LA SEMIÓTICA DE LOS BORDES

APUNTES DE METODOLOGÍA SEMIÓTICA

 

* Estamos en el mundo que podemos percibir (interpretante originado en Piaget)

* Percibimos el mundo que podemos enunciar (interpretante originado en Varela)

* Enunciamos el mundo como nos lo permiten las semiosis socialmente disponibles

(interpretante originado en Foucault)

* Las semiosis socialmente disponibles contienen la totalidad de los mundos posibles

en un momento y en una sociedad determinada (interpretante originado en Peirce)

 

Juan Magariños de Morentin

2008

 

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 Para Giovanna,

compañera de pasión y pensamiento

 

ÍNDICE ABREVIADO

I Semiótica general

1 Concepto de semiótica

2 Glosario

3 Integración cognitiva intersemiótica

4 Guía elemental para un Proyecto de Investigación

5 Los 4 signos

6 Charles Sanders Peirce; semiótica, lógica y cognición

7 De la Semiótica General a las Semióticas Particulares

8 La semiótica como metodología

 

II Semiótica Simbólica

9 Claves epistemológicas y operaciones metodológicas elementales

10 Los Mundos Semióticos Posibles

 

III Semiótica Icónica

11 La(s) semiótica(s) de la imagen visual

12 Operaciones semióticas en el análisis de las historietas

13 La abducción en la interpretación de las imágenes visuales

14 La recuperación de la memoria visual

15 Semántica visual de las imágenes simbólicas

16 Lo que explica la semántica visual

17 Los mundos semióticos posibles de las imágenes visuales

18 Iconopoiesis o la eficacia de la forma

 

IV Semiótica Indicial

19 Hacia una semiótica indicial. Acerca de la interpretación de los objetos y los comportamientos

20 La(s) semiótica(s) indiciales a partir de Ch. S. Peirce o como hacer signos con cosas

 

V En qué tiene que cambiar la semiótica

21 La semiótica de los bordes

22 La humanidad, la facultad semiótica y la historia del entorno

23 Hacia una nueva historia de los sistemas semióticos

24 Semiótica; su rigor y su interdisciplinariedad

 

VI Referencias bibliográficas

ÍNDICE

Para aprender a pensar semióticamente

 

I Semiótica general…………………………………………………...13-139

1 Concepto de semiótica

1.1 Concepto

1.2 Signos y Objetos Semióticos. Ciencia o metodología

1.3 Hacia una teoría dinámica de los discursos sociales

1.4 La base textual de la significación. Producción e inferencia

1.5 Para ver, hay que conocer

1.6 La significación construida

1.7 Problemas y divergencias

1.8. Apéndices

1.8.1 Otra vez, ¿qué es la semiótica?

1.8.2 Concurrencia y no contradicción

1.8.3 Pensamiento, Semiosis, Mundo [1]

1.8.4 ¿Para qué sirve la semiótica?

Notas

2 Glosario

2.1 Términos definidos en este glosario

2.1.1 Código

2.1.2 Contexto – Cotexto – Paratexto – Peritexto – Epitexto

2.1.3 Discurso

2.1.4 Habla-Escritura

2.1.5 Lengua

2.1.6 Lenguaje / Facultad semiótica [2]

2.1.7 Lingüística, semiología y semiótica

2.1.8 Objeto semiótico

2.1.9 Semiosis

2.1.10 Semiosis sustituida

2.1.11 Semiosis sustituyente

2.1.12 Semiótica

2.1.13 Signo

2.1.14 Sistema

2.1.15 Texto

3 Integración cognitiva intersemiótica

3.1 Diferencia y especificidad de las semióticas

3.2 La articulación de las diferentes semióticas

3.3 La marginación de la semiótica en el universo de las ciencias sociales

3.4 La especificidad de la semiótica para dilucidar correspondencias y divergencias entre lo visual y lo lingüístico

3.5 Transposiciones e intersemiótica

4 Guía elemental para un Proyecto de Investigación

4.1 Descripción del tema y planteamiento el problema

4.2 Elaboración del marco teórico pertinente

4.3 Formulación de las hipótesis teóricas

4.4 Metodología

4.4.1 Marco teórico-metodológico

4.4.2 Corpus

4.4.3 Operaciones

4.5 Bibliografía

4.6 Conclusiones

4.7 Apéndices

4.7.1 Sobre el corpus

4.7.1.1 La recopilación del corpus

4.7.2 Preguntar y responder desde la semiótica

4.7.2.1 Encuadramiento

a) Me centro en la cuestión del problema.

b) Me centro en la cuestión de la hipótesis

c) Me centro en la cuestión de la explicación

d) Resumen

Notas

5 Los 4 signos

5.1 Introducción

5.2 El proceso de investigación y un retorno saussureano

5.3 Primera identificación de los 4 signos

5.4 Ejemplo, con elefantes, de los 4 signos

5.5 Desarrollo operativo de la propuesta analítica

5.6 Recuperación peirceana

6 Charles Sanders Peirce; semiótica, lógica y cognición

6.1 El signo. Introducción [3] [4]

 6.2 Las 9 clases de signos

6.2.1 Cualisigno

6.2.2 Icono

6.2.3 Rhema

6.2.4 Sinsigno

6.2.5 Índice

6.2.6 Dicisigno o Signo Dicente

6.2.7 Legisigno

6.2.8 Símbolo

6.2.9 Argumento

6.2.10 Esquema ejemplificativo [5]

Notas

6.3 Apéndices

6.3.1 Preguntas a los 9 signos de Ch. S. Peirce [6]

6.3.2 Desarrollo instrumental-operativo del esquema de los 9 signos peirceanos [7]

6.3.3 Apertura de Peirce en 27 signos

6.3.3.1 Peirce-Museo [8]

6.3.3.2 Peirce-Arquitectura [9]

6.3.3.3 Peirce-Cementerio [10]

6.3.3.4 Peirce-Derecho [11]

6.4 Los 10 signos peirceanos [12]

6.4.1 Los presupuestos de los 10 signos, en la propuesta peirceana

6.4.2 Ejemplificación analítica por aplicación del desarrollo de los 10 signos peirceanos

6.4.2.1 Peirce – 10 signos sobre: “Número”

6.4.3 Los 10 signos de Ch. S. Peirce, en la génesis de las semióticas particulares [13] [14][15][16]

7 De la Semiótica General a las Semióticas Particulares

7.1 Semiótica general [17]

7.2 Las tres semióticas particulares en la expansión peirceana

7.2.1 Semióticas icónicas

7.2.1.1 Semiótica visual [18]

7.2.2 Semióticas indiciales [19]

7.2.3 Semióticas simbólicas

7.2.3.1 Semiótica verbal (oralidad) [20]

 

8 La semiótica como metodología

8.1 Introducción

8.2 El rigor en las operaciones de la metodología semiótica

8.3 Operaciones y no modelos

8.4 La base materialista de la semiótica como metodología

8.5 El enfoque constructivista de la semiótica como metodología

8.6 Los mundos semióticos posibles

8.7 El enfoque cognitivo de la semiótica como metodología

8.8 La investigación con metodología semiótica

8.9 La semiótica como metodología y epistemología

8.10 La metodología y el análisis histórico del cambio semiótico [21]

II Semiótica simbólica…………………………………………..140-177

9 Claves epistemológicas y operaciones metodológicas elementales

9.1 Michel Foucault. Reinterpretación a partir de “La arqueología del saber”

9.2 Manual operativo; para la construcción de "Definiciones Contextuales" y "Redes Contrastantes"

9.2.1 Introducción

9.2.2 Supuestos y disciplinas

9.2.3 Operaciones analíticas

9.2.3.1 La normalización

9.2.3.2 La segmentación

9.2.3.3 Las definiciones contextuales

9.2.3.4 Ejes conceptuales, redes secuenciales y contrastativas

9.2.4. Anexo

9.2.4.1 Normalización

9.2.4.2 Segmentación

9.2.4.3 Definiciones contextuales

9.2.4.4 Redes y ejes

Notas

10 Los Mundos Semióticos Posibles, en la investigación social

10.1 Introducción

10.2 Hacia un principio de formalización de los MSPs

10.2.1 Caracterización general de la forma lógica de un sistema de mundos semióticos posibles

10.2.2 Operaciones sintácticas elementales y necesarias para la formación de conjuntos de modelos pertenecientes a un sistema de mundos semióticos posibles

10.2.3 Operaciones semánticas elementales y necesarias para la interpretación de conjuntos de modelos pertenecientes a un sistema de mundos semióticos posibles

Notas

10.3 Los Mundos Semióticos Posibles de “la muerte” en J. R. Jiménez y en J. Gelman

10.3.1 Etapa 1: Normalización+segmentación

10.3.2 Etapa 2: Construcción de definiciones contextuales

10.3.3 Etapa 3

10.3.3.1 Diseño de redes contrastantes

10.3.3.2 Aproximación a un análisis contrastante

Notas

III Semiótica icónica……………………………………………….178-268

11 La(s) semiótica(s) de la imagen visual

11.1 Introducción [22] [23]

11.2 Identificación

11.2.1 Imagen material visual plástica

11.2.2 Imagen material visual figurativa

11.2.3 Imagen material visual conceptual

11.2.4 Imagen material visual por combinación de las anteriores

11.3 Reconocimiento

11.3.1 Propuestas perceptuales normadas o conceptuales: atractor simbólico

11.3.2 Propuestas perceptuales existenciales o figurativas: atractor existencial

11.3.3 Propuestas perceptuales cualitativas o plásticas: atractor abstractivo [24] [25] [26] [27]

11.4 Interpretación

11.4.1 Mostración de carencia, en la semiótica plástica

11.4.2 Mostración de semejanza/diferencia, en la semiótica figurativa

11.4.3 Mostración del lugar en un sistema, en la semiótica conceptual

Notas

12 Operaciones semióticas en el análisis de las historietas

12.1 El análisis metasemiótico de las imágenes gráficas

12.2 Operaciones fundamentales de una metasemiótica de la imagen visual

12.3 Las imágenes (caricaturas) de las historietas [28] [29] [30] [31]

Notas

13 La abducción en la interpretación de las imágenes visuales

13.1 Mundos Semióticos Posibles [32] [33] [34]

13.2 Del percepto a la interpretación

13.3 El silogismo de la abducción

13.4 Hacia la explicación de la interpretación pretendida

14 La recuperación de la memoria visual

14.1 La especificidad de lo visual

14.2 Operaciones semióticas utilizables

14.3 Primera operación: la descripción verbal de las imágenes visuales [35] [36]

14.4 Segunda operación: dibujar las imágenes de las que se habla

14.5 Tercera operación: identificar el atractor a partir de marcas [37] [38]

14.6 Cuarta operación: identificar al atractor a partir de manchas [39]

14.7 Cinco nuevas operaciones: identificar al atractor a partir de imágenes deterioradas [40] [41] [42] [43] [44] [45]

14.8 Décima operación: identificar al atractor a partir de los estudios sobre las Agnosias Visuales [46] [47] [48]

14.9 Undécima operación: identificar al atractor modificando imágenes supuestamente incorrectas [49] [50]

14.10 Duodécima operación: destruir el humor visual [51]

14.11 Lo inconcluso

15 Semántica visual de las imágenes simbólicas

15.1 Preguntas de base y las tres semióticas [52] [53] [54]

15.2 Lo que se muestra y cómo se lo muestra

15.3 Qué muestran las imágenes simbólicas y cómo lo muestran

15.4 Recuperar el sistema al que pertenecen las reglas que construyen el sentido

15.5 Intervalo

15.6 Aquello que podemos denominar "elementos estrictamente simbólicos"

15.7 Necesidad de una sintaxis, al menos virtual

15.8 Las reglas del sistema de las imágenes simbólicas

15.9 Conclusión

Notas

16 Lo que explica la semántica visual

16.1 Prolegómeno

16.2 ¿Qué se entiende por “semántica visual”?

16.3 Tres semánticas visuales, una para cada operación cognitiva diferente [55] [56] [57] [58]

16.3.1 Semántica de la imagen plástica

16.3.2 Semántica de la imagen figurativa

16.3.3 Semántica de la imagen conceptual

16.4 Un aspecto complementario de la semántica visual: las incrustaciones [59] [60] [61]

16.5 Anexo: los tres problemas básicos de la semántica visual (Resumen)

17 Los Mundos Semióticos Posibles de las imágenes visuales

17.1 Introducción

17.1.1 Advertencias preliminares

17.1.2 Una problemática abierta [62] [63] [64] [65]

17.1.3 Los MSPs como campo y estructura de la semiótica visual [66] [67] [68] [69] [70a] [70b] [71] [72]

17.2 Tres hipótesis básicas

17.2.1 Primera hipótesis: Instrumental

17.2.2 Segunda hipótesis: Diferencial

17.2.3 Tercera hipótesis: Interpretacional

17.3 Identificación de las operaciones elementales de una semántica visual

17.4 La metodología semiótica en la explicación de la interpretación de las imágenes visuales

18 Iconopoiesis o la eficacia de la forma

18.1 Introducción a la Iconopoiesis [73]

18.2 El análisis de la eficacia semiótica de la forma

18.2.1 Eficacia semiótica por interpretación de las imágenes predominantemente cualitativas [74]

18.2.2 Eficacia semiótica por interpretación de las imágenes predominantemente identificatorias [75]

18.2.3 Eficacia semiótica por interpretación de las imágenes predominante y convencionalmente simbólicas [76]

IV Semiótica indicial……………………………………………….269-326

19 Hacia una semiótica indicial. Acerca de la interpretación de los objetos y los comportamientos

19.1 Hacia una semiótica indicial

19.1.1 La interpretación de la semiosis sustituyente en la semiótica indicial. Su diferencia respecto a la semiótica verbal

19.1.2 Exploración del objeto en el museo, como introducción a una semiótica indicial

19.1.3 Más sobre el objeto en el museo; más sobre semiótica indicial

19.1.4 Una primera aproximación al interpretante del objeto en el museo: el visitante

19.1.5 La contraposición de los mundos semióticos posibles del curador y del visitante

19.1.6 La "puesta en escena" de objetos y comportamientos

19.1.7 La semiótica como proceso de transformación y la asistematicidad peirceana en la caracterización del índice.

19.1.8 Cómo se define y acota un contexto

19.1.9 Primer esquema peirceano del signo indicial

19.1.10 El primer componente del signo indicial: la relación que establece con su objeto

19.1.11 El segundo componente del signo indicial: su eficacia en la construcción de su objeto o fundamento

19.1.12 Hacia el tercer componente del signo indicial: sobre texto, discurso, productor e interpretante

19.1.13 Más sobre el tercer componente del signo indicial: la concurrencia de los interpretantes productor e intérprete en el interpretante comunicativo

19.1.14 Las operaciones cognitivas en la producción y la interpretación del significado

19.1.15 Signo indicial y ejemplos

19.1.16 Estereotipos e identikits

19.1.17 Los índices por relación de contigüidad y los índices por relación de sustitución

19.1.18 Volviendo sobre el análisis contextual/1

19.1.19 Volviendo sobre el análisis contextual/2

19.1.20 Búsqueda del contexto más semejante, frente al cual la diferencia establece lo discreto

19.1.21 Semiótica indicial: ratificación y ejemplificación

19.1.22 Semiótica indicial: contexto, configuración y disposición

19.1.23 Semiótica indicial: sobre los modos de disposición

19.1.24 Semiótica indicial: de la escultura al juguete [77a] [77b] [78]

19.1.25 Semiótica indicial: el registro de los objetos del museo y la Semiótica Indicial

19.1.26 Semiótica indicial: concepto y variantes del Signo Indicial [79] [80]

19.2. Algunos textos complementarios

19.2.27 Semiosis sustituyente, semiosis sustituida y significación. Aproximación al tema de la semiótica indicial

19.2.28 La falacia del lenguaje verbal como modelo necesario de toda semiosis sustituyente

19.2.29 Desarrollos peirceanos: Semiosis sustituyente-semiosis sustituida-objeto semiótico

19.2.30 Desarrollos peirceanos: el interpretante comunicativo

19.2.31 El conocimiento semiótico

19.2.32 Sobre los mundos semióticos posibles/1

19.2.33 Sobre los mundos semióticos posibles/2

19.2.34 Sobre los mundos semióticos posibles/3

20 La(s) semiótica(s) indicial(es) a partir de Ch. S. Peirce o cómo hacer signos con cosas

20.1 Los 10 signos de Charles S. Peirce, en la génesis de la(s) semiótica(s) indicial(es)

20.1.1 Para una semiótica indicial

20.2 Variables semiótica intervinientes en los signos indiciales [81]

V. En qué tiene que cambiar la semiótica…………………………..327-347

21 La semiótica de los bordes

22 La humanidad, la facultad semiótica y la historia del entorno [82]

23 Hacia una nueva historia de los sistemas semióticos [83] [84] [85]

24 Semiótica: su rigor y su interdisciplinariedad

24.1 Preguntar y responder desde la semiótica

24.2 La facultad semiótica y la construcción del entorno

VI. Referencias bibliográficas………………………………………348-356




ÍNDICE DE LÁMINAS

 

1.8.3 [1] Pensamiento-Semiosis-Mundo

2.1.6 [2] Historia de los sistemas semióticos I

6.1 [3] Estructura triádica peirceana

6.1 [4] Cuadro de los 9 signos de Peirce

6.2.10 [5] Esquema ejemplificativo

6.3.1 [6] Preguntas exploratorias a los 9 signos, para organizar una investigación

6.3.2 [7] Desarrollo instrumental-operativo del esquema de los 9 signos peirceanos

6.3.3.1 [8] Apertura en 27 signos; Peirce-Museo

6.3.3.2 [9] Apertura en 27 signos; Peirce-Arquitectura

6.3.3.3 [10] Apertura en 27 signos; Peirce-Cementerio

6.3.3.4 [11] Apertura en 27 signos; Peirce-Derecho

6.4 [12] Relaciones generadoras de los 10 signos peirceanos

6.4.3 [13] Los 10 signos peirceanos en la génesis de las semióticas particulares

6.4.3 [14] Para una semiótica icónica

6.4.3 [15] Para una semiótica indicial

6.4.3 [16] Para una semiótica simbólica

7.1 [17] El signo triádico peirceano para una semiótica general

7.2.1.1 [18] Semiótica icónica (visual) desde el signo triádico

7.2.2 [19] Semiótica indicial desde el signo triádico

7.2.3.1 [20] Semiótica simbólica (verbal) desde el signo triádico

8.10 [21] Historia de los sistemas semióticos II

11.1 [22] Semiótica visual: 9 canales trabajando en paralelo

11.2 [23] Rotación de imágenes mentales, según Shepard y Metzler

11.3.3 [24] Semiótica simbólica; Mijksenaar Paul & Piet Westendorf, 1999

11.3.3 [25] Semiótica figurativa; Richard Estes, Avenue of the Americas at Spring Street, 1998

11.3.3 [26] Semiótica plástica (y simbólica); Antoni Tàpies, Taula negra, 1966

11.3.3 [27] Semiótica plástica; Lásló Péri, Térkonstrukció 16, 1922

12.3 [28] Quino I

12.3 [29] Marcas y entidades

12.3 [30] Caloi I

12.3 [31] Caloi I; descomposición en marcas y atractores

13.1 [32] Imagen figurativa; en Azorín (1966); fot. 12 de Miguel Buñuel

13.1 [33] Imagen simbólica; en Mijksenaar, Paul & Westendorp, Piet (1999); p. 110

13.1 [34] Imagen cualitativa; Maarten Beks (1929). Nest-building

14.3 [35] La crucifixión; en Saramago, José (1998; p. 10)

14.3 [36] Texto; Saramago, José (1998; p. 11)

14.5 [37] Marca I

14.5 [38] Atractores 1, 2, 3, 4, 5 y 6

14.6 [39] Las 10 imágenes del test de Rorschach

14.7 [40] Ririfleur.centerblog.net

14.7 [41] Beever, Julian. 1998

14.7 [42] Ejes; Marr, David, 1980: 299

14.7 [43] Hoffman, D. D., 1998: 116

14.7 [44] Contornos de oclusión: Marr, David. 1982: 217

14.7 [45] Identikit

14.8 [46] Agnosia visual: Farah, M. J. (1995) 1 y 2

14.8 [47] Rompecabezas. Huevo 1 y 2

14.8 [48] Iconopoiesis 1 - “¿Como se usa esto?”; en Mijksenaar, Paul & Westendorp, Piet (1999)

14.8 [48bis] Iconopoiesis 2 - “Así”; en Mijksenaar, Paul & Westendorp, Piet (1999)

14.9 [49] Ernst, Bruno (1992)

14.9 [50] Marcel Duchamp. 1916; en Mink, Janis (2002)

14.10 [51] Quino II

15.1 [52] Imagen cualitativa: Ron Van Der Werf: Sin título (1958)

15.1 [53] Imagen figurativa: Frida Kahlo hacia 1938/39. Fotografía de Nicholas Murray

15.1 [54] Imagen simbólica: Fragmento de contratapa Open here. The Art of Instructional Design.Paul Mijksenaar & Piet Westendorp. 1999

16.3 [55] Imagen material visual plástica: Jackson Pollock: Male and Female (1942)

16.3 [56] Imagen material visual figurativa: Vincent Van Gogh: Paysanne (1888)

16.3 [57] Imagen material visual conceptual: Otto Neurath; Isotipos – desde 1924

16.3 [58] Imagen material visual conceptual: Marfiles de San Millán de la Cogolla, 1068

16.4 [59] Incrustaciones: imágenes plásticas en imágenes figurativas; El Greco: San Pablo, 1610-1614.

16.4 [60] Incrustaciones: imágenes figurativas en imágenes simbólicas; – American Airlines, 1990

16.4 [61] Incrustaciones: imágenes simbólicas en imágenes figurativas; Raoul Dufy: Paris 14 Juillet (1912)

17.1.2 [62] Página/12. Woody Allen

17.1.2 [63] Archimboldo. El otoño, 1573

17.1.2 [64] Sandro del Prete. La ventana de enfrente, 1987

17.1.2 [65] Estereograma – Gatic S.A. –Clarín, Viva; 22-01-1995

17.1.3 [66] Dallenbach; Marca 1

17.1.3 [67] Biederman, Irving; Marca 2

17.1.3 [68] Dallenbach; Atractor 1

17.1.3 [69] Biederman, Irving; Atractor 2

17.1.3 [70a] Andy Warhol

17.1.3 [70b] Quino III

17.1.3 [71] Simetría entre MSPs Textuales y MSPs Interpretacionales

17.1.3 [72] Alternatividad entre MSP textuales y MSPs Interpretacionales

18.1 [73] Esquema: Iconopoiesis

18.2.1 [74] Iconopoiesis de imagen predominantemente cualitativa: Elizabeth Murray, Her Story, 1984

18.2.2 [75] Iconopoiesis de imagen predominantemente figurativa: Duane Hanson, Woman with Dog, 1977

18.2.3 [76] Iconopoiesis de imagen predominantemente simbólica (6 variantes)

19.1.24 [77a] Don Íñigo, primer conde de Tendilla - 1479

19.1.24 [77b] Moore, Henry (1954)

19.1.24 [78] Tatlin, Vladimir (1920)

19.1.26 [79] Esquema (I) a partir del signo indicial peirceano

19.1.26 [80] Esquema (II) a partir del signo indicial peirceanos

20.2 [81] Variables semióticas intervinientes en los signos indiciales

22 [82] Semiosis, Percepción, Interpretación (su recurrencia)

23 [83] Historia de los sistemas semióticos III

23 [84] Vincent van Gogh. Noche estrellada. 1889

23 [85] Funcionamiento histórico de cada Semiosis con su Borde (1) y su Borde (2)

 

Ξ Ξ Ξ Ξ Ξ Ξ Ξ Ξ Ξ Ξ Ξ Ξ Ξ

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 SEMIÓTICA GENERAL

 


1 CONCEPTO DE SEMIÓTICA

1.1 Concepto

Entiendo por “semiótica”, como disciplina,

un conjunto de conceptos y operaciones

destinado a explicar

cómo y por qué un determinado fenómeno

adquiere, en una determinada sociedad

y en un determinado momento histórico de tal sociedad,

una determinada significación

y

cuál sea ésta,

cómo se la comunica

y cuáles sean sus posibilidades de transformación.

La intención inicial de este enunciado es proporcionar, a quien se acerque a nuestra disciplina, una perspectiva a la vez amplia y operativa. En este sentido, considero que, a partir del concepto propuesto, la perspectiva amplia puede asentarse en la propuesta de estudiar la significación de un fenómeno social y la perspectiva operativa en la de explicar esa significación.

Así pues, la semiótica puede interesarle a los estudiosos e investigadores de los fenómenos sociales, en la medida en que buscan explicar la significación socialmente atribuida a tales fenómenos y en la medida en que enfocan esta búsqueda de un modo riguroso, que justifique las conclusiones a las que lleguen, y no de un modo intuitivo, que se comprende pero cuya razón de ser se desconoce o sin que se pueda establecer por qué se considera que es ésa significación (o, mas bien, conjunto de significaciones) la que corresponde atribuirle a tal fenómeno y no cualquier otra.

Por tanto, el abogado, el sociólogo, el psicólogo, el historiador, el licenciado en letras, el crítico de arte, el lingüista, el antropólogo, el geógrafo, el arqueólogo, el licenciado en turismo, el economista, el filósofo, el terminólogo y el traductor, el epistemólogo, el bibliotecario, el publicitario, el comunicador, el arquitecto, el museólogo, el politicólogo, el licenciado en ciencias de la salud, el demógrafo, el pedagogo y tantos otros, en el ámbito de las ciencias sociales, necesitan de la semiótica como instrumento estructurador para la consistencia y el rigor de sus estudios e investigaciones.

Esto se basa en que todos ellos tienen como objeto de conocimiento de sus respectivas disciplinas a otros tantos objetos semióticos, o sea, a fenómenos sociales que ya (sin que sea imaginable un momento previo en que todavía no) tienen atribuido (pacíficamente o no) un conjunto dinámico de significados, cambiantes con el tiempo y la cultura.

Todos ellos, por tanto, son usuarios potenciales de la semiótica, en la  medida en que sepan que la semiótica puede proporcionarles las operaciones necesarias para elaborar una explicación básica de la significación (plural, contradictoria, competitiva) que posee, en un momento dado de una sociedad determinada, el concreto fenómeno que están estudiando, y en la medida en que nosotros, los estudiosos de la semiótica, que pretendemos elaborar y proponer las operaciones analíticas pertinentes, no los defraudemos.

También los objetos de conocimiento de las ciencias naturales (dejemos al margen, por el momento, el tema de si esta dicotomía es o no pertinente, si bien anticipo que considero que no) son otros tantos objetos semióticos y, por tanto, también en ese dominio la semiótica tiene utilidad. El problema es epistemológico y relativo a las características del proceso de producción de los correspondientes conocimientos y sugiero tratarlo en otra oportunidad; pero quede ya planteado.

Al enunciar, inicialmente, el concepto de “semiótica”, aclaré que me refería a la semiótica “en cuanto disciplina”. Esto quiere decir que lo diferencio del concepto de “semiótica en cuanto facultad” y así voy a trabajarlos en este texto. Para dejar aclaradas ambas direcciones esbozo este último concepto:

Entiendo por “semiótica”, en cuanto facultad,
 la capacidad cognitiva de que dispone la humanidad
para la producción de todas las clases de signos: icónicos, indiciales y simbólicos,
 
con los que da existencia ontológica a su humanidad

(ver, más adelante, en el Glosario, “Lenguaje/Facultad semiótica”).

1.2 Signos y Objetos Semióticos. Ciencia o metodología

La que propuse como primera característica: entender por semiótica un conjunto de conceptos y operaciones, no supone la identificación de dos universos diferentes, sino su compenetración de modo tal que los conceptos que se definan como pertinentes a la semiótica serán aquellos que permitan comprender el funcionamiento de las operaciones que constituyen su finalidad específica y aplicarlas. Conceptos y operaciones interactúan en el proceso cognitivo que identifica a la semiótica: desarrollar procedimientos analíticos y reconstructivos que permitan llegar a enunciar explicaciones relativas a la producción e interpretación del significado de los fenómenos sociales. Estos conceptos y operaciones integran un conjunto que, en definitiva, se constituye en un método de investigación.

Al afirmar esto, tiendo a rechazar la concepción de la semiótica como una ciencia. Creo que, para ello, hay un argumento importante: no puede admitirse que sea una ciencia por el especial carácter del que sería su objeto de conocimiento: el signo. Desde la perspectiva peirceana (a la que sigo, sin aceptaciones dogmáticas; por ejemplo, al no compartir que la semiótica sea una ciencia o, como dice en otro momento, una doctrina), todo es signo. Es muy rico el concepto de “semiosis ilimitada” que esto último implica, tanto (1) en lo relativo a la recurrencia semiotizante de cada una de las partes del signo, que las constituye a su vez en signos, y a las partes de estos nuevos signos, a su vez, en signos (o sea, de 3 partes de un primer signo se pasa a 9, de éstas a 27, de éstas a 81, y así sucesiva y, al menos desde una perspectiva teórica, interminablemente1, como (2) en la productividad del signo en la mente de cada interpretante2 (que no lo percibe desde alguna exterioridad como un incidental espectador, sino como parte constitutiva del signo que no está completo sin él), en la cual, a partir del signo propuesto “se crea un nuevo signo” y así, para cada uno de los posibles interpretantes, en la autorreflexión y/o en la comunicación, continúa transformándose indefinida y creativamente aquel signo inicial, que ya no es uno sino tantos como interpretantes lleguen a incorporarlo. Pero, si todo es signo, el signo no puede ser objeto de conocimiento científico, ya que no tiene otro objeto de conocimiento del cual diferenciarse (o al que utilizar dialécticamente como definiens).

Pero, efectivamente, ¿todo es signo? La significación es un constructo de la humanidad y todo cuanto somos capaces de ver lo vemos porque significa y del modo como significa; y de aquí uno pasa a decir que todo es signo (transformación, desde las investigaciones cognitivas del entorno en mundo, como establecimiento de la identidad de todo organismo; Francisco Varela, 1992). Pero, ¿que algo signifique quiere decir que por eso ya es un signo?

En principio, podríamos decir que todo lo que vemos (o sea, percibimos, conocemos, sentimos, intuimos, soñamos, etc.) lo vemos porque está semiotizado (o sea, porque ha sido el referente de un, al menos, enunciado semiótico: icónico, indicial, simbólico y/o sus combinaciones posibles). Al admitir que efectivamente se requiere un proceso de semiotización como condición necesaria que hace posible la identificación de las entidades de nuestro entorno, se está admitiendo que existen dos clases de objetos: los que semiotizan y los semiotizados. En otros términos: los signos y los objetos semióticos. Pero los objetos semióticos no son signos; al menos mientras los manipulamos como tales, sin que nada impida que, modificando las circunstancias de su forma de hacerse presentes (pasando de ser referentes a estar exhibidos en representación de otros; ver, en la semiótica indicial, “Como hacer signos con cosas”), puedan pasar a comportarse como signos. Los objetos semióticos reciben ese nombre para indicar que ya están semiotizados. Un foucaultiano diría que ya han sido dichos desde algún discurso; creo preferible, para aprovechar el aporte de Foucault evitando la interferencia, que él consiente, de la lingüística, decir que ya han sido construidos desde alguna semiosis sustituyente: que puede ser no sólo verbal (o sea, simbólica), sino también visual (o sea, icónica), comportamental (o sea, indicial), etc. Respecto de aquellos objetos que no están semiotizados, no es que no existan (no planteo la duda óntica de si acaso nuestro entorno no será “el sueño de un loco en un rincón de un manicomio”); lo que ocurre es que no podemos verlos (o sea, percibirlos, conocerlos, sentirlos, intuirlos, soñarlos, etc.), ya que no tienen identidad (en cuanto posibilidad de reconocimiento mediante su significado), es decir, carecen de existencia ontológica, para nosotros.

Así pues, considero que la distinción entre signo y objeto semiótico es importante para conferir y mantener el rigor y la eficacia de la metodología semiótica. Pero es una diferencia coyuntural y no sustancial, ya que lo que en un momento es signo en otro puede pasar a ser objeto semiótico y viceversa. Del mismo modo que, para el enfoque semiótico, nada es definitivamente icónico o indicial o simbólico (una pintura clásica: el Erasmo de Holbein, por ejemplo, es un icono en la medida en que propone una representación de la apariencia física de ese admirable humanista y no sólo por esto; es un índice para el trabajador que tiene que colgarlo de una pared o para el curador que tiene que decidir junto a qué otros cuadros o puerta o esquina o panel conviene situarlo y no sólo para estos; y es un símbolo para el marchand que lo mira codicioso y también para otras múltiples miradas)3. Quienes se acercan al conocimiento riguroso (o científico) con la esperanza (positivista) de pisar un suelo definitivamente firme, acostumbran criticar esta movilidad de los conceptos semióticos y los señalan como una prueba de su inconsistencia. Considero, por el contrario, que esa movilidad acredita el enraizamiento cognitivo de la semiótica, la capacidad que tiene nuestra disciplina para dar cuenta de las operaciones mentales que intervienen en la producción y el cambio del significado de determinado fenómeno, sin necesidad de modificar sus conceptos básicos ni sus operaciones analíticas.

Pero volviendo a la distinción entre signo y objeto semiótico, creo que el criterio para establecerla pasa por una visión generativa (no en sentido causalista). Para que algo llegue a ser un objeto semiótico, es necesario que un signo (debidamente contextualizado) lo enuncie, lo que no ocurre procesualmente sino de modo simultáneo o en paralelo. Entonces, algo será signo cuando interviene como enunciador que semantiza a algo diferente a sí mismo. Y algo será objeto semiótico cuando ha recibido su significado de algo diferente a sí mismo (lo que ocurre con todo lo que estamos en condiciones de percibir; incluido el signo, sólo que en tal caso la operación habrá de designarse como "metasemiótica"). Dicho de modo más simple: lo que enuncia es un signo y lo que resulta enunciado es un objeto semiótico. O también (entendiendo dinámicamente y no en su posibilidad especular al término "sustitución"), la semiosis sustituyente está constituida por signos y la semiosis sustituida está constituida por objetos semióticos. Obsérvese: este texto es una semiosis sustituyente (está constituido por signos) y el problema al que se refiere (eso de lo que habla) es una semiosis sustituida (la forma en que queda construido el problema del que se habla, por el modo como se lo dice, lo constituye en objeto semiótico). Pero cuando alguien responde y comenta lo que aquí se dice, su texto es la semiosis sustituyente (en cuanto está constituido por signos) y este texto, que he llegado a escribir y que recibe un nuevo significado a partir del nuevo texto dicho por el otro, es una semiosis sustituida (en cuanto resulta construido como objeto semiótico).4

Entonces, si, por ejemplo, puede establecerse respecto de un determinado constructo físico que, para un sujeto determinado (o para una comunidad determinada de sujetos) consiste en “un ámbito donde transcurre la vida familiar” (siendo ése uno de sus significados, entre otras muchas posibilidades), y de otro determinado constructo físico que consiste en “un lugar donde se administra justicia” (siendo ése su significado predominante), etc., ello será así porque, ese sujeto o esa comunidad, han sino intérpretes de algún texto (icónico, indicial o simbólico; o, mejor, de multitud de textos de esas características y su posible combinatoria) que así lo propone; por tanto, una casa o el edificio de tribunales son objetos semióticos y la respuesta del o de los entrevistados, o lo escrito en el o en los libros, o lo visto en tal o cual imagen o film, es lo que utiliza los signos mediante los que la casa adquiere el significado de representar a la vida familiar y el palacio de tribunales el significado de representar a la justicia. Pero si, de pronto, nos encontramos ante una casa concreta, con sus corredores y piezas y puertas y cocina y dormitorios y baños, y sus colores en las paredes y juguetes en el suelo y olores en el aire, etc., podemos preguntarnos acerca de qué clase de vida familiar está representando (construyendo) esa casa y, entonces, la casa es un signo (en rigor, un discurso o contexto de signos) o una semiosis sustituyente y la vida familiar es el objeto semiótico o la semiosis sustituida. Mutatis mutandis, lo mismo sirve para el edificio de tribunales; por eso, por lo general, se busca que sea un edificio de cierta solemnidad arquitectónica, para construir un significado solemne de la justicia; sin perder de vista que la “solemnidad” arquitectónica también es un objeto semiótico que se construye con recursos de la semiosis (sustituyente) de la arquitectura de determinada sociedad, época histórica y escuela arquitectónica, de un modo en el diseño y de otro modo en la obra, los que así se constituyen en otros tantos signos o semiosis sustituyentes y sus objetos semióticos correspondientes.

Pero lo anterior no da lugar a la posible identificación de los dos objetos de conocimiento, adecuadamente diferenciados: por un lado los signos y por otro los objetos semióticos. En ambos casos estamos en presencia de signos, pero que, en los diferentes momentos en que son interpretados, cumplen funciones semióticas diferentes; en un sentido próximo al de L. Hjelmslev cuando optaba por hablar de “función semiótica” y no de “signo” (1971/1966: 49). Cuando los denominamos "signos", atendemos a su eficacia para producir lo que denominamos "objetos semióticos"; cuando los denominamos "objetos semióticos" atendemos al resultado de esa eficacia productora; pero, en ambos casos, se trata de signos. Por eso, un objeto semiótico puede cumplir una función de signo, cuando produce la identificación de otros objetos semióticos; y un signo puede ser considerado como objeto semiótico, cuando atendemos al signo que lo ha producido. Con lo cual, tampoco aquí tenemos un criterio suficiente para admitir que exista una ciencia de la semiótica.

Esto hace que esta interdependencia entre signo y objeto semiótico, esta necesariedad del vínculo, lleve a excluir la posibilidad de que tengamos dos objetos suficientemente diferenciados como para poder hablar de ciencia al referirnos a la semiótica o si estamos más bien ante dos funciones del mismo objeto, lo que cerraría el universo conceptual sin la alteridad necesaria para constituirse en ciencia. Para mí, con la provisionalidad de todo pensamiento que se asume críticamente, lo específico es concebir a la semiótica como metodología rigurosa; reconociendo la validez de quienes prefieran explorarla, utilizarla y construirla como ciencia. El rigor metodológico de la semiótica es lo que permite su utilización para explicar la relación entre determinada enunciación y la capacidad de tal enunciación en construir la calidad ontológica específica de determinado fenómeno social que resultará ser, por efecto de dicha enunciación, un fenómeno jurídico, político, estético, clínico, matemático, astronómico, etc. La semiótica en cuanto disciplina interviene explicando el proceso de producción del significado de toda y de cualquier enunciación; pero la semiótica carece de significado propio, siendo un mero instrumento para explicar los significados de todas las entidades cognoscibles; lo cual también constituye un significado (instrumental) que le confiere su específica existencia ontológica. Éste es el razonamiento que me lleva a concebirla, exclusivamente, como metodología.

Al hablar, en el concepto inicial, de “conjunto de conceptos y operaciones” tampoco pretendo referirme a un conjunto de conocimientos finales, en cuanto verdades, ni sustanciales ni procedimentales, alcanzadas mediante, en este caso, la semiótica, y que así planteados tendrían una pretensión universal de validez, en completa oposición con lo que los propios análisis semióticos pueden evidenciar. Con ello aludo a los conocimientos previos que se requieren para poder llegar a formular los criterios metodológicos en que se fundamentan las operaciones pertinentes al método semiótico, conocimientos también provisionales, como lo son las mismas operaciones que la disciplina semiótica utiliza en un determinado momento.

Desde esta perspectiva, una metodología necesita estar apoyada en un conjunto de conceptos bien (pero siempre provisionalmente) fundamentados. Por ejemplo, entre otros muchos, será necesario disponer de conocimientos acerca del concepto de “signo”, de “representación”, de “enunciado”, de “valor” (éste último como designación genérica de la significación dialécticamente contrastada con los demás signos del mismo sistema, ya sea en su aspecto sintáctico [ser un sustantivo masculino es un significado metalingüístico posible de “sillón”], ya sea en lo relativo a la semántica [la calidad de mueble con peculiares características que se proyecta como el referente de “sillón”] y, en cada caso, recuperada por el análisis del uso); así mismo se requiere disponer de un concepto operativo y empírico de “contexto” (evitando, en las semióticas de la imagen visual o de la imagen musical o de la imagen del sabor o de la imagen del comportamiento, etc., la connotación estrictamente lingüística [su linealidad, por ejemplo] y buscando identificar las características pertinentes a la calidad de cada contexto [por ejemplo, las cuatro dimensiones: lineal, superficial, volumétrica y temporal que intervienen en la configuración del contexto del comportamiento como signo]); y, como dije, de muchos otros términos, algunos de los cuales esbozo en el “Glosario”, en la segunda parte de este trabajo. O sea, hay conceptos que adquieren un específico significado en el ámbito de la semiótica y que son fundamentales para establecer la eficacia metodológica de las operaciones que constituyen la especificidad de la semiótica. Considero, por el contrario, que no existen conceptos que permitan identificar a la semiótica como una entidad autoconsistente en el universo de los fenómenos sociales; la semiótica adquiere, en cada caso, la calidad ontológica del fenómeno cuya significación pretende explicar. Ello es coherente con la posición asumida en el punto anterior, acerca de considerar a la disciplina semiótica como una metodología de investigación en ciencias sociales.

Y aquí una acotación netamente dialéctica: tan provisionales considero a esos conceptos y a esas operaciones que cimientan y dinamizan, respectivamente, a la semiótica, que les atribuyo el destino de llegar a provocar su propia desaparición; de agotar, al aplicarla, su propia potencia explicativa, ya que sus éxitos van demarcando sus propios límites, o sea, aquello de lo que no puede dar cuenta, pero que no hubiera podido llegar a conocerse (en cuanto límite) más que después de haber intervenido y gracias a la aplicación de la propia semiótica. En definitiva, los semiólogos, si cumplimos adecuadamente con nuestra tarea, seremos quienes acabaremos con la semiótica: aplicándola, usándola, mostrando su eficacia, ya que todo ello conducirá a tomar conciencia de sus límites, a saber dónde no resultará aplicable, dónde se mostrará ineficaz, qué pregunta no podrá responder (lo que hoy no es ni siquiera imaginable porque no sabemos todavía que tal pregunta exista o que sea formulable), pero que sólo como resultado de su propia práctica, de su efectiva aplicación, podrá llegar a conocerse ese desconocimiento que la semiótica habrá producido pero que no podrá resolver (Magariños de Morentin, en prensa). En definitiva: el destino de la semiótica es dar a conocer un desconocimiento que ella misma ya no puede resolver. Y de ello surgirá un nuevo conocimiento, una nueva forma de operar que resuelva esa limitación que, sin que se supiera antes de usarla, contenía la semiótica: el conocimiento de su propia negatividad, con la que se construirá una nueva metodología; para que, en definitiva, ese nuevo conocimiento ingrese, también, en un nuevo proceso de agotamiento respecto de esas nuevas respuestas que mostrarán otras preguntas que, a su vez, quedarán sin resolver, y así indefinidamente, construyéndose de este modo la superación histórica (no necesariamente el progreso) como carácter constitutivo del conocimiento humano. 5

1.3 Hacia una teoría dinámica de los discursos sociales

Del concepto de semiótica que venimos analizando quisiera comentar, elementalmente, lo que considero que surge de las dos últimas proposiciones: “.../ cómo se la comunica (a la significación) / y cuáles sean sus posibilidades de transformación.”

En principio, la comunicación constituye el comportamiento (en cuanto proceso) en el que la significación adquiere su específica existencia y es, también, el comportamiento (asimismo, en cuanto proceso) en virtud del cual llega a perder su posibilidad de seguir existiendo en cuanto tal, por exigencia de su propia superación. Esto se puede comprender si se considera que el hecho de transformarse es una cualidad inherente a toda significación.

Tengo que aclarar que entiendo por existencia de la significación su circulación y vigencia (lo que nada tiene que ver con su verdad o falsedad), en el interior de un determinado grupo social.

Al incluir a la significación y al proceso de comunicación de tal significación en el concepto de semiótica, estoy afirmando que la semiótica deberá proporcionar las operaciones necesarias para identificar los modos según los cuales una determinada significación se propone, en un determinado enunciado, para la identificación de un determinado fenómeno social, ante los integrantes de determinada comunidad, circula entre ellos, y resulta interpretada por tales integrantes de ese determinado grupo social (que se constituye en tal en la medida en que concuerdan en compartir o debatir la vigencia de determinada significación) que así la aceptan como uno de los modos posibles de percibir la existencia del fenómeno en cuestión.

En esta circulación, la significación cambia. O sea, los sucesivos interpretantes, al construir nuevos signos, a partir de la interpretación de otros determinados signos, los modifican, de modo que el signo interpretado ya no es el mismo signo propuesto a la interpretación. Esto sugiere la necesidad, inherente a la semiótica, de la construcción de una teoría dinámica de los discursos sociales (en cuanto conjunto efectivamente existente de las construcciones semióticas que circulan en una sociedad).

Esta teoría sería dialéctica (como es dialéctica la propia existencia de la semiótica, según afirmé un poco antes), ya que la interpretación del significado va determinando relaciones de negación y síntesis, que constituyen un gradiente de distanciamiento del discurso inicial, hasta construir otro discurso en el que ya no son válidas las reglas según las cuales se construyó el primero. Estaríamos, en ese momento, ante una nueva semiosis o un nuevo lenguaje; se habrá producido una especie de "ruptura epistemológica" en la sucesión de discursos, lo que correlativamente habrá conducido a la construcción de un nuevo universo de objetos semióticos; o sea, si circula otra semiosis, se construye otro mundo. Y en esta transformación consiste el transcurso histórico, que se independiza del transcurso cronológico, de modo tal que el transcurso histórico puede manifestarse, también, en la coexistencia, en un momento determinado, entre las diferentes partes de una misma sociedad o grupo social, en el cual habría subpartes que habitarían tiempos históricos diferentes, pese a su contemporaneidad (cabría preguntarse, en el transcurso de nuestra cotidianeidad, qué momento histórico enfrentamos cada vez que abrimos una puerta.)

Para producir investigaciones encuadradas en tal teoría dinámica, capaz de dar cuenta de la dialéctica inherente a la existencia de los discursos sociales, la semiótica necesita disponer de determinadas operaciones fundamentales y rigurosas que muestren cómo se produce y cómo se transforma la significación del fenómeno social en estudio.

Como designaciones y descripciones tentativas de los conceptos correspondientes a tales operaciones, he propuesto los siguientes:

1/ atribución de un valor a una forma (significante o representamen6) como efecto del conjunto de las posibilidades de su integración contextual junto a otras formas (significantes o representámenes); construye el valor sintáctico de la forma de cada signo en cuanto pertenecientes a una determinada semiosis;

2/ sustitución entre, al menos, dos semiosis, una de ellas en función de sustituyente y la otra en función de sustituida; construye el valor semántico de las formas de los correspondientes signos pertenecientes a tales semiosis; valor semántico que nunca podría afirmarse de una única semiosis, sino de la interrelación diferencial entre la semiosis que sustituye y la sustituida; esto implica  aceptar que para que haya semántica tiene que haber, al menos, dos semiosis operativamente vinculadas en una relación de sustitución: en una se propone el signo y en la otra se configura el objeto semiótico;

3/ superación entre, al menos, dos pares de semiosis, de modo tal que una semiosis pierde capacidad de sustituir, o sea, de construir los significados de los fenómenos de determinado mundo (primer par: signos sin eficacia para generar objeto semióticos), en virtud de la entrada en vigencia de otra semiosis (que sustituye a la precedente) que construye otros significados de los fenómenos de un mundo que ya no es el precedente (segundo par: nuevos signos con eficacia para generar nuevos objetos semióticos); construye el valor pragmático de las formas de los correspondiente signos pertenecientes a las semiosis involucradas: en el proceso de la comunicación, construyen determinado significado y muestran su limitación para construir otros significados que se hacen posibles a partir del efectivamente construido.7

Considero que estas designaciones y estos esbozos de descripción de las correspondientes operaciones se corresponden con los procedimientos reiteradamente descritos por quienes han construido la teoría y la práctica de la semiótica; lo único que pretendo es sintetizar y abstraer el múltiple pensamiento y las múltiples aplicaciones de la semiótica, de modo que puedan ponerse a disposición de quienes se acercan a esta disciplina para conocer su estructura teórica y la dinámica de su aplicabilidad.

1.4 La base textual del significado. Producción e inferencia

Yo no me comunico en representación de la semiótica, lo que consideraría a la vez pretensioso y absurdo, sino tan sólo a título personal. En realidad, la semiótica, como cualquier ciencia, no existe al margen y con independencia de cada uno de los escritos que la van construyendo. Sólo desde un punto de vista político, en este caso el de la búsqueda del poder académico, puede alguien arrogarse o pretender ser el portavoz autorizado de la semiótica, lo que vendría a querer decir que todo lo que ese escritor dice es semiótica por el hecho de decirlo él. Esto viene a cuento, para aclarar que lo que yo pueda afirmar corre bajo mi exclusiva responsabilidad y que podrá o no ser compartido por otros semiólogos y podrá o no resultar útil para otros investigadores.

Desde esta perspectiva, me interesa comentar el alcance que le atribuyo al concepto de “significado”, por el hecho de considerar a la explicación (1) de su producción, (2) de la interpretación de sus características identificatorias y (3) del proceso de su transformación, los aspectos fundamentales de la tarea analítica que le asigno a la semiótica.

Considero que el término “significado” abarca la totalidad y cada uno de los aspectos posibles que pueden aparecer, como interpretación de determinado fenómeno, en la construcción del conocimiento (poético, científico o mítico) del mundo, tal como lo realiza determinada sociedad en determinado momento de su historia. O sea, uso “significado” como el conjunto de interpretaciones materializadas en determinados discursos, relativas a determinados fenómenos y vigentes en determinado momento de determinada sociedad, con lo que resulta admisible la pretensión de describir y explicar la producción del significado en esa determinada sociedad y momento.

La semiótica procura explicar la producción de esa(s) interpretación(es), siempre con la prudencia de acotar adecuadamente el campo de estudio o contexto en función del cual se considerará viable tal pretensión explicativa. El carácter fundamental que habrá de conferirle rigor al desarrollo que conduzca a la obtención de ese objetivo consiste en que dicha explicación se base en la textualidad de determinada(s) semiosis, o sea, en la materialidad de discursos no sólo verbales, sino también visuales, auditivos (musicales), gestuales, comportamentales, etc. vigentes (o sea, efectivamente en uso y, en diferente medida, aceptables) en determinada sociedad.

Aquí, “textualidad”, así como, en su oportunidad, “contextualidad”, son términos que se refieren a la materialidad existencialmente efectiva de tales semiosis sustituyentes y no al sistema (social, cultural, lingüístico o de la semiosis que corresponda), que siempre, al menos por definición, se considera virtual, en cuanto pura posibilidad. Con la expresión “posibilidad virtual del sistema” se entiende la posibilidad que tiene todo sistema de llegar a manifestarse (transformados sus tipos y relaciones en enunciados en los que se aplican las reglas que lo constituyen) mediante la producción de la correspondiente textualidad, en el proceso de producción de la comunicación (o producción de determinadas semiosis sustituyentes). Por ser esto así, es posible la recuperación de ese sistema virtual, mediante una inferencia que se obtiene invirtiendo el anterior proceso de producción de textualidad; inversión mediante la cual se accede a dicho sistema virtual e inversión en la que consiste tanto el proceso de interpretación como el de investigación, los cuales, a partir de la textualidad (o sea, a partir de la semiosis sustituyente efectivamente producida que se esté percibiendo), permiten inferir la virtualidad (de otro modo inaccesible) del sistema y, por tanto, permiten comprender y/o explicar la eficacia significativa resultante de la producción de dicha textualidad. Recuperar el sistema a partir de los textos que de él se derivaron permite conocer las posibilidades significativas de determinado sistema cognitivo tal como es compartido y diversificado en el interior de determinada comunidad (la cual se identifica por el hecho de poseerlo) y en ello consiste un importante aspecto de la eficacia que se le atribuye a la semiótica.

A la semiótica o, mejor, a los semiólogos corresponde la tarea de ir proponiendo los discursos en que se enuncien las operaciones necesarias, rigurosas y explícitamente definidas que sean eficaces para, a partir de los resultados que se obtengan al intervenir con ellas en las materialidades discursivas mencionadas, inferir el conjunto de operaciones mentales (en que lo individual, en cuanto eventual autoría, se especifica en lo social, en cuanto posibilidad de aparición de tal individualidad), disponibles en determinado momento de determinada sociedad, que han concurrido a la producción de aquellos discursos interpretativos que por hipótesis se ha supuesto que atribuyen significación al fenómeno en estudio (y aquí utilizo “significación” porque me refiero a la calidad de la existencia ontológica atribuida a determinado fenómeno; mientras que con “significado” me refiero a la interpretación de la textualización del concepto que determinados individuos de determinada comunidad atribuyen a un determinado fenómeno, como consecuencia de la interpretación de determinado enunciado que tiene a dicho fenómeno como referente; la “significación” lo es de un fenómeno, el “significado” lo es de un concepto).

El resultado, en caso de tener éxito, será conceptual o afectivo o emotivo o puramente cognitivo (etc.), pero, en cualquier caso, su determinación requerirá partir de concretas (y por supuesto, múltiples) materialidades discursivas, utilizar un conjunto de operaciones1 formalizadas (no necesariamente simbolizadas, pero sí explícitamente definidas) y, por su intermedio, demostrar qué operaciones2 mentales, provenientes de qué vigencia social (o sea, permitidas, exigidas o excluidas por determinado estado de las normas sociales), han dado lugar a los discursos que han construido el significado de los conceptos con los que se construye la significación de los fenómenos en estudio.

Es necesaria esta doble referencia diferencial a “operaciones”, ya que las primeras: operaciones1, son operaciones técnicas destinadas a intervenir analíticamente en los discursos sociales, perteneciendo, por tanto, al ámbito de la disciplina semiótica; mientras que las segundas: operaciones2, son las operaciones cerebrales-mentales de representación/interpretación que produjeron tales discursos, perteneciendo, por tanto, al ámbito filogenéticamente constituido de la facultad semiótica, y que, por hipótesis, pueden ser identificables y recuperables mediante aquellas operaciones técnicas.

1.5 Para ver hay que conocer

Acerca de esta inicial aproximación a las operaciones semióticas fundamentales (atribución, sustitución y superación), hay algunos aspectos que me gustaría comentar.

Uno de los que me interesan especialmente es el relativo a saber si las operaciones de atribución y de sustitución suponen que los valores y las formas preexisten a su puesta en relación. Me interesa porque tiene que ver con la perspectiva cognitivo-dialéctica desde la que, personalmente, oriento la investigación semiótica y, por tanto, su metodología.

En efecto, por una parte, no se pude partir de la nada (todo acto creativo es una diferencia respecto de algo que ya existía). Eso de lo que se parte consiste en la vigencia de determinados sistemas semióticos, en cuanto efectivamente utilizados para construir los respectivos discursos (simbólicos, indiciales y/o icónicos) con los cuales, determinado grupo social (definido a posteriori, por la constatación de tal vigencia y no por algún criterio apriorístico de “positivismo de secano” 8), en determinado momento, construye la significación de la totalidad de los fenómenos sociales (entre los cuales estará el fenómeno en estudio y, por tanto, el/los discurso/s correspondiente/s).

Así que, en un momento dado, todas las posibilidades de atribuir significación a un fenómeno están acotadas por las diversas e incluso contradictorias semiosis sociales (sistemas virtuales y discursos efectivos) vigentes en el grupo social en estudio. Hay una correspondencia entre sistema semiótico y significación de un fenómeno, mediada por el discurso (o semiosis sustituyente) que puede producir (o que puede provenir de) tal sistema y la significación que este discurso puede atribuir a tal fenómeno (o semiosis sustituida).

Hay que tener en cuenta que existe una etapa pre-discursiva (en cuanto todavía no significativa) que es fundamental en este conjunto de operaciones y que puede identificarse como la etapa de construcción del texto, en cuanto resultado, puramente sintáctico, de la combinatoria que permite(n) el(los) sistema(s) utilizable(s) por los miembros del grupo en cuestión. Quienes están leyendo este texto, por una parte lo identifican como resultado de una semiosis lingüística permitida por el sistema de la lengua (castellana), en cuanto conjunto de párrafos sintácticamente correctos; por otra, lo reconducen a un sistema de conceptos preexistente y buscan situar los efectos de sentido que tales párrafos van produciendo acerca de, en sustitución de, como expansión de, en contradicción con, otros conceptos preexistentes y poseídos por ellos (en función de lo cual, aceptan, modifican o rechazan los conceptos que estos párrafos proponen; todo ello, no de un modo procesual, como requiere el describirlo, sino con el sistema neuronal trabajando en paralelo).

Sólo mediante este conjunto de operaciones, el texto se transforma en discurso, al menos en el sentido que aquí les confiero a estos términos; entendiendo por “discurso”: un texto semantizado, y por “texto”: un discurso desemantizado (o un desarrollo sintáctico que todavía no ha sido semantizado). Definiciones recursivas que tienen como eje diferencial, para el texto, la atención puesta en el cumplimiento de las reglas de contextualización de la semiosis de que se trate (en algunos casos, icónico e indicial, de muy difícil determinación, al menos hasta el momento), y para el discurso, la atención puesta en el cumplimiento de las reglas de semantización vigentes para esa semiosis en esa sociedad, o sea, las características de los significados o el “argumento” peirceano, que pueden construirse con tales contextualizaciones (por lo general, de muy difícil determinación, al menos hasta el momento). Si todo se agotara en esta producción de determinados discursos a partir de determinados sistemas la consecuencia sería trágica: no existiría la historia (lo que no deja de ser una pista para comprender, aparte de su falsedad, el autoritarismo e incluso la esclavización de la mente humana implícita en la mera idea de que la historia o algún aspecto de la historia, haya terminado).

Hasta aquí, en este aspecto cognitivo-dialéctico de la relación entre sistemas y discursos mediados por los textos, están dos de las operaciones que vengo comentando: (1) la atribución que construye textos contextualizando, o sea, poniendo a las formas de un determinado sistema en una determinada relación física, material, existencial (e insisto, formas ya bien significantes, si sólo se toma en consideración la contextualización que el propio sistema, en sí mismo, le confiere a las formas de los signos que lo constituyen, ya bien representámenes, si se toma en consideración el valor, provisionalmente sintáctico, que el interpretante conferirá a esas formas contextualizadas) y (2) la sustitución que construye discursos por la interrelación de dos sistemas: el de los signos y el de los objetos semióticos; interrelación que, con sus precisiones, ambigüedades y desplazamientos constituye lo que denominamos semántica, la cual, referida a los signos da lugar a los enunciados (incluso en sentido foucaultiano; M. Foucault, 1969: 116) o semiosis sustituyentes y referida a los objetos semióticos da lugar a los referentes (especialmente en el sentido cognitivo que les atribuye F. Rastier, 1991: 82) o semiosis sustituida.

Una nueva etapa histórica se originará cuando otra semiosis aparezca en los intersticios de esos signos contextualizados (“el sonido y la furia”)9  y en las ambigüedades de esos objetos semióticos (“percepto entrópico”; ver Denbigh, K. G., 1989) y, sobre todo, en la intuición que genera un espacio conceptual posible (“mente borrosa”) acerca de la existencia de otros objetos semióticos posibles que sólo se percibirán después de haberse construido, reiteradamente (con el consiguiente y progresivo envejecimiento de la semiosis que los incluye), los objetos semióticos permitidos por los sistemas vigentes (no sólo lógicos o simbólicos, sino también emocionales, estéticos, metafísicos, etc.; si tal etc. aún puede caber) y cuya construcción, paulatinamente, van dejando de permitir. En el Apéndice 1.8.3 Pensamiento, Semiosis, Mundo, puede seguirse el desarrollo de estos conceptos.

En esa insatisfacción es donde la comunidad empieza a sentir la necesidad de otra semiosis para que nuevos discursos vengan a permitir percibir otros fenómenos, que ya no serán los mismos que los anteriores, del mismo modo que los textos y discursos ya no serán los mismos que antes, sino que otra semiosis habrá aparecido que, por las carencias detectadas en las anteriores, será aceptada por la comunidad, esa misma comunidad que habrá sido su única y efectiva creadora. Cuando esto ocurre y sólo a condición de que ocurra, puede decirse que habrá historia, o sea, que es identificable la intervención de la (3ª) operación, la de superación, en cuanto apertura hacia nuevos (en cuanto efectivamente históricos) universos constituidos por otras percepciones que se hicieron posibles mediante otras semiosis eficaces; en definitiva, en todos los casos vemos lo que las semiosis disponibles nos permiten ver y del modo como nos lo hacen ver (de modo similar, Carlos Varela, 1996: 155, afirma que “ver es creer, en cuanto práctica de la creencia”).

1.6 La significación construida

Sobre el tema de considerar a “la significación como el conjunto de interpretaciones materializadas en determinados discursos, relativas a determinados fenómenos y vigentes en determinado momento de determinada sociedad” no sé si habré logrado trasmitir lo que me propongo.

Yo estoy evitando la significación conceptual o normativa, que sería la que viene predefinida desde determinados sistemas simbólicos y que conduce a la pretensión de estar en condiciones de juzgar si la significación asignada a un fenómeno es correcta o no. Este enfoque conduce a un análisis dogmático-hermenéutico de todo texto y de toda interpretación que se le atribuya, ya que la verdad y la falsedad están establecidas a priori. Así, habría una verdad, en la realidad o en algún sistema de creencias, a la que habría que atenerse; positivismo y dogmatismo metafísico avanzan en total acuerdo.

Otra cosa es que todo texto proceda de algún sistema, ya que esta afirmación pertenece a la descripción del proceso cognitivo de producción de un comportamiento que implica la actualización de una posibilidad, pero que no condiciona la aparición de determinado contenido y no de otro. Lo que estoy buscando es una explicación que dé cuenta del proceso de construcción de la significación que realizan los miembros de una comunidad, al interpretar un texto y, así, conferirle existencia ontológica a un fenómeno. Puede ser que todos produzcan la misma interpretación, o sea, que le asignen el mismo contenido a las interpretaciones que vayan produciendo; pero también puede ser (y, por hipótesis, es lo que afirmo como regla del comportamiento simbólico de cualquier comunidad) que no sea posible reconducir a la unidad el conjunto de las interpretaciones que en esa comunidad se van produciendo acerca de determinado fenómeno en estudio.

Ésta es la que considero tarea fundamental de la semiótica: proporcionar las operaciones mediante las cuales puedan inferirse los sistemas de donde proceden las representaciones - interpretaciones (perceptuales y conceptuales, respectivamente) que van siendo producidas, en determinado momento de determinada sociedad. Y ello incluye sus coincidencias y divergencias, la forma de su pluralidad, esos modelos o configuraciones de significaciones posibles, producidos y provisionales (nunca punto de partida ni punto de llegada definitivos), a los que designo como “mundos semióticos posibles” que pueden definirse como los diversos conjuntos de opciones disponibles, en determinado momento de determinada sociedad, para que sus miembros construyan las significaciones de los fenómenos de su entorno, y la posibilidad de reconocer las opciones creativas que quiebran las disponibles y enriquecen, superándolas, a las semiosis (lenguajes verbales, visuales, kinésicos, etc.) existentes.

Entonces, la disciplina semiótica no proporciona las operaciones que permitan juzgar el grado de proximidad o de apartamiento de las interpretaciones efectivamente producidas en determinada sociedad, respecto de algún dogma de eventual vigencia hegemónica, estableciendo la verdad o la falsedad de tales interpretaciones. Se trata, más bien, de un conjunto de operaciones que permita explicar cuáles son, cómo se construyen y qué transformaciones producen en los modos habituales de significar, esas interpretaciones cuyo registro habrá de requerir un relevamiento representativo y adecuado de las semiosis sustituyentes que circulan en determinado momento de determinada sociedad.

 

1.7 Problemas y divergencias

Quisiera reunir, a título meramente indicativo, algunos de los temas, problemas y concepciones divergentes que considero especialmente importantes en semiótica, sin pretender agotarlos ni resolverlos.

Por ejemplo, la semiótica no es una reflexión crítica, ni un enfoque informal y de algún modo iconoclasta, acerca de la semántica lingüística. La semiótica plantea el problema de la explicación de la producción del significado desde todas y cada una de las semiosis disponibles en determinado momento de determinada sociedad.

La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que la lengua puede explicar (limitadamente) cómo otra semiosis produce determinado significado, pero no puede sustituirla en la tarea de producirlo.

La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que cada semiosis produce un efecto de significación específico e intransferible. Entiendo, provisionalmente, por “efecto de significación” a la confluencia del significado proveniente de los conceptos construidos en los textos de determinada(s) semiosis, con la significación que ello permite, consistente en la atribución de existencia ontológica a determinado(s) fenómeno(s) del entrono. También la expresión “efecto de significación” recalca el enfoque de considerar a la significación como un resultado y no un presupuesto.

La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que ninguna semiosis se basta a sí misma para realizar tal tarea.

La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que existe un dispositivo mental (o quizá algo semejante a la “estructura conceptual” de R. Jackendoff, 1989: 121ss) de coordinación y complemento entre las distintas significaciones que adquiere un fenómeno como resultado de las múltiples enunciaciones visuales, verbales, acústicas, táctiles, kinésicas, gustativas, olfativas, etc., que se vienen formulando acerca de tal fenómeno, cuyos interpretantes se procesan en el cerebro de cada ser humano capaz de identificar ese fenómeno; en este sentido, toda semiótica sería sincrética.

La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que la semiótica estudia, identifica, aplica y (en determinada medida) prevé la eficacia de las operaciones (mentales, calculatorias) con las que cada una de las distintas semiosis atribuyen a los fenómenos del entorno las significaciones que le son específicas.

La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir de la condición de que no se maneje con modelos con los que (1) se clausura toda posibilidad de un nuevo significado y (2) sólo se  puede reconocer lo ya sabido. Por ello, en la semiótica se opta por utilizar operaciones en cuanto reglas rigurosas de procedimiento que no implican el contenido del resultado.

La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que la forma de la expresión construye la forma del contenido y no a la inversa (por lo que no existen contenidos sustanciales ni universales) y de que todo ello sólo ocurre en el interior del sistema histórico-social de conocimiento desde el que un intérprete la percibe y en el que la incluye y donde la transforma y desde el que la transfiere.

La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que toda significación es un constructo y de que antes de que el hombre estuviera sobre la tierra no existía significación alguna.

La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que toda semiosis tiene historia; esto implica que toda semiosis sustituyente lleva en sí el germen de su propia negación (Magariños de Morentin. 2007). Esta “propia negación” consiste en que lo que, en un determinado momento histórico de determinada comunidad, la nueva semiosis sustituyente permite construir no era imaginable desde la anterior semiosis sustituyente (salvo que no haya habido tal construcción, sino una mera reconstrucción). A mi criterio, ni el “significado” en cuanto interpretación textualizada de los conceptos con los que se atribuye significación a los fenómenos ónticos y entrópicamente indiferenciables del entorno, constituyéndolos en fenómenos sociales identificables en el mundo del intérprete, ni la “poética” en cuanto posibilidades semióticas de producción de la significación de los fenómenos sociales, son patrimonio de la lingüística, sino que se comparten entre todas las semiosis socio-históricas disponibles. En este sentido, cada semiosis construye sus propios significados y  tiene su propia poética.

La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que lo que identifica constitutivamente a un grupo social es el uso que hace de sus semiosis sociales para la atribución de significaciones a los fenómenos de su entorno, que sólo con ese uso se constituyen en significativos.

La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que cada grupo social es libre en el uso que hace de sus semiosis sociales, sin tener que cuidarse de respetar verdades metafísicas, verdades científicas o eficacias técnicas de ningún tipo. Esto proviene de que la metafísica, la ciencia y la técnica son los resultados del uso de las semiosis sociales (por tanto, locales e históricos) y no principios válidos previos a toda semiosis.

La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que la libertad en el uso de sus respectivas semiosis sociales tiene como límite la necesidad de comunicación. Así, la creatividad individual tiene como límite externo la interpretabilidad por otro, en algún momento; y tiene como límite interno la posibilidad de alcanzar, en algún momento, la consistencia de la propia interpretabilidad. Fuera de estos límites, hacia el interior o hacia el exterior, comienza la alienación: el individuo tiene que dejar de ser él para sí mismo, para empezar a ser él para otros; hacia el exterior se encuentra con la alienación que le exige la sociedad para integrarlo; hacia el interior se encuentra con la alienación que lo conduciría a ser un alienado de sí mismo (reaparece “el sueño de un demente en el rincón de un manicomio”).

El problema de la identificación de los resultados de los usos a los que las distintas semiosis son sometidas, en un determinado grupo social y en un determinado momento histórico, con el objetivo de construir la significación del entorno, es lo que encuadro bajo la denominación de los “mundos semióticos posibles”.

No existe una reflexión metasemiótica que de cuenta definitiva y consistentemente de la validez y eficacia de todas las semióticas posibles, ya que necesitaría de una metasemiótica de nivel superior que diera cuenta de su propia validez y eficacia (reflexión homóloga a la planteada por Gödel acerca de la lógica. Ver Hofstadter, 1999). Ésta es otra de las razones por las que considero inviable una consideración de la semiótica como ciencia: su única posibilidad como tal consistiría en dar cuenta de su propia  cientificidad.

Con lo que vengo diciendo y atendiendo a que, desde otras perspectivas semióticas, pueden adoptarse criterios diferentes, no pretendo entrar en polémica, sino que, respetando profundamente los diversos criterios vigentes, trato de mostrar las posibles ventajas que puede aportar el hecho de adoptar las que aquí enuncio, como eventuales pautas operativas para la investigación semiótica.

Los criterios de los que he formulado un pequeño resumen (que sólo vale en cuanto punto de partida y que requiere, todavía, de los consiguientes desarrollos operativos), me han dado buenos resultados (en cuanto a la obtención de explicaciones plausibles acerca de la producción, circulación y transformación de las significaciones, socialmente vigentes, de determinados fenómenos) y me han permitido conservar una satisfactoria coherencia teórica, ya que pude mantenerlos sin auto-contradecirme, al menos a lo largo de cada investigación y/o texto académico, pero con libertad para modificarlos al pasar de una a otra investigación o de uno a otro texto. Mantengo mi libertad para seguir cambiando, desde mi adhesión (nunca dogmática) al concepto foucaultiano de sujeto (Foucault, 1969: 68), con el que, hasta el momento, también me siento cómodo.

Desde esta perspectiva, enfrentaré el análisis de las semióticas simbólica, icónica e indicial, y de todas sus variantes y combinatorias tratando de establecer cómo significan, qué significado textualizan y qué significaciones atribuyen al entorno, en determinado momento de determinada sociedad.

 

 

1.8 Apéndices

1.8.1 Otra vez, ¿qué es la semiótica?

He partido de un concepto estático de semiótica al que, después, me he impuesto dinamizar. Lo considero válido y eficaz. No obstante, siguiéndolo a Foucault (1970: 43 et al.), tampoco pretendo que una definición construya el contenido único de una disciplina, sino que podrá identificar un punto de dispersión, a partir del cual se despliegan perspectivas distintas desde las que se construyen interpretaciones diferentes.

Precisamente, la semiótica se impone, como uno de sus objetivos o finalidades, explicar desde qué perspectiva se ha construido determinada interpretación; sin que la semiótica se reduzca a esto.

La actitud diferencial de la semiótica, al menos en lo que a mí me interesa, es que excluye el supuesto de una situación inicial en la que un sujeto se encuentra ante un objeto. La excluye porque su interés consiste en establecer las características del instrumento social mediante el cual se construye un sujeto al involucrarse en la tarea de construir un objeto; proceso a cuyo término recién podrá decirse que ese sujeto se encuentra en presencia de ese objeto. Y ahora dispersemos: los instrumentos sociales que hacen posible esa relación son múltiples; los sujetos que se construyen al manejar cada uno de tales instrumentos sociales son múltiples; los significados que resultan construidos, según el manejo que esos sujetos hagan de tales instrumentos, son múltiples; y las significaciones atribuidas a los fenómenos del entorno (que, como instancia final de esta etapa, así se transforma en mundo), según el manejo que esos sujetos hagan de tales instrumentos, también son múltiples. Por su parte, ésta es la tarea que hará percibibles a los objetos y que permitirá percibir tantos objetos cuantas significaciones se construyan, a partir de los significados disponibles, con lo cual estoy afirmando que la percepción es posterior al conocimiento que tenemos de su posibilidad, y está condicionada por éste.

Desde este enfoque, ninguna característica de determinado objeto, ni general ni particular, es identificable si no es como resultado del modo en que se utiliza determinado instrumento social, utilización y aplicación concreta de la que resultan las características identificadoras del concreto sujeto que así lo ha utilizado.

Lo que, según mi modo de ver, exige la disciplina semiótica, en cuanto explicación del significado, es que, cuando se afirme algo acerca de un objeto, (1) se hagan explícitas las características del instrumento social que se ha utilizado para afirmar lo que se afirma (lo que incluye, por supuesto: para negar lo que se niega de tal objeto); o sea: identificación y descripción analítica de cuáles son y como operan las semiosis intervinientes; (2) que se hagan explícitas tanto la eficacia diferencial del instrumento social por el que se ha optado (frente a la eficacia de otros instrumentos sociales posibles, vigentes y disponibles en determinado momento de determinada sociedad), como las específicas características del uso que determinado sujeto le ha dado a ese instrumento social, frente a los otros usos posibles, vigentes y disponibles por otros determinados sujetos, o por el mismo sujeto en otro determinado momento, para producir la afirmación en estudio; o sea: mostración del contraste dialéctico entre la eficacia diferencial de las diversas semiosis disponibles (al menos, entre dos de ellas).

Lo que, desde mi perspectiva al menos, se excluye de la semiótica es el supuesto de que el objeto tenga características propias de alguna especie, pretendiendo prescindir de que haya un sujeto que se constituya en tal al atribuírselas en función de su modo de utilización de determinado instrumento social. Tales aparentes “características propias” son históricas y provienen, por acumulación, de las significaciones que le fueron siendo atribuidas a través de los tiempos.

Se excluye, también, el supuesto de que el sujeto tenga características propias (salvo su identidad antropológica frente a la de los restantes organismos) de alguna clase con prescindencia de las que provienen de los instrumentos sociales que ha aprendido a utilizar y del modo según el cual los utiliza para atribuirle las características que son identificables al intervenir en la producción de la significación de determinado objeto (la calidad de sujeto es social e histórica; su calidad de organismo es antropológica y evolutiva; sin que estén disociadas una de otra).

Se excluye, asimismo, el supuesto de que el instrumento social tenga características propias de alguna especie con prescindencia de las que le confiere el sujeto que lo utiliza, por el modo de utilizarlo, en determinado momento, para producir determinadas significaciones acerca de determinados objetos.

Se excluye, además, el supuesto de que esta tarea, de que alguien afirme algo acerca de algún objeto, tenga características propias de alguna especie que le permitiese prescindir de algún otro, al menos uno, que interprete esa afirmación de un modo determinado; y por aquí viene resonando Peirce, al incorporar al interpretante a la estructura constitutiva del signo. Lo que alguien dice no estará completo hasta que el significado construido se integre, como un nuevo hábito, en la mente de otro.

De esto resulta que las características, generales o particulares, de determinado objeto son externas al objeto y dependientes del instrumento social utilizado para atribuírselas; que las características del instrumento social son externas a ese instrumento y dependientes del uso que le confiere determinado sujeto en determinado momento de determinada sociedad; que las características del sujeto son externas al sujeto y dependientes del aprendizaje vigente en determinada sociedad para la utilización de los instrumentos sociales disponibles y de la interpretación que se atribuya al modo de utilización y al instrumento utilizado.

Hablo de "objeto" como ente cognoscible; de "instrumento social" como signo (en su unidad) y como semiosis (en su conjunto); y de "sujeto" como ente cognoscente (lo que no excluye a la totalidad de lo biológico al margen del ser humano, en la medida en que pueda constatarse, entre los individuos de esa marginalidad antropocéntrica, algún principio de organización social).

Volviendo al principio: ¿qué es la semiótica?

Provisionalmente, con el sesgo dinámico que aquí he ido completando y sin pretender todavía quitarle eficacia, el concepto relativamente estático propuesto inicialmente podría completarse afirmando que

la semiótica como disciplina
      consiste en el estudio acerca

de cómo se producen las variaciones
en las significaciones de todo lo que le rodea al hombre en el mundo;

de cómo se producen las variaciones
en los instrumentos con los que se construyen aquellas significaciones;

y de cómo se producen las variaciones
en los sujetos que usan estos instrumentos para producirlos y/o para interpretarlos,
desde que el hombre accedió al uso de los signos,

 y sin que consista sólo en eso.

1.8.2 Concurrencia y no contradicción

Como decía, el concepto dinámico de disciplina semiótica, sobre el que reflexioné en el apéndice anterior, no pretende todavía quitarle eficacia al concepto relativamente estático  formulado al comienzo de este trabajo. Y el "todavía" no lo puse para implicar que en algún momento va a quitársela, sino asumiendo la propia hipótesis de variabilidad con que está construido el contenido del concepto de semiótica que he ido elaborando y que supone que, efectivamente, en algún momento, ambos (el estático y el dinámico) van a perderla; lo que consagrará la eficacia de la disciplina semiótica que habrá, así, cumplido su cometido, iniciando una nueva forma de pensamiento, de discurso y de mundo, que serían impensables antes de haber agotado el que la misma semiótica proponía. Pero como puede prestarse a algún equívoco, quiero añadir una reflexión más.

Los dos conceptos de disciplina semiótica, el formulado al comienzo de este trabajo y el que acabo de formular en el anterior apéndice, no se contradicen sino que responden cada uno a una mirada diferente.

Con el último creo haberme referido (al menos ésa ha sido mi intención; ¡oh, los implícitos del hábito del interpretante productor!) a las características de la variabilidad de los modos operativos (con cierta semejanza a un proceso fractal: Mac Cormac, Earl & Stamenov, Maxim I., 1996) que la semiótica le atribuye al sujeto, al instrumento, al objeto y a la interrelación de estos tres elementos, en cuanto práctica socializante.

Con el primero pretendía describir las características metodológicas que serían específicamente aplicables, en cada situación concreta, de entre la permanente variabilidad de cada uno de aquellos elementos, a la tarea de explicar la significación de determinado fenómeno, ya que el trabajo de investigación requiere explicar (y explicar requiere un método) la concreta eficacia con la que, en un momento determinado, un sujeto determinado aplica una semiosis social determinada, para constituir, mediante la propuesta de un determinado significado, la posibilidad de identificar un determinado fenómeno social.

Pero vimos cómo esta explicación tiene que dar cuenta simultáneamente (aunque eso se despliegue en una sucesividad enunciativa) de la diferencia que ese conjunto de operaciones así descrito establece con respecto a la eficacia con que, en el mismo u otro momento determinado, el mismo u otro sujeto determinado aplica el mismo u otro instrumento social determinado, para constituir de la misma u otra determinada manera el mismo u otro significado determinado del que será la misma o habrá pasado a ser otra determinada significación de un determinado fenómeno social. O sea, estoy afirmando que la investigación semiótica tiene que dar cuenta rigurosa y racional (es decir, explícita y, por ahora, conforme a las exigencias de alguna de las corrientes académicas vigentes en el momento de su aplicación) de cuándo, quien, con qué y de qué modo se constituye un determinado fenómeno social y también tiene que dar cuenta rigurosa y racional acerca de cuál sea ese otro cuándo, quien, con qué y de qué modo, respecto del cual el que se está estudiando constituye desde una variación hasta una posible contradicción y que, con determinados requisitos, es la condición necesaria y suficiente para que haya historia. Aspecto que he planteado en Los fundamentos lógicos de la semiótica y su práctica, bajo el nombre de “operación de superación”; sólo que entonces, 1996, la restringía a la variabilidad del instrumento social utilizado para conferir determinado significado a un fenómeno social y ampliando, ahora, el concepto propuesto por el término “superación” al sujeto que lo utiliza, al fenómeno social resultante y a la interrelación de los tres elementos, que siendo los mismos (en cuanto eventual permanencia de su denominación), ya no son los mismos (en cuanto efectiva transformación de su significado).

En definitiva, el concepto actual explora las características semióticas necesarias para la explicación de la producción de la significación de los fenómenos sociales.

El concepto anterior exploraba las características metasemióticas necesarias para la explicación del proceso de producción de la significación de los fenómenos sociales. Ninguno contradice al otro y ambos concurren en la producción del conocimiento acerca de cómo el hombre construye el significado de las semiosis que utiliza y cómo, por su intermedio, atribuye significación mundana a los fenómenos del entorno.

1.8.3 Pensamiento, Semiosis, Mundo

[Modificado: 19-10-08]

[1] Figuras 1 a 11

Figura 1

 

Figura 2

Figura 3

Figura 4

Figura 5

Figura 6

Figura 7

Figura 8

Figura 9

Figura 10

Figura 11

1.8.4 ¿Para qué sirve la semiótica?

INTRODUCCIÓN

La semiótica no es una ciencia, porque la semiótica no tiene un significado que le sea específico: no existe un significado semiótico, o bien, todo significado es semiótico.

La semiótica es una metodología, porque la semiótica puede explicar la génesis (producción) y la eficacia (interpretación) de cualquier clase de significación que cualquier discurso social le atribuya a cualquier fenómeno (sea éste originariamente natural o social).

La génesis y la eficacia de determinada significación son siempre problemáticas, por lo que necesitan ser explicadas.

Toda explicación implica la previa (implícita o explícita) problematización de la significación de un fenómeno; el contenido de la explicación y el proceso de la problematización son acciones subjetivas e ideológicas.

Para conferirle rigor al contenido de la explicación y razonabilidad al proceso de problematización se necesita una metodología que procese la información pertinente mediante operaciones consistentes, adecuadas y decidibles.

Operaciones consistentes son aquellas que no incurren en contradicción al intervenir en un determinado contexto de una misma información; pero identifica la posible contradicción emergente del contraste entre los diversos contextos de una misma información.

Operaciones adecuadas son aquellas que dan cuenta de la génesis y eficacia del significado de un específico fenómeno en estudio, en función de la información disponible.

Operaciones decidibles son aquellas que pueden establecer, de modo consistente y adecuado, mediante la recuperación y el análisis de cualquier nueva información, cómo ésta interviene y si es que interviene, en la construcción del significado de un determinado fenómeno, en un determinado momento de una determinada comunidad.

Las operaciones fundamentales de la semiótica: la atribución, la sustitución y la superación, son consistentes, adecuadas y decidibles; por ello la semiótica constituye la metodología de base para todas y cualquiera de las ciencias sociales (y no sólo de ellas).

1

Por la operación de atribución, una determinada percepción textual adquiere el valor que le confieren las otras percepciones en interacción con las cuales se la percibe (eficacia sintáctica del contexto).

La operación de atribución es consistente, adecuada y decidible.

Consistencia de la atribución: en un mismo o semejante contexto, el valor adquirido por determinada entidad perceptual, en su interrelación con las restantes entidades de un mismo contexto, será siempre el mismo o semejante.

Adecuación de la atribución: el valor adquirido por determinada entidad perceptual en determinado contexto, será un elemento necesario para identificar el significado posible atribuible a determinado fenómeno.

 

 

Decidibilidad de la atribución: ante el valor adquirido por otra determinada entidad perceptual en el mismo o en otro contexto, será posible establecer si contribuye o no a la identificación del significado posible atribuible a un determinado fenómeno.

2

Por la operación de sustitución, determinada comunidad, en determinado momento histórico, mediante determinada percepción textual (que ya tiene un valor atribuido) se construye la significación de un determinado fenómeno (eficacia semántica de la intertextualidad).

La operación de sustitución es consistente, adecuada y decidible.

Consistencia de la sustitución: en la misma o semejante intertextualidad, la significación resultante, para un determinado fenómeno, será siempre la misma o semejante.

Adecuación de la sustitución: la significación adquirida en determinada intertextualidad, será un elemento necesario para identificar ontológicamente a determinado fenómeno (o sea, para que determinada comunidad adquiera conocimiento de su existencia).

Decidibilidad de la sustitución: ante la significación adquirida por otra percepción textual en la misma o en otra intertextualidad, será posible establecer si contribuye o no a la identificación ontológica atribuida a determinado fenómeno (o sea, si se está ante la existencia, para el conocimiento, de un mismo o de otro fenómeno).

3

Por la operación de superación, siempre hay un determinado momento, en el que la textualidad1 pierde su capacidad de sustituir significativamente a determinado fenómeno, con lo que se genera una nueva textualidad2, con valores diferentes y diferente capacidad de sustitución, que construye una nueva significación para el mismo determinado fenómeno, que ya no es el mismo (eficacia pragmática de la transtextualidad).

La operación de superación es consistente, adecuada y decidible.

Consistencia de la superación: dada una determinada transtextualidad, el significado construido por la textualidad2 es irreconducible al construido por la textualidad1, pero cada significado es coherente en su propia y respectiva textualidad; que esto ocurra es necesario para que se puede afirmar la historia de la significación.

Adecuación de la superación: la nueva significación construida por la textualidad2 atribuye una nueva identidad ontológica  a determinado fenómeno, en determinado momento de la historia de determinada comunidad.

Decidibilidad de la superación: ante la significación con la que se pretende identificar a determinado fenómeno será posible establecer si se está aplicando la textualidad2 y se lo construye como nuevo o si se está aplicando la textualidad1 y se lo reconstruye como histórico (eficacia diferencial de las componentes dialógicas intercambiadas entre Sancho Panza y Don Quijote).

FINAL

Del mal uso de las operaciones metodológicas de atribución, sustitución y superación no es responsable la semiótica, sino que lo somos los semiólogos.

El problema es que, conforme a los postulados de la semiótica, no hay otra disciplina semiótica que aquella que construimos los semiólogos.

Notas

1 Ver, en este mismo texto, los puntos: 5.4 Apertura de Peirce en 27 signos; 5.4.1 Peirce-Museo; 5.4.2 Peirce-Arquitectura; 5.4.3 Peirce-Cementerio; 5.4.4 Peirce-Derecho. Y también: 5.5 Los 10 signos peirceanos.

2 Uso la conocida expresión de Peirce “interpretante”, tanto para designar al intérprete (como Peirce prefería: sin connotaciones psicológicas; p.e., C. P. 4.593), como para designar a la eficacia que sume el signo en la mente de tal intérprete (también como se lo proponía Peirce: en cuanto “hábito” producido por el nuevo signo; p.e., C. P. 5.491).

3 En esta dirección apunta Louis Hjelmslev (1971/1943: 49) cuando opta por referirse a la “función semiótica” y no a los signos.

4 Para entrar en la semiótica prefiero la zambullida al lavado de manos. De todas formas, aclaro que el segundo texto de esta Semiótica General consiste en un Glosario en el quedarán definidos, siempre provisionalmente, la mayoría de los términos que estoy utilizando sin previo aviso.

5 Este ha sido el tema de la Introducción que, como compilador hice al Nº 17 de la Revista Cuadernos, de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Jujuy: "Semiótica 2001", número dedicado íntegramente a recopilar las plurales visiones de 32 semiólogos contemporáneos de habla castellana (ver: Magariños de Morentin, Juan. 2002).

6 Quiero formular una breve observación acerca de esta mención, en forma conjunta y equivalente, del par “significante/representamen”, ya que puede despertar ciertas suspicacias entre los cultores de Saussure y los de Peirce. Dicha observación se refiere a que el aspecto perceptual de los signos necesita del contexto con otros para que adquieran significación (al margen, por supuesto, del significado histórico que su uso, o sea, sus contextualizaciones precedentes les hayan ido atribuyendo). En este sentido, me interesa más cuando Peirce se refiere al “representamen” como ese aspecto “perceptual” en cuanto dato (“perceptum”) que vincula con la idea de “representación” (y que habrá de llevarle a la posibilidad de plantearlo como semejante a la relación entre el abogado y su cliente), que no es todavía el “juicio perceptual”, y en el que se basa su concepto de “primeridad” y en el que, por tanto, predomina la categoría de “forma/posibilidad”; digo que me interesa más este enfoque, que cuando lo construye como signo y parece una entidad en un conjunto frente a los otros dos aspectos: su objeto y su interpretante. Al representamen en cuanto forma, que requiere del contexto para fijar su capacidad representativa, lo considero próximo al significante saussureano, cuyos valores, en el sistema de la lengua (que él asume como ya dados en un momento determinado, desinteresándose de explicar su proceso de producción, y limitándose a señalar un estado de tal sistema: sincronía, o a constatar la diferencia entre dos o más estados: diacronía), son el resultado de su uso o contextualización, en los sintagmas del habla; ámbito de conocimiento que Saussure elude y que Peirce anticipa en su “dicisigno”, en cuanto proposición o contexto existencial, y en su “terceridad”, en cuanto conclusión provisional, en ese objeto mental que denomina “interpretante”, del proceso semiótico, con lo que ofrece una base analítica a los actuales enfoques cognitivos de la pragmática y de la recepción. En este sentido, configuro la atribución como la operación que le confiere valor a una forma como resultado de su integración en determinado contexto.

7 Estas tres operaciones semióticas están propuestas y desarrolladas en Magariños de Morentin, 1996a.

8 A semejanza de la designación paródica de “materialismo de secano” utilizada por N. R. Hanson, 1977: 26.

9 Life... is a tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing... (Hamlet de Shakespeare).




2 GLOSARIO

Este breve glosario tiene por finalidad orientar acerca del sentido básico que se les atribuye, en este trabajo, a algunos de los términos que aparecen utilizados más habitualmente.

Dos observaciones son importantes. Por una parte, que se trata de términos de gran complejidad, por lo que la plenitud de su significado se irá adquiriendo conforme se progrese en la reflexión metodológica sobre la aplicación práctica de la disciplina. Lo que aquí enuncio es tan sólo una inicial aproximación, como para comprender, elementalmente, de qué se está hablando cuando se los utiliza; pero también constituye una base conceptual que no podrá modificarse, en el desarrollo de este mismo texto, salvo expresa advertencia y cuidando, caso de concretarse tal modificación, con hacer mutuamente consistentes los sentidos actualizados en cada una de las presencias del término modificado.

La otra observación se refiere a que el significado atribuido a estos términos admite un cierto margen de variación según el autor o estudioso de la semiótica que lo está utilizando. El conocimiento de las fuentes teóricas de la semiótica implica, justamente, llegar a diferenciar estos diversos usos en cada uno de los diversos tratadistas. No pretendo, en estas páginas, desarrollar tal contraste y diferenciación sino asumirlo y proponer una opción entre los conjuntos de rasgos diferenciales posibles. Lo que aquí enuncio convendrá considerarlo, por tanto, como una puesta de acuerdo terminológica, para mejor comprender aquello de lo que estemos hablando. Tanto los participantes como yo mismo someteremos a constante crítica el contenido que le atribuimos a los términos que utilizamos; considero que el rigor, en las ciencias sociales, consiste en utilizar sus términos de modo consistente, o sea, sin incurrir en contradicciones, al menos mientras se permanezca en los límites de un determinado texto, y en explicar y justificar la razón del cambio cuando se los modifique. Como decía Michel Foucault (1969: 28) “No me preguntéis quién soy ni me pidáis que permanezca el mismo: ésa es una moral del estado civil; rige nuestros documentos. Que nos deje libres cuando se trata de escribir.”

2.1. Términos definidos en este glosario

2.1.1 Código

Podemos entender por “código” el registro, ordenado según algún criterio explícito y decidido por su autor o recopilador, de un determinado conjunto de signos, descritos conforme a sus posibilidades de interrelación sintáctica y a sus contenidos semánticos posibles, relativos a un determinado fenómeno social.

2.1.2 Contexto – Cotexto – Paratexto – Peritexto – Epitexto

Entendemos por “contexto”, en el presente Manual, siguiendo la línea más clásica de la tradición lingüística, al conjunto de todos los signos, de características semióticas semejantes a las que posee el que se estudia, que se vinculan sintácticamente con un determinado signo. Este término se emparienta conceptualmente con “sintagma”, en la terminología saussureana, ya que designa el ámbito existencial en el que se realizan las posibilidades virtuales que posee el signo en el sistema (“paradigma”).

También suele hablarse de “cotexto”, introduciendo una notable confusión. Suele utilizárselo, en el ámbito del discurso verbal, con el sentido que acabo de atribuirle a “contexto”; con lo cual, para algunos (esos mismos), redefiniéndolo de modo diferente a como lo formulé inicialmente, “contexto” pasa a ser un término afín con “situación”, en el sentido de poder hablarse, por ejemplo, de “contexto o situación de enunciación”. No es éste el sentido con el que utilizaré el término “contexto” en este Manual, sino con el más convencional, meramente expandido a designar relaciones, no sólo entre los signos lingüísticos integrantes de un texto determinado, sino igualmente entre otros signos no lingüísticos, mientras se trate de signos simultáneamente presentes en un mismo entorno semiótico (en cuanto conjunto de entidades vinculadas por relaciones sintácticas interactuantes).

En la utilización que pueda llegar a hacer, en este Manual, de “contexto” se entenderá, también, por tal a determinado conjunto de signos, de características semióticas diferentes al que se estudia, siempre que se encuentren interrelacionados con éste en una misma situación existencial de comunicación. En este segundo sentido, de entidades pragmáticamente vinculadas en una misma situación comunicativa el contexto designará la vinculación de un signo con otros signos de características diferentes a las suyas o con signos, de las mismas o diferentes características, que aparezcan situados en otra diferente situación existencial, pero comunicativamente vinculados entre sí y modificando (por incremento, restricción o desviación) a otro u otros signos de determinada totalidad. Más empíricamente, las ilustraciones que acompañan a un texto literario son contexto de ese texto (interrelación sintáctica entre signos de diferentes características semióticas); las ilustraciones de determinado autor que acompañan a determinado texto son contexto de otras ilustraciones de otro autor que acompañan a otra edición de ese mismo texto (interrelación contrastante entre conjuntos de signos de las mismas características semióticas, situados en ámbitos existenciales diferentes). Las ilustraciones que acompañan a la edición de un determinado texto literario, consideradas entre sí, o sea, en cuanto conjunto de ilustraciones, constituyen todas el contexto de cada una de ellas, interviniendo, a su vez, todas y cada una como contexto del texto escrito.

La importancia de una diferencia terminológica consiste en la capacidad que posee para diferenciar situaciones o entidades que requieren distinguirse. Aquí tenemos (al margen de la designación que se les atribuya) dos posibilidades: o (1) el signo se vincula con otros signos de sus mismas características semióticas, y lo hace (1a) en el interior de una misma o semejante situación existencial o lo hace (1b) en relación con otra situación existencial; o bien (2) el signo se vincula con otros signos de características diferentes, pudiendo hacerlo (2a) en el interior de una misma situación existencial o (2b) en relación con los signos que se encuentran en otra situación existencial. Estas son las variantes posibles en cuanto a la forma de interrelación entre múltiples signos (dos o más); sobre esto propongo que se lo acepte o que se proponga una concreta modificación de tales interrelaciones. Suponiéndolo aceptable, por el uso que me propongo hacer de este par de términos (con lo que busco hacer coherente la terminología que utilizaré, pero admitiendo la posibilidad de que sea otra o con modificación de su referencia), utilizaré “contexto semiótico” para designar, exclusivamente, a la posibilidad (1a) y usaré “contexto comunicativo” para designar a las restantes posibilidades (1b; 2a; 2b). El problema es importante ya que para explicar por qué se le atribuye un determinado significado a determinado signo es preciso identificar las relaciones que establece con su entorno, y éstas varían según sean signos de las mismas o de diferentes características y ubicados en la misma o diferente situación existencial. No es lo mismo relacionar formas y colores en el interior de una imagen (contexto semiótico), que relacionar determinadas formas con el público que visita la exposición en que se encuentran expuestas o con las paredes de la sala donde se la expone o con la iluminación que cae sobre ella o con otras imágenes diferentes expuestas en la misma exposición o, incluso, con el título de la propia imagen, etc. (contexto comunicativo).

Pero todavía habría más: también cabe hablar del “paratexto”, que Eco retoma de Genette, para referirse a “cuántas cosas (que en principio no serían texto) hay en torno de una obra literaria: solapas, tamaños y caracteres tipográficos, inserción en colecciones, cubiertas, portadas, títulos, subtítulos, comunicados de prensa, dedicatorias, epígrafes, prefacios, notas, entrevistas, correspondencias, reflexiones autorales a posteriori, diarios íntimos y póstumos […] [Además Genette] distingue entre “peritexto”, es decir, todos los discursos que explícitamente forman parte de un libro como objeto físico (como el título y las notas) y “epitexto”, o sea, los discursos que circulan en torno del texto, desde los del editor hasta las entrevistas y confidencias del autor” (Eco, 1989).

2.1.3 Discurso

A los efectos metodológicos, entenderemos por “discurso”, al nombrarlo en este Manual, a un texto con semántica. Cuando a partir de una concreta propuesta perceptual (icónica, indicial o simbólica) se interpretan (intuitiva o analíticamente y cuando se trabaja profesionalmente resulta imprescindible hacerlo analíticamente) las relaciones mediante las cuales se atribuyen determinadas significaciones a  determinados fenómenos sociales, estamos en presencia de un discurso; o sea, cuando se identifica a tales fenómenos como los referentes construidos por dicho texto, éste, en cuanto productor de tal efecto, ya no es texto sino discurso.

2.1.4 Habla-Escritura

Consiste en la actividad concreta de producción e intercambio de expresiones lingüísticas textuales (existenciales, por tanto) que, en forma auditiva o visual, circulan en el seno de una determinada comunidad lingüística. Su estudio (considerado inabarcable por Saussure) ha dado lugar a la pragmática. Aplicando una reflexión peirceana, podemos decir que tanto el habla como la escritura no están constituidas por signos lingüísticos, sino por palabras; siendo las palabras, no signos lingüísticos, sino réplicas de signos lingüísticos. En la terminología de Peirce, las palabras no son tipos: “types”,  sino ejemplares o réplicas: “tokens” de dichos tipos (Peirce, 1965/1931: 4.537-4.538); cuantas veces aparece una palabra en un texto se está ante un ejemplar de determinado signo lingüístico, el cual es uno único, en el sistema correspondiente, por lo que es a éste al que le corresponde la caracterización de “tipo”. La relación entre habla y escritura es compleja y se la enfoca desde diversos puntos de vista (puede verse: Tuchsznaider, E., 2006).

2.1.5 Lengua

Consiste en un determinado sistema (virtual, por tanto) de signos lingüísticos (los tipos de ese sistema), a partir del cual y mediante sus correspondientes réplicas (las palabras habladas o escritas) se construyen las expresiones lingüísticas con las que una determinada comunidad de hablantes configura su entorno. Cada signo lingüístico es uno único; la cantidad de sus réplicas es indefinida; son tantas cuantas veces se actualice, en el habla, ese mismo y único signo lingüístico. La lengua es el conjunto de las propiedades sintácticas y semánticas que caracterizan a los signos lingüísticos. Toda semiosis tiene su propio sistema de signos; aunque carezca de una designación tan contundente como lo es “la lengua” en referencia con el sistema de los signos lingüísticos. Conocer las relaciones que constituyen a los signos correspondientes a cada semiosis, por sus posibilidades mutuas de interrelación, es el objetivo del análisis semiótico. Cuando se conoce el sistema, se conocen las posibilidades expresivas de la facultad semiótica correspondiente; pero conocer el sistema es el resultado de la semiótica como disciplina. Para usar la lengua, como para usar cualquier sistema semiótico, no hace falta conocer las reglas que caracterizan su uso; el analfabeto hace un uso efectivo de la lengua, cuando habla. A este conocimiento se accede por inferencia a partir de las relaciones observables efectivamente usadas en los textos producidos (e interpretados) a partir de los sistemas semióticos correspondientes.

2.1.6 Lenguaje / Facultad semiótica

El lenguaje es el nombre de la facultad cognitiva de que dispone el hombre para la producción de signos lingüísticos. Esta facultad del lenguaje la considero incluida en la facultad semiótica, consistente en la facultad cognitiva de que dispone el hombre para la producción de todas las clases de signos: icónicos, indiciales y simbólicos, con los que da existencia ontológica al mundo en que se identifica su humanidad. El siguiente gráfico (Figura 2) representa la relación entre pensamiento, semiosis y mundo, que se concreta en la facultad semiótica.

[2] (Figura 2: Historia de los sistemas semióticos I)

 

(Ver el desarrollo progresivo de este esquema en: [21] 8.10 La metodología y el análisis histórico del cambio semiótico y en [81] 25 Hacia una nueva historia de los sistemas semióticos.)

Este esquema retoma el desarrollo del Apéndice 1.8.3 Pensamiento, Semiosis, Mundo, correspondiente al punto 1 Concepto de semiótica.

2.1.7 Lingüística, semiología y semiótica

La lingüística es la disciplina que estudia el sistema de los signos de la lengua (pese a la redundancia, aclaro: verbal) así como las características y la eficacia de su utilización.

La semiología y la semiótica, en cuanto disciplinas (ya que vengo diferenciándolas, reiteradamente, de su caracterización con facultad), estudian el sistema de los restantes  signos (según una de las tendencia, como veremos un poco más adelante) o el sistema de la totalidad de los signos (según otra, como también veremos) que están vigentes en determinada sociedad y las reglas (o la pragmática) de su utilización.

Entre semiología y semiótica la diferencia radica, en cierto sentido, en su diferente origen contemporáneo. Con independencia de su inicio en el pensamiento de los estoicos griegos, su recuperación moderna se debe, en gran parte, a la obra de dos autores fundamentales: Ferdinand de Saussure, en Francia, y Charles Sanders Peirce, en los Estados Unidos de Norteamérica. Llevado el término al castellano, su origen latino, en el francés de Saussure, la hace reaparecer como “semiología” (“sémiologie”), mientras que, en el uso de Peirce, el origen anglosajón lo actualiza como  “semiótica” (“semiotics”). Por la competencia teórica predominante de estos dos autores, la lingüística en Saussure y la filosofía y la lógica en Peirce, también se suele utilizar la diferencia para enfatizar el ámbito de los estudios vinculados con la literatura y con un tratamiento en cierto modo blando, en el caso de la semiología, frente a los vinculados a otras formas de comunicación (sin excluir a la palabra ni a otros símbolos), como las imágenes y/o los objetos y/o los comportamientos y/o los recuerdos, y con un tratamiento en cierto modo duro y de mayor rigor y exigencia lógica o científica, en el caso de la semiótica. De todas formas, el motivo de la diferencia va relegándose al origen histórico y cada vez más se impone el término “semiótica”, quizá como un efecto más de la invasión del inglés acompañando a la innovación tecnológica. Yo también he comenzado usando “semiología” y hoy utilizo exclusivamente “semiótica”; en mi caso, el cambio se originó en una búsqueda de connotación rigurosa para la disciplina en cuyo ámbito he optado por trabajar.

Otro aspecto a tener en cuenta es el relativo a la diferencia entre la lingüística por una parte y la semiología/semiótica por otra. El problema consiste en el ámbito abarcado por la una frente al que correspondería a la otra. Una posición, con origen en Roland Barthes, hace de la lingüística la disciplina omniabarcadora, en la que quedaría incluida la semiótica (1964a y 1964b). Para Barthes, todo acaba siendo explicado con palabras, por lo que, en definitiva, sería el sistema teórico de la lingüística lo que explicaría la producción de sentido que se cumple por acción de los diversos signos, cualquiera sea su carácter: imágenes, símbolos, objetos, comportamientos. La crítica a esta actitud consiste en comprender que mediante la palabra se puede explicar cómo actúan los otros signos, además de los verbales, pero mediante la palabra no se puede producir la misma significación que produce cada uno de ellos; operan, por tanto, en función de reglas específicas y diferenciales que requieren su propio metalenguaje para explicar su eficacia. Esta valoración de lo específico y diferencial condujo a Louis Hjelmslev (1971/1943: 135) a afirmar a la semiótica como el continente de todas las demás semiosis, entre las cuales se encuentra la palabra, así como la imagen, la exhibición de objetos y comportamientos, etc.  Este último criterio es el que adopto en los desarrollos metodológicos de este Manual.

Por tanto, cuando hable de una semiótica general estaré haciendo referencia al conjunto de reglas de integración, sustitución y superación (términos cuyo concepto básico se anticipó en el Tema 1 y que, aparte de su tratamiento en Magariños 1996, continuarán siendo desarrolladas desde distintos enfoques) que son aplicables, por igual en todos los casos, a la totalidad de los signos de cualquiera de las semiosis vigentes en determinado momento de determinada sociedad.

Cuando hablemos de semióticas particulares estaremos haciendo referencia al conjunto de reglas de integración, sustitución y superación específicas a los signos de una determinada semiosis icónica, indicial o simbólica (términos con los que nos iremos familiarizando progresivamente) vigente en determinado momento de determinada sociedad.

2.1.8 Objeto semiótico

Es lo que se sabe del objeto o fenómeno. Designa, por tanto, a lo que puede verse y conocerse a partir de las semiosis sustituyentes que históricamente han venido construyendo, deconstruyendo y reconstruyendo el entorno de determinada sociedad o determinados elementos de dicho entorno. Frente a esto, la expresión “semiosis sustituida” designa la novedad (o el intento de innovar) que determinada semiosis sustituyente se propone producir (por tanto, con calidad de signo) como nuevo sentido del entorno o de determinados elementos de dicho entorno. O sea, con “objeto semiótico” se designa lo que, en determinado momento, ya sabemos acerca de determinada entidad porque viene construido desde un signo. Lo que, por ejemplo, nos lleva a manipular una silla sin pensar siquiera en lo que estamos haciendo es una consecuencia de considerarla como objeto semiótico; en cambio después de haber contemplado “la silla” de Van Gogh tenemos una nueva perspectiva para mirar y para relacionarnos con las sillas; la silla vista en referencia a “la silla” de van Gogh, y mientras dura la eficacia comparativa de tal visión, es una semiosis sustituida o, lo que es equivalente, un objeto semiótico; “la silla” de van Gogh, en cuanto enunciado que nos permite ver de un modo distinto a las sillas, y no sólo por estar pintada, sino porque utilizamos su forma propuesta en la pintura como imagen de semejanza y de contraste, es una semiosis sustituyente o, lo que es equivalente, un signo. Por eso la eficacia del signo consiste en atribuirle significación a los entes del entorno, o sea, conferirles existencia ontológica.

2.1.9 Semiosis

Consiste en un determinado sistema (virtual, por tanto) de determinada calidad de signos (que puede ser cualquiera de las tres clases habitualmente sistematizadas: iconos, índices o símbolos o las que surjan por su combinatoria), a partir del cual se construyen las expresiones semióticas (existenciales, por tanto) con las que los integrantes de una determinada comunidad configuran (visual, comportamental o conceptual y simbólicamente)  su entorno.

2.1.10 Semiosis sustituida

Se entiende, en este trabajo, por “semiosis sustituida”, al sentido adquirido por el entorno de quienes utilizan determinadas semiosis sustituyentes y en función de su específica utilización. O sea, cada manifestación de una semiosis sustituyente puede producir alguno de los siguientes efectos cognitivos al darle existencia ontológica a una semiosis sustituida: duplicación, expansión o ruptura. Si una semiosis sustituyente sólo produce un efecto de duplicación, el sentido del entorno no se modifica, sino que se ratifica en su anterior estado. Si una semiosis sustituyente produce un efecto de expansión, el sentido del entorno adquiere un contenido que no había sido construido previamente, pero que responde a las posibilidades de la semiosis preexistente. Si una semiosis sustituyente produce un efecto de ruptura, el sentido del entorno adquiere contenidos impensables desde las posibilidades de la semiosis preexistente, por lo que se dan dos posibilidades: o el intérprete rechaza tal propuesta de sentido o  rechaza la vigencia de la semiosis preexistente y comienza a elaborar una nueva semiosis, lo que lleva a configurar de modo diferente la identidad de los elementos de ese entorno (ver al respecto, G. Della Volpe, 1966/1963: 99ss). De todo esto surge la sinonimia entre “semiosis sustituida” y “objeto semiótico”; lo más que puede diferenciarse es que al considerar a un ente como semiosis sustituida se atiende en especial a los signos que le dieron existencia y al considerarlo como objeto semiótico se atiende en especial a su significación que permite integrarlo en el mundo de determinada comunidad.

2.1.11 Semiosis sustituyente

Se entiende, en este texto, por “semiosis sustituyente” al conjunto de las configuraciones perceptuales (frases, imágenes, objetos y comportamientos exhibidos) con las cuales (a partir de, pero en definitiva con independencia de la intención de su productor) se atribuye un sentido al entorno de quienes las utilizan (como productores, intérpretes o en ambas funciones). Su eficacia, para lograr dicha atribución de sentido, radica fundamentalmente en las relaciones físicas (sintaxis lingüística, configuración gráfica o disposición de objetos o comportamientos) que vincula a los signos que las constituyen. La calificación de “sustituyente” no debe tomarse en ningún sentido que la asemeje a una vinculación especular con las entidades del entorno a las que están dotando de sentido, sino como portadora de la idea de productividad inherente a la eficacia interpretante del aspecto perceptual de los signos.

2.1.12 Semiótica

Con este término se designa, por una parte, una facultad cognitiva y, por otra, una disciplina del conocimiento. En cuanto facultad cognitiva, es el nombre de la capacidad operativa neurológico-mental de que dispone el hombre para la producción de toda clase de signos (entre los cuales, pero no de modo exclusivo ni preferencial, desde la perspectiva por la que opto, están los lingüísticos). En cuanto disciplina del conocimiento es el nombre con el que se designa el estudio de toda clase de signos: básicamente, iconos, índices y símbolos, tendiente a producir la explicación de por qué, cómo y con qué eficacia se producen, circulan y se transforman las significaciones vigentes en un determinado ámbito social.

2.1.13 Signo

Es el término central de la problemática semiótica. En torno a él girarán nuestras exposiciones, comentarios y explicaciones, así como su comprensión adecuada y bien fundada constituirá la base del aprendizaje que puede esperarse obtener de este Manual. Sus definiciones explícitas, tanto la vinculada a Saussure como la propuesta por Peirce, Morris y otros, las iremos viendo en su oportunidad.

(I) Sintácticamente, podríamos decir que el signo es un enclave en un contexto, a partir del cual se desarrolla un conjunto determinado y normado (de modo absoluto o con márgenes relativos de variabilidad) de relaciones, previstas a partir de un determinado sistema de posibilidades, con los restantes enclaves de su propio contexto. (Uso el término “enclave” buscando una designación genérica que permita referirse tan sólo a una entidad física determinada situada o formando parte de un ámbito físico determinado; desde el punto de vista sintáctico sólo interesa esa entidad en cuanto punto de origen y de destino de las relaciones que pueden identificarse entre ella y los restantes componentes de ese ámbito concreto.)

(II) Semánticamente, podríamos decir que el signo es la menor parte de una propuesta perceptual que le atribuye significación a algo distinto de ella misma en el mundo. (Esta “menor parte de una propuesta perceptual” se refiere a la parte que ya tiene la función de producir algo que no estaría en el mundo si no fuera porque lo percibimos de determinada manera a partir de la propuesta que la contiene; que es a lo que apunta la expresión, que utilizo frecuentemente: “conferir existencia ontológica”.)

(III) Referencialmente, podríamos decir que el signo es  el más elemental concepto que puede identificarse en otra determinada propuesta perceptual. (Esta “propuesta perceptual” ya no es la de apartado anterior que, desde otro enfoque, es la misma que correspondería al asiento de las relaciones sintácticas, sino que se refiere a lo que percibimos cuando percibimos eso distinto de las otras dos pero producido conjuntamente por ellas.) O sea, es lo que se puede encontrar en el mundo, luego de que los aspectos sintáctico y semántico del signo le han conferido a algo existencia ontológica.

O sea, lo mencionado en (I) y (II) es lo mismo visto de dos modos diferentes; lo mencionado en (III) es otra cosa, ya que es el resultado eficaz de la acción combinada de (I) y (II).

Estos tres aspectos requieren, además, de un intérprete que será quien admita, transforme o rechace la propuesta referencial, sintáctica y semántica en que consiste determinado signo. Si consideramos a la eficacia del signo, tal como está establecida en determinado momento de determinada sociedad, con prescindencia del intérprete (como designación del universo de sus usuarios) que ha ido configurando tal eficacia, estamos en un planteo típicamente saussureano. Si consideramos a la eficacia del signo, tal como está establecida en determinado momento de determinada sociedad, en función del trabajo semiótico del interpretante que ha ido configurando tal eficacia (interpretante que ya no es su usuario o intérprete, sino uno de los componentes inherentes al propio signo), estamos en un planteo típicamente peirceano.

2.1.14 Sistema

Consiste en una articulación de entidades (signos), cuyo valor está constituido por el conjunto posible de sus funciones relacionales respecto de todas las demás entidades del mismo universo y por el conjunto de sus posibilidades sustitutivas o referenciales respecto de las entidades identificables en algún otro universo diferente, todo ello a nivel virtual. El sistema no tiene existencia efectiva, pero contiene todas las posibilidades, realizadas o no realizadas pero realizables, para actualizar los signos en los correspondientes textos y discursos. Conociendo el sistema puede saberse si determinada configuración perceptual efectiva (una frase, una imagen, un comportamiento, etc.) es posible a partir de tal sistema. A la inversa, si conozco un conjunto de realizaciones efectivas (frases, imágenes, comportamientos, etc.) relativas a un determinado fenómeno social en estudio (por ejemplo la campaña propagandística de determinado candidato político) puedo reconstruir el sistema (comunicativo, ideológico, programático, etc.) del que se partió para su producción. O sea, a partir del texto puedo recuperar el sistema (operación inferencial); a partir del sistema puedo afirmar si un determinado texto es o no posible (decidibilidad). La recuperación del sistema del que surgió la posibilidad de que se concretase un determinado texto o discurso es una de las más importantes finalidades del análisis semiótico. Un sistema puede diseñarse y a partir de él producir determinadas manifestaciones perceptuales de la semiosis que corresponda; pero, por lo general, la producción de manifestaciones perceptuales no es, por parte del productor, tan consciente como para tener identificado el sistema que está manejando. El análisis semiótico permite, por ejemplo, recuperar (conocer, explicar su eficacia e, hipotéticamente al menos, replicar la eficacia productiva de) el sistema lingüístico, sintáctico y semántico, que utilizó, en las distintas instancias de su vida de producción poética Antonio Machado, o el sistema que aplicó, en las distintas etapas de producción de sus configuraciones de textura, forma y color, Pablo Picasso, etc. Un sistema es la condición de la existencia de una propuesta perceptual; pero, como es virtual, no permite un acceso directo que permita describirlo; se requiere reconstruirlo a partir del análisis de las relaciones constitutivas del conjunto de propuestas perceptuales existencialmente configuradas a partir de la virtualidad de tal sistema. Por tanto, la propuesta perceptual contiene las relaciones que se concretaron, de entre todas las posibles preexistentes en el sistema.

2.1.15 Texto

A los efectos analíticos, entenderemos por “texto”, a lo largo de este Manual, a un discurso sin semántica. Pese a la tradición lingüística de esta terminología, la utilización que propongo de este término “texto” no se limita al universo de los signos lingüísticos.  O sea, cuando de una propuesta perceptual, cualquiera sea su calidad semiótica (se trate de iconos, índices o símbolos), se toman exclusivamente sus relaciones sintácticas, diremos que se está identificando el texto de esa propuesta perceptual. Por oposición al sistema, que es virtual, el texto es un fenómeno fundamentalmente existencial, o sea, percibible. Nunca podemos referirnos a él ni a sus componentes como a una abstracción. Pero su importancia es fundamental, en especial en las operaciones analíticas, por lo que puede admitirse la vigencia de la máxima: no hay semántica sin sintaxis (o sea, si se pretende explicar el significado hay que partir de relaciones efectivamente existentes en el texto). Por ello, también, la importancia de las relaciones semióticas que se denominan “contexto”.



3 INTEGRACIÓN COGNITIVA INTERSEMIÓTICA*

3.1 Diferencia y especificidad de las semióticas

Hace más de 10 años, en un libro titulado Del Caos al Lenguaje (Magariños de Morentin, 1983) me permití reinterpretar el mito de la Torre de Babel, como simbolizando el nacimiento de la libertad. Se pasaba de una única lengua (el Jafético) a la multiplicidad de las lenguas y, si esto perjudicaba la comunicación inmediata, favorecía la posibilidad de transformar los entornos en otros tantos mundos (crear otros tantos mundos semióticos posibles), uno por cada una de tales lenguas. La lengua única volvió a ser un desideratum racionalista (la "characteristica mathematica" de Leibniz; Dascal, Marcelo, 1987) que nuevamente fue dejado en suspenso desde la explosión de la razón en las múltiples, locales y, cada una en su contexto, totalmente válidas formas de razonar, con que se inicia la post-modernidad. La multiplicación de las lenguas nunca fue un castigo, salvo para quienes consideran que la libertad lo es.

En la nueva Babel, de la que somos contemporáneos, se produce la multiplicación de las semióticas, en particular con el auge de la imagen y de la música. Hace muchos más años, en 1967, pronuncié una conferencia en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, cuyo titulo fue "Contra la Palabra". No es que contuviese algún ataque frontal contra la palabra, en cuanto sublime instrumento semiótico; era un texto que se complacía con el final de su imperio (tanto en lo que se refiere a la extensión de su presencia, como al absolutismo de su jerarquía excluyente) y que festejaba la consolidación y la puesta a disposición de la humanidad, de multitud de otras formas de construir otros mundos posibles, como eran la imagen, el sonido y la informática (ya no sólo lo verbal).

Dos reflexiones, aparentemente contradictorias, acompañan esta nueva configuración de la feria de las semióticas: (1) cada semiótica tiene su especificidad y (2) ninguna puede interpretarse con independencia de las restantes.

En efecto, por una parte es preciso separar los campos de las semióticas respectivas, porque el efecto de significación de la palabra no coincide con el efecto de significación de la imagen, ni estos con el efecto de significación de la música; ni cualquiera de los anteriores con el efecto de significación de cualquier otra semiótica interviniente en cualquier otra percepción sensorial o en la combinatoria de varias de ellas. Es una forma de romper el imperialismo de la lengua, como lo quebró Hjelmslev (1971/1943: 129ss) al ubicar a la lengua como una región, junto a otras, de la semiótica y ya no como el espacio ineludible de toda semiótica posible. Si bien la palabra puede explicar cómo la imagen o la música producen su significado específico, no puede producir, ni traducir, tal significado especifico, pudiendo, todo lo más, transcodificarlo o transponerlo, pero sin posibilidad de reproducir el específico significado visual o acústicamente producido. Época, pues, de multiplicación y de desarrollo de las semióticas que carecen de la inmensa historia que viene acompañando a lo verbal. "Feliz el rey que tiene un buen cronista", podría decirse de la lingüística, evocándolo a Panini, en el siglo IV a.C., y a todos los gramáticos y lingüistas que, tras él, contribuyeron al esplendor de la palabra; lo que, para jerarquizar la imagen, sólo comienza a partir del Renacimiento y, para dar testimonio del honor y gloria de la música, sólo a partir del siglo pasado (F-J Fétis, entre 1860-1865, escribe, en 8 volúmenes, una Biographie universelle des musiciens et bibliographie generale de la musique; citado en Norbert Dufourcq, 1963). Ni que decir respecto del tacto, del olfato o del gusto, pese, en este último caso, a las delicias propaladas por Anthelme Brillat-Savarin en 1825 (ver Roland Barthes, 1984: 285-306) y al aporte personal y a la compilación de anónimos precursores que realizara, a principios de este siglo, el gran gastrónomo Jean-Marie Parmentier (1908). Sólo en la década del 50, aparecen los primeros escritos acerca de lo kinésico con jerarquía de disciplina teórica, inaugurándose (sin así designarla y teniendo que levantar la hipoteca racista que la viciara años antes) la posibilidad de una semiótica de la educación física (ver Alejandro Amavet, 1957).

Múltiples semiosis, pues, existentes desde el comienzo de la humanidad, pero disponibles ahora con una riqueza y una contundente inmediatez como nunca antes había sido imaginable.

Pero (y con esto comienza la segunda de las aparentemente contradictorias reflexiones), ¿cada una con su experiencia diferente?, ¿con su eficacia particular?, ¿con su aislamiento?, ¿con nuevas pretensiones hegemónicas sobre las otras semióticas?

3.2 La articulación de las diferentes semióticas

No habrá habido una auténtica superación (ésa con la que se construye la efectiva historia de la facultad semiótica y, por tanto, la efectiva historia de la humanidad) si tales múltiples semióticas no se articulan según criterios que no reproduzcan la apetencia imperialista de la palabra. Y no habrá un posible estudio de las características teóricas y empíricas de estas semióticas si no se lo enfoca desde su mutua y humana interrelación (humana, no en cuanto exclusiva de la especie, sino en cuanto el hombre genera determinadas particularidades de su interacción que lo identifican como especie y que se configuran como facultad semiótica fundamental; la misma que fue designada, todavía en la inmediatez de su profesionalismo y afirmando la hegemonía de lo verbal, como facultad del lenguaje por Saussure).

La preocupación que estoy comenzando a esbozar se refiere a la abundancia de estudios semióticos y/o semiológicos que se centran en una determinada y exclusiva semiótica, como si alguna pudiera dar cuenta de su eficacia prescindiendo de las restantes. Esto nada tiene que ver con la concurrencia de diversas semióticas en la producción de una determinada comunicación que, así, resulta más rica y plena, sino con la pretensión de interpretar una semiótica con prescindencia, al menos, del rastro que en ella hayan dejado otras semióticas diferentes.

Inevitablemente se recuerda la pretensión de Condillac al tratar de dar cuenta de lo que cada uno de los sentidos, por sí solos, aportan al conocimiento del mundo y a la formación de la conciencia, en ese artificio de "la estatua" como metáfora del estado inicial del hombre, cual tabula rasa (Condillac, 1947). En la introducción a la traducción al castellano de Eudeba, 1963, Rodolfo Mondolfo comenta que, en la ficción de la estatua, "intervienen dos condiciones estrechamente vinculadas entre ellas e igualmente contrarias al logro de la síntesis mental que Condillac se esforzaba por alcanzar: 1) el aislamiento de un único sentido con respecto a todos los demás, o bien el de los sentidos subjetivos con respecto al único reconocido objetivo; 2) el supuesto de un alma que sea pasividad originaria, a partir de la cual debería engendrarse toda la actividad espiritual por obra de la sensación misma" (Condillac, 1963: 27)

Una crítica semejante puede suscitar el estudio aislado de cada una de las semióticas, empíricamente existentes en nuestro universo cultural, con la confluyente pretensión de explicar lo que cada una de tales semióticas aporta, por sí sola, a la formación de la conciencia humana.

Esto resulta aun más grave por dos motivos, al menos para quienes nos consideramos peirceanos y cognitivistas: está en abierta contradicción con las propuestas fundamentales de la teoría del signo en Peirce y se margina de los actuales desarrollos de las llamadas ciencias cognitivas (también restrictivamente consideradas como investigaciones cognitivas, según la visión de Rastier, 1991).

Prefiero comenzar con un breve comentario acerca de este último tema de la marginación, ya que después voy a proseguir desde una posición más próxima al pensamiento peirceano.

3.3 La marginación de la semiótica en el universo de las ciencias sociales

Al hablar de marginación me refiero a la dolorosa sensación que, en cuanto semiólogo, siento cuando leo los estudios de los cognitivistas más destacados y, por lo general, no encuentro en ellos, ni el término "semiótica", ni ninguna referencia a los desarrollos de los estudiosos de la semiótica.

No hay que reducir el problema mediante respuestas facilistas en base a pugnas de escuelas o a un supuesto positivismo del que padecerían los cognitivistas, haciéndoles imposible incorporar la visión constructivista que predomina en la semiótica.

Simplemente, los estudios semióticos, por lo general (dejo claramente expresada la existencia de trabajos de otra clase y calidad), no siguen las pautas de rigor que, en la actualidad, son de práctica en el discurso de las ciencias sociales.

Los semiólogos solemos utilizar un discurso predominantemente metafísico, con la supuesta justificación de tratar un tema tan inasible como es el de la creación, comunicación y transformación de la significación. Se llega a hablar de una "hermética semiótica" que, en su versión renacentista, parecía comenzar a desaparecer en la época de Leibniz, pero que todavía provocaba airados ataques por parte de Kant (Colilli, 1993: 37), existiendo, afortunadamente, "en la actualidad, la tendencia a considerar al paradigma de la exégesis hermética como un tanto deteriorado, ya que priva al lenguaje del poder comunicativo, como reflexionaba Eco, al provocar una continua postergación del significado" (Colilli, 1993: 77)

Pese a ubicarme en el extremo opuesto a estas concepciones holísticas y tanto más si son herméticas, no voy a entrar al debate que subyace en la pretendida vigencia de la calidad computacional del discurso de las ciencias sociales (computacional, tanto en cuanto calculatorio como en cuanto informático); simplemente, adopto como válido este último enunciado: el discurso de las ciencias sociales tiene calidad computacional, por considerar que el carácter instrumental de la tecnología informática se impone, cada vez con mayor contundencia, lo que lleva a valorar las propuestas teóricas en las ciencias sociales, según la posibilidad de incorporarse a (o de ser susceptibles de transformarse en) un programa de computación. Cito, a título de ejemplo del tipo de reflexión que acabo de formular, las obras de Marvin Minsky, 1986; de Pierre Lévy, 1990, 1994; de Paul Thagard, 1988, 1992; y de Douglas Hofstadter, 1995. Esta es la demanda social a la que los semiólogos parecemos no atender o que, incluso, rechazamos. De ahí el mencionado silencio o marginación de la labor semiótica por parte de esa línea de autores.

No obstante, considero, también, que el aporte que la semiótica está en condiciones de ofrecer al restante universo de las ciencias sociales es de importancia tan fundamental que, hasta que se haya cumplido la incorporación a dichas ciencias sociales del conocimiento elaborado desde la semiótica, éstas no lograrán alcanzar los objetivos que se proponen. La exigencia para nosotros, semiólogos, será la de formular los aportes, fundamentalmente metodológicos, de la semiótica en un lenguaje calculatoriamente operable, conscientes de que hay un conocimiento semiótico que, por el momento, es informáticamente inalcanzable, pero tratando de llegar, con los criterios de ética científica que formuló Peirce (1966: 2.219-226), hasta donde más podamos. Creo firmemente, y en este sentido vengo trabajando desde hace más de 25 años, que, después de haberse derrumbado los mitos de la matemática, como único lenguaje formal de cualquier ciencia, y de la lógica, como forma definitiva del interior lenguaje mental (al estilo del "mentalese" de Fodor, 1994), la semiótica es la metodología de base específica para las ciencias sociales.

Estoy enfocando un desarrollo de la semiótica que no aísle cada uno de los sistemas semióticos y que no espere explicar la producción de la significación desde uno u otro, tan sólo, de tales sistemas. Por eso llamo la atención hacia la necesidad de desarrollar análisis intersemióticos rigurosos, como actitud crítica insoslayable para producir el aporte metodológico que constituye la responsabilidad de la semiótica en la historia de las ciencias. Que este lugar, en el que confluyen diversos sistemas semióticos, cuya dinámica caótica (John R. Van Eenwyk, 1996: 330) también tiene que ser reconsiderada y recuperada para la teoría semiótica general, está disponible se advierte apenas se estudian con cierto detenimiento los trabajos de los principales investigadores actuales en el campo de la percepción, de la producción de imágenes y de la construcción o producción del referente.

Rastier (1991: 91), uno de los pocos investigadores en esta área con verdadera formación semiótica, registra la demanda de Jackendoff (1983, 1989; reiterada en 1992) acerca de la descripción de la arquitectura de la información y del proceso de correspondencia que vincula, en la Estructura Conceptual, a la información proveniente de los diversos sentidos corporales, sacando a la semántica del ámbito exclusivo de la lingüística y haciéndola resultado de la interacción armónica de las componentes conceptuales construidas con la información procedentes de tales múltiples sentidos. Esto constituye la base para que Jackendoff pueda hablar del referente como de “un mundo proyectado” (1983: 23).

Y, para ello, Jackendoff, a su vez, sigue a David Marr (1982), en quien encuentra la base para establecer qué niveles de lo perceptual cumplen en lo visual un papel homólogo (y quede bien clara la importancia de la diferencia, pese al esbozo de coherencia), al que los niveles de lo fonético, lo sintáctico y lo semántico cumplen en la explicación generativista de lo lingüístico (y quede bien clara la importancia de la diferencia, pese al esbozo de coherencia).

David Marr, en efecto, señala los niveles del esbozo primario, el esbozo 2½-D y la representación del modelo 3-D, como las instancias incorporadas interactivamente para alcanzar la identificación de los objetos en el mundo, que no son los datos primarios e intuitivos para la percepción (Marr, 1982: 295ss), sino el resultado de integrar las percepciones de superficie, borde y profundidad (constitutivas del esbozo primario) en las visiones centradas en el observador (pertinentes al esbozo 2½-D) de modo que permitan la producción de las percepciones centradas en el objeto (representación que se alcanza mediante el modelo 3-D; Marr, 1982: 37). A esta secuencia, en la organización mental de las imágenes del mundo, la considera Jackendoff (1987: 193) como afín a la fonética (el esbozo primario), a la sintaxis (el esbozo 2½-D) y a la semántica (el modelo 3-D), valorando, no obstante, como ya advertí, más las diferencias que las similitudes (dejo abierta la crítica a esta correspondencia, por la distinta relación existente entre la lengua por una parte y las imágenes pictóricas por otra con los procesos de representación/interpretación de los respectivos referentes).

Pero, dice Jackendoff (1987: 194), "la traducción entre lenguaje y visión se especificará mediante un conjunto de reglas de correspondencia entre uno o más niveles visuales y uno o más niveles lingüísticos. Idealmente, las dos facultades deberán interactuar mediante aquellas representaciones cuyas unidades confluyen en la correspondencia más próxima y cuyas funciones están relacionadas del modo más próximo". Esta interrelación de dos niveles no es más que el esbozo de la tarea que habrá de realizarse incorporando las restantes fuentes de información: "estos dos niveles de representación constituyen un núcleo central al que acceden diversas facultades periféricas, incluidas la percepción visual, el lenguaje, la percepción háptica, la percepción corporal y la acción" (1987: 207).

Dejando de lado la arbitraria restricción a los "dos niveles" (ya que de ese núcleo central participan igualmente las semiosis cuya materia prima proviene de los restantes sentidos), lo que postula como Hipótesis de la Estructura Conceptual es que "Existe un único nivel de representación mental, la estructura conceptual, en el cual la información lingüística, sensorial y motriz son compatibles" (1983: 17).

3.4 La especificidad de la semiótica para dilucidar correspondencias y divergencias entre lo visual y lo lingüístico

Con esto se plantea el desafío fundamental para nuestra disciplina. ¿Es posible, desde la semiótica, aportar un conocimiento específico que permita identificar el proceso en el que se cumple esa compatibilidad, que permita describir esas reglas de correspondencia entre lo visual y lo lingüístico o que permita explicar el comportamiento del conjunto de operaciones que establezca ese modo de representación mediante el que se interpretan las informaciones proporcionadas por los diversos sentidos? Además, ¿sólo desde la semiótica puede aportarse ese conocimiento? Creo plausible, pero no inmediatamente fundamentado, poder responder a ambas preguntas que sí.

Como marco de trabajo o encuadre general del problema, puede formularse una hipótesis complementaria de la propuesta por Jackendoff como “Hipótesis de la Estructura Conceptual” (1983: 17), a la que, tentativamente, denominaría Hipótesis Inter-Semiótica de la Estructura Conceptual: Existe un único nivel de representación mental, la estructura conceptual inter-semiótica, en el cual las representaciones icónica, indicial y/o simbólica de la información lingüística, sensorial y/o motriz son compatibles, lo que permite la producción de la interpretación. O sea, si se han identificado los rasgos más elementales de esta estructura conceptual inter-semiótica, junto con el proceso de las relaciones inter-semióticas que la generan, es posible instrumentalizarlos para dar respuesta a un problema determinado, en un momento y lugar determinado, acerca de la confluencia e interactividad de los textos (de cualesquiera materias primas semióticas) que produjeron cada una de las significaciones vigentes atribuidas a determinado fenómeno social. Es preciso, tan sólo, haber investigado o investigar ambos aspectos, el que establece el procesamiento semiótico mínimo de representación y transposición (o transducción) aplicado a la información que acerca de dicho fenómeno se recibe, como condición necesaria para su almacenamiento, y el que hace a la arquitectura semiótica mínima que configura el almacenamiento de dicha información, como condición necesaria para su contraste y disponibilidad.

La producción de la semántica (a la que se ubica en el espacio mental del "interpretante", coincidiendo con la "Estructura Conceptual" de Jackendoff y con nuestra "Estructura conceptual inter-semiótica") ocurre como consecuencia de la relación del aspecto "representamen" de los signos que constituyen un texto, con el aspecto "fundamento" de los signos que constituyen un referente.

En esta tarea y centrándose en lo visual, el trabajo de David Marr apunta a establecer los pasos necesarios para una identificación de los objetos, tarea de cuyo éxito depende que puedan considerarse como objetos semióticos (aunque Marr no les atribuya esta designación). Para D. Marr (1982: 3) "la visión es, primero y fundamentalmente, una tarea de procesamiento de la información", con lo que "rechaza la teoría en la que el principal trabajo de la visión sea derivar una representación de la forma" (1982: 36), ya que para él, como para James Gibson (1979: 22), en la percepción, no preexisten los objetos sino las superficies; el objetivo de Marr consiste en establecer las reglas de un determinado cálculo que, a través de una serie de procesos, efectuados a distintos y progresivamente más complejos niveles, le permita "comprender cómo las descripciones del mundo pueden obtenerse eficaz y confiablemente a partir de sus imágenes" (1982: 99).

Aparentemente, Marr, según el modelo 3-D, obtiene la representación de los objetos del mundo, mediante un procesamiento de la información visual, sin ninguna otra referencia textual, lo que, sin embargo, no es lo que él realiza. La organización modular que propone proviene de que "la descomposición de una descripción usada para el reconocimiento [...] nos permite elaborar una descripción que captura la geometría de una forma para un nivel de detalle arbitrario" (1982: 305-306). La descripción de una forma, necesaria para su reconocimiento, implica atribuirle una determinada identidad, la cual constituye un predicado semántico. Marr no podría llegar a su conocido diagrama acerca de la descomposición de la imagen del humano, si no fuera a partir de un "representamen" construido por la geometría como semiótica sustituyente (y, en cuanto tal, otra efectiva referencia textual). Por tanto, la identidad del humano, como la de los distintos animales con los que construye su Catálogo de Modelos 3-D (1982: 319), es el resultado semántico (en una "Estructura Cognitiva" en cuanto "Interpretante") de la relación entre dos semióticas: aquella a la que utiliza como sustituyente (el representamen), que para Marr sería la geometría de los conos truncados o conos generalizados (como lo es, también, en el caso de los geones de Biederman, 1995: 12) y aquella que queda configurada como sustituida (el fundamento), que para Marr sería la forma, percibida como resultado de un proceso perceptual, desde el esbozo primario y a través de la dimensión 2½-D, y nunca ya como resultado de una percepción ingenua. Por interacción entre ambas surgirá la identidad del objeto en el interior de lo que vengo nombrando como "Estructura Conceptual Inter-semiótica". Se trata del mismo proceso que he caracterizado, en otro trabajo (Magariños de Morentin, 1990: 10), como "el dilema semiótico: es necesario que una semiosis deje de ser lo que es 'en sí' (el juicio perceptual: un fenómeno de la lengua) para que otra semiosis sea, no lo que es 'en sí' (la percepción: un fenómeno sensorial), sino aquello en lo que la primera la constituye (el referente: un fenómeno semiótico y, en cuanto tal, significativo)".

Esta Estructura Conceptual Inter-Semiótica posee la configuración que, en principio, bien puede corresponderse con la configuración propuesta por Peirce en su análisis del Interpretante: un aspecto cualitativo (el Interpretante Inmediato o, mutatis mutandis, Emocional y también, en definitiva, una Primeridad de esa Terceridad que es el Interpretante); una efectiva interpretación (el Interpretante Dinámico o, mutatis mutandis, Energético y también, en definitiva, una Segundidad de esa Terceridad que es el Interpretante); y un resultado diferencial o cambio de hábito, en cuanto nuevo signo producido en la mente del Interpretante (el Interpretante Ultimo o Final -que nunca lo es más que para un concreto e instantáneo proceso de interpretación- o, mutatis mutandis, el Interpretante Lógico y también, en definitiva, una Terceridad de esta misma Terceridad que es el Interpretante) (Peirce, 1966: 5.470-493 y 8.314-315).

Por eso, si bien la tarea de Marr resulta imprescindible para el semiólogo en cuanto reconstruye el proceso "calculatorio" según el que se procesa la información visual hasta alcanzar la percepción 3-D de los objetos del mundo, podemos decir, en ese momento, que Marr es insuficiente; es la semiótica la que exige la intervención de otro universo (conscientemente Marr se refiere, como tal, a la geometría, pero no le reconoce eficacia constituyente ni, menos, calidad semiótica) para que se produzca la identidad de tales objetos, como valor semántico agregado y producido por la intervención de ese (en el caso de Marr, geométrico y no otro) representamen. Desde un representamen geométrico, es ésa, y no otra, la representación modular que se obtiene. Antes de conocerse la geometría, la representación del ser humano según "conos truncados", vinculados según determinada sintaxis contextual, sería inimaginable (y, todavía, irreconocible, si algún marciano más adelantado nos la hubiese propuesto).

Téngase en cuenta también que la materia prima de una semiótica no está constituida por íconos, índices y símbolos, sino por la materialidad de la información (al modo hjelmsleviano de "la sustancia de la expresión") procedente de alguno de los sentidos mediante los que nos vinculamos con el entorno: se tratará, pues, de datos visuales, acústicos, táctiles, olfativos, gustativos, de sensación corporal (kinésicos), etc., dejando abierto el repertorio, con este etc., a la inclusión de otras posibles informaciones. Lo que permiten los íconos, índices y símbolos es constituir en signos a esa misma materia prima, cuando lo que se utiliza para cumplir el proceso semiótico de tomar algo del fundamento del objeto y proponérselo a un interpretante es el aspecto icónico o el aspecto indicial o el aspecto simbólico de esa materia prima. Como resultado de esta tarea, la eficacia icónica, indicial o simbólica de la relación establecida entre una semiótica (visual, acústica, táctil, etc.) y la representación de determinadas imágenes percibidas (visuales, acústicas, táctiles, etc.), constituye el espacio propio de la semántica, ya que tal eficacia depende de la construcción (eventual cambio-de-hábito) que realice el interpretante final, lo que irá precedido por el efecto real de interpretación que realice el interpretante dinámico, en función del sentimiento que en él, en cuanto interpretante inmediato, despierte la cualidad seleccionada.

Regresemos, ahora, a la otra dirección propuesta para la expansión, la que explora la sucesión de los niveles semióticos posibles de interpretación.

3.5 Transposiciones e intersemiótica

Se trata del fenómeno de transposición por el cual la semiótica con la que se produjo la construcción significativa de determinado referente se toma como nuevo fundamento para que otra semiótica lo formule según una nueva construcción significativa (reformulando, a su vez, si bien de un modo distante e indirecto, el primer fundamento).

Se ha estudiado la tipología de las transposiciones, para el supuesto de la permanencia en el interior de una misma semiótica que concretamente es la lingüística. Así H. Parret (1993: 116, 117), a partir de ciertas referencias de Landowsky y Greimas, recupera la tríada "metalenguaje/ descripción/ paráfrasis" a la que interpreta como correspondiendo "a los tres tipos de producción de formas, la científica, la semiótica y la lingüística, respectivamente".

La transposición del sentido puede ocurrir, también, cuando se cambia de semiótica, si bien la tarea puede resultar no ya en una transposición (que supone la variación en el margen de cierta permanencia) sino en una producción de otro sentido, lo que requerirá hablar de traducción (inter-semiótica, no inter-lingüística) o algún otro tipo de operación que pueda llegar a identificarse y definirse.

Los estudios cognitivos, tanto cognitivistas (más o menos próximos a la línea chomskyana, como los que se vienen citando de Ray Jackendoff) como conexionistas (más vinculados a F. Varela y R. Maturana, 1984/2003, Ronald Langacker, 1987, 1991 y a Paul Smolensky, 1988), son importantes por las hipótesis operativas acerca de las reglas que organizan el comportamiento de la mente (los cognitivistas)y por las hipótesis descriptivas acerca de los recorridos y conexiones neuronales (los conexionistas) con las que proponen explicaciones plausibles acerca del almacenamiento e interrelación de la información sensorial; asimismo por el original encuadre del dualismo mente-cerebro, al que se incorpora la teoría del caos y de las metáforas fractales (Ilya Prigogine, 1996; Earl Mac Cormac & Maxim I. Stamenov, 1996). También son importantes por la utilización y/o programación de instrumentos informáticos y de Inteligencia Artificial para la representación de esta arquitectura y procesamiento de dicha información sensorial; a partir de este enfoque se producen importantes replanteos en la epistemología (ver Thagard, 1988, 1992), en el estudio de las imágenes (por ejemplo: Barlow, Blakemore & Weston-Smith, 1990), de la semántica (por ejemplo: Danièle Dubois, Ed., 1991), de los mundos posibles (Sture Allen, Ed., 1989) y en la mayoría de los campos de las ciencias sociales.

Pero todos estos estudios tienen, en general, un límite: no dan una explicación satisfactoria (quizá ni siquiera se lo proponen) acerca de las posibles interpretaciones y, en consecuencia, acerca de la producción de la significación social de los fenómenos que estudian.

Pretender omitir el conocimiento de la teoría de los signos, cuando lo que se estudian son fenómenos sociales, sólo puede responder a una estricta segmentación del campo de estudio basada en determinados y ya históricos criterios teóricos o bien es una actitud originada en una increíble ceguera intelectual (¿puede algo ser social sin ser ya signo?; ver Juan Magariños de Morentin, 1996a: 250-252). O, tercera posibilidad que no hay que dejar de lado, alguna responsabilidad tenemos en ello los estudiosos de la semiótica.

Creo que hay, en estos momentos, un espacio intelectual disponible e interesante, en el que se asocian los estudios semióticos y los cognitivos. Algunas aproximaciones se están efectuando (véanse los trabajos de Rastier, 1991; Gardin, 1987a, 1987b, 1991; Vignaux, 1992; Danesi, 1993; Santaella & Nöth, 1998, etc.). Creo que existe un desafío importante que está permitiendo perfilar las bases de una tarea interdisciplinaria o de un enfoque teórico sincrético, con un amplio campo de trabajo experimental. Se trata de una semiótica cognitiva en que la riqueza de la investigación semiótica, ampliamente fundamentada a partir de la lectura operativa de los textos de Peirce, se asocia con el rigor y el enfoque calculatorio de los métodos cognitivos. De esta Semiótica Cognitiva puede surgir un conocimiento de los fenómenos sociales que haga de la semiótica el instrumento metodológico fundamental de las ciencias sociales; y de las ciencias sociales las protagonistas en la expansión del conocimiento humanístico durante los comienzos del próximo milenio.

 

* [Trabajo presentado en el III Congreso Internacional Latinoamericano de Semiótica, celebrado en la Pontificia Universidade Católica - PUC-SP, Brasil, 1996. Publicado en Lucia Santaella (Ed.), Caos e Ordem na Filosofia e nas Ciências; ps. 194-205. São Paulo: Programa de Estudos Pos-graduados em Comunicação e Semiótica da Pontifícia Universidade Católica de São Paulo, 1999.] [Considero útil recuperar, con algunas actualizaciones, este texto que propone una actitud metodológica muy relacionada con la problemática pluri-semiótica de la comunicación que se cumple en muy diversos ámbitos, desde el museo hasta Internet.]



4 GUÍA ELEMENTAL PARA DISEÑAR UN PROYECTO DE INVESTIGACIÓN

Considero conveniente reflexionar acerca del diseño de los proyectos de investigación en los que se utilice, de modo riguroso, la metodología semiótica, ya que ello puede ayudar a entender algunas expresiones relativamente complejas que no pueden dejar de utilizarse al exponer dicha metodología. Propondré, por tanto, los pasos que, a mi criterio, es necesario seguir para elaborar un Proyecto de Investigación con metodología semiótica. En general, coinciden con las exigencias de la mayoría de los formularios para la presentación académica de Proyectos para Becas o Tesis de muy diverso tipo. Lo específicamente semiótico tiene que ver con el particular enfoque que desde nuestra disciplina recibe cada uno de esos pasos y mi propuesta consiste en tratar de ir precisando esas particularidades y, en lo posible, de anticiparme a responder las preguntas que formularían quienes decidan trabajar con esta metodología1.

Como diseño básico de un Proyecto de Investigación, propongo el siguiente.

4.1 Descripción del tema y planteamiento del problema

No existe investigación sin un problema al que se pretenda encontrar una explicación; o sea, se trata de identificar la contradicción o el conflicto o la divergencia entre interpretaciones que perturba la significación que se le atribuye a determinado fenómeno social o natural. En principio, un problema apto para ser trabajado con metodología semiótica tendrá que ser un problema acerca de la significación de ese fenómeno2. Pero, en realidad, considero que todo problema, en las ciencias sociales, tiene que ver con la producción, comunicación y/o transformación de la significación de algún fenómeno. Conviene reflexionar acerca de la posibilidad de encontrar la falsación de esta última afirmación. Es un desafío que les planteo y que me planteo: ¿existe algún aspecto de un fenómeno que no tenga que ver con su significación? Por supuesto, depende del contenido que se le atribuya al concepto de “significado” o de “significación”. En mi caso, este contenido es muy amplio ya que se materializa en la interpretación textualizada que determinado individuo, perteneciente a determinada sociedad, en determinado momento histórico, le atribuye a determinado enunciado o a determinado fenómeno social o natural. Es en esa interpretación textualizada donde puede surgir la contradicción, el conflicto o la divergencia de significaciones posibles, o sea, el problema; ya bien en el interior de una única interpretación o entre dos o más interpretaciones vigentes en determinada sociedad o en sociedades diferentes y ya bien entre interpretaciones vigentes en un mismo o en diversos momentos históricos.

4.2 Elaboración del marco teórico pertinente

También en principio (o sea, pudiendo encontrarse algún otro tipo de matices), el autor de un Proyecto de Investigación, al redactar su Marco Teórico, establece los paradigmas epistemológicos o las corrientes actuales que están reconocidas en su disciplina, como adecuadas para el tratamiento de los temas y problemas afines a los que el investigador ha descrito e identificado al cumplir con la exigencia propuesta en el punto anterior. Es la oportunidad para que enuncie qué aspectos toma de unas y de otras de tales corrientes y paradigmas3, así como para que, en los casos en que considere necesario apartarse de las definiciones vigentes en aquellos paradigmas, redefina, según su propio criterio, los términos teóricos que considera fundamentales; por esto, corresponde que incluya un Glosario en el cual el autor discuta, ajuste y defina tales términos, atribuyéndoles el significado que se compromete a mantener consistente durante su investigación. El Marco Teórico es asimismo el espacio de que dispone para mostrar, según la bibliografía que aporta y que deberá ser lo más exhaustiva posible, la originalidad de la investigación que se propone realizar. Aquí, el enfoque semiótico servirá como una guía crítica para evaluar los paradigmas y corrientes vigentes y para justificar las opciones que vaya realizando el investigador.

4.3 Formulación de las hipótesis teóricas

Mediante enunciados concisos (formulados preferentemente según la estructura de un condicional, en virtud del cual, si resultan válidos determinados antecedentes [que es lo que deberá probarse], entonces resultarán convalidados determinados consecuentes), el investigador anticipará las que considere que son las explicaciones adecuadas del o de los problemas descritos en el primer punto. A estos enunciados los consideraremos como las Hipótesis Teóricas de la investigación que se proyecta (a diferencia de las que veremos a continuación y que corresponde considerarlas como Hipótesis metodológicas o de trabajo). El carácter de estos enunciados hipotéticos será, según la terminología de Peirce, el de abducciones, o sea, afirmaciones resultantes del conocimiento teórico y de la experiencia personal (social y profesional) del investigador, que deberán ser probadas, prueba en la cual consiste el trabajo de investigación que se proyecta. Es un momento fundamentalmente ideológico en el proceso de elaboración de un Proyecto de Investigación, que será transformado en riguroso o científico mediante la comprobación de la correspondiente propuesta explicativa (y es uno de los aspectos que sustentan la afirmación de que no hay ciencia sin ideología).

4.4 Metodología

4.4.1 Marco Teórico-Metodológico

Corresponde, aquí, desarrollar los fundamentos teóricos que justifican la aplicación de la metodología semiótica a la investigación que va a desarrollarse. Además deberá, también, justificarse la corriente de la semiótica y las operaciones correspondientes que van a utilizarse, por su adecuación a la resolución del problema del cual se trata.

4.4.2 Corpus

Consiste en la determinación del ámbito social del cual van a seleccionarse los datos (a los que conviene diferenciar de la información que resultará identificada en tales datos por las correspondientes operaciones) que se consideran útiles para justificar la explicación que se propone en la Hipótesis. En una investigación con metodología semiótica, el corpus estará constituido por discursos sociales, con el amplio margen de diferencias que puede abarcar esta expresión: básicamente, podrá tratarse de Semiosis Simbólicas (predominantemente verbales, orales o escritas), de Semiosis Icónicas (predominantemente visuales, tanto estáticas como dinámicas) o de Semiosis Indiciales (predominantemente comportamentales u objetuales) o de Semiosis en que se combinan las precedentes, que será el caso más frecuente. La identificación del corpus tendrá, también, el carácter de Hipótesis, en este caso metodológica o de trabajo, ya que la adecuación de dicho corpus para probar la hipótesis teórica puede resultar falsa; o sea, el corpus seleccionado puede no contener las relaciones que se consideran necesarias para alcanzar las explicaciones que se pretenden. (Ver, en el Apéndice, algunas particularidades de este tema en el apartadoSobre el corpus”)

4.4.3 Operaciones

En este apartado se dará cuenta de las Operaciones Semióticas que van a utilizarse para el análisis del corpus establecido en el apartado anterior y mediante las cuales podrá identificarse, en dicho corpus, la información necesaria para establecer la explicación pretendida. No es suficiente con mencionar las grandes líneas de intervención,  como ”el análisis del discurso” o “la retórica de la imagen” o “una ecología comportamental”, etc., sino que debe especificarse cuáles de las operaciones correspondientes a estas eventuales corrientes van a utilizarse efectivamente, aportando la definición explícita de tales operaciones, ya bien referidas al autor del que se las toma o según la transformación que proponga el analista y futuro investigador. La enunciación de las operaciones tendrá, también, el carácter de Hipótesis, en este caso, como en el anterior, metodológicas o de trabajo, ya que la aptitud de tales operaciones para intervenir en cada uno de los discursos sociales que constituyen el corpus y hacer emerger las relaciones que se consideran como la información necesaria puede resultar falsa, o sea, sin capacidad para evidenciar las relaciones que construyan las explicaciones que se pretenden; con lo cual, supuesta la aceptabilidad de los restantes aspectos, habrá que seleccionar otras operaciones que permitan recuperar y mostrar cómo está construida y cuál sea el contenido de la información básica a los efectos de probar las hipótesis oportunamente planteadas.

4.5 Bibliografía

Todo cuanto ha sido mencionado en los puntos precedentes, y que, necesariamente, aparte del aporte personal del autor del Proyecto, procede de otros diversos autores, tiene que estar adecuadamente referenciado y quedar registrado en la bibliografía del Proyecto de Investigación.

4.6 Conclusiones

El Proyecto de Investigación finaliza con un párrafo acerca de los alcances esperados mediante el trabajo propuesto. En lo que respecta a las Hipótesis, este alcance, en el proyecto, estará limitado a advertir que todas las hipótesis de la investigación, tanto las teóricas como las de trabajo y/o las relativas a la metodología (acerca de la adecuación del corpus y acerca de la aptitud de las operaciones) han resultado comprobadas; o bien, si tal fuera el caso, corresponderá establecer que han resultado falsadas, y en qué medida (todas o algunas de ellas), en cuya contingencia deberán rechazarse, siendo distinto el alcance, respecto a la consistencia del Proyecto de Investigación, según cuál o cuáles sean la o las hipótesis que resulten rechazadas. Asimismo, las conclusiones pueden anticipar la transferencia que se supone llegarán a tener los resultados de la investigación, o sea, cuál sea la política social que, en su área correspondiente, podrá adoptarse en función de los resultados de la investigación o cuáles sean los resultados que podrán difundirse académica o profesionalmente, como avalados por la investigación realizada.

Hasta aquí un elemental esbozo de los pasos conducentes para elaborar un Proyecto de Investigación utilizando metodología semiótica. Cada punto platea dudas y vacíos que deberán responderse o llenarse e, incluso, el mero hecho de su enunciación permite disentir con el contenido sugerido de tales pasos o etapas y proponer otros más adecuados a un enfoque semiótico de la investigación. Esto constituiría una superación de la propia metodología, en sentido específicamente semiótico, que es el más deseable destino de toda propuesta teórica o metodológica.

Notas

1 Aconsejo completar este esquema con mi “Esbozo semiótico para una metodología de base en ciencias sociales” (Magariños de Morentin, 1996a: 247-300).

2 "Un problema se especifica proporcionando sus condiciones iniciales y los objetivos que deben alcanzarse. Una solución de problema es un conjunto de pasos, simulados o efectivamente realizados, que conducen desde las condiciones iniciales al objetivo" (ver, Paul Thagard, 1993; p. 45)

3 Teniendo en cuenta, por ejemplo, la ecléctica posición de Paul Feyerabend (1974).

4.7 Apéndices

4.7.1 Sobre el corpus4

4.7.1.1 La recopilación del corpus

La recopilación del corpus 1

Uno de los primeros pasos, al organizar una investigación que se pretenda desarrollar con metodología semiótica, consiste en establecer el corpus pertinente.

Quizá, por la influencia histórica del positivismo, este tema se presenta como no problemático: se trata de recopilar los datos que constituyen al fenómeno que se pretende explicar y el cuidado del investigador se centrará en ser objetivo, veraz y exhaustivo. Por otra parte, los semiólogos parecemos afectados por el vicio intelectual de problematizarlo todo. Y, justamente, yo estoy por sugerir la necesidad de no dejar el tema a nivel intuitivo, sino de reflexionar acerca de qué es lo que pretendemos hacer cuando nos proponemos recopilar el corpus pertinente para nuestra investigación; reflexionar acerca de si es tan simple y carente de problemas el ser objetivo, veraz y exhaustivo al recopilar el corpus que necesitamos. No es un mero capricho el de problematizar lo que, antes de caer en nuestras manos, era simple. Gran parte de la reflexión semiótica se centra en lo obvio, porque lo que requiere cuestionarse y analizarse para establecer su aceptabilidad es lo admitido como válido a priori e indiscutiblemente; o sea, lo que aquí planteamos como discutible es lo que, según se nos ha enseñado, debemos dar por válido ya que es imprescindible para comenzar a investigar e incluso para empezar a pensar. E inevitablemente, se recupera la imagen de Descartes, cuya tarea filosófica consistió en cuestionar lo obvio de eso que es pensar. Solo que, en vez de hacer filosofía, nuestra pretensión es producir explicaciones rigurosas acerca de los fenómenos sociales de nuestro entorno (incluyéndonos a nosotros mismos). O sea, que la pregunta (compleja) a la que necesitamos responder con precisión y eficacia, en el tema por el que he optado, sería:

¿Dada una significación problemática (en cuanto contradictoria frente a otras o construida con contenidos mutuamente inconsistentes), cuál es el corpus del que necesito disponer para aplicarle las operaciones semióticas que me permitan explicar por qué determinado fenómeno social tiene esa determinada significación problemática, de dónde procede tal significación, cómo se la interpreta y cuándo y por qué habrá de transformarse?

El contenido del corpus sigue siendo la información sobre la que voy a trabajar cuando he elegido determinado fenómeno como mi objeto de estudio; sólo que su identificación y el establecimiento de sus características específicas, no es tan simple como lo era el concepto de dato para los positivistas, pese a que ésa sigue siendo su característica fundamental: el corpus es lo dado, de modo tal que, una vez identificado y aceptado como válido, lo que sigue como tarea necesaria es aplicarle los instrumentos analíticos que muestren su eficacia para evidenciar cómo ese corpus contiene las relaciones materiales y conceptuales (diría "sintácticas y semánticas", pero esto sólo lo menciono marginalmente para no quedar encerrado en la problemática del metalenguaje lingüístico) que intervienen necesariamente en la producción social del significado del fenómeno en estudio.

Esto tiene una gran cantidad de implícitos que necesitan aclararse, por lo que generará una gran cantidad de preguntas que deberán irse respondiendo por el propio investigador. Pero lo que quisiera dejar afirmado (lo que no quiere decir que sea incuestionable) es que el corpus necesario para responder a una hipótesis semiótica acerca de las características de determinada significación de determinado fenómeno en determinado momento histórico de determinada sociedad, habrá de ser aquel que construya la específica significación del fenómeno en estudio. Entonces, la pregunta central a la que responderán las características y los criterios identificadores que permitan seleccionar el corpus de información necesario será:

¿Qué texto (o mejor: conjunto de textos de una misma o de múltiples características semióticas [simbólicas o icónicas o indiciales, o por combinatoria de éstas]) construye el significado específico que una sociedad (o cada uno de los sectores sociales de esa totalidad, específicamente identificables por el hecho de conferirle significados diferenciales a un mismo fenómeno cuya significación se estudia) atribuye, en un momento determinado (y a diferencia de los atribuidos en otros momentos históricos y planteando contradicciones que los diferenciarán de los de otros momentos futuros), a un fenómeno determinado (en contraste con los que atribuye a otros fenómenos que comparten su ámbito existencial)?

Vuelvo a rescribir la pregunta sin los paréntesis:

¿Qué texto construye el significado específico que una sociedad atribuye, en un momento determinado, a un fenómeno determinado?

Cada uno y el conjunto de los textos así identificados, es decir, todos aquellos que tengan esa cualidad fundante, integran el corpus necesario (hipotéticamente) para explicar la significación problemática de determinado fenómeno al que esos textos se refieren (por lo que, una vez identificada la hipótesis que se propone para explicar el problema a investigar, ésa es la primera tarea empírica que habrá de realizarse).

Será necesario que cada investigador tome en cuenta la calidad de los fenómenos que son su objeto de estudio (según los trabaje desde el derecho, la psicología o el psicoanálisis, la sociología, la historia, la filosofía, la literatura, la política, la antropología, etc., etc., etc.) y que trate de establecer cuales son los textos (o, en sentido más amplio, las semiosis) que le confieren a tales fenómenos esa concreta significación o el conflicto de significaciones que constituye el problema en estudio. Si la tarea de identificación y recopilación de tales textos es clara y evidente, mejor; aunque lo dudo y desconfiaría de tal simplicidad. Fundamentalmente, porque considero que hemos mal-aprendido (con nuestra formación, primero con fundamentos enciclopédicos y después positivistas) a ver el mundo como un conjunto de fenómenos que están dados de por sí y que contienen su razón de ser en sí mismos y que sólo requieren ser vistos (o comprendidos) correctamente. El planteo semiótico fundamental establece algo muy diferente, pero que aproximadamente consistiría en decir (quiero dejar abiertas las puertas a una posible modificación de la enunciación) que los fenómenos que constituyen el mundo no se nos dan desde sí mismos, sino que nosotros los identificamos adecuándolos a nuestras posibilidades de designación; ni contienen en sí mismos su razón de ser, sino que la proyectamos nosotros en función de las categorías disponibles en nuestra estructura conceptual; ni tampoco son vistos (ni comprendidos) tal como son, sino como nuestra modalidad de enunciación nos hace verlos (o comprenderlos) en el entorno perceptual correspondiente.

La recopilación del corpus 2

Voy a trabajar, por tanto, sobre una concepción del corpus que lo identifica como el conjunto de propuestas perceptuales que son el soporte de la eficacia semiótica que hace surgir, ante nuestra mente, la existencia de los fenómenos de nuestro entorno. Ello implica aceptar como "significación" el carácter ontológico atribuido al fenómeno al que se aplica. El concepto de signo, en cuanto propuesta perceptual mediante la cual algo diferente al propio signo adquiere sentido, permite afirmar que todo corpus se concreta en un conjunto de signos (o de enunciados, en sentido foucaultiano). No contradice a la definición de “corpus” de los lingüistas; lo especifica, orientándolo en el sesgo que habrá de interesarnos, añadiéndole otras exigencias.

Una investigación no puede comenzar recopilando un corpus. Para afrontar esa tarea, tienen que haberse dado, al menos, dos pasos previos: (1) haber identificado un problema, y (2) haber formulado una hipótesis que se proponga como posible explicación de aquel problema, en la tarea de cuya verificación se ocupará la parte fundamental del trabajo de investigación y sin haber formulado la cual no se podría saber qué deberá recopilarse para validar qué inferencia explicativa.

Al corpus, por tanto, lo estoy considerando como un conjunto de informaciones que resulta necesario para que la hipótesis cumpla su función de explicar el problema. Pero esto todavía no es suficiente para identificar a dicho corpus. Los diversos aspectos que puede presentar un problema tienen una relación necesaria con la significación del fenómeno social problematizado. Aunque lo he dicho en multitud de oportunidades, lo reitero una vez más: todo fenómeno es social (debidamente entendido, puede afirmase que no existen fenómenos exclusivamente naturales, del mismo modo que y siguiendo el mismo razonamiento por el cual, pese a contradecir en esto a Morris, se puede afirmar que no existen signos naturales) en la medida en que, lo que de cualquier fenómeno (así como de cualquier signo) nos interesa es cómo se lo interpreta, ya sea en la comunidad social considerada de modo inespecífico (lo que diríamos "cómo lo interpreta la gente") o de modo restringido a ámbitos sociales específicos (como lo interpretan los políticos, o los académicos, o los gremialistas, o los artistas, etc.). Interpretar un fenómeno no puede ocurrir sin la intervención de un sujeto, pero tampoco interesa en cuanto actividad interna o privada de un único sujeto; la interpretación interesa en la medida en que se exterioriza al comunicarse (o sea, trabajamos sobre interpretaciones explícitas) mediante un texto verbal o una propuesta gráfica o una disposición o una actitud, respectivamente, en una exhibición o en un ritual. Interpretar un fenómeno social constituye, en principio, un acto de atribución de sentido y no de captación de algún (im)posible sentido original, natural o esencial; en un segundo momento, el conjunto de los sentidos construidos mediante las interpretaciones comunicadas que hemos podido percibir constituye la significación que le atribuimos (como se habrá observado, uso "sentido" como "átomo de significación", designando mediante "significación" al conjunto de todos los "sentidos" efectivamente vigentes, en determinada comunidad, acerca de determinado fenómeno, y de cuya mutua inconsistencia surgirán los diversos mundos semióticos posibles vigentes en la comunidad en estudio). Y esta significación, tal como se puede llegar a constatar que circula en determinado momento de determinada comunidad, puede consistir en una única propuesta compartida por todos los integrantes de tal comunidad o divergir hasta propuestas netamente contradictorias. La hipótesis por tanto es una propuesta de explicación de esta unanimidad (raramente) o de esta divergencia (lo más habitual). Lo que va a constituir el corpus va a ser ese conjunto de textos (o para designarlo con mayor precisión metodológica, de semiosis sustituyentes, que podrán ser simbólicas o icónicas o indiciales, o con la materia semiótica que resulte de la combinatoria de estas tres) donde se materializa, mediante su enunciación, aquella interpretación.

Entonces, el corpus cuya recopilación habrá de interesarnos será el que esté constituido por el conjunto de propuestas perceptuales (discursos verbales, imágenes visuales, comportamientos, etc.) que le confieren calidad ontológica al fenómeno en estudio. O sea, aquellas que lo hacen ser de determinada manera y no de otra, para quienes lo perciben en un momento determinado y no en otro, de una determinada comunidad y no de otra. No se trata de recopilar los textos de los que se pretendería que proporcionen una descripción objetiva y verdadera del fenómeno en estudio. Tal descripción no existe ya que será siempre interpretativa; la pretensión de hallar tal objetividad y verdad, y de disponer de ella, es una falacia. Lo que podemos obtener son los modos de atribuirle existencia, siendo las formas de existencia atribuidas las que constituyen su significación, ya que de cualquier fenómeno lo que constatamos no es su existencia, sino su significación, que es lo que, realizado por alguna o múltiples clases de textos, le atribuye alguna determinada clase de existencia. De su existencia esencial no podemos decir nada, porque lo que digamos es ya significación atribuida y no pura existencia afirmada (o, incluso, es significación en cuanto afirmación de su existencia). Por esto, la cuestión de establecer el corpus que nos permitirá evaluar la validez de determinada hipótesis es, desde el enfoque semiótico, la materia prima con la que se construye una dimensión diferente y específica del mundo, no en sí, sino para el conocimiento.

No considero haber podido decir lo que me propongo con toda claridad ni de modo que no me retracte en otro momento, pero es una forma de empezar a reconducir la dirección de la explicación semiótica de los fenómenos sociales hacia el conocimiento que los interpreta, construyéndolos o constituyendo su existencia tal como resulta cognoscible desde la mente de determinado ser humano, tal como se configura en un momento determinado y mediante la concreta interrelación que ese ser humano establezca con una sociedad y con lo que del entorno en el que interviene ya está interpretado. Y al universo perceptual que produce ese conocimiento es a lo que estoy denominando "corpus".

La recopilación del corpus 3

No quiero dispersar mi atención centrada ahora en disponer de un concepto de corpus que sea semióticamente útil como instrumento para la investigación. Pero tampoco puedo dejar de formular una breve reflexión acerca de la diversidad de criterios que circulan para establecer la diferencia entre "sentido" y "significado" y “significación”, pese a que el tema permanece sin acuerdo final alcanzable (ver, en este mismo texto: V. 23 La humanidad, la facultad semiótica y la historia del entorno). Para mencionar a quienes tengo más presentes en este momento, es muy amplia, por ejemplo, la diferencia de enfoques entre Frege (con el que se inmiscuye el concepto de denotación o de referencia; estos dos con una significación muy próxima entre sí y que, a su vez, se identifican, en numerosas traducciones, con significado), Vygotsky (que, entre otros matices, opta por reservar sentido para la comprensión subjetiva y significado para lo verbalmente formulado) y la referencia del Diccionario de Ducrot y Schaeffer (1972/1995) que tienden a recuperar el concepto saussureano de significado como valor, o sea, a partir de las relaciones de un signo (lingüístico) con todos los demás de su sistema (de la lengua), resultando un concepto negativo de significado: lo que no son (o lo que dejan como posibilidad residual de ser) todos los demás; mientras que, para sentido, parece actualizarse la concepción de Strawson, concluyendo, con toda provisionalidad, que comprender el sentido de un signo es poseer un método para determinar, con cada ocurrencia de ese signo, a qué se refiere esa ocurrencia, o sea, su referencialidad ocasional. Como decía, pido disculpas por no entrar en esta inagotable pero tentadora discusión, limitándome a lo que sea pertinente para la tarea de identificar el corpus pertinente para una determinada investigación.

Entonces, mi único comentario al respecto consiste en afirmar que he buscado la posibilidad de optar por un criterio que defina, con rigor y eficacia, el ámbito conceptual que le atribuyo al término "sentido" y el que le atribuyo al término "significado". Desde este punto de vista (al menos en este desarrollo temático acerca del corpus), considero sentido a determinada y puntual interpretación explícita de un fenómeno, según resulta construida a partir de determinada propuesta perceptual (texto, icono, exhibición, ritual) que a tal fenómeno se refiera. Un mismo fenómeno adquirirá por tanto distintos sentidos, cada uno proveniente de cada una de las semiosis sustituyentes que lo construyan. Una de las tareas analíticas de toda investigación consistirá, por tanto, en identificar los diferentes sentidos vigentes en determinada comunidad acerca de determinado fenómeno. Tal el objetivo de la operación analítica designada como "definición contextual", de la que se informa en mi Manual Operativo (Magariños de Morentin, 1998; y ver, en este mismo compendio: II. 10 Manual operativo; para la construcción de "Definiciones Contextuales" y "Redes Contrastantes").

Al conjunto de los diferentes sentidos, relativos a un mismo fenómeno y vigentes en un momento determinado de una comunidad determinada, lo incluyo en el concepto de significado, que queda así constituido como el mundo semiótico posible (en adelante MSP) de la totalidad de las interpretaciones explícitas que recibe determinado fenómeno en estudio (el concepto de mundo semiótico posible es próximo al de formación discursiva de Foucault [1969: 44ss], sólo que éste lo limita a una arquitectura constituida exclusivamente por enunciados verbales, mientras que el MSP abarca todas las semiosis posibles y efectivamente utilizadas en determinada sociedad).

Así considerado, el sentido es, aquí, por tanto, un átomo del significado; frente a la concepción del sentido como significación genérica y global de un fenómeno o texto. Y el significado resulta ser la compleja red de relaciones que pueden identificarse entre los diversos (todos; en la medida en que puedan ser recuperados) sentidos efectivamente vigentes en determinada comunidad; o sea, el conjunto de todas las interpretaciones explícitas que recibe el fenómeno en estudio, que es a lo que también puede denominarse el mundo semiótico posible construido acerca de tal fenómeno.

No me considero dueño de la verdad, ni siquiera conformador de la mejor opción posible en esta disyunción entre sentido y significado. Simplemente, es el criterio que adopto, tentativamente, para desarrollar esta temática de la recopilación del corpus, necesaria para explicar cómo y por qué determinado fenómeno adquiere determinada significación en un momento y sociedad determinados. Por eso, como ya anticipé, quizá significación la introduzca para referirme a la sumatoria concreta de los sentidos identificados, orientando significado hacia la resultante conceptual de esa sumatoria. También creo que se ha superado la época en que se pretendía alcanzar una teoría completa y excluyente, como modelo explicativo (que preconfigura al mundo, sin dejarme percibir más de, ni otra cosa que lo que ya está configurado), estándose, en la actualidad, más cerca de la búsqueda de operaciones cuyo rigor y buena fundamentación dependen de la situación en análisis y del objetivo pretendido (o sea, estoy diferenciando la actitud de trabajar con modelos, actitud con la que no estoy de acuerdo por repetitiva y excluyente del descubrimiento y de la creatividad, y la actitud de trabajar con operaciones, actitud que sugiero por su eficacia constructiva y carente de preconceptos). Así, en la actualidad, una teoría explicativa contendría una propuesta de rigor reflexivo e inferencial, pero que cambiaría con las transformaciones de la racionalidad vigente. Por eso mismo, a una explicación científica tampoco puede exigírsele que, además de explicativa, sea predictiva. Para que fuese predictiva, nada tendría que cambiar en el tiempo ni en el espacio, lo cual es un absurdo en cuanto negación de la historia; no hay modelos que continúen explicando al mundo, cualesquiera sean las circunstancias históricas por las que atraviese; hay operaciones que, provisoriamente, nos proponen formas de intervenir conforme a la racionalidad vigente.

La recopilación del corpus 4

Continúo con la tarea de establecer criterios que permitan seleccionar aquellos datos relativos a la interpretación de determinado fenómeno social que pueda considerarse que constituyen el corpus necesario para explicar su significado.

A un fenómeno se lo designa con determinado nombre, se lo percibe de determinada manera, se lo describe mediante determinado discurso. El nombre de un fenómeno se asocia a determinado concepto; el modo de percibir un fenómeno se asocia a determinadas imágenes; el discurso que describe un fenómeno se asocia a determinada interpretación. Un concepto identifica una existencia posible; una imagen identifica una percepción posible; una interpretación identifica un significado posible.

El conjunto de las semiosis (simbólica, icónica e indicial o su combinatoria) que construyan los conceptos, las imágenes y las interpretaciones, con los que se atribuya cada uno de los significados posibles del fenómeno en estudio, integran el corpus que estamos tratando de identificar.

Por eso, no tiene sentido hablar del registro de la realidad perceptible. Los datos no provienen de la realidad ni se recuperan en el registro; los datos que interesa registrar son aquellos que construyen la realidad, tal como se ofrece a la percepción humana, y este modo de ofrecerse es plural según los individuos (con el límite de variabilidad impuesta por la necesidad de comunicación), las sociedades (con el límite de variabilidad impuesto por el riesgo de lucha, muchas veces menospreciado, entre realidades competitivas) y los tiempos históricos (con el límite de variabilidad impuesto por el carácter necesariamente transformable de la historia), todos ellos correspondientes a la situación de registro.

Con esto, todavía tan duro y abstracto, convendrá explorar qué corresponde registrar (registro en cuanto configuración del corpus, con las características que le estoy atribuyendo) según la calidad del fenómeno en estudio, y según la identificación del individuo, la sociedad y el momento histórico en que se intente explicar el significado de ese fenómeno.

La recopilación del corpus 5

Explicar el significado/significación no consiste en tratar de establecer su verdad, en cuanto identificar el que sería el verdadero significado/significación de determinado fenómeno social, ni, ante la pluralidad de significados simultáneamente vigentes, afirmar si el significado correcto es el enunciado por uno o por otro u otros.

Considero que explicar el significado consiste en establecer, fehaciente, rigurosa y fundamentadamente, de dónde provienen y cómo se utilizan los enunciados, vigentes en determinado momento de determinada sociedad, con los que se construye tal significación. Ésta sería la única verdad críticamente aceptable, ya que constituye el porqué no causalista, sino cognitivamente constructivo, que explica cada respuesta y su diversidad.

Después, aceptar una u otra de las respuestas y repudiar las restantes no es una cuestión de ciencia, sino de ideología, o sea, de fe, que es el ámbito propio y pertinente para la afirmación de la verdad (y en alguna variante de la cual todos necesitamos creer, pero que no puede confundirse con su explicación eficaz).

En la tarea de investigación, recopilar el corpus pertinente y necesario para explicar el significado de determinado fenómeno social requiere disponer de (en cuanto a haber desarrollado hasta adquirirla) la capacidad de identificar el o los textos pan-semióticos que le atribuyen ese específico significado a ese concreto fenómeno.

Formulo una reflexión terminológica que considero oportuna. En su significado más simple, cuando menciono "texto" me refiero a lo existencial y perceptual de una semiosis sustituyente, en su carácter predominante y/o provisionalmente sintáctico, conservando el concepto que formulé, hace ya tiempo, de que "un texto es un discurso sin semántica" (con lo que la idea de texto implica la de una carencia o incompletitud o la del resultado obtenido tras una extracción). Pero, además, siempre tuve interés en dar cabida, bajo la designación de "texto", a las diversas semiosis posibles, disponibles en determinada comunidad, sin que el término quedase atrapado por una exclusiva y excluyente lectura lingüística, que lo restringiría a la materialidad perceptual (acústica o visual) de lo verbal. Vengo usando, como designación más abarcadora para evadir esa clausura lingüística, la expresión "semiosis sustituyente", que sigo considerando adecuada, pero poco familiar y susceptible de lecturas equívocas (por ejemplo, no se trata de una sustitución especular, sino dinámica y transformadora). He utilizado, también, esta expresión "texto pan-semiótico" que me parece igualmente adecuada y, quizá, más fácil de comprender, para trasmitir el concepto de una percepción efectivamente existente en cualquiera de sus características semióticas: como icono (imágenes), índice (exhibiciones de objetos y/o práctica de comportamientos rituales) y símbolo (formas convencionales verbales, gráficas, gestuales, etc.). También permite continuar contraponiendo "texto" y "discurso", considerando a este último como "un texto con semántica" y así referirse a un "discurso pan-semiótico" para trasmitir la información acerca del contenido semántico construido por cualquiera sea la calidad semiótica (icono, índice o símbolo) del texto en estudio. Por tanto, esta propuesta de adoptar criterios adecuados para cumplir la tarea de recopilación del corpus, contiene la pretensión de que se la interprete como la necesidad de identificar, para explicar el significado de un fenómeno, aquellas materialidades existenciales y perceptuales (en cuanto textos) que intervienen, mediante sus utilización social intencional, atribuyéndole el o los múltiples significados específicos (en cuanto discursos) que tal fenómeno recibe en determinado momento de determinada sociedad. Otro aspecto terminológico que deseo asentar es el referido a que no voy a utilizar, en cada caso, la expresión "fenómeno social", limitándome a utilizar el término "fenómeno", ya que, como lo trabajé en otro estudio y lo mencioné en SEMIOTICIANS (Magariños de Morentin y otros, 1999-2007) hace poco, todo fenómeno es social no siendo concebibles, en cuanto conocidos, fenómenos puramente "naturales", ya que, por haber sido pensados pertenecen a la esfera de lo social (aunque eso quizá requiera otro debate en otro momento de nuestros coloquios). Quede, pues, advertido que, salvo que indique lo contrario, cuando mencione "fenómeno" me estoy refiriendo a "fenómeno social", que es lo que ocurre con aquella primera afirmación con la que inicié este mensaje y con la que lo continúo.

Para identificar esos textos pan-semióticos de los que proviene exclusivamente, la significación de un fenómeno, y para poder analizar su eficacia expresiva, directa y necesariamente vinculada a sus características sintácticas, es necesario recuperarlos conservando sus respectivas especificidades semióticas (según se trate de iconos, índices o símbolos o de su interacción complementaria) y analizarlos en las particulares interrelaciones de sus partes componentes (que no son las mismas, ni las partes ni las interrelaciones, según se trate de iconos, índices o símbolos), de las que proviene tal eficacia.

Esto tiene relación con lo que proponía anteriormente, respecto a la operación conocida (especialmente en la llamada "metodología observacional", propia del conductismo) como "registro de la realidad perceptible", expresión que rechazaba, para centrar la eventual investigación que pueda estarse realizando en la tarea de configurar un corpus de datos que no pertenecen (no pueden pertenecer) a la realidad, sino que forman parte del discurso pan-semiótico con el que la humanidad le confiere significado (o sea, conocimiento de su existencia o conocimiento de su realidad o, también, existencia ontológica) a su entorno.

En este sentido, me sigue interesando, para un análisis indicial del comportamiento, la segmentación, integración e interrelación de gestos, expresiones, miradas, mímica, etc., que pueden contribuir a registrar la información que interpretamos cuando miramos. Por ejemplo, ¿cómo se construye el significado de eso que la policía dice a veces: "estaba en actitud sospechosa"? ¿Qué ve el policía que le hace atribuir ese significado al comportamiento de determinada persona? O sea, una "actitud sospechosa" es un significado posible y, además, socialmente vigente (al menos para la policía), atribuible al comportamiento de una persona o grupo, generalmente reducido, de personas, y se da en la calle (es evidente que el planteo surgió pensando ejemplos de situaciones de lo que hemos empezado a configurar como la universidad de la calle (Magariños de Morentin y colaboradores, 2005-2007. Por supuesto que en la tarea, que realiza el policía, de atribuirle un significado a determinado comportamiento social, se une lo que ve y lo que ha visto, tanto respecto a comportamientos normales (lo que también es un significado atribuido) como respecto a comportamientos que precedieron a la comisión de algún delito, junto con lo que le han dicho acerca de cómo ver, o sea, el modo de ver que ha aprendido.

O sea, el comportamiento, los gestos, actitudes y expresiones de alguien o de un grupo son un texto semiótico (en este caso, indicial) que es necesario integrar o recuperar como corpus, si se pretende tribuirle un significado a ese determinado comportamiento (significado que ya no es el comportamiento, sino algo ajeno que se le agrega o que se afirma que está siendo construido por tal comportamiento). Ese comportamiento es lo que está produciendo el significado (social, y todo significado lo es) que alguien (por lo general, un policía) interpreta como "actitud sospechosa", o sea, "desconfiable" (sin prescindir de la posibilidad de que otro u otros intérpretes le atribuyan otro significado al mismo comportamiento percibido; su explicación seguirá no obstante la misma secuencia analítica que estoy exponiendo, pero partiendo de otros textos pan-semióticos). Lo sospechoso es un agregado, es un objeto construido por el policía que observa el comportamiento; eso otro al que remite, necesariamente, la función sígnica en cuanto tal. Analíticamente, como investigadores, será necesario identificar y analizar las relaciones gestuales constitutivas de ese comportamiento para ver cómo surge de él ese contenido, que no es inherente al comportamiento (no es su realidad), sino que resulta construido cuando alguien (ese imprescindible intérprete) lo percibe y decide intervenir interpretándolo. Y en esta interpretación, intervienen otros textos semióticos diferentes a aquel en que consistía el comportamiento que se está observando. o sea, se requieren otros comportamientos ya interpretados que se suponen afines al que se está percibiendo y cuyo resultado delictivo, permitía atribuirle el carácter de señal (o sea, la experiencia permitió identificar a determinadas actitudes como señal de que quien las manifestaba iba a cometer un delito (técnicamente, la señal es un tipo de signo que se caracteriza porque anticipa un resultado; por eso, cuando el resultado no se ha producido todavía, determinado comportamiento puede significar, o sea, ser señal de que ese resultado va a producirse). Por eso decía que, para interpretar determinado comportamiento, o sea, para atribuirle un significado, era necesario que el intérprete hubiese visto (calidad perceptual del texto semiótico histórico y, ahora, actualizado) o que al intérprete se le hubiese dicho (calidad simbólica del texto semiótico histórico y, ahora, actualizado), cómo correspondía interpretar determinado conjunto de interrelaciones comportamentales.

El corpus que habrá de recopilarse consistirá, por tanto, no sólo en el comportamiento que se está percibiendo, sino también en aquellos otros textos, cualquiera sea su calidad semiótica constitutiva, que es necesario actualizar para interpretar, tal como se está interpretando, al que se está percibiendo. En este sentido apunto, cuando me refiero a la necesidad de disponer de un concepto riguroso y adecuado de corpus.

La recopilación del corpus 6

Dos comentarios:

El primero sobre la necesariedad del carácter ritual para considerar al comportamiento como signo, desde una semiótica indicial. Aquí interviene la diferencia entre objeto semiótico y signo: no es necesario el carácter ritual para ser objeto semiótico; todo comportamiento, ritual o no, es ya objeto semiótico, en cuanto tiene atribuido un significado a partir de otra semiosis que lo enuncia. Pero sí es necesario que adopte ese carácter ritual para ser considerado signo. La diferencia está en que, en cuanto objeto semiótico recibe la eficacia de todos los discursos (o los que conozca el intérprete) que se han referido a él (en su particularidad y en su carácter general de comportamiento). En cuanto signo posee su propia eficacia para construir un significado determinado que atribuirá a otro fenómeno diferente. O sea, el objeto semiótico recibe; el signo entrega.

La semiótica indicial trabaja con 3 clases de representámenes (en el sentido peirceano de lo que vemos cuando a lo que vemos lo consideramos un signo): objetos, comportamientos y recuerdos. No me meto, por el momento, con estos últimos (por respeto a la compleja problemática de la memoria); pero tanto los objetos como los comportamientos pueden adoptar o ser considerados desde alguna de esas dos perspectivas: o son objetos semióticos y entonces la tarea es establecer de qué textos pan-semióticos han recibido la calidad con la que son percibidos; o son signos y entonces son textos indiciales capaces de producir el significado de otra cosa diferente de ellos mismos. La "actitud sospechosa" en la conducta de alguien es la lectura que otro (el policía) hace de esa conducta, ya que la ve como objeto semiótico y le atribuye el significado que aprendió o le enseñaron a atribuirle. Desde los comportamientos teatrales, religiosos, militares, hasta las anáforas pragmáticas, los gestos deícticos o las costumbres de mesa, en todos estos casos se trata de comportamientos ritualizados, en cuanto están convencional y socialmente identificados, para intervenir como signos que le atribuyen significado a otra entidad o fenómeno diferente de la concreta conducta que se está produciendo/percibiendo (lo cual ocurre para que esa otra entidad adquiera algún determinado significado). De modo semejante, los objetos que utilizamos: la silla, los papeles, el lápiz, la manzana, el teclado, la ventana, los automóviles, etc., son objetos semióticos que hemos aprendido a interpretar y, por tanto, a utilizar. Pero cuando esos mismos objetos se encuentran en la vidriera de un establecimiento comercial o en un museo, etc., pasan a ser signos, ya que se están refiriendo a aquellos otros a los que ellos están designando.

El segundo comentario se refiere a precisar el sentido en el que firmo que todo fenómeno es social. En principio, está así dicho atendiendo a que todo fenómeno para ser comprendido tiene que ser interpretado y su interpretación proviene de las posibilidades que ofrece cada sociedad, a sus integrantes, de interpretar los fenómenos de su entorno. Cualquier interpretación o atribución de significado (que no es lo mismo, pero son conceptos interdependientes) proviene, explícita o implícitamente, del imaginario social que nos rodea y nos impregna sin resquicio de escape. La identidad es un resultado de determinada combinatoria de elementos (en el más amplio sentido e incluyendo su materialización en el contexto social) pertenecientes a ese imaginario. Desde mi punto de vista (respetando otras posiciones, pero afirmando la que estoy enunciando) no tiene respuesta la pregunta (formulada por P. Winkler, en SEMIOTICIANS, el 2 de febrero del 2005) acerca de "¿qué hechos dejan de pertenecer a una historia privada para ser historia de vida y fenómeno social?", porque considero que no hay hechos que, en algún momento o instancia, pertenezcan exclusivamente a una historia privada, sino que la historia privada de cada uno está construida por fenómenos sociales que reinterpretamos y hacemos propios a partir de nuestro manejo de otros fenómenos sociales y que interrelacionamos, a su vez, con otros fenómenos sociales que son otros aspectos de nuestra identidad.

De todas formas, el alcance de mi referencia a que todos los fenómenos son fenómenos sociales era más corto: meramente se refería a mi convencimiento de que no existen fenómenos naturales, que encontrarían la explicación de su significado en leyes físicas totalmente marginadas del acontecer social, sino que todos encuentra la explicación de su significado en determinados discursos sociales (quizá científicos; o, posiblemente, mágicos; pero, sin duda, ideológicos) vigentes en determinado momento e, incluso, en determinado espacio, aun cuando estén formulados con un lenguaje de determinado nivel simbólico y con determinada historia. O sea, las llamadas "leyes físicas" son un constructo explicativo, resultante de un determinado discurso social (cambiante en el tiempo y en el espacio [al menos, en el espacio virtual de las sociedades científicas]), con lo que, en definitiva, son enunciados convencionales acerca de fenómenos sociales. En definitiva, la vida privada así como el conocimiento de las ciencias naturales, son fenómenos sociales (por eso, también, mi rechazo de la categoría de "signos naturales" que utiliza Charles Morris, [1946: 5] para referirse, por ejemplo a las nubes [en cuanto signos naturales de lluvia]). Al menos, ése es mi parecer y, sin convertirlo por ello en dogma, todavía no he encontrado una situación de falsación que lo desacredite o me aconseje abandonarlo.

La recopilación del corpus 7

Puede parecer excesiva mi afirmación, formulada en el parágrafo anterior, acerca de que la significación de un (de todo, de cualquier) fenómeno social proviene exclusivamente de determinado conjunto de textos pan-semióticos. No obstante, tratar de dilucidarlo lo considero importante, sobre todo al estar intentado concretar la idea de qué entendemos por el Corpus pertinente a la comprobación de las Hipótesis integrantes de determinada Investigación.

Es como si, aparentemente, se cometiera una trampa, al proponer una expresión nominal: "texto pan-semiótico", que, por su apetencia de universalidad, pretendiera reconducir todos los aspectos en los que radica el significado de cualquier fenómeno imaginable a alguna de las variantes que esa expresión abarca. Entonces, primer peligro, es como si pusiéramos a nuestra disposición una designación cuyo dominio es el conjunto de las entidades (en el más amplio sentido que podamos darle al término "entidad") que concurren para que en ellas consista el significado de cualquier fenómeno; y, ahora, escribo "concurren para que en ellas consista", justamente para que pueda leerse desde una (¡ajena!) perspectiva sustancialista (¡los fenómenos tienen un significado!) y positivista: todo lo que podríamos hacer sería verificar si lo que decimos que es el significado de un fenómeno resulta efectivamente del fenómeno (o sea, del fenómeno provendría la verdad o falsedad del significado que le asignamos), previa e independientemente de la intervención (e incluso de la existencia) del pensamiento humano.

Ratifico, no obstante, que la "apetencia de universalidad" de la expresión "texto pan-semiótico" está efectivamente en el alcance que le pretendo asignar (segundo peligro: si la expresión tiene un dominio universal, se trataría de una expresión metafísica, sin utilidad para el conocimiento científico o riguroso); sin embargo, no se superpone con la realidad, sino que atribuye, a todo lo que el ser humano puede conocer (de ahí, su apetencia de universalidad), la transformación (sin posibilidad de acceder a lo previo a tal transformación) resultante de su modo de conocer (proceso de transformación acumulativa, en parte secuencial y en parte en paralelo, de la percepción, la emoción y el pensamiento, del modo y con las operaciones que son posibles en un determinado momento histórico de una determinada sociedad). Ésta es la universalidad ostentada por la expresión: "texto pan-semiótico".

Lo que estoy afirmando es, por tanto, la necesidad de recopilar el corpus que contenga los aspectos físico-existenciales (en este sentido, "texto") que constituyen los elementos y las relaciones (en este sentido, el texto en cuanto sintaxis) en las que se materializa el modo como el ser humano expresa lo que percibe, lo que siente y lo que piensa (y en este sentido, el texto en cuanto "pan-semiótico"), desde el enclave social de su participación (y desde ahí, el carácter de texto interpretado), cuando le confiere determinado significado a determinado fenómeno. Ésta es la materia prima semiótica que le permitirá explicar la significación del fenómeno al que se enfrenta. Puede afirmarse que todo lo demás es mera apariencia; apariencia de realidad y apariencia de verdad o de falsedad. La explicación de la significación tendrá que partir del modo como el ser humano expresa cómo ese fenómeno ha entrado en su mundo de experiencia. Lo expresa enunciándolo y entra en su mundo interpretando los enunciados (pan-semióticos) de su aprendizaje. El enunciado que él produce y los enunciados aprendidos constituyen el corpus necesario para fundamentar cualquier investigación que pretenda explicar el significado atribuido a los fenómenos de su entorno.

La recopilación del corpus 8

Voy a permitirme interpelar al lector para puntualizar y sugerir la específica reflexión sobre los aspectos que puedo considerar más conflictivos. A los fenómenos (aunque suele decirse, cuando se lo admite, "al significado de los fenómenos"; pero, ¿qué quedaría de los fenómenos si los privamos de su significado [de ese múltiple y hasta contradictorio significado que le atribuye determinada sociedad en determinado momento histórico]?) los construimos, o sea, les conferimos existencia ontológica, en definitiva, los construimos ontológicamente, al nombrarlos y al enunciarlos o representarlos. Elimino incisos: a los fenómenos les conferimos existencia ontológica al enunciarlos. ¿Hay acuerdo en esto? Excluyo lo óntico; lo que producimos es la existencia del fenómeno para el conocimiento. O sea, sólo se conoce lo enunciable (teniendo en cuenta que "lo enunciable" no equivale, sólo, a lo verbalizable, sino que abarca toda forma de enunciación semiótica, sea ésta mediante iconos, índices o símbolos; de dónde surge el "texto pan-semiótico").

Cuando queremos explicar por qué un fenómeno tiene, en determinado sector social de determinada sociedad y en determinado momento histórico, determinada(s) significación(es), necesitamos saber (1) de dónde procede(n) tal(es) significación(es) y (2) por qué se interpreta a los textos que las producen de determinada manera y no de otra. O sea, (1) ¿qué textos(1) crean determinado significado? (el significado que nos proponemos explicar como resultado de nuestra investigación); (2) ¿según qué otros textos(2) (o sea, cómo) se interpreta a tales textos? (de modo que se entienda producida esa u no otra significación); y, por supuesto, (3) ¿cómo recuperamos, diferenciamos y atribuimos su eficacia específica a los textos(1) y a los textos(2)?

Cuando decimos que hacemos semiótica, son éstas las tres preguntas básicas, a las que es indispensable responder, ya que son las que tienden a proporcionarnos la información básica de cuyo análisis surgirá nuestra explicación; o no habrá semiótica; o no habrá rigor; o no habrá investigación. ¿Hay acuerdo en esto?

La recopilación del corpus 9

El tema que acabo de plantear no pretende una incursión en el campo de la filosofía, sino terminar de perfilar una exigencia metodológica: ¿cuál es el corpus que se necesita para explicar la significación de determinado fenómeno? y ¿en qué consiste explicar la significación de determinado fenómeno?

1) Si bien todo interviene en el análisis que conduzca a la explicación del significado (o mejor, de los significados) que ostenta un determinado fenómeno social, considero importante diferenciar (ahora y al margen de otras diferencias que surjan ante otros problemas) entre los textos teóricos que proponen procesos y relaciones conceptuales para sistematizar las características del significado de determinado tipo de fenómenos y aquellos otros enunciados con los cuales los integrantes de determinada sociedad le atribuyen significado a un concreto fenómeno. El primero, en una investigación, constituye el contenido y el objeto de análisis y de selección del marco teórico; el segundo constituye el corpus propiamente dicho. La necesidad de separarlos radica en el diferente modo de intervención que exige cada uno de ellos. En el marco teórico se cumple una tarea de sistematización y fundamentación de constructos abstractos, y la presencia del investigador se manifiesta en la tarea de mostración, discusión y contraste acerca de las propuestas explicativas que, acerca del significado del fenómeno en estudio, van formulando los diversos autores que dicho investigador registra, y en la progresiva y fundamentada estructuración de su propio pensamiento al respecto, por contrastes con las registradas; pero, en la evaluación del marco teórico, no se enfoca al fenómeno concreto, sino a la categoría de fenómenos en la que el investigador considera incluible aquel al que se propone estudiar. En el corpus se registran todos los enunciados, detectados como vigentes en determinado momento de determinada sociedad, con los cuales se construye la significación de determinado fenómeno concreto. O sea, para explicar la significación de un fenómeno es necesario disponer de todas las teorías de racionalidad plausible en el ámbito académico y en el momento de la investigación, lo que constituye el marco teórico; pero, además, es también necesario disponer de todas las formas de enunciación, vigentes en determinada sociedad, que sobre tal fenómeno recaen en ese determinado momento de esa determinada sociedad, lo que constituye el corpus.

Aquí, específicamente, en cuanto corpus, se requiere un sentido amplio de "enunciación", tal que abarque cualquier posibilidad semiótica de referencia al fenómeno en estudio: no sólo palabras, sino también imágenes, exhibición de objetos y efectiva realización de comportamientos (de alguna manera ritualizados o ritualizables) que tengan como referente al fenómeno en cuestión, en el sentido de entidad del mundo proyectado desde la estructura conceptual del sujeto (y sociedad) que lo enuncia (Jackendoff, 1989: 121ss) como referente. Entonces, mientras en el marco teórico se selecciona, se discute, se modifica y se recompone el sistema de pensamiento (pertinente, por tanto, al ámbito de determinada disciplina científica) con el que va a enfocarse el conocimiento de determinada clase de fenómenos, en el corpus se interviene, se segmentan, se integran, se relacionan, se interpretan mutuamente los concretos textos pan-semióticos que se refieren a determinado(s) fenómeno(s), identificándolo(s), configurándolo(s), valorándolo(s), atribuyéndole(s) su carácter y su modalidad de existente(s) en ese determinado ámbito social. El universo abarcado por lo que entiendo como "corpus" incluye, por tanto, los textos que den cuenta de su modo de decirlo, de su modo de percibirlo, de su modo de manipularlo, de su modo de integrase en él, de su modo de sentirlo, en definitiva, de su modo de vivirlo. Pero cuidando de no comenzar por este final, construyendo textos acerca de la vivencia, que es ya un resumen de todos los modos precedentes de dar cuenta de él y que puede iniciar el camino de la metafísica o de la poesía, formas de conocimiento de la mayor importancia, pero que no son de las que estamos tratando aquí (salvo como textos acerca del fenómeno que se integrarán en el corpus, pero que, en cualquier caso, no son los que el investigador tiene como tarea construir, sino analizar). O sea, considero importante diferenciar adecuadamente los textos que construyen los contenidos (hipótesis explicativas y sus correspondientes propuestas de validación) del marco teórico, respecto de los textos que construyen los contenidos (los sentidos y los significados) del corpus, ya que requieren la realización de tareas cognitivas diferentes por parte del investigador, constituyendo problemáticas diferentes.