o sea, sin capacidad para evidenciar las relaciones que construyan las
explicaciones que se pretenden; con lo cual, supuesta la aceptabilidad de los restantes aspectos, habrá que seleccionar otras
operaciones que permitan recuperar y mostrar cómo está construida y cuál sea el contenido de la información básica a los
efectos de probar las hipótesis oportunamente planteadas.
4.5 Bibliografía
Todo cuanto ha sido mencionado en los puntos precedentes, y que,
necesariamente, aparte del aporte personal del autor del Proyecto, procede de
otros diversos autores, tiene que estar adecuadamente referenciado y quedar
registrado en la bibliografía del Proyecto de Investigación.
4.6 Conclusiones
El Proyecto de Investigación finaliza con un párrafo
acerca de los alcances esperados
mediante el trabajo propuesto. En lo que respecta a las Hipótesis, este alcance, en el
proyecto, estará limitado a advertir que todas las hipótesis de la investigación, tanto las teóricas como las de
trabajo y/o las relativas a la metodología (acerca de la adecuación
del corpus y acerca de la aptitud de las operaciones) han
resultado comprobadas; o bien, si tal fuera el
caso, corresponderá establecer que han resultado falsadas, y en qué medida (todas o
algunas de ellas), en cuya contingencia
deberán rechazarse, siendo distinto el alcance, respecto a la consistencia del
Proyecto de Investigación, según cuál o cuáles sean la o las hipótesis que
resulten rechazadas. Asimismo, las
conclusiones pueden anticipar la transferencia que se supone llegarán a tener los resultados de
la investigación, o sea, cuál sea la política social que, en su área
correspondiente, podrá adoptarse en función de los resultados de la
investigación o cuáles sean los resultados que podrán difundirse académica o
profesionalmente, como avalados por la investigación realizada.
Hasta aquí un elemental esbozo de los pasos conducentes para elaborar un Proyecto de Investigación
utilizando metodología semiótica. Cada punto platea dudas y vacíos
que deberán responderse o llenarse e, incluso, el mero hecho de su enunciación
permite disentir con el contenido sugerido de tales pasos o etapas y proponer
otros más adecuados a un enfoque semiótico de la investigación. Esto constituiría una superación de la propia metodología, en sentido específicamente semiótico, que es el más
deseable destino de toda propuesta teórica o metodológica.
1 Aconsejo completar este esquema con mi “Esbozo
semiótico para una metodología de base en ciencias sociales” (Magariños de
Morentin, 1996a: 247-300).
2 "Un problema se especifica
proporcionando sus condiciones iniciales y los objetivos que deben alcanzarse.
Una solución de problema es un conjunto de pasos, simulados o efectivamente
realizados, que conducen desde las condiciones iniciales al objetivo"
(ver, Paul Thagard, 1993; p. 45)
3 Teniendo en
cuenta, por ejemplo, la ecléctica posición de Paul Feyerabend (1974).
4.7 Apéndices
4.7.1.1 La recopilación
del corpus
La recopilación del corpus 1
Uno de los primeros pasos, al organizar una investigación que se pretenda desarrollar con metodología semiótica, consiste en establecer el corpus pertinente.
Quizá, por la influencia histórica del positivismo, este tema se presenta como no problemático: se trata de recopilar los datos que constituyen al fenómeno que se pretende explicar y el cuidado del investigador se centrará en ser objetivo, veraz y exhaustivo. Por otra parte, los semiólogos parecemos afectados por el vicio intelectual de problematizarlo todo. Y, justamente, yo estoy por sugerir la necesidad de no dejar el tema a nivel intuitivo, sino de reflexionar acerca de qué es lo que pretendemos hacer cuando nos proponemos recopilar el corpus pertinente para nuestra investigación; reflexionar acerca de si es tan simple y carente de problemas el ser objetivo, veraz y exhaustivo al recopilar el corpus que necesitamos. No es un mero capricho el de problematizar lo que, antes de caer en nuestras manos, era simple. Gran parte de la reflexión semiótica se centra en lo obvio, porque lo que requiere cuestionarse y analizarse para establecer su aceptabilidad es lo admitido como válido a priori e indiscutiblemente; o sea, lo que aquí planteamos como discutible es lo que, según se nos ha enseñado, debemos dar por válido ya que es imprescindible para comenzar a investigar e incluso para empezar a pensar. E inevitablemente, se recupera la imagen de Descartes, cuya tarea filosófica consistió en cuestionar lo obvio de eso que es pensar. Solo que, en vez de hacer filosofía, nuestra pretensión es producir explicaciones rigurosas acerca de los fenómenos sociales de nuestro entorno (incluyéndonos a nosotros mismos). O sea, que la pregunta (compleja) a la que necesitamos responder con precisión y eficacia, en el tema por el que he optado, sería:
¿Dada una significación problemática (en cuanto contradictoria frente a otras o construida con contenidos mutuamente inconsistentes), cuál es el corpus del que necesito disponer para aplicarle las operaciones semióticas que me permitan explicar por qué determinado fenómeno social tiene esa determinada significación problemática, de dónde procede tal significación, cómo se la interpreta y cuándo y por qué habrá de transformarse?
El contenido del corpus sigue siendo la información sobre la que voy a trabajar cuando he elegido determinado fenómeno como mi objeto de estudio; sólo que su identificación y el establecimiento de sus características específicas, no es tan simple como lo era el concepto de dato para los positivistas, pese a que ésa sigue siendo su característica fundamental: el corpus es lo dado, de modo tal que, una vez identificado y aceptado como válido, lo que sigue como tarea necesaria es aplicarle los instrumentos analíticos que muestren su eficacia para evidenciar cómo ese corpus contiene las relaciones materiales y conceptuales (diría "sintácticas y semánticas", pero esto sólo lo menciono marginalmente para no quedar encerrado en la problemática del metalenguaje lingüístico) que intervienen necesariamente en la producción social del significado del fenómeno en estudio.
Esto tiene una gran cantidad de implícitos que necesitan aclararse, por lo que generará una gran cantidad de preguntas que deberán irse respondiendo por el propio investigador. Pero lo que quisiera dejar afirmado (lo que no quiere decir que sea incuestionable) es que el corpus necesario para responder a una hipótesis semiótica acerca de las características de determinada significación de determinado fenómeno en determinado momento histórico de determinada sociedad, habrá de ser aquel que construya la específica significación del fenómeno en estudio. Entonces, la pregunta central a la que responderán las características y los criterios identificadores que permitan seleccionar el corpus de información necesario será:
¿Qué texto (o mejor: conjunto de textos de una misma o de múltiples características semióticas [simbólicas o icónicas o indiciales, o por combinatoria de éstas]) construye el significado específico que una sociedad (o cada uno de los sectores sociales de esa totalidad, específicamente identificables por el hecho de conferirle significados diferenciales a un mismo fenómeno cuya significación se estudia) atribuye, en un momento determinado (y a diferencia de los atribuidos en otros momentos históricos y planteando contradicciones que los diferenciarán de los de otros momentos futuros), a un fenómeno determinado (en contraste con los que atribuye a otros fenómenos que comparten su ámbito existencial)?
Vuelvo a rescribir la pregunta sin los paréntesis:
¿Qué texto construye el significado específico que una sociedad atribuye, en un momento determinado, a un fenómeno determinado?
Cada uno y el conjunto de los textos así identificados, es decir, todos aquellos que tengan esa cualidad fundante, integran el corpus necesario (hipotéticamente) para explicar la significación problemática de determinado fenómeno al que esos textos se refieren (por lo que, una vez identificada la hipótesis que se propone para explicar el problema a investigar, ésa es la primera tarea empírica que habrá de realizarse).
Será necesario que cada investigador tome en cuenta la calidad de los fenómenos que son su objeto de estudio (según los trabaje desde el derecho, la psicología o el psicoanálisis, la sociología, la historia, la filosofía, la literatura, la política, la antropología, etc., etc., etc.) y que trate de establecer cuales son los textos (o, en sentido más amplio, las semiosis) que le confieren a tales fenómenos esa concreta significación o el conflicto de significaciones que constituye el problema en estudio. Si la tarea de identificación y recopilación de tales textos es clara y evidente, mejor; aunque lo dudo y desconfiaría de tal simplicidad. Fundamentalmente, porque considero que hemos mal-aprendido (con nuestra formación, primero con fundamentos enciclopédicos y después positivistas) a ver el mundo como un conjunto de fenómenos que están dados de por sí y que contienen su razón de ser en sí mismos y que sólo requieren ser vistos (o comprendidos) correctamente. El planteo semiótico fundamental establece algo muy diferente, pero que aproximadamente consistiría en decir (quiero dejar abiertas las puertas a una posible modificación de la enunciación) que los fenómenos que constituyen el mundo no se nos dan desde sí mismos, sino que nosotros los identificamos adecuándolos a nuestras posibilidades de designación; ni contienen en sí mismos su razón de ser, sino que la proyectamos nosotros en función de las categorías disponibles en nuestra estructura conceptual; ni tampoco son vistos (ni comprendidos) tal como son, sino como nuestra modalidad de enunciación nos hace verlos (o comprenderlos) en el entorno perceptual correspondiente.
La recopilación del corpus 2
Voy a trabajar, por tanto, sobre una concepción del corpus que lo identifica como el conjunto de propuestas perceptuales que son el soporte de la eficacia semiótica que hace surgir, ante nuestra mente, la existencia de los fenómenos de nuestro entorno. Ello implica aceptar como "significación" el carácter ontológico atribuido al fenómeno al que se aplica. El concepto de signo, en cuanto propuesta perceptual mediante la cual algo diferente al propio signo adquiere sentido, permite afirmar que todo corpus se concreta en un conjunto de signos (o de enunciados, en sentido foucaultiano). No contradice a la definición de “corpus” de los lingüistas; lo especifica, orientándolo en el sesgo que habrá de interesarnos, añadiéndole otras exigencias.
Una investigación no puede comenzar recopilando un corpus. Para afrontar esa tarea, tienen que haberse dado, al menos, dos pasos previos: (1) haber identificado un problema, y (2) haber formulado una hipótesis que se proponga como posible explicación de aquel problema, en la tarea de cuya verificación se ocupará la parte fundamental del trabajo de investigación y sin haber formulado la cual no se podría saber qué deberá recopilarse para validar qué inferencia explicativa.
Al corpus, por tanto, lo estoy considerando como un conjunto de informaciones que resulta necesario para que la hipótesis cumpla su función de explicar el problema. Pero esto todavía no es suficiente para identificar a dicho corpus. Los diversos aspectos que puede presentar un problema tienen una relación necesaria con la significación del fenómeno social problematizado. Aunque lo he dicho en multitud de oportunidades, lo reitero una vez más: todo fenómeno es social (debidamente entendido, puede afirmase que no existen fenómenos exclusivamente naturales, del mismo modo que y siguiendo el mismo razonamiento por el cual, pese a contradecir en esto a Morris, se puede afirmar que no existen signos naturales) en la medida en que, lo que de cualquier fenómeno (así como de cualquier signo) nos interesa es cómo se lo interpreta, ya sea en la comunidad social considerada de modo inespecífico (lo que diríamos "cómo lo interpreta la gente") o de modo restringido a ámbitos sociales específicos (como lo interpretan los políticos, o los académicos, o los gremialistas, o los artistas, etc.). Interpretar un fenómeno no puede ocurrir sin la intervención de un sujeto, pero tampoco interesa en cuanto actividad interna o privada de un único sujeto; la interpretación interesa en la medida en que se exterioriza al comunicarse (o sea, trabajamos sobre interpretaciones explícitas) mediante un texto verbal o una propuesta gráfica o una disposición o una actitud, respectivamente, en una exhibición o en un ritual. Interpretar un fenómeno social constituye, en principio, un acto de atribución de sentido y no de captación de algún (im)posible sentido original, natural o esencial; en un segundo momento, el conjunto de los sentidos construidos mediante las interpretaciones comunicadas que hemos podido percibir constituye la significación que le atribuimos (como se habrá observado, uso "sentido" como "átomo de significación", designando mediante "significación" al conjunto de todos los "sentidos" efectivamente vigentes, en determinada comunidad, acerca de determinado fenómeno, y de cuya mutua inconsistencia surgirán los diversos mundos semióticos posibles vigentes en la comunidad en estudio). Y esta significación, tal como se puede llegar a constatar que circula en determinado momento de determinada comunidad, puede consistir en una única propuesta compartida por todos los integrantes de tal comunidad o divergir hasta propuestas netamente contradictorias. La hipótesis por tanto es una propuesta de explicación de esta unanimidad (raramente) o de esta divergencia (lo más habitual). Lo que va a constituir el corpus va a ser ese conjunto de textos (o para designarlo con mayor precisión metodológica, de semiosis sustituyentes, que podrán ser simbólicas o icónicas o indiciales, o con la materia semiótica que resulte de la combinatoria de estas tres) donde se materializa, mediante su enunciación, aquella interpretación.
Entonces, el corpus cuya recopilación habrá de interesarnos será el que esté constituido por el conjunto de propuestas perceptuales (discursos verbales, imágenes visuales, comportamientos, etc.) que le confieren calidad ontológica al fenómeno en estudio. O sea, aquellas que lo hacen ser de determinada manera y no de otra, para quienes lo perciben en un momento determinado y no en otro, de una determinada comunidad y no de otra. No se trata de recopilar los textos de los que se pretendería que proporcionen una descripción objetiva y verdadera del fenómeno en estudio. Tal descripción no existe ya que será siempre interpretativa; la pretensión de hallar tal objetividad y verdad, y de disponer de ella, es una falacia. Lo que podemos obtener son los modos de atribuirle existencia, siendo las formas de existencia atribuidas las que constituyen su significación, ya que de cualquier fenómeno lo que constatamos no es su existencia, sino su significación, que es lo que, realizado por alguna o múltiples clases de textos, le atribuye alguna determinada clase de existencia. De su existencia esencial no podemos decir nada, porque lo que digamos es ya significación atribuida y no pura existencia afirmada (o, incluso, es significación en cuanto afirmación de su existencia). Por esto, la cuestión de establecer el corpus que nos permitirá evaluar la validez de determinada hipótesis es, desde el enfoque semiótico, la materia prima con la que se construye una dimensión diferente y específica del mundo, no en sí, sino para el conocimiento.
No considero haber
podido decir lo que me propongo con toda claridad ni de modo que no me retracte
en otro momento, pero es una forma de empezar a reconducir la dirección de la explicación
semiótica de los fenómenos sociales hacia el conocimiento que los interpreta,
construyéndolos o constituyendo su existencia tal como resulta cognoscible
desde la mente de determinado ser humano, tal como se configura en un momento
determinado y mediante la concreta interrelación que ese ser humano establezca
con una sociedad y con lo que del entorno en el que interviene ya está
interpretado. Y al universo perceptual que produce ese conocimiento es a lo que
estoy denominando "corpus".
La recopilación del corpus 3
No quiero dispersar mi atención centrada
ahora en disponer de un concepto de corpus que sea semióticamente útil como
instrumento para la investigación. Pero tampoco puedo dejar de formular una
breve reflexión acerca de la diversidad de criterios que circulan para
establecer la diferencia entre "sentido"
y "significado" y “significación”, pese a que el tema
permanece sin acuerdo final alcanzable (ver, en este mismo texto: V. 23 La humanidad, la facultad semiótica y la
historia del entorno). Para mencionar a quienes tengo más presentes en este
momento, es muy amplia, por ejemplo, la diferencia de enfoques entre Frege (con
el que se inmiscuye el concepto de denotación
o de referencia; estos
dos con una significación muy próxima entre sí y que, a su vez, se identifican,
en numerosas traducciones, con significado),
Vygotsky (que, entre otros matices, opta por reservar sentido para la comprensión
subjetiva y significado
para lo verbalmente formulado) y la referencia del Diccionario de Ducrot y Schaeffer
(1972/1995) que tienden a recuperar el concepto saussureano de significado como valor, o sea, a partir de las
relaciones de un signo (lingüístico) con todos los demás de su sistema (de la
lengua), resultando un concepto
negativo de significado: lo que no son (o lo que dejan como
posibilidad residual de ser) todos los demás; mientras que, para sentido, parece actualizarse la
concepción de Strawson, concluyendo,
con toda provisionalidad, que comprender el sentido de un signo es poseer un
método para determinar, con cada ocurrencia de ese signo, a qué se refiere esa
ocurrencia, o sea, su referencialidad ocasional. Como decía, pido disculpas por
no entrar en esta inagotable pero tentadora discusión, limitándome a lo que sea
pertinente para la tarea de identificar el corpus pertinente para una
determinada investigación.
Entonces, mi único comentario al respecto consiste en
afirmar que he buscado la posibilidad de optar por un criterio que defina, con
rigor y eficacia, el ámbito conceptual que le atribuyo al término "sentido" y el que le
atribuyo al término "significado".
Desde este punto de vista (al menos en este desarrollo temático
acerca del corpus), considero sentido
a determinada y puntual interpretación explícita de un fenómeno, según resulta
construida a partir de determinada propuesta perceptual (texto, icono,
exhibición, ritual) que a tal fenómeno se refiera. Un mismo fenómeno adquirirá por tanto distintos sentidos, cada
uno proveniente de cada una de las semiosis sustituyentes que lo construyan.
Una de las tareas analíticas de toda investigación consistirá, por tanto, en identificar los diferentes sentidos vigentes
en determinada comunidad acerca de determinado fenómeno. Tal el objetivo de la
operación analítica designada como "definición contextual", de la que
se informa en mi Manual Operativo (Magariños de Morentin, 1998; y ver,
en este mismo compendio: II. 10 Manual operativo; para la construcción de
"Definiciones Contextuales" y "Redes Contrastantes").
Al conjunto de los
diferentes sentidos, relativos a un
mismo fenómeno y vigentes en un momento determinado de una comunidad
determinada, lo incluyo en el concepto de significado, que queda así constituido como el mundo semiótico posible (en adelante MSP) de la totalidad de las interpretaciones explícitas que
recibe determinado fenómeno en estudio (el concepto de mundo semiótico posible es próximo
al de formación discursiva de
Foucault [1969: 44ss], sólo que éste lo limita a una arquitectura constituida
exclusivamente por enunciados verbales, mientras que el MSP abarca todas las semiosis
posibles y efectivamente utilizadas en determinada sociedad).
Así considerado, el sentido es,
aquí, por tanto, un átomo del significado; frente a la concepción del sentido como
significación genérica y global de un fenómeno o texto. Y el significado resulta ser la
compleja red de relaciones que pueden identificarse entre los diversos (todos;
en la medida en que puedan ser recuperados) sentidos efectivamente vigentes en determinada
comunidad; o sea, el conjunto de todas las interpretaciones explícitas que
recibe el fenómeno en estudio, que es a lo que también puede denominarse el mundo semiótico posible construido
acerca de tal fenómeno.
No me considero dueño de la verdad, ni siquiera
conformador de la mejor opción posible en esta disyunción entre sentido y
significado. Simplemente, es el criterio que adopto, tentativamente, para
desarrollar esta temática de la
recopilación del corpus, necesaria para explicar cómo y por qué determinado fenómeno adquiere determinada
significación en un momento y sociedad determinados. Por eso, como
ya anticipé, quizá significación la
introduzca para referirme a la sumatoria concreta de los sentidos
identificados, orientando significado hacia la resultante conceptual de esa
sumatoria. También creo que se ha superado la época en que se pretendía
alcanzar una teoría completa y excluyente, como modelo explicativo (que preconfigura al mundo, sin dejarme
percibir más de, ni otra cosa que lo que ya está configurado), estándose, en la
actualidad, más cerca de la búsqueda de operaciones cuyo rigor y buena fundamentación dependen de la
situación en análisis y del objetivo pretendido (o sea, estoy diferenciando la
actitud de trabajar con modelos,
actitud con la que no estoy de acuerdo por repetitiva y excluyente del
descubrimiento y de la creatividad, y la actitud de trabajar con operaciones, actitud que sugiero
por su eficacia constructiva y carente de preconceptos). Así, en la actualidad,
una teoría explicativa contendría una propuesta de rigor reflexivo e
inferencial, pero que cambiaría con
las transformaciones de la racionalidad vigente. Por eso mismo, a
una explicación científica tampoco puede exigírsele que, además de explicativa,
sea predictiva. Para que fuese predictiva, nada tendría que cambiar en el
tiempo ni en el espacio, lo cual es un absurdo en cuanto negación de la
historia; no hay modelos que continúen explicando al mundo, cualesquiera sean
las circunstancias históricas por las que atraviese; hay operaciones que,
provisoriamente, nos proponen formas de intervenir conforme a la racionalidad
vigente.
La recopilación del corpus 4
Continúo con la tarea de establecer
criterios que permitan seleccionar aquellos datos relativos a la interpretación
de determinado fenómeno social que pueda considerarse que constituyen el corpus necesario para explicar su
significado.
A un fenómeno se lo designa con
determinado nombre, se lo percibe de determinada manera, se lo describe
mediante determinado discurso. El
nombre de un fenómeno se asocia a determinado concepto; el modo de percibir un fenómeno se
asocia a determinadas imágenes; el
discurso que describe un fenómeno se asocia a determinada
interpretación. Un concepto identifica
una existencia posible; una imagen
identifica una percepción posible; una
interpretación identifica un significado posible.
El conjunto de las semiosis (simbólica,
icónica e indicial o su combinatoria) que construyan los conceptos, las
imágenes y las interpretaciones, con los que se atribuya cada uno de los
significados posibles del fenómeno en estudio, integran el corpus que estamos tratando de
identificar.
Por eso, no tiene sentido hablar del
registro de la realidad perceptible. Los
datos no provienen de la realidad ni se recuperan en el registro; los
datos que interesa registrar son aquellos
que construyen la realidad, tal como se ofrece a la percepción
humana, y este modo de ofrecerse es plural según los individuos (con el límite
de variabilidad impuesta por la necesidad de comunicación), las sociedades (con
el límite de variabilidad impuesto por el riesgo de lucha, muchas veces
menospreciado, entre realidades competitivas) y los tiempos históricos (con el
límite de variabilidad impuesto por el carácter necesariamente transformable de
la historia), todos ellos correspondientes a la situación de registro.
Con esto, todavía tan duro y abstracto, convendrá
explorar qué corresponde registrar (registro en cuanto configuración del
corpus, con las características que le estoy atribuyendo) según la calidad del
fenómeno en estudio, y según la identificación del individuo, la sociedad y el
momento histórico en que se intente explicar el significado de ese fenómeno.
La recopilación del corpus 5
Explicar el
significado/significación no consiste
en tratar de establecer su verdad, en cuanto identificar el que sería el verdadero significado/significación de determinado fenómeno
social, ni, ante la pluralidad de significados simultáneamente vigentes,
afirmar si el significado correcto es el enunciado por uno o por otro u otros.
Considero que explicar el significado
consiste en establecer, fehaciente, rigurosa y fundamentadamente, de dónde provienen y cómo se utilizan los
enunciados, vigentes en determinado momento de determinada sociedad, con los
que se construye tal significación. Ésta sería la única verdad críticamente
aceptable, ya que constituye el porqué no causalista, sino cognitivamente
constructivo, que explica cada respuesta y su diversidad.
Después, aceptar una u otra de las
respuestas y repudiar las restantes no es una cuestión de ciencia, sino de
ideología, o sea, de fe, que es el ámbito propio y pertinente para la
afirmación de la verdad (y en alguna variante de la cual todos necesitamos
creer, pero que no puede confundirse con su explicación eficaz).
En la tarea de investigación, recopilar el corpus pertinente y necesario
para explicar el significado de determinado fenómeno social requiere
disponer de (en cuanto a haber desarrollado hasta adquirirla) la capacidad de
identificar el o los textos
pan-semióticos que le atribuyen ese específico significado a ese
concreto fenómeno.
Formulo una reflexión terminológica que
considero oportuna. En su significado más simple, cuando menciono
"texto" me refiero a lo existencial
y perceptual de una semiosis sustituyente, en su carácter
predominante y/o provisionalmente sintáctico, conservando el concepto que
formulé, hace ya tiempo, de que "un texto es un discurso sin semántica" (con lo que la idea de texto implica la de una carencia o
incompletitud o la del resultado obtenido tras una extracción). Pero, además,
siempre tuve interés en dar cabida, bajo la designación de "texto", a
las diversas semiosis posibles, disponibles en determinada comunidad, sin que
el término quedase atrapado por una exclusiva y excluyente lectura lingüística,
que lo restringiría a la materialidad perceptual (acústica o visual) de lo
verbal. Vengo usando, como designación más abarcadora para evadir esa clausura
lingüística, la expresión "semiosis
sustituyente", que sigo considerando adecuada, pero poco
familiar y susceptible de lecturas equívocas (por ejemplo, no se trata de una
sustitución especular, sino dinámica y transformadora). He utilizado, también,
esta expresión "texto
pan-semiótico" que me parece igualmente adecuada y, quizá, más
fácil de comprender, para trasmitir el concepto de una percepción efectivamente
existente en cualquiera de sus características semióticas: como icono (imágenes), índice (exhibiciones de objetos
y/o práctica de comportamientos rituales) y símbolo (formas convencionales verbales, gráficas, gestuales,
etc.). También permite continuar contraponiendo "texto" y
"discurso", considerando a este último como "un texto con semántica" y así
referirse a un "discurso
pan-semiótico" para trasmitir la información acerca del
contenido semántico construido por cualquiera sea la calidad semiótica (icono,
índice o símbolo) del texto en estudio. Por tanto, esta propuesta de adoptar
criterios adecuados para cumplir la tarea de recopilación del corpus, contiene la pretensión de que se la
interprete como la necesidad de identificar, para explicar el significado de un
fenómeno, aquellas materialidades existenciales y perceptuales (en cuanto textos) que intervienen, mediante
sus utilización social intencional, atribuyéndole el o los múltiples
significados específicos (en cuanto discursos)
que tal fenómeno recibe en determinado momento de determinada sociedad. Otro
aspecto terminológico que deseo asentar es el referido a que no voy a utilizar,
en cada caso, la expresión "fenómeno
social", limitándome a utilizar el término "fenómeno", ya que, como
lo trabajé en otro estudio y lo mencioné en SEMIOTICIANS (Magariños de Morentin
y otros, 1999-2007) hace poco, todo
fenómeno es social no siendo concebibles, en cuanto conocidos, fenómenos puramente
"naturales", ya que, por haber sido pensados pertenecen a la esfera
de lo social (aunque eso quizá requiera otro debate en otro momento
de nuestros coloquios). Quede, pues, advertido que, salvo que indique lo
contrario, cuando mencione "fenómeno" me estoy refiriendo a
"fenómeno social", que es lo que ocurre con aquella primera
afirmación con la que inicié este mensaje y con la que lo continúo.
Para identificar esos textos
pan-semióticos de los que proviene exclusivamente,
la significación de un fenómeno, y para poder analizar su eficacia
expresiva, directa y necesariamente vinculada a sus características
sintácticas, es necesario recuperarlos conservando sus respectivas
especificidades semióticas (según se trate de iconos, índices o símbolos o de su
interacción complementaria) y analizarlos en las particulares interrelaciones
de sus partes componentes (que no son las mismas, ni las partes ni las
interrelaciones, según se trate de iconos, índices o símbolos), de las que
proviene tal eficacia.
Esto tiene relación con lo que proponía
anteriormente, respecto a la operación conocida (especialmente en la llamada
"metodología observacional", propia del conductismo) como "registro de la realidad
perceptible", expresión que rechazaba, para centrar la eventual
investigación que pueda estarse realizando en la tarea de configurar un corpus
de datos que no pertenecen (no pueden pertenecer) a la realidad, sino que
forman parte del discurso pan-semiótico con el que la humanidad le confiere
significado (o sea, conocimiento de su existencia o conocimiento de su realidad
o, también, existencia ontológica) a su entorno.
En este sentido, me sigue interesando, para un análisis indicial del comportamiento,
la segmentación, integración e interrelación de gestos, expresiones, miradas,
mímica, etc., que pueden contribuir a registrar la información que interpretamos cuando miramos. Por
ejemplo, ¿cómo se construye el significado de eso que la policía dice a veces:
"estaba en actitud sospechosa"? ¿Qué ve el policía que le hace
atribuir ese significado al comportamiento de determinada persona? O sea, una "actitud sospechosa" es
un significado posible y, además, socialmente vigente (al menos para la
policía), atribuible al comportamiento de una persona o grupo, generalmente
reducido, de personas, y se da en la calle (es evidente que el planteo surgió
pensando ejemplos de situaciones de lo que hemos empezado a configurar como la universidad de la calle (Magariños de
Morentin y colaboradores, 2005-2007. Por supuesto que en la tarea, que
realiza el policía, de atribuirle un significado a determinado comportamiento
social, se une lo que ve y lo que ha visto, tanto respecto a comportamientos normales (lo que también es un
significado atribuido) como respecto a comportamientos que precedieron a la comisión de algún
delito, junto con lo que le han dicho acerca de cómo ver, o sea, el modo de ver que ha aprendido.
O sea, el comportamiento, los gestos,
actitudes y expresiones de alguien o de un grupo son un texto semiótico (en este caso, indicial) que es necesario integrar o recuperar como corpus, si se pretende tribuirle
un significado a ese determinado comportamiento (significado que ya no es el
comportamiento, sino algo ajeno que se le agrega o que se afirma que está
siendo construido por tal comportamiento). Ese comportamiento es lo que está
produciendo el significado (social, y todo significado lo es) que alguien (por
lo general, un policía) interpreta como "actitud sospechosa", o sea, "desconfiable" (sin
prescindir de la posibilidad de que otro u otros intérpretes le atribuyan otro
significado al mismo comportamiento percibido; su explicación seguirá no
obstante la misma secuencia analítica que estoy exponiendo, pero partiendo de
otros textos pan-semióticos). Lo
sospechoso es un agregado, es un objeto construido por el policía
que observa el comportamiento; eso otro
al que remite, necesariamente, la función sígnica en cuanto tal.
Analíticamente, como investigadores, será necesario identificar y analizar las
relaciones gestuales constitutivas de ese comportamiento para ver cómo surge de
él ese contenido, que no es inherente al comportamiento (no es su realidad), sino que resulta construido cuando alguien
(ese imprescindible intérprete) lo percibe y decide intervenir interpretándolo.
Y en esta interpretación, intervienen otros textos semióticos diferentes a
aquel en que consistía el comportamiento que se está observando. o sea, se
requieren otros comportamientos ya interpretados que se suponen afines al que
se está percibiendo y cuyo resultado delictivo, permitía atribuirle el carácter
de señal (o sea, la experiencia permitió identificar a determinadas actitudes
como señal de que quien las manifestaba iba a cometer un delito (técnicamente, la señal es un tipo de signo que
se caracteriza porque anticipa un resultado; por eso, cuando el resultado no se
ha producido todavía, determinado comportamiento puede significar, o sea, ser señal de que ese resultado va a
producirse). Por eso decía que, para interpretar determinado comportamiento, o
sea, para atribuirle un significado, era necesario que el intérprete hubiese visto (calidad perceptual del
texto semiótico histórico y, ahora, actualizado) o que al intérprete se le hubiese dicho (calidad
simbólica del texto semiótico histórico y, ahora, actualizado), cómo
correspondía interpretar determinado conjunto de interrelaciones
comportamentales.
El corpus que habrá de recopilarse consistirá, por tanto, no
sólo en el comportamiento que se está percibiendo, sino también en aquellos otros textos, cualquiera sea su calidad
semiótica constitutiva, que es necesario actualizar para interpretar, tal como
se está interpretando, al que se está percibiendo. En este sentido
apunto, cuando me refiero a la necesidad de disponer de un concepto riguroso y
adecuado de corpus.
La recopilación del corpus 6
Dos comentarios:
El primero sobre la necesariedad del carácter ritual para considerar al comportamiento como signo,
desde una semiótica indicial. Aquí interviene la diferencia entre objeto semiótico y signo: no es necesario el carácter
ritual para ser objeto semiótico; todo comportamiento, ritual o no, es ya objeto semiótico, en cuanto tiene
atribuido un significado a partir de otra semiosis que lo enuncia. Pero sí es
necesario que adopte ese carácter ritual para ser considerado signo. La diferencia está en que, en cuanto objeto semiótico recibe la eficacia
de todos los discursos (o los que conozca el intérprete) que se han
referido a él (en su particularidad y en su carácter general de
comportamiento). En cuanto signo
posee su propia eficacia
para construir un significado determinado que atribuirá a otro fenómeno
diferente. O sea, el objeto
semiótico recibe; el signo entrega.
La semiótica indicial trabaja con 3 clases de representámenes (en el
sentido peirceano de lo que vemos cuando a lo que vemos lo consideramos un
signo): objetos, comportamientos y
recuerdos. No me meto, por el momento, con estos últimos (por
respeto a la compleja problemática de la memoria); pero tanto los objetos como los comportamientos pueden adoptar o
ser considerados desde alguna de esas dos perspectivas: o son objetos semióticos y
entonces la tarea es establecer de qué textos pan-semióticos han recibido la
calidad con la que son percibidos; o
son signos y entonces son textos indiciales capaces de producir el
significado de otra cosa diferente de ellos mismos. La "actitud sospechosa" en
la conducta de alguien es la lectura que otro (el policía) hace de esa
conducta, ya que la ve como objeto semiótico y le atribuye el significado que
aprendió o le enseñaron a atribuirle. Desde los comportamientos teatrales, religiosos, militares, hasta las
anáforas pragmáticas, los gestos deícticos o las costumbres de mesa, en todos
estos casos se trata de comportamientos ritualizados, en cuanto están convencional y socialmente identificados, para intervenir como
signos que le atribuyen significado a otra entidad o fenómeno diferente de la
concreta conducta que se está produciendo/percibiendo (lo cual ocurre para que
esa otra entidad adquiera algún determinado significado). De modo semejante,
los objetos que
utilizamos: la silla, los papeles, el lápiz, la manzana, el teclado, la
ventana, los automóviles, etc., son
objetos semióticos que hemos aprendido a interpretar y, por tanto, a
utilizar. Pero cuando esos mismos objetos se encuentran en la vidriera de un
establecimiento comercial o en un museo, etc., pasan a ser signos, ya que se están refiriendo a aquellos
otros a los que ellos están designando.
El segundo comentario se refiere a precisar el sentido en el que firmo que todo fenómeno
es social. En principio, está así dicho atendiendo a que todo
fenómeno para ser comprendido tiene que ser interpretado y su interpretación
proviene de las posibilidades que ofrece cada sociedad, a sus integrantes, de
interpretar los fenómenos de su entorno. Cualquier interpretación o atribución
de significado (que no es lo mismo, pero son conceptos interdependientes)
proviene, explícita o implícitamente, del imaginario social que nos rodea y nos
impregna sin resquicio de escape. La
identidad es un resultado de determinada combinatoria de elementos
(en el más amplio sentido e incluyendo su materialización en el contexto
social) pertenecientes a ese imaginario. Desde mi punto de vista (respetando
otras posiciones, pero afirmando la que estoy enunciando) no tiene respuesta la
pregunta (formulada por P. Winkler, en SEMIOTICIANS,
el 2 de febrero del 2005) acerca de "¿qué hechos dejan de pertenecer a una
historia privada para ser historia de vida y fenómeno social?", porque
considero que no hay hechos que, en algún momento o instancia, pertenezcan
exclusivamente a una historia privada, sino que la historia privada de cada uno
está construida por fenómenos sociales que reinterpretamos y hacemos propios a
partir de nuestro manejo de otros fenómenos sociales y que interrelacionamos, a
su vez, con otros fenómenos sociales que son otros aspectos de nuestra
identidad.
De todas formas, el alcance de mi referencia a que
todos los fenómenos son fenómenos sociales era más corto: meramente se refería
a mi convencimiento de que no
existen fenómenos naturales, que encontrarían la explicación de su
significado en leyes físicas totalmente marginadas del acontecer social, sino
que todos encuentra la explicación de su significado en determinados discursos
sociales (quizá científicos; o, posiblemente, mágicos; pero, sin duda,
ideológicos) vigentes en determinado momento e, incluso, en determinado
espacio, aun cuando estén formulados con un lenguaje de determinado nivel
simbólico y con determinada historia. O sea, las llamadas "leyes físicas" son un
constructo explicativo, resultante de un determinado discurso social (cambiante
en el tiempo y en el espacio [al menos, en el espacio virtual de las sociedades
científicas]), con lo que, en definitiva, son enunciados convencionales acerca de fenómenos sociales. En
definitiva, la vida privada así como el conocimiento de las ciencias naturales,
son fenómenos sociales (por eso, también, mi rechazo de la categoría de "signos naturales" que
utiliza Charles Morris, [1946: 5] para referirse, por ejemplo a las nubes [en
cuanto signos naturales de lluvia]).
Al menos, ése es mi parecer y, sin convertirlo por ello en dogma, todavía no he
encontrado una situación de falsación que lo desacredite o me aconseje
abandonarlo.
La recopilación del corpus 7
Puede parecer excesiva mi afirmación,
formulada en el parágrafo anterior, acerca de que la significación de un (de
todo, de cualquier) fenómeno social proviene exclusivamente de determinado
conjunto de textos pan-semióticos. No obstante, tratar de dilucidarlo lo
considero importante, sobre todo al estar intentado concretar la idea de qué entendemos por el Corpus pertinente a la
comprobación de las Hipótesis integrantes de determinada Investigación.
Es como si, aparentemente, se cometiera
una trampa, al proponer una expresión nominal: "texto pan-semiótico", que, por su apetencia de
universalidad, pretendiera reconducir todos los aspectos en los que radica el
significado de cualquier fenómeno imaginable a alguna de las variantes que esa
expresión abarca. Entonces, primer peligro, es como si pusiéramos a nuestra
disposición una designación cuyo dominio es el conjunto de las entidades (en el
más amplio sentido que podamos darle al término "entidad") que
concurren para que en ellas consista el significado de cualquier fenómeno; y,
ahora, escribo "concurren para que en ellas consista", justamente
para que pueda leerse desde una (¡ajena!) perspectiva sustancialista (¡los
fenómenos tienen un significado!) y positivista: todo lo que podríamos
hacer sería verificar si lo que decimos que es el significado de un fenómeno
resulta efectivamente del fenómeno (o sea, del fenómeno provendría la verdad o
falsedad del significado que le asignamos), previa e independientemente de la
intervención (e incluso de la existencia) del pensamiento humano.
Ratifico, no obstante, que la
"apetencia de universalidad" de la expresión "texto
pan-semiótico" está efectivamente en el alcance que le pretendo asignar
(segundo peligro: si la expresión tiene un dominio universal, se trataría de
una expresión metafísica, sin utilidad para el conocimiento científico o
riguroso); sin embargo, no se superpone con la realidad, sino que atribuye, a
todo lo que el ser humano puede conocer (de ahí, su apetencia de
universalidad), la transformación (sin posibilidad de acceder a lo previo a tal
transformación) resultante de su modo de conocer (proceso de transformación
acumulativa, en parte secuencial y en parte en paralelo, de la percepción, la
emoción y el pensamiento, del modo y con las operaciones que son posibles en un
determinado momento histórico de una determinada sociedad). Ésta es la
universalidad ostentada por la expresión: "texto pan-semiótico".
Lo que estoy afirmando es, por tanto, la necesidad de
recopilar el corpus que contenga los aspectos físico-existenciales (en este
sentido, "texto") que constituyen los elementos y las relaciones (en
este sentido, el texto en cuanto sintaxis) en las que se materializa el modo
como el ser humano expresa lo que percibe, lo que siente y lo que piensa (y en
este sentido, el texto en cuanto "pan-semiótico"), desde el enclave
social de su participación (y desde ahí, el carácter de texto interpretado),
cuando le confiere determinado significado a determinado fenómeno. Ésta es la
materia prima semiótica que le permitirá explicar la significación del fenómeno
al que se enfrenta. Puede afirmarse que todo lo demás es mera apariencia;
apariencia de realidad y apariencia de verdad o de falsedad. La explicación de
la significación tendrá que partir del modo como el ser humano expresa cómo ese
fenómeno ha entrado en su mundo de experiencia. Lo expresa enunciándolo y entra
en su mundo interpretando los enunciados (pan-semióticos) de su aprendizaje. El enunciado que él produce y los enunciados
aprendidos constituyen el corpus
necesario para fundamentar cualquier investigación que pretenda
explicar el significado atribuido a los fenómenos de su entorno.
La recopilación del corpus 8
Voy a permitirme interpelar al lector
para puntualizar y sugerir la específica reflexión sobre los aspectos que puedo
considerar más conflictivos. A los fenómenos (aunque suele decirse, cuando se
lo admite, "al significado de los fenómenos"; pero, ¿qué quedaría de
los fenómenos si los privamos de su significado [de ese múltiple y hasta
contradictorio significado que le atribuye determinada sociedad en determinado
momento histórico]?) los construimos, o sea, les conferimos existencia
ontológica, en definitiva, los construimos ontológicamente, al nombrarlos y al
enunciarlos o representarlos. Elimino incisos: a los fenómenos les conferimos existencia ontológica al enunciarlos. ¿Hay
acuerdo en esto? Excluyo lo óntico; lo que producimos es la existencia del fenómeno para el
conocimiento. O sea, sólo
se conoce lo enunciable (teniendo en cuenta que "lo
enunciable" no equivale, sólo, a lo verbalizable, sino que abarca toda
forma de enunciación semiótica, sea ésta mediante iconos, índices o símbolos;
de dónde surge el "texto pan-semiótico").
Cuando queremos explicar por qué un
fenómeno tiene, en determinado sector social de determinada sociedad y en
determinado momento histórico, determinada(s) significación(es), necesitamos
saber (1) de dónde procede(n) tal(es) significación(es) y (2) por qué se interpreta
a los textos que las producen de determinada manera y no de otra. O sea, (1) ¿qué textos(1) crean
determinado significado? (el significado que nos proponemos explicar
como resultado de nuestra investigación); (2) ¿según qué otros textos(2) (o sea, cómo) se interpreta a
tales textos? (de modo que se entienda producida esa u no otra
significación); y, por supuesto, (3)
¿cómo recuperamos, diferenciamos y atribuimos su eficacia específica a los
textos(1) y a los textos(2)?
Cuando decimos que hacemos semiótica, son éstas las tres preguntas básicas, a las
que es indispensable responder, ya que son las que tienden a proporcionarnos la
información básica de cuyo análisis surgirá nuestra explicación; o no habrá
semiótica; o no habrá rigor; o no habrá investigación. ¿Hay acuerdo en esto?
La recopilación del corpus 9
El tema que acabo de plantear no
pretende una incursión en el campo de la filosofía, sino terminar de perfilar
una exigencia metodológica: ¿cuál es
el corpus que se necesita para explicar la significación de determinado
fenómeno? y ¿en qué
consiste explicar la significación de determinado fenómeno?
1) Si bien todo interviene en el análisis que conduzca a
la explicación del significado (o mejor, de los significados) que ostenta un determinado
fenómeno social, considero importante diferenciar (ahora y al margen de otras
diferencias que surjan ante otros problemas) entre los textos teóricos que proponen procesos y relaciones
conceptuales para sistematizar las características del significado de
determinado tipo de fenómenos y aquellos
otros enunciados con los cuales los integrantes de determinada sociedad le
atribuyen significado a un concreto fenómeno. El primero, en una
investigación, constituye el contenido y el objeto de análisis y de selección
del marco teórico; el
segundo constituye el corpus propiamente
dicho. La necesidad de separarlos radica en el diferente modo de intervención
que exige cada uno de ellos. En el marco
teórico se cumple una tarea de sistematización y fundamentación de
constructos abstractos, y la presencia del investigador se manifiesta en la
tarea de mostración, discusión y contraste acerca de las propuestas explicativas que,
acerca del significado del fenómeno en estudio, van formulando los diversos
autores que dicho investigador registra, y en la progresiva y fundamentada
estructuración de su propio pensamiento al respecto, por contrastes con las
registradas; pero, en la evaluación
del marco teórico, no se enfoca al fenómeno concreto, sino a la
categoría de fenómenos en la que el investigador considera incluible aquel al
que se propone estudiar. En el
corpus se registran todos los enunciados, detectados como vigentes
en determinado momento de determinada sociedad, con los cuales se construye la
significación de determinado fenómeno concreto. O sea, para explicar la
significación de un fenómeno es necesario disponer de todas las teorías de racionalidad plausible en
el ámbito académico y en el momento de la investigación, lo que constituye el marco teórico; pero, además, es
también necesario disponer de todas
las formas de enunciación, vigentes en determinada sociedad, que sobre tal fenómeno recaen en
ese determinado momento de esa determinada sociedad, lo que constituye el corpus.
Aquí, específicamente, en cuanto corpus, se requiere un sentido amplio de "enunciación",
tal que abarque cualquier posibilidad semiótica de referencia al
fenómeno en estudio: no sólo palabras, sino también imágenes, exhibición de
objetos y efectiva realización de comportamientos (de alguna manera
ritualizados o ritualizables) que tengan como referente al fenómeno en
cuestión, en el sentido de entidad
del mundo proyectado desde la estructura conceptual del sujeto (y
sociedad) que lo enuncia (Jackendoff, 1989: 121ss) como referente. Entonces, mientras en el marco teórico se selecciona,
se discute, se modifica y se recompone el sistema de pensamiento (pertinente,
por tanto, al ámbito de determinada disciplina científica) con el que va a
enfocarse el conocimiento de determinada clase de fenómenos, en el corpus se interviene, se
segmentan, se integran, se relacionan, se interpretan mutuamente los concretos
textos pan-semióticos que se refieren a determinado(s) fenómeno(s),
identificándolo(s), configurándolo(s), valorándolo(s), atribuyéndole(s) su carácter
y su modalidad de existente(s) en ese determinado ámbito social. El universo
abarcado por lo que entiendo como "corpus"
incluye, por tanto, los textos que den cuenta de su modo de decirlo, de su modo
de percibirlo, de su modo de manipularlo, de su modo de integrase en él, de su
modo de sentirlo, en definitiva, de su modo de vivirlo. Pero cuidando de no
comenzar por este final, construyendo textos acerca de la vivencia, que es ya un resumen
de todos los modos precedentes de dar cuenta de él y que puede iniciar el
camino de la metafísica o de la poesía, formas de conocimiento de la mayor
importancia, pero que no son de las que estamos tratando aquí (salvo como
textos acerca del fenómeno que se integrarán en el corpus, pero que, en
cualquier caso, no son los que el investigador tiene como tarea construir, sino
analizar). O sea, considero importante diferenciar adecuadamente los textos que
construyen los contenidos (hipótesis explicativas y sus correspondientes
propuestas de validación) del marco
teórico, respecto de los textos que construyen los contenidos (los
sentidos y los significados) del corpus,
ya que requieren la realización de tareas cognitivas diferentes por
parte del investigador, constituyendo problemáticas diferentes.